Tierra Adentro

"Simbiosis", por Natalia Gurovich

Mi fobia favorita es la hipocondría. El término proviene del griego hypokhondros y quiere decir “debajo del cartílago”, donde está el hipocondrio. Los hipocondriacos no fingen estar enfermos, realmente sienten afecciones físicas, del mismo modo que un acrofóbico no simula tener miedo a las alturas. Etcétera.

Me gusta la palabra hipocondría porque no tiene -fobia al final. Y porque esto le da un mayor estatus de enfermedad. Es como si fuera una enfermedad tan real que necesita un nombre, aunque luego fuera relegada a las enfermedades mentales, que siempre son menores, sólo porque la mente no se puede tocar. O quizá lo fue desde siempre, porque en un principio se refería a los enfermos que sentían un malestar en el hipocondrio (ese lugar abajo de las costillas y a la altura del esófago) que luego fueron ligados con los melancólicos, relacionado de ahí con la teoría griega de los humores. No es sorpresa que ahora sepamos de la existencia de neuronas en el estómago:

Notamos mariposas en el estómago al enamorarnos. Se nos hace un nudo en la tripa cuando estamos nerviosos y asustados. Nos entra el cague cuando tenemos miedo. Las ideas son comida: las opiniones se digieren, los hechos se presentan en crudo y a medio cocer, y las afirmaciones se tragan. No es un capricho del lenguaje que relacionemos la mente con el estómago. Las personas tenemos un segundo cerebro en el intestino, en el cual se alojan unas 100 millones de neuronas, nada menos que el tamaño del cerebro de un gato. Si bien la psique está controlada por la mente, nuestro sistema digestivo toma sus propias decisiones, ya que cuenta con algunas de las mismas terminaciones nerviosas que el cerebro.[1]

Los miedos, las fobias y las pesadillas son esos elementos que no nos dan tregua, y pueden hacernos perder la cabeza o devolvernos al mundo apenas si no se nos escapa el hilo de realidad con que se presentan antes de deformarse. Casi siempre hay algo en un mal sueño que nos hace despertar.

Si una pesadilla es muy intensa, igual que un miedo, sólo queda la locura o la muerte, y parece que siempre algo nos empuja a la vida. Cuando estemos listos nos zambulliremos en el miedo, capaces al fin de nadar en él. Pero ni es fácil ni todos podemos navegarlo. Como dice Coetzee:

Los artistas, de acuerdo con Freud, son personas que pueden hacer un tour por la colección interior de animales salvajes con cierto grado de confianza y salir, cuando así lo desean, más o menos ilesos. De la explicación de Freud sobre el trabajo creativo tomo un elemento: que la creatividad de cierto tipo comporta habitar, manejar y explotar partes bastante primitivas del yo. Si bien no se trata de una actividad particularmente peligrosa, es delicada. Pueden ser necesarios años de preparación antes de que el artista dé con los códigos, las claves y los equilibrios correctos, y pueda entrar más o menos libremente.[2]

Mi amiga Martha me dijo que uno, antes que morirse, se vuelve loco. Que esa frase a su vez se la dijo una maestra en la carrera de psicología, y que siempre le ha parecido una afirmación brutal. Lo que te jala de la vida te hace ponerte filtros mentales porque a veces el dolor psíquico es tan insoportable que preferimos inventarnos otra realidad. Ni siquiera es que lo prefiramos, es que no nos queda de otra. Hay dolores psíquicos que preferiríamos que nos mataran, pero seguimos vivos y sirven para acallar el trauma; nos descolocamos para ser otros, para estar en otro lugar, para poder seguir respirando.

Cuando bloqueamos el dolor, los síntomas aparecen en otras partes, como en el cuerpo. Así, cuando el hipocondriaco niega su malestar emocional, su cuerpo lo manifiesta, y esa angustia que le generan sus múltiples enfermedades sólo puede empezar a calmarse cuando reconozca su dolor psíquico.

Entre los pasos del duelo está precisamente la negación. La muerte en abstracto puede ser vista justo como ese trauma inicial, y la locura es un tipo de negación tan contundente que consiga permear a quien esté alrededor. La negación también es locura que sin querer puede arrastrarnos a lugares más oscuros que el mundo real. Una mentira que se vuelve peor que la verdad. Como en la película de Abre los ojos (o el remake, Vanilla Sky), donde el protagonista sin quererlo se crea su propia pesadilla cuando tenía todo para quedarse viviendo en un sueño.

Las pesadillas nos persiguen todos los días. A pesar del terror que nos causan, por un lado enmascaran nuestros dolores más profundos, aquellos que ni siquiera sabemos nombrar, el horror que no conseguimos explicar; pero también son el rastro de guijarros para encontrar esos dolores que hemos ido enterando.

En su conferencia “La pesadilla”, Borges dice que si los sueños son el género, la pesadilla es la especie. Cita a Groussac, quien en su libro El viaje intelectual, se maravilla “de que cada mañana nos despertemos cuerdos después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños”.[3]

Para Borges y para muchos, los sueños son ficciones que fabulamos desde que abrimos los ojos al día siguiente, pero también cuando le narramos lo soñado a otros (como ese hermoso libro que Eduardo Galeano escribió sobre los sueños de su esposa Helena). De acuerdo con Borges, en Un experimento con el tiempo, Dunne habla de cómo poseemos una eternidad personal cada noche; con el sueño, nos es dada la posibilidad de ver el pasado y el futuro cercanos: “Todo esto el soñador lo ve de un solo vistazo, de igual modo que Dios, desde su vasta eternidad, ve todo el proceso cósmico. ¿Qué sucede al despertar? Sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño ha sido múltiple y ha sido simultáneo”.[4]

Hay culturas que consideran la vigilia separada del sueño, y otras que los conciben como un único mundo. Los niños y los poetas están en esta segunda categoría, según Borges:

Como quiera que sea, en las pesadillas lo importante no son las imágenes. Lo importante, como Coleridge descubrió, es la impresión que producen los sueños. Las imágenes son lo de menos, son efectos […] [Thomas Browne] dice que los sueños nos dan una idea de la excelencia del alma, ya que el alma está libre del cuerpo y da en jugar y soñar. Cree que el alma goza de libertad. Y Addison dice que, efectivamente, el alma, cuando está libre de la traba del cuerpo, imagina, y puede imaginar con una facilidad que no suele tener en la vigilia. Agrega que de todas las operaciones del alma (de la mente, diríamos ahora, ahora no usamos la palabra alma), la más difícil es la invención. Sin embargo, en el sueño inventamos de un modo tan rápido que equivocamos nuestro pensamiento con lo que estamos inventando […] Llego a la conclusión, ignoro si es científica, de que los sueños son la actividad estética más antigua.[5]

Un ejemplo de pesadilla cotidiana son las fobias: “La pesadilla tiene un horror peculiar y ese horror peculiar puede expresarse mediante cualquier fábula. Pero hay algo: es el sabor de la pesadilla”.[6] Mi pesadilla de niña era el fin del mundo, los volcanes y los aviones. En el mundo de mi papá siempre estábamos a punto de morir. Una vez en un avión con turbulencia lo vi llorar y cuando le pregunté si nos íbamos a morir me dijo que sí. No volví a subirme a un avión en años y ahora este recuerdo me causa risa. Por más que mi abuelo paterno me hablaba de todo lo que me iba a perder, no lograba concebir otro mundo que el que mi papá me ofrecía a través de sus ojos, enseñanzas y miedos.

Mi maestra de pintura de toda la vida también es psicóloga. Me contó que su segunda hija nació en una época en que trabajó en un hospital psiquiátrico en el área administrativa o de investigación (no recuerdo). Para llegar a su oficina tenía que cruzar un jardín. Un día que llevó a su bebé, una interna se le acercó y se la pidió: “Dame a mi hija, llevo años buscándola”, le dijo. Mi maestra se paralizó. Pero después de un momento, le respondió: “Ésta es mi hija y tú tienes que seguir buscando a la tuya”. Y luego me explicó lo fácil que resulta que alguien te jale a su mundo de locura, sobre todo si lo vive con tanta fuerza.

Para vencer el miedo puede ser útil, por ejemplo, una libreta. Pero también sirve cualquier artefacto que ayude a saltar al vacío. La ventaja de cualquier boceto es que no importa lo que hagamos en él, sólo nosotros lo veremos; de ahí es posible extraer ideas que pueden o no importar, que son más frescas que el sabor del pánico de cuando no se nos ocurre nada.

Dibujar para uno es como saltar a la alberca de niño. Dibujar para alguien es saltar a una alberca de adulto. No es fácil estar frente a una alberca sin conocer la temperatura del agua, aunque en ocasiones sea mejor así. Hay días en que el ambiente está helado y no se ve vapor salir de ella, así que pongo en duda hasta salir en traje de baño. En esos casos, es mi entera responsabilidad generar el calor, está claro que la alberca no me recibirá amablemente.

Por otro lado, el solo hecho de estar ahí parada afuera de la alberca sin ser capaz de lanzarme, vuelve claro que en el fondo ese día no quiero nadar. Pero cuando al final termino aventándome, me doy cuenta de que esos días son los mejores. No por el resultado que quizá llegue (suele pasar que cuando el agua está más fría, uno baja uno o dos minutos de su tiempo normal), sino porque habré cruzado algo que al parecer me impedía el paso.

Todo está en la mente. Si nosotros estamos inventando esa realidad, ¿por qué generar una atroz que nos ponga en ese estado de vulnerabilidad? Dice Borges que en realidad las pesadillas están más allá de nosotros, no es que las creemos voluntariamente: “Tomo cualquiera de las palabras: digamos, incubus, latina, o nightmare, sajona, o Alp, alemana. Todas sugieren algo sobrenatural. Pues bien. ¿Y si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales? ¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno? ¿Si en las pesadillas estuviéramos literalmente en el infierno? ¿Por qué no? Todo es tan raro que aun eso es posible”.[7]

Así retoma también la idea del genio la escritora Elizabeth Gilbert en su TEDTalk “Your Elusive Creative Genius”. Allí habla sobre la creatividad y la idea de genio que existía antes del Renacimiento. Desde entonces, el mundo empezó a decir que una persona es un genio más que tiene un genio. Esto genera una presión que ha estado matando artistas los últimos cinco siglos. ¿Podría ser todo diferente? ¿Volver a un entendimiento más antiguo donde la responsabilidad pueda ser compartida?, se pregunta.

La creatividad, dice Gilbert, no siempre se comporta de un modo racional, e incluso en ocasiones parece comportarse de manera sobrenatural. Cita una plática que tuvo con la poeta Ruth Stone, que le dijo que cuando vivía en el campo en Virginia, estaba afuera en la naturaleza y podía sentir y escuchar un poema viniendo hacia ella desde el otro lado del paisaje. Lo describe como un viento tronador que se dirigía violentamente hacia ella. Y cuando lo sentía bajo sus pies, retumbando en la tierra, sabía que lo único que podía hacer era correr tan rápido como fuera capaz hacia la casa, siendo perseguida por el poema, para llegar a un pedazo de papel y un lápiz lo suficientemente pronto para que, cuando el trueno la alcanzara, pudiera recolectarlo y colocarlo en el papel. Si no era lo suficientemente veloz, este viento simplemente la atravesaría, siguiendo su recorrido hasta encontrar otro poeta. Otras ocasiones, apenas capaz alcanzar al poema, lo tomaba de la cola para jalarlo de vuelta y terminar de transcribirlo en el papel. Entonces el poema aparecía al revés: de final al principio, a causa de la manera en que se atrapó. Tan parecida imagen a aquella de jalar un hilo de experiencias, que a veces se escapa y otras se deja mostrar completo, como manga de mago.

Gilbert reconoce que no es en absoluto su proceso creativo, pero que definitivamente ha sentido algo más grande que ella dictarle ideas. Y más allá de ser burlada por lo sobrenatural, se pregunta cómo incorporar esta fuente imposible de identificar y relacionarnos con ella con el fin de que nuestro proceso creativo no nos enloquezca, y que incluso nos ayude a mantenernos cuerdos.[8]

La angustia ante la existencia, el dolor del cuerpo presente por acallar el emocional, todo se calma un poco al entender que podemos presentarnos a trabajar y que no es nuestra responsabilidad si ese ingrediente sobrehumano, esa musa, ese genio, no aparece. Saber que hay algo más grande que nosotros. Que las pesadillas son grietas del infierno, no sólo nuestra mente, y que hay días en que las ideas nos pasan de largo por más horas que pasemos intentando someterlas. Que no siempre podemos ser lo que queremos ser.

Porque llega el día en que el trueno te encuentra y haces lo mejor que pudiste: dios se presentó ante ti, un genio te hizo el trabajo. Tu mente tejió un sueño o un íncubo te regaló una pesadilla. Y ahora estás despierto. ¿Cómo vivir al día siguiente, cuando el trueno ya te abandonó? Entendiendo que esa genialidad era sólo un préstamo, aceptándolo. Igual que se acepta la muerte, porque la vida es momentánea e igualmente maravillosa. Ésa es la más eficaz cura de la angustia: aceptar.

Aunque no tengamos la tecnología del futuro utópico de Vanilla Sky, con o sin negación, los elementos que tenemos en nuestro entorno son suficientes para que nuestra vida no se vuelva una pesadilla de la que no sepamos cómo despertar. Y dibujar es siempre un puente para el cielo.

[1] Cristina Caballero, “Nuestro estómago tiene un cerebro con tantas neuronas como el de un gato”, El Mundo, 28 de octubre de 2015. Recuperado de: http://www.elmundo.es/papel/todologia/2015/10/28/562f630fe2704e523f8b4652.html (3 de noviembre de 2016)

[2] J. M. Coetzee, Giving Offense: Essays on Censorship. Chicago: University of Chicago Press, 1997. Recuperado de: http://bit.ly/2ejsXlA (3 de noviembre de 2016)

[3] Jorge Luis Borges, “La pesadilla”, en Siete noches, p. 13. Recuperado de: http://biblio3.url.edu.gt/publieda/Filosofos/Borges/LaPesadilla.pdf (3 de noviembre de 2016)

[4] Ibid., p. 14.

[5] Ibid., p. 16-17.

[6] Ibid., p. 19.

[7] Ibid., p. 20.

[8] Elizabeth Gilbert en su TEDTalk “Your Elusive Creative Genius”. Recuperado de: http://www.ted.com/talks/elizabeth_gilbert_on_genius?language=en#t-1069350 (3 de noviembre de 2016).


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Secretaría de Cultura