Tierra Adentro

Fotografía de Viva Iquique weblog / www.vivaiquique.com (Flickr: [1]) [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons

AA: ¿Estás listo, Juan Gabriel?

JG: ¿Para qué? No te entiendo.

AA: Para la muerte. Estamos muertos; no era un sueño, no era el insomnio, Juan Gabriel. Asómate por la ventana, ¿qué ves?

JG: Ah, son mis admiradores, vienen a verme. Siempre vienen a verme. Los adoro. A veces son un poco… son una lata, pero los adoro. Aunque luego… (sorprendido) ¿Por qué están llorando?

AA: Están llorando por ti. ¿Ya entendiste? Estás muerto.

JG: (Alterado) No, querido, perdóname. Juan Gabriel no se puede morir. Además, míralos: se ve que lloran, sí, pero también están cantando y bailando… ¿Juan Gabriel muerto? (se ríe nerviosamente). La gente no iba a hacer de mis funerales un carnaval.

AA: A eso los acostumbraste.

JG: ¿A qué? ¿Crees que estoy loco?

AA: No, pero nunca encontraste la frontera entre la alegría y la tristeza.

JG: ¿Me estás llamando bipolar?

AA: No, querido. Bipolar es una palabra tan… María era bipolar, Jacobo… Tú y yo no. Los pobres no podemos ser bipolares. Eso déjalo para la gente que se puede dar el lujo de ponerle casa a cada sentimiento.

JG: ¿Pobres? Tu descaro me deja de una pieza. Fuimos inmensamente ricos.

AA: Sí, pero la gente te amó porque nunca dejaste de ser el muchacho humilde, porque nunca dejaste de ser pueblo. De todas tus creaciones la que mejor te salió fue la sinceridad. Felicidades.

JG: ¿Me estás llamando hipócrita? ¿Tú crees que toda esa gente que está allá abajo llorándome y cantando mis canciones me lo perdonaría?

AA: Ellos también están actuando sus sentimientos y también son sinceros. La sinceridad es el gran pacto de sangre entre el ídolo y su público. Mira a esa mujer que se arregla antes de activar Periscope y soltarse a llorar… ¿Me crees tan estúpido para pensar que no es sincera? Sólo pienso que la sinceridad necesita mucho entrenamiento para ser verosímil.

JG: Me choca cuando te pones de intelectual.

AA: Tú tienes la culpa, tú elegías a la gente de la que te querías rodear. Por ejemplo, ese Monsiváis… Ni siquiera se peinaba ni se quitaba la caspa del saco.

JG: ¡Ah, Monsi! ¿Crees que nos lo encontremos?

AA: Si nos mandan al Infierno, seguramente.

(El clamor que sube de la Tierra aumenta)

JG: ¡Virgen santa! ¡Su dolor me duele tanto!

AA: ¡Nuestro pobre pueblo! Ha sufrido tanto que un llanto así le hace bien. Eras un mago, amigo. Sólo tú podías con tanto dolor dar tanta alegría.

JG: Le di alegría a todos, menos a ti, Alberto. Por lo visto me odias.

AA: ¿Odiarte yo? (perturbado y como despejándose una idea de la cabeza). Claro que no. Nunca. Siempre te amé, siempre te admiré, Juan Gabriel. Pero no olvides que un día decidimos separarnos por bien de los dos. Si hubieras seguido cargando conmigo nunca hubieras pasado de ser un pobre diablo.

JG: No hables así, yo soy creación tuya. Juan Gabriel no sería nada sin ti.

AA: No, querido, no es así. Tú eres creación de todos ellos: míralos y luego mírate a ti mismo. Son iguales. A ambos les gusta lo mismo y les duele lo mismo. Igual de llorones y extraños. Juan Gabriel es eterno. A mí, Alberto Aguilera, me van a olvidar…

JG: Pero tú eres el creador de todas esas canciones que ellos aman.

AA: Te equivocas. No aman mis canciones. Son mediocres: ahora estoy muerto y puedo aceptarlo. Aman esas canciones porque juntos las reinventaron.

JG: Tengo miedo, Alberto.

AA: Sobrevivimos al envejecimiento, que es más cabrón. Sabremos estar el uno sin el otro.

JG: Abrázame, por favor. Abrázame muy fuerte.

(Se abrazan, sollozan en silencio)

AA: Bueno, ya. Debes prepararte.

JG: ¿Para qué?

AA: Mira, ahora están llevando tu féretro al Palacio de Bellas Artes. Ahí es donde tu fama comenzó a ser leyenda. Ponte listo porque está por comenzar la más grande de tus presentaciones.

JG: Tengo miedo.

AA: Sonríe, haz como siempre. Saca la casta. La tristeza es una canción. Ahora comienzas a ser eterno.

Secretaría de Cultura