Tierra Adentro

Para Tomás

Mirar un punto en el techo al despertar ayuda a salir del sueño. Mirar un punto al frente en el muro, ayuda a no vomitar cuando bailas la polka. Tener un ritual diario sobre el que no te preguntas demasiado ayuda a entrar en el día. Tener otros para dibujar ayuda a resolver con menos estrés una ilustración.

Existen otras actividades físicas mediante las cuales se consigue esto. No por nada últimamente proliferan los libros para colorear dirigidos a adultos. Algo de meditación tiene la actividad manual que nos quita de preocupación y nos vuelca hacia ese blanco total en la mente, que nos limpia de nosotros mismos en una dulce evasión productiva. Ingrid Fugellie, pintora chilena con quien tomé clases cuando era niña, me contó que a los prisioneros de las Islas Marías los ponían a tejer canastas y de esta manera los días se iban sin angustia ni amargura; ella decía que con el dibujo y la pintura pasa lo mismo.
Otras actividades físicas, como correr o nadar, tienen resultados parecidos. Cuando uno empieza alguna rutina de ejercicio, quizá lo más difícil es decidir levantarse de la cama y llegar, pero mientras más frecuentes sean estas visitas, pronto uno las hace igual que se prepara el desayuno.
Para Oliver Sacks, nadar le funcionaba como detonante para escribir, pero también como forma de vida:

[En las tardes de verano me iba a remar] me zambullía y nadaba en el río hasta fluir con él, convertidos en uno solo […] Muchos de mis fines de semana más felices los pasé nadando en un pequeño lago (también muchos de mis fines de semana más productivos, porque hay algo en estar en el agua y nadar que altera mi humor y pone en funcionamiento mis pensamientos como ninguna otra cosa). Mientras nadaba de un lado a otro o alrededor del Lago Jefferson se construían teorías e historias. Oraciones y párrafos enteros se escribían en mi mente, y en ocasiones tenía que salir a tierra a descargarlos cada media hora más o menos, goteando agua sobre el papel: mi editor se mostraba perplejo ante las manchas de agua y la tinta corrida de los manuscritos, e insistía en que los pasara a máquina.
Duns Scoto, en el siglo XIII, habló del condelectari sibi, la voluntad que encuentra deleite en su propio ejercicio. Mihaly Csikszent-mihalyi, en nuestro tiempo, habla del “flujo”. Hay cierta corrección esencial en el nadar, así como en todas las actividades que fluyen y de carácter musical.
[1]

Recupero de Sacks esa capacidad de anclar la vida al trabajo, pero entendido este último como una pasión, como aquello que cubre una necesidad creativa. El trabajo así se aleja de la idea robótica capitalista de producción en serie y se acerca más a ese flujo constante del que él mismo habla: nadar, escribir o dibujar no son tan diferentes en el fondo. Pero cualquiera de estas actividades debe tomarse con seriedad y disciplina.
Un verdadero dibujante nace cuando decide que se dedicará a dibujar de manera profesional. Es cierto que todos dibujamos siempre, por gusto desde niños, por obligación o por necesidad, pero sólo quienes siguen dibujando después y a pesar de todo (y de todos), pueden seguirse llamando dibujantes. Y ser dibujante no tiene que ver (sólo) con la calidad de los dibujos, sino con la tenacidad y entrega al oficio.

Una vez, Santiago Solís dijo que él se concebía como un dibujante de alto rendimiento. Por eso en su agenda hacía diario una «carita»: un retrato de gente conocida o desconocida, dibujo a línea, de primera intención sin preocuparse demasiado por el resultado, y sí por observar y trazar con seguridad.

Esta manera de ejercitar el dibujo funciona a varios niveles: por un lado genera una rutina donde, mediante la repetición, cada vez se vuelve menos amargo empezar y se entra con mayor suavidad en el flujo de trabajo, en esa zona mágica donde la concentración hace que el paso del tiempo desaparezca.

Hay dibujantes de fondo y dibujantes de velocidad. Los dibujantes de fondo son más pacientes y contemplativos, lo que funciona mejor para cubrir largas horas de trabajo manual. Los velocistas son poderosos y explosivamente rápidos para pensar en cortos periodos de tiempo. Los dos tipos de dibujantes tienen en común una meta: comunicar ideas mediante recursos gráficos.

Aunque podría parecer que un velocista hace menos trabajo porque termina antes con sus entregas, esto es un error. Es tan complicado ser un dibujante de fondo como un velocista porque todo el secreto está en la preparación y trabajo previo. Ser dibujante por oficio es muy distinto a serlo sólo por gusto, se trata de un compromiso con uno mismo y con el trabajo, por lo cual son necesarias muchas horas de entrenamiento, ejercitación, disciplina y sacrificios. Todo para cuando llegue el momento culmen: una competencia, una entrega, un proyecto.

La psicología del deporte se encarga precisamente de cómo seguir adelante, cómo trabajar bajo presión. Y para conseguirlo es necesario practicar bajo presión, lograr entrar a una zona de confort, aunque sea mental, y no disminuir el desempeño máximo del que uno es capaz.

Pensemos en una competencia atlética o una entrega de una ilustración para un cliente nuevo, o un proyecto al que se le ponen altas expectativas. Cuando uno tiene miedo el cuerpo puede fallar, la mente no reaccionar y el individuo (deportista o ilustrador) paralizarse. Para canalizar ese miedo es preciso haber practicado la actividad en cuestión siendo presa del mismo. De ahí la importancia del entrenamiento: repetir una y otra vez esa acción bajo diferentes circunstancias y ambientes, hacerlo tantas veces que se vuelva natural, que la mente no se interponga con la acción. Como en esos sueños que queremos correr y al pensarlo las piernas se paralizan. En el momento de la verdad, no vale tanto pensar en el acto mismo, sólo hay que llevarlo a cabo. De esa manera, aun teniendo la presión encima, puedes dominar cualquier emoción, porque la presión ya no se convierte en un freno, si no en un combustible.

Además, nunca hay que olvidar que si el dibujo es nuestra pasión, siempre queda una chispa oculta en la actividad sin importar cuánta presión se tenga encima. Para detonarla basta recordar la idea de juego que abre la existencia de un tiempo mágico, según el cual toda oportunidad puede ser repetida. Como en la película El día de la marmota donde Bill Murray vive infinidad de veces el mismo día. Luego de haber experimentado todas las posibilidades y emociones, los actos más cotidianos o especiales dejan de ser dolorosos, producir miedo o ansiedad, y la vida misma se vuelve más transitable. Se hace más fácil fluir en ella y sólo entonces el tiempo vuelve a transcurrir de manera natural, mientras que el personaje sale del embotellamiento mental y encuentra lo que siempre había buscado.
Como ni dibujantes ni atletas saben a ciencia cierta qué buscan, no hay nada mejor como poner manos a la obra sin pensar, de tal forma que la vida nos sorprenda y nos otorgue eso que estábamos esperando. Para ello, todos los días deben ser un día de entrenamiento, una repetición, un juego y jamás olvidar que el dibujo (igual que correr y que nadar) es en sí mismo un acto feliz.

[1]Oliver Sacks, «Nadar hasta morir», Nexos, 1º de agosto, México, 1997, recuperado el 16 de diciembre de 2015 de: http://www.nexos.com.mx/?p=8456


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Secretaría de Cultura