Tierra Adentro

Ilustración de Amanda Mijangos (Ciudad de México, 1986)

Morir es quedarse

 

Nada, ya nada debo salvo el tiempo.

Sin mirar atrás,

nada debo si el año muere.

Mi memoria queda prendida a ti,

de la hojarasca del otoño,

de los pasos que dejo.

Pasar a ojos cerrados y labios

en vilo con la noche

con la ciencia de que llegar es irse

y volver a soñarte

y otra vez retornar,

una vez más quedarse.

No, nada debo, el tiempo aqueja,

dolerte del mismo modo hasta siempre,

arderme y dolerme

otra piel en mi cuerpo;

vivir así, como dicen, como es,

así es el amor en esta tierra prometida,

quiero decir húmeda,

porque debajo

muy abajo de este mundo

hay carne en la muerte, así vengo,

cabalgando encima del espinazo

de un animal fracturado

de un animal roto

que fue contenido bajo tierra.

 

La muerte nada, nada guarda.

O el tiempo o la memoria

que me vivieron

me hacen llorar en desmedida

cada noche y cada día;

mejor es irme

y dejar cada cosa en su lugar

y permitir que las horas nos dejen.

 

Intentaré de nuevo la historia,

dejo este cadáver en flor;

soy esa oscuridad en mi cuerpo,

mi otro yo que perdí,

mi alma que te vivió.

Mirarte sin mirarnos hasta nunca

en el adiós de la muerte que llega.

Viene por mí el caballo melancólico,

el mismo que me trajo a tu sombra,

a mi casa donde existir

es de pronto desvanecerse.

 

 

Exhumación

 

Barro el nido de los espantos

con el plumero de la bruja;

saltan, retozan y vagan los trinos

nocturnos en los álamos del lago.

El corifeo de las grullas, no,

digo, el adalid de las lobas

muerde el grito en la cima;

allá, más acá de las providencias,

vates y clérigos formulan

el grimorio de la edad cósmica.

Sacudo el pánico,

limpio el polvo de la casona

al ocaso de tres vírgenes hadas;

la torre de los magos testifica

de la sombra vecina,

la luz que bajo tierra chupa el hueso.

Las órdenes mueven los astros,

los dioses caen en forma de piedra

de rodillas suspiran la penumbra.

Otra vez el grito, un hallazgo

en la piel de las monjas,

de la cruz hay calor de sangre,

olor de agua, salitre, a subterráneo

de flor ensucia los ojos, las manos,

y el desamor de dios en sus hocicos.

 

El universo o la escritura,

el orden o la luz

da pareja muerte en el patio

de cualquier templo,

en esa piedra la fe incendia,

quema la carne, y el sacramento

por la vida se inhuma

al lavarse los párpados

al nevarse los ojos.

…….

Raspa la hoja blanca, a ver si

algo cabe en la cuenca de esta mano;

atrás mosca, heliotropo, ciénaga.

“Raspa”, me susurra el zumbido de la flor garza;

rasgo los aires y los soles

silban entre las plumas de las tardes

a manera de pájaros anclando la savia.

Murmura, repite el sonido,

musito y duermo a la hora

que escurre el dolor de la fiebre.

 

Qué digo! Nadie me repite,

hago eco de mi voz bajo la cama,

me dices ya, me dicen hoy,

dicen las voces “camina al espejo”

y ando como Simón en el vacío.

Allí encuentro más voces que emular,

sus ecos maduros son la deslucida imagen,

la pobre luz de quienes me preceden

y cifran el verso libre con la estrofa blanca.

 

Qué dicen! Nada, copian mal el Blanco,

declinan entre dados por la boa del juego,

modernos epigonales, caballo a mansalva,

expresan bien la imperfección del símil

y del poema, digo nada, lo deletreo,

las letras quedan libres.

 

Secretaría de Cultura