Tierra Adentro

Ilustración realizada por Julissa Montiel.

Las historias de un país poseen un poder identitario, confieren propósito a las sociedades que comparten ideologías entre sí. Solo los acontecimientos trascendentales perduran en forma de relatos, cuyos personajes heroicos o solemnes, evocados por el fervor de cada generación, sobreviven al futuro como símbolos.

Cuando se piensa en los sucesos que han unido a diversas culturas, es inevitable regresar al 11-S; el ataque terrorista más letal en la historia moderna de Estados Unidos. Un punto de inflexión que marca el inicio de la guerra contra el terrorismo, por la libertad y la justicia internacional.

El mayor golpe a Occidente, en palabras del entonces mandatario estadounidense, George W. Bush, comienza con el secuestro de cuatro aviones, el 11 de septiembre de 2001. A las 8:46 a.m. (hora local) un Boeing de American Airlines se estrella contra la torre norte del World Trade Center, Nueva York. A las 9:03 a.m. un segundo Boeing impacta en los pisos 77 y 85 de la torre sur, y disipa cualquier error de tráfico aéreo.

Luego de 34 minutos del segundo ataque a las torres gemelas, el tercer avión colisiona en el Pentágono (Virginia), contra una de las fachadas. El cuarto avión cae en un campo de Shanksville (Pensilvania) a las 10:03 de la mañana. De no ser por la rebelión de los pasajeros contra sus captores, ese avión habría destruido la Casa Blanca.

La torre sur colapsa a las 9:59 horas; la torre norte, a las 10:28. De acuerdo con la Comisión del 11-S, los ataques dejan más de tres mil muertos, entre ellos, los 19 terroristas armados con explosivos. La imagen de seis mil heridos despierta un arrebato de justicia en los medios norteamericanos.

Desde aquel día, la cobertura televisiva se retransmite sin mostrar a las víctimas o esclarecer los motivos detrás del acto terrorista. El derrumbe de las torres gemelas atemoriza a los neoyorkinos, quienes apenas pueden creer lo que atestiguan.

Incluso los diarios extranjeros se suman al luto de Estados Unidos. El País lleva al siguiente peldaño el discurso mediático con el que describe el 11-S en sus columnas editoriales, publicadas horas después del ataque. “Un golpe a nuestra civilización” expone la perspectiva con la que los aliados occidentales de E.U. deben entender el terrorismo y la necesidad de frenar ese peligro potencial para otros países.

Las hipérboles también aparecen en la columna, la expresión “hiperterrorismo” se refiere al supuesto con el que los terroristas actuaron, pues según el diario, ellos contaban con que los medios repetirían las imágenes cruentas del 11-S; por lo que estos criminales alcanzan el nivel de “terroristas globalizados”.

La retórica de El País establece una diferencia entre las víctimas (nosotros, los ciudadanos “biennacidos”) y los agresores (ellos, los de afuera). También asume que el acto de hiperterrorismo marca el inicio incierto del siglo XXI al tratarse del primer acto terrorista de alcance global.

La línea editorial del periódico continúa en la cobertura de los hechos. Hay una tendencia enfocada a imitar la posición de E.U. y sus aliados. “El País vulneró su compromiso con el lector, entre otras cosas, mediante interpretaciones sesgadas de documentos externos para poder ‘encajarlos’ en la estrategia discursiva”1.

Otros medios de habla hispana retoman prácticas similares a El País. En una lectura semántica, Estados Unidos es un sinónimo del mundo o humanidad; el ataque se considera un acontecimiento sin precedentes, referido como el “comienzo de una nueva era”. Las imágenes giran alrededor de las torres gemelas en llamas y el pánico en los testigos.

Las descripciones de los hechos se comparan con la ficción, sitúan a los espectadores frente a un desastre capturado en tiempo real. En el perpetuo asombro del espectador, los medios desplazan la rigurosidad periodística por las retransmisiones de la catástrofe.

Un fenómeno informativo de esta complejidad tiene su origen en Estados Unidos. El país que sobrevive al 11-S cuenta la historia, una compuesta por anécdotas referentes a las víctimas, y en general, a lo trágico del atentado. Las noticias incorporan contenidos diseñados para evocar de forma constante el dolor y la incredulidad del público.

“Con la noticia anecdótica (…) se incide en datos sensacionalistas, por ejemplo, que conjuntamente con el hallazgo de unos relojes entre los escombros, iban trozos de piel de sus poseedores muertos o el tema de los teléfonos móviles como despedida final de las víctimas de sus seres queridos”2.

El ritmo en la producción de noticias, excede las expectativas de inmediatez aun para el mundo hiperconectado. La sobreinformación del tema descarta tópicos importantes y controla el debate; como advierten Edward S. Herman y Noam Chomsky en Los Guardianes de la libertad (1988), donde explican el modelo de propaganda de los medios en E.U., cuyos filtros informativos obedecen al interés político-económico3.

Las anécdotas cumplen con dos objetivos: concluir el proceso de subinformación y apelar a la exigencia de justicia4. A través del énfasis en las imágenes impactantes, los medios perfilan un lenguaje colmado de sesgos informativos, hipérboles y términos sensacionalistas para referirse al fenómeno. Estas bases funcionan mejor a nivel discursivo; por lo que se convierten en los signos que mitifican al 11-S.

 

Los fundamentalismos de la guerra

El gobierno estadounidense alimenta la retórica de su periodismo. El 12 de septiembre del 2001, apenas un día después del atentado, George W. Bush tiene una reunión con su equipo de seguridad nacional, donde afirma que el 11-S en realidad es un acto de guerra; y remata con una frase lapidaria: “la libertad y democracia están bajo ataque”.

La incitación bélica se convierte en un asunto de seguridad nacional, también inicia la narrativa antiterrorismo, protagonizada por un enemigo único a quien vencer, aunque eso signifique comenzar una guerra a gran escala. Así se confirma la teoría de Herman y Chomsky respecto a la finalidad del discurso “anticomunismo”: justificar intervenciones en otros países; pero en este contexto se llama “antiterrorismo”.

Bush logra un acierto para incentivar el conflicto, porque concede el canon “acto de guerra” al delito cometido por el grupo yihadista5 que el mundo conocería como Al Qaeda, “la base”, conformada en 1988 con el objetivo de librar la “guerra santa” contra Estados Unidos. En el tratamiento mediático del 11-S, tampoco importa comprender quién es Osama Bin Laden, el autor intelectual del 11-S.

La atención está en el inminente conflicto armado contra Afganistán, refugio de los terroristas, a quienes E.U. vincula con el régimen talibán. Este grupo ultra conservador, que en pastún significa “estudiantes”, surge en 1990. Predican un islam sunita que prohíbe a las mujeres salir solas a la calle, ocupar cargos de poder o asistir a la escuela si son mayores de 8 años. El castigo por desobedecer es la muerte.

El talibán dicta la imagen de las mujeres con el uso del burka, que cubre todo el cuerpo. También instaura ejecuciones públicas de asesinos y adúlteros. La ley islámica de esta facción, preocupa a la comunidad internacional por sus múltiples violaciones a los derechos humanos.

Afganistán gana fama de albergar a yihadistas y talibanes, lo que facilita a Bush asegurar que un ataque bélico y un atentado terrorista son lo mismo. El problema radica en que Al Qaeda dista de ser un ejército o Estado beligerante, y su crimen “no tiene ninguna de las connotaciones de la guerra, y tiene todas y únicamente las del delito”6 ante el derecho internacional.

Contrario a Al Qaeda, en un conflicto de esa índole, hay enemigos reconocibles y agresiones directas a manos de las fuerzas armadas de cada país en confrontación; entonces resulta cuestionable la invasión orquestada por E.U. tras el 11-S.

Los actos de guerra ameritan enfrentamientos armados; en cambio, a una matanza, por más violenta que sea, debe rebatirse con el derecho internacional, “con el castigo severo de los culpables, (…) por medio de investigaciones conducidas a (…) neutralizar la compleja red de las complicidades que les han ayudado y lo continúan haciendo”7.

Justificar una respuesta bélica al 11-S, recae en el deber estadounidense autoimpuesto de pelear en nombre del bien. Bush explota el escenario maniqueo, recurre a símbolos divinos en su discurso del 20 de septiembre del 2001. “La libertad y el temor, la justicia y la crueldad siempre han estado en guerra, y sabemos que Dios no es neutral en esta batalla”.

La retórica antiterrorismo alcanza influencia mundial con el mítico: “quien no está con nosotros, está con los terroristas”. Nadie quiere pelear contra E.U., en especial si se considera que posee una de las fuerzas militares más poderosas del mundo y sus soldados asesinan bajo el comando de Dios.

De nuevo aparece un viejo argumento religioso que E.U. ha usado para sostener conflictos armados en otras naciones; esta vez, Afganistán es el objetivo inmediato, luego de que el talibán rechazara el ultimátum de Bush y se rehusara a entregar a Bin Laden sin pruebas.

En la antesala de la guerra, el gobierno estadounidense perfecciona el ciclo vicioso del lenguaje político, que inicia con los atentados terroristas considerados como actos de guerra y la paradoja de frenar el terrorismo con una ola destructiva en suelo afgano.

Inicia una cruzada inevitable que detendría a la cultura del terror en Oriente Medio, pues Estados Unidos asocia el régimen talibán con la muerte, debido la relación con Al Qaeda y la naturaleza kamikaze del atentado. La narrativa de la maldad comienza el 17 de septiembre, cuando el exmandatario describe a sus enemigos: “los terroristas no representan la paz. Representan el mal y la guerra”.

Horas más tarde, Bush asegura que la contienda no es contra el islam, lo demuestra en su visita al Centro Islámico de Washington, donde recalca que el islam promueve la paz. Aunque el enemigo haya sido delimitado por la religión, el lenguaje de los medios y la Casa Blanca usa “el talibán” para incluir a cualquier persona de Oriente Medio que viva bajo ese régimen.

La figura de Osama Bin Laden y Al Qaeda pierden claridad, solo hay referencias escasas mencionadas por Bush: “este grupo y su líder –una persona llamada Osama Bin Laden– están vinculados a muchas otras organizaciones en distintos países, entre ellos la Yihad Islámica Egipcia y el Movimiento Islámico de Uzbekistán”.

En suma, los adversarios son radicales y están en varios países; lo que sugiere un margen amplio del que se esperan ataques. El fundamentalismo islámico aparece de forma constante en las definiciones oficialistas en E.U. sobre Al Qaeda; por otra parte, la narrativa antiterrorismo tiene bases cristianas, como la expresión, “Dios no es neutral”.

“El bien” estadounidense contra la yihad de Al Qaeda se traducen a un duelo de masacres, justificadas con fundamentalismos, uno imperialista y otro religioso, como lo describe Tariq Alí en su libro El choque de los fundamentalismos. Las cruzadas, las yihads y la modernidad (2005).

A través de estas doctrinas, la guerra contra el terrorismo asciende a una contienda cultural y religiosa; un combate que pudo haberse prevenido en la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés).

En un video difundido en 1997, Bin Laden ostenta un turbante y una túnica debajo de la indumentaria militar, mientras declara su intención de destruir a Estados Unidos. La CIA, tras evaluar la amenaza, determina que el líder de Al Qaeda es un sujeto primitivo en una cueva; por lo tanto, inofensivo.

De acuerdo con la BBC, en el artículo “Atentados del 11 de septiembre: por qué la CIA no detectó los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York (pese a las señales que tuvo)”, escrito por Matthew Syed; la cultura blanca en la CIA imposibilita el análisis islámico del video.

La cueva es el ambiente perfecto del mensaje, pues Mahoma se refugió en una cuando huyó de sus enemigos. Bin Laden emula las imágenes del Corán en sus discursos poéticos, porque los talibanes se expresan a través de la poesía, para ellos es sagrada. Con los videos, la organización terrorista alcanza a 20 mil seguidores un año antes del 11-S.

Según el artículo de la BBC, la incredulidad de la CIA comienza desde la proclamación de Bin Laden, con la que pelearía una guerra sin posibilidad de ganarla. Sin embargo, un yihadista encuentra la victoria en el paraíso, donde es recibido por vírgenes; de esta forma, la muerte de un yihadista también es su boda.

Los símbolos en la imagen de Bin Laden pasan desapercibidos durante cuatro años hasta el 2001; cuando los yihadistas de Al Qaeda enfrentan a los defensores de la justicia norteamericana, cuya lucha no se limita a la detención de los terroristas.

Para el gobierno de Bush, la victoria solo podría conseguirse con la expansión hegemónica estadounidense en Afganistán. El camino inicia con la operación Libertad Duradera, del 7 de octubre del 2001, un bombardeo aéreo dirigido a los campamentos terroristas en tierra afgana, bajo el régimen talibán.

 

La historieta americana del 11-S

La guerra contra el terrorismo promete justicia a los estadounidenses, un ajuste de cuentas infinito e impecable en cualquier frontera. Con esta cruzada, Bush consolida la legitimidad que su gobierno busca y representa una ofensiva patriótica a un enemigo extranjero.

La retórica realista que busca Bush para diferenciarse de administraciones anteriores8, trae de vuelta la seguridad nacional y conflictos armados alrededor del globo. Tras la caída del régimen talibán durante noviembre de 2001, el próximo enemigo a vencer es Irak, bajo la dictadura de Saddam Husein.

Según el informe del gobierno británico, publicado el 24 de septiembre de 2002, Husein fabrica armas de destrucción masiva. El primer ministro inglés, Tony Blair asegura que los resultados de inteligencia en Irak arrojan pruebas “más allá de toda duda”.

Conforme al artículo de la BBC, “El engaño que provocó la guerra en Irak”, el agente iraquí, Rafid Ahmed Alwan al-Janabi habría inventado información respecto a las armas. Las organizaciones de inteligencia estadounidenses y británicas creen en Rafid, apodado “Curveball”; un sobrenombre irónico aun para espías, pues el término en béisbol se refiere a un lanzamiento curvo que engaña a los bateadores.

Aunque la paradoja más grande la comete Bush en la trama antiterrorista y la invasión en Afganistán e Irak, porque construye la figura de sus enemigos mediante ficciones; primero con Bin Laden, presentado como un sujeto primitivo y misterioso, descripciones alejadas de la realidad que el gobierno norteamericano conocía desde 1979, cuando financiaba a Bin Laden para expulsar a los soviéticos de regiones afganas.

Bush continúa en Irak, el otro país adversario que posee armas de destrucción masiva. Después de las ofensivas militares en Bagdad, realizadas en marzo de 2003, el arsenal no aparece. Si bien estas ficciones justifican la guerra; en la cultura estadounidense surge otra forma de mitificar el 11-S a través de un lenguaje simbólico y fábulas de heroísmo.

El cómic gana relevancia en el testimonio histórico del 11-S. Las historietas toman inspiración en las fotografías sensacionalistas de los diarios y revistas como Time, cuya portada sin texto muestra las torres gemelas en llamas. Las galerías de bomberos, publicadas en Vanity Fair, destacan la fortaleza física de los hombres blancos, a quienes Marvel comics y DC comics convertirían en protagonistas de sus páginas.

La imagen de los varones musculosos imita al arquetipo de los superhéroes; esto favorece a los editores de Marvel comics en su tarea de lanzar el especial, Heroes en diciembre del 2001. De acuerdo al artículo de El Comercio, “El 11-S en los cómics: del estupor a la esperanza”, escrito por Adolfo Bazán, la aventura comienza en The amazing Spider-man número 36.

La portada negra inaugura la tristeza del superhéroe al deambular entre los escombros de las torres. En el camino, las viñetas muestran otros personajes como los X-men y el Capitán América, quienes ayudan a los bomberos. Spider-man afirma que solo “los locos de Al Qaeda” podrían causar tanta destrucción, incluso exceden los límites de la maldad cuando Doctor Doom, enemigo habitual en los cómics, llora por la tragedia.

El número 36 enfatiza en que los verdaderos héroes son los bomberos y rescatistas; rinde tributo a “los ‘Auténticos héroes’, para así recuperar el orgullo nacional, (…) en el cómic abundan las referencias al comportamiento heroico de los americanos en aquel 11-S”9.

A partir de ese discurso, los ilustradores trabajan en A moment of silence, protagonizada por socorristas. El prólogo escrito por el entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, reafirma que los héroes siempre han sido los equipos de rescate10. El mensaje del exalcalde es el único texto en el cómic, que aborda el trabajo valeroso de los rescatistas.

Las historietas 9-11: Emergency Relief, o 9-11: September 11 2001, volúmenes uno y dos, publicados por DC comics, dejan un legado superheroico para su ciudadanía. El atentado terrorista es mitificado en la novela gráfica, The 9/11 Report: A Graphic Adaptation (2006) basada en los resultados de la comisión investigadora respecto al 11-S.

La solidaridad en los cómics se desvanece rápido frente a la propaganda de guerra. Stan Lee, escritor estrella de Marvel comics, publica El elefante durmiente a finales de 2001. La trama presenta a un clan de ratones malos, visten túnicas islámicas y prenden fuego a la catedral del elefante, quien gobierna aquel mundo antropomorfo.

Una vez cometida la fechoría, los ratones malvados se esconden en baños sucios con la media luna islámica en la puerta. Cuando el elefante despierta, encuentra los refugios donde están sus enemigos y los destruye con una fuerza desmedida. Historietas similares a esta, promueven “el respaldo a las fuerzas militares de los EEUU para que en Afganistán ejerzan su misión con la mayor brutalidad posible”11

Sucede lo mismo en Tenía lágrimas en los ojos (2001). El lector atestigua el diálogo entre un anciano y su nieto sobre el 11-S. El veterano de la segunda guerra mundial debe responder si habrá una amenaza similar a la que él detuvo. Mientras el abuelo medita, aparecen ilustraciones de las fosas comunes en el holocausto. La reflexión termina en un llamado a la guerra en Afganistán antes de que sea tarde, como pasó con Hitler.

También hay críticas hacia la gestión norteamericana de los ataques terroristas. En A la sombra de las torres (2006), escrito por Art Spiegelman, las viñetas desatan una postura escéptica respecto al discurso de Bush; pero no logra que la civilización estadounidense cuente una historia honesta.

A menudo se omiten las ejecuciones a presuntos líderes del talibán y los bombardeos intencionales a civiles afganos, según los 90 mil informes infiltrados por Wikileaks; así se conforma una viñeta oscura del 11-S y la guerra contra el terrorismo.

El pueblo que encarna los valores democráticos, renuncia a defenderlos mientras ignora los crímenes de guerra en Afganistán y aprueba la Ley Patriota, que legaliza el espionaje por parte del gobierno hacia sus ciudadanos. Estados Unidos glorifica este sacrificio en sus cómics, y demuestra que quienes luchen por la patria, viven por siempre, igual que los superhéroes.

La pelea superheroica de Estados Unidos frente a Al Qaeda y el talibán será recordada con el catastrófico final de la cruzada. Los videos del aeropuerto en Kabul muestran los resultados de la guerra: los afganos trataron de sujetarse al avión que sacó a las tropas estadounidenses el 16 de agosto de 2021.

Termina la guerra contra el terrorismo, al menos para Estados Unidos. El 29 de febrero de 2020, el talibán y el gobierno del expresidente Donald Trump firma el “Acuerdo para traer la paz a Afganistán”. Las condiciones contemplan una retirada sin incidentes violentos y la prohibición de que el territorio afgano vuelva a convertirse en refugio para los terroristas.

La salida estadounidense que debía cumplirse en un plazo de 14 meses, culmina el 30 de agosto y finaliza con casi 20 años de conflicto. Por su parte, el talibán rompe el compromiso de dialogar con las autoridades afganas para discutir el control del país. El tratado tampoco obliga al talibán a respetar derechos humanos, mucho menos a las mujeres.

Distintos funcionarios afganos tienen poder político bajo la autoridad de Estados Unidos; sin embargo, el presidente afgano, Ashraf Ghani, huye el 15 de agosto de 2021, cuando el talibán se apodera de Kabul. Aunque el régimen promete apertura a las mujeres profesionistas y a los aliados de la OTAN, ya asesinaron a una mujer por negarse a usar el burka y dispararon a los manifestantes que izaron la bandera afgana en Jalalabad.

El pueblo afgano ha sobrevivido a la invasión estadounidense, cuyos resultados dejan un país sin democracia, libertad ni justicia. Desde 2013 el ejército norteamericano ha sido acusado ante la Corte Penal de la ONU por cometer tortura y violaciones sexuales en la guerra contra el terrorismo.

Ahora el mundo observa el inicio de una batalla en el valle de Panshir, donde surge una resistencia armada contra el talibán. El líder de la rebelión es el vicepresidente afgano, Amrullah Saleh, quien espera apoyo de su aliado, Ahmad Masud, hijo de un emblemático comandante antitalibán.

Los afganos esperan encontrar asilo en otros países, y sortean la furia del Estado Islámico, otra rama yihadista, culpable del atentado suicida del 26 de agosto en el aeropuerto de Kabul, que deja 170 muertos. Francia, Alemania y Reino Unido acogerán refugiados; en el caso de Reino Unido, las autoridades recibirán a 20 mil personas evacuadas.

Mientras Afganistán se hunde en el terror que la invasión estadounidense prometió exterminar, Joe Biden, presidente norteamericano, declara que el objetivo se cumplió desde el 2 de mayo de 2011, con el asesinato de Bin Laden en Abbottabad, Pakistán. Biden tampoco lamenta abandonar a los afganos a su suerte, luego de la destrucción que su país infligió.

Estados Unidos necesita construir nuevos símbolos libertarios y prefiere narrar una historieta de los héroes que emprendieron una lucha en nombre de la justicia; por lo que es imprescindible reconocer la realidad afgana en las viñetas de ese cómic.

Si el 11-S se convierte en un símbolo de prevalencia, y la guerra contra el terrorismo se considera un estandarte del bien, nadie podría cuestionar la historia que decida narrar la cultura norteamericana. Para preguntarse si el elefante dormido fracasó en su misión, solo hay que escuchar el clamor de las voces afganas que aún exigen libertad.

 

Fuentes y referencias:

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  1. Jarque, José Manuel. (2005) El País frente a los atentados del 11–S norteamericano: “acriticismo” y alineamiento discursivo con la postura estadounidense. Andamios, Revista de Investigación Social. Volumen 2, número 3. Disponible en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-00632005000200002#notas
  2. Muñoz, Blanca. (2007) ¿Realidad o ficción?: el impacto comunicativo del 11-S. Estud. pesqui. psicol. Volumen 7, número 3. Disponible en: http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1808-42812007000300017#1t
  3. Los filtros que Herman y Chosmky identifican son cinco: 1.- Magnitud, propiedad y orientación de los beneficios de los medios de comunicación. Lo anterior se refiere a los medios entendidos como propiedades de élites económicas. 2.- Beneplácito de la publicidad. Los diarios necesitan solventar el costo de producción con ayuda de la publicidad en sus páginas; con la publicidad, el mercado libre no ofrece un sistema en el que decida el comprador y la información antiempresarial es eliminada. 3-. El suministro de noticias a los medios de comunicación. En los medios circula información dosificada y proporcionada por agencias gubernamentales o el mismo gobierno. 4.- La censura y los ataques por parte de las élites para acallar cualquier crítica negativa hacia su imagen o contra sus intereses. 5.- La retórica anticomunista. Después de la caída de la URRS, sobrevivió la el método de condenar ideologías diferentes al patriotismo estadounidense. El discurso cambia según el contexto, porque ningún medio quiere estar del lado de enemigo.
  4. Ibidem.
  5. La yihad podría traducirse del Corán a “el esfuerzo”, de acuerdo con el artículo de El País, “La ‘yihad’ es mucho más que ‘guerra santa’ “. Si bien hay diferentes lecturas musulmanas de la yihad, como la filosófica que plantea un esfuerzo para perfeccionarse a sí mismo; Al Qaeda recupera la interpretación referente a la guerra santa para preservar el islam, y castiga a los “infieles” del islamismo extremo que predica la cédula terrorista.
  6. Ferrajoli, Luigi. (2009) Guerra y terrorismo internacional. Un análisis del lenguaje político. Anuario Mexicano de Derecho Internacional. Volumen 9.  Disponible en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-46542009000100001
  7. Ibidem.
  8. Montaner Peralta, Gonzalo. Están con nosotros o con los terroristas. El efecto Al Qaeda y la Guerra de Iraq en América Latina. Ariadna Ediciones, 2021.  Disponible en: https://books.openedition.org/ariadnaediciones/6032
  9. Segado Boj, Francisco. (2005) Tambores de guerra en viñetas: Spiderman y el 11-S. Revista Historia y Comunicación Social. Volumen 10. Disponible en: https://revistas.ucm.es/index.php/HICS/article/view/HICS0505110233A
  10. Ibidem.
  11. Juanjo Bermúdez de Castro, “Nine-Elevenismo”, L’Atelier du Centre de recherches historiques [Online], 07 | 2011, Online since 01 September 2011, connection on 19 August 2021. URL: http://journals.openedition.org/acrh/2898 ; DOI: https://doi.org/10.4000/acrh.2898
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