Tierra Adentro

Ilustración: Yair Orozco.

Ablandado el ladrillo, la mujer de ensueño desfila descaradamente frente a las esferas verdes del deseo más inocente, al filo de la sombra de los famas. Las polillas erizadas en la punta del lápiz impiden que el escritor común intente sellar el instante con definiciones precisas, aunque hay un eco de posible explicación en la punta de sus bigotes: Julio Cortázar, argonauta intemporal, se divertía con cada una de las letras que hilaba para convertirlas en palabras y, cuaderno tras cuaderno, parecía decirse en voz baja lo que hoy escuchamos a gritos; Julio Cortázar grita en medio del silencio multicolor que se vale jugar con la tipografía y con las sílabas, con todos los pliegues de la imaginación y con cada canal de eso que llaman literatura que no NO no no es la rígida cuadrícula inamovible de los viejos con corbata de moño y almidón en las pestañas, sino el delicioso reino de la mantequilla verde sobre el páramo intocable del papel que hoy se mueve en pantalla azul.

Agrego que tengo la misma edad de la primera publicación de la obra indispensable donde Cortázar presentó en tercera y cuarta dimensión las andanzas, sabores y salivas de esperanzas, famas y cronopios y tengo para mí que entiendo cada pliegue de sus formas hermosas por visualizar cada línea de su prosa con el exacto colorido del Submarino Amarillo, Blue Meanies en persecución de una inmensa nariz que forma las palabras que se necesitan para que palpite un corazón solitario… o para enrollarle las persianas al emperador que se avergüenza de sí mismo al no encontrar la llave de la casa donde mira su figura buscando la llave en el corazón de una panera y todo esto lo canta en el cotolengo de Santa Eduviges como si fuese el celestial jurado de un examen que quiso ser oral: hubo quienes vimos en persona al gigante Cortázar en la librería El Parnaso de Coyoacán un feliz ayer en que yo apenas le amilanaba el noema a una novia anónima que aún faltaban lustros para conocerla de piernas tan blancas que parecen hielo y constan en actas los nervios, los berros, las ansias y el ojo del ajo con el que hubimos quienes tuvimos el Baldor (y no valor) de acercarnos al hombre que parecía adolescente y declararle la deuda infinita de admiración y gratitud que hoy se vuelve ola de colores y palabras, todas las sílabas congeladas sobre las aceras de un París lluvioso que en realidad es el Buenos Aires que todos llevamos dentro… para que nadie olvide que no todos los cronopios son entrañables e infalibles, así como no todas las esperanzas fardan la limpieza estrecha del arquetipo ideal de su propia cucaracha, y finalmente o por lo mismo, no todos los famas son siniestros.

Sin conocer Italia procuro todos los atardeceres de octubre seguir las instrucciones para matar hormigas en Roma y, en silencio, transcurren las madrugadas sucesivas en que me deleito entendiendo al menos tres pinturas famosas. He seguido a pie juntillas las instrucciones para de veras tener miedo y el intento de bailar con famas; hago de cuenta que conozco la alegría del cronopio en general y sigo el camino amarillo de la relectura, incluso cuando la musa de pelo rojo y piernas blancas se ríe ante la música callada de la mejor literatura, la que escribe un tal Julio Cortázar todos los días que lo releo… y que lloro de vez en cuando la increíble mentira de su ausencia.

Secretaría de Cultura