Tierra Adentro

Ilustración por Édgar MT

“Hasta ese punto, el ser humano tolera el ruido.
Cuando se sobrepasa, el dolor se suelta.”

-Antonio Di Benedetto.

 

Nos mantenían en el pabellón de maternidad. El llanto de mi esposa no se escuchaba por los gritos de los recién nacidos. Alguien en el pasillo, probablemente una enfermera, dijo que los bebés estaban inquietos, que acostumbran a dormir más.

Agradecí el ruido. Tenía que sentirme mal por ella y por mí. Se puede volver a intentar, pero en ocasiones no quedan ganas, solo el vacío que la tristeza llena gota a gota.

La doctora entró, venía con un enfermero que cargaba una pecera pequeña en la que flotaba un diminuto pez rojizo.

Preguntó como estábamos.

Silencio.

Nos explicaron lo sucedido. Solo podía concentrarme en la pecera, no distinguía bien al pez estático en el agua opaca, tal vez era un beta: un premio de consolación. Podría ser política del hospital regalar uno para incitar a sus pacientes a intentarlo de nuevo, cuando el plan alfa no funciona.

Desperté del trance cuando la doctora dijo: no pudimos salvar el embarazo y mi esposa comenzó a sollozar. La doctora la tranquilizó y repitió: no pudimos salvar el embarazo, pero sí al feto. El enfermero nos acercó la pecera y vimos bien su contenido: un embrión, nuestro alfa.

Lloré.

 

A los tres días los dieron de alta. Compré catorce peceras (cada dos semanas lo teníamos que cambiar a una nueva), once esféricas y tres cuadradas. Incluían una red de mano muy similar a las que se usan en los acuarios. La diferencia es que esta era de acero quirúrgico, el hilo de la red era del mismo que usan para poner suturas. El juego de pecera y red venían en bolsas selladas al vacío para no comprometer su esterilidad antes de usarlas.

Puse trece peceras en el cuarto del bebé y la más pequeña en la mesa del comedor. Dejé todo listo antes de ir a buscarlos. En el hospital nos dieron comida suficiente para dos semanas junto con un paquete de gasas para el periodo de gestación.

Me dio la pecera mientras se metía al auto; se la puse en las piernas cuando se terminó de acomodar en el asiento; le pasó el cinturón de seguridad por enfrente presionándola contra su vientre. Manejé con toda la precaución posible, imaginé que hasta el mínimo golpe en el auto podría romper el contenedor de nuestro hijo. Anette no habló en el camino, miraba el bebé en el acuario transparente sobre su estómago. Hipnotizada, sonreía. Me recordó a un bote con fondo de cristal. No lo mencioné.

Lo acomodamos en una mesa de noche. Ella dijo que era mejor dejarlo un par de días en la pecera del hospital, que se acostumbrara a la casa y evitarle la tensión de otra mudanza. Alejé la mesa de la cama, no quería que la golpeáramos mientras dormíamos.

Repasamos la lista de cuidados hasta que pudimos recitarla de memoria. Teníamos que cambiarle el agua cada doce horas, pero solo se llenaba a la mitad; él terminaba de llenarla con líquido amniótico que producían sus riñones. Lo alimentábamos cada tres horas y lo absorbía con su cordón umbilical. Parecía la trompa de un elefante. Si necesitaba algo entre horas, hacía burbujas. Ella aprendió de inmediato lo que significaban.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Apenas empezábamos y yo estaba asustado por el final. Las cuadradas eran para la última etapa de gestación, cuando los pulmones se desarrollan. La doctora nos dijo que debíamos que tener sumo cuidado, ya que el bebé, cuando está preparado, flota a la superficie y llora, hace formal su nacimiento. Tenemos que sacarlo de inmediato o se puede voltear y ahogarse.

Necesitamos ponerle nombre.

Regresé a trabajar, ella tenía permiso de maternidad.

Los días que llegaba temprano la veía con la pecera pegada en el vientre, acariciándola de arriba abajo.

Las primeras veces le cambiábamos el agua juntos. Preparábamos una pecera más grande para ponerlo, tirábamos el líquido, lavábamos y rellenábamos hasta la mitad. El agua era especial, venía con las medidas de las peceras impresas al frente, de modo que la cantidad siempre era la correcta. Una farmacia cercana enviaba semanalmente las bolsas de agua a la casa, ya no teníamos que pedirlas. Y en caso de presentarse algo de urgencia podíamos llamar, tenían todo lo necesario para los bebés de acuario.

Ahora ella le cambia el agua. Paso más tiempo en el trabajo, mi hijo ya no les importa. Como llego después de las nueve lo único que puedo hacer es vigilar la pecera mientras ella se baña. Cuando termina preparo la cena.

Rex no se mueve, solo su trompa umbilical cuando come o burbujea. Era normal, hasta el quinto mes comenzaría a nadar un poco, ya que estuviera en la pecera número seis. Me aburría verlo, sacaba mi celular o iba a la cocina por agua, cuando escuchaba que ella salía guardaba rápido el teléfono. No quería que pensara que no estaba atento.

 

Me levanto por un café. Desde la cocina veo a Rex en la mesa del comedor, inmóvil como es su costumbre.

¡Rubén!

¡En la cocina! No me escucha. Salgo de la cocina. La veo aún en una toalla mojada. Corre a la mesa del comedor.

¿No lo escuchas?

En la superficie del agua nacen y mueren burbujas muy pequeñas, no las podía ver desde donde estaba, y ni siquiera tan cerca las podía escuchar. El agua de la regadera sigue corriendo. Toma a Rex para llevárselo, quiero decir algo, me interrumpo cuando la veo resbalar. No cae, la pecera tampoco, me acerco para ayudarla y me da una cachetada con líquido amniótico.

¿Ves lo que provocas? ¡Lo pude perder de nuevo!

 

Dormí en la sala hasta la siguiente pecera. Aún quedaban once.

Ya no descansamos; ni Rex que gorgojea toda la noche; ella que dice escucharlo y yo claro, que no lo oigo, pero me despierta para decirme exactamente eso. No cree en la imposibilidad de mi oído de percibir lo que está entre las burbujas.

Dejó de bañarse. Ya no cuido del bebé, solo hago la cena y cenamos con él en medio de nosotros. Es mi hijo y lo amo, pero verlo rojizo, en ocasiones rosa, comiendo con su trompa, no es algo que me dé hambre.

 

Ha comenzado a llamarme todos los días al trabajo desde que la doctora le dejó de contestar.

No se calla.

Es todo lo que dice, hemos terminado en urgencias en más de una ocasión, siempre con el mismo diagnóstico: “Todo bien”, “es normal”. No lo cree.

Cuando llego a casa es la misma imagen. Ella en el cuarto con la televisión o la música en el estéreo a todo volumen. Dice que aún lo escucha.

Pequeñas burbujas.

La grasa se le acumula en el cabello. Las ojeras. Los dientes amarillos.

Ha dejado de despertarme por voluntad. La escucho por las noches yendo de un lado a otro con la pecera pidiéndole a Rex que se duerma. No deja que me acerque, solo puedo escucharla del otro lado de la pared.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Necesito resolver esto, tal vez hay otros padres que nos puedan dar consejos o un grupo de padres anónimos que se reúnan todos los jueves en alguna iglesia, después de los alcohólicos. De camino a casa paro en iglesias, en un centro doble A y en algunos consultorios a pedir informes. Ninguno de ellos tiene un grupo como el que necesito, pero me dicen que si hay uno en el centro de rehabilitación que se encuentra a diez minutos fuera de la ciudad.

 

Callo el motor, veo la luz de nuestro cuarto extinguirse. Es tarde, debería bajarme y entrar, pero no hay diferencia entre llegar tarde unos minutos o llegar tarde unas horas. Me quedo sentado en el auto hermético, escuchando nada, disfrutando el abismo que genera la ausencia de ruido.

A diferencia de lo que espero, la casa se encuentra en un silencio tan rotundo que el movimiento de mis llaves parece una tormenta, chocando una con otra, generando truenos artificiales. Arriba, le jala al baño y libera el ruido de un tifón en toda la casa. Sigue despierta.

Escucho diminutos plopsdescendiendo por las paredes. Subo las escaleras como si estuviera aprendiendo, despacio y tambaleante. Paso por el cuarto de Rex, veo las peceras vacías, aun nos falta camino.

Abro la puerta de nuestro cuarto y el sonido de agua me golpea los tímpanos, la taza del inodoro se está llenando tan lenta como siempre. Dejo que la luz del pasillo se derrame en mi lado de la cama. En la oscuridad puedo oler su shampoo. Ahí recién dormida vuelve a ser ella ¿Cuánto tiempo tardará en estallar la siguiente burbuja? Me siento en la cama y veo la mesa de noche, la pecera está vacía.

El inodoro termina de llenarse.


Autores
(Mazatlán, Sinaloa, 1990). Ha publicado en la revista digital Efecto Antabus. Participante del dossier sin nombre.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.
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