Tierra Adentro

Para Álvaro García

La familia se enfureció conmigo el día que invité a Verónica para jugar después de la escuela. No pedí permiso y avisé 10 minutos antes de su llegada. No sabía que estaba mal. Ningún compañero de la primaria me había visitado antes. Ella vivía en la calle 523 y yo en la 517, pertenecíamos a la misma colonia, pero nos separaba un camellón al que llamábamos «el bordo» —un corredor de árboles secos y pedazos de pasto que conducía a todas las primarias de la zona. Le pusieron ese nombre porque los vecinos aventaban su basura y, como nadie la recogía, se hacían charquitos de cochinada por toda su extensión. Cada mañana teníamos que caminar por el bordo para llegar a la escuela y no había niño que no entrara al salón de clases con el estómago revuelto. Lo más importante era que el bordo delimitaba a los amigos de la calle y precisamente Verónica pertenecía al otro lado.

Mi abuela era la dueña de la casa, dentro daba alojo a hermanos suyos, hijos y nietos, éramos más de 14 personas en un espacio construido originalmente para cinco y, aunque los vecinos vivían igual, daba pena reconocer que compartíamos, apretados, cada centímetro. Las casas de la colonia tenían falsas aspiraciones de clase media. Las fachadas estaban bien, pero los salarios no estaban al nivel de su inicial arquitectura y dentro de cada casa había un mundo.

Tampoco sabía qué tan importante era dar una buena impresión cuando llegaban las visitas, por más pequeñas que éstas sean. La organización para limpiar fue rápida. Las mujeres empujaron la basura debajo de los muebles, edificaron una única pila de trastos sucios, limpiaron la mesa con una pelusa gigante, redecoraron la pila de papel higiénico que se desbordaba en el bote del baño y tallaron las costras de mugre en el patio mientras refunfuñaban, furiosas, la llegada de mi amiga. Los niños, incluso las moscas, desaparecimos de su vista en un segundo.

Quedé de ver a Verónica en la panadería que me quedaba a unos pasos. Llegó puntual a nuestro encuentro. Estaba nerviosa de llevarla a la casa. Pensé que la familia a veces era un par de calcetas blancas, bastante percudidas y resbaladizas que llaman la atención de todos, y no sabes dónde esconder porque la falda de tu uniforme no es lo suficientemente larga.

Entramos por el portón negro del patio y daba la impresión de que alguien había sacudido la casa fuertemente. El desorden habitual había regresado: los materiales de limpieza estaban regados en el suelo y la familia gritaba histérica. La tía Mari volteó hacía nosotras y chilló: «Todo por tu pinche culpa». Tardé unos segundos en entender que el mensaje era para mí. Por un momento creí que le gritó a mi amiga, porque en casa no se usaban groserías con los niños, pero Verónica no sabía nada de eso. Mi tía volvió los ojos a la abuela que estaba tendida sobre el suelo y emitía un runrún de robot que no paraba. Mi tía Mari la sacudió por los hombros, pero la abuela no se inmutó, estaba trabada.

La abuela, además, era muy gorda. Los primos calculamos que pesaba más de 1,000 kilos. Entre los tíos la cargaron, la echaron en la camioneta y se la llevaron de emergencia al Hospital de la Raza. Desde que la camioneta arrancó tocaban el claxon más histéricos que nunca para que nadie se interpusiera en el camino, aunque la calle estaba vacía. En teoría el tío Diego se quedaría para cuidarnos, pero aprovecho la ausencia de mi tía Mari para irse con una muchacha a quién sabe dónde.

Cuando las cosas se calmaron, los primos nos reunimos en el lugar del accidente: el lodazal del patio donde la abuela se había resbalado. No hay sangre, no más se pegó en la cabeza, dijo uno. Nos dejaron solos, dijo otro, y uno de los bebés comenzó a llorar por su mamá. Éramos siete niños y por primera vez nos encontrábamos sin un adulto que nos cuidara. Tú la mataste, ¡por tu culpa se cayó!, dijo Omar, el más grande de los primos, y yo también me puse a llorar. Estuve a punto de echarme a correr por la calle pero Verónica me tranquilizó y dijo que mi crimen no era tan grave. Una vez en mi casa se pelearon porque sólo había una cebolla para comer entre todos, me contó.

Sara y Omar, que eran los primos más grandes, nos gritaron como si fuéramos soldados y nos pusieron en fila india, incluyendo a Verónica. Puntualizaron que ellos, como cabos al mando, tenían el cometido de dividir la herencia de la abuela, aunque todavía no sabíamos si seguiría viva.

Marchamos a su habitación mirando todo como por primera vez. La abuela era la única persona en la casa que no compartía la cama con nadie y cuando accedíamos sin permiso nos daba catorrazos. El cuarto guardaba cierta armonía en tonos amarillos, tenía cierto olor a medicinas, humedad y frutas fermentadas.  Sacamos todas sus cosas y las extendimos en el patio, aún mojado, para clasificarlas. Se repartieron las joyas, el dinero y los perfumes entre los grandes. A los más pequeños les dejaron las boletas endeudadas del Nacional Monte de Piedad, una bacinica metálica que todavía era útil para un par de bebés y fotografías viejas para recortar. A Verónica le heredaron una maleta negra de rueditas para el regreso a su casa que, si bien estaba a quince minutos, estaba más allá del bordo. A mí, que era la asesina, me dejaron las estampitas de santos, el retrato gigante de la virgen que estaba en la pared y las veladoras, para que Dios me perdonara.

Empezó a oscurecer y teníamos hambre. Los primos grandes cocinaron quesadillas y vasos de chocomilk para ellos, y a nosotros nos dieron las sobras de lo que prepararon en la estufa. Si queríamos más comida teníamos que ser sus esclavos. Y teníamos prohibido sentarnos. Permanecimos hambrientos y de pie varias horas. Como los bebés no dejaban de llorar se les permitió el biberón. El tío Juan llamó a la casa para preguntar cómo estábamos y Sara dijo que bien, que todo en orden. Mientras Sara seguía en el teléfono, Verónica y yo nos escapamos de su vista y subimos al cuarto de la abuela. Colocamos las veladoras encendidas en cada esquina para que mi salvación diera inicio. Dios me tenía que perdonar por el probable asesinato de mi abuela y porque Verónica y yo estábamos planeando una venganza contra mis primos por tratarnos tan mal esa tarde.

Llamamos a la Paquita, la hermana menor de Omar y Sara, y le dijimos que daríamos un paseo. La metimos en la maleta negra y la arrastramos por la calle. Pensamos que la maleta le quedaba grande, pudimos haber metido al otro nene. En pocos minutos llegamos al bordo y ahí la dejamos. Cuando regresamos a la casa, el cuarto de la abuela estaba en llamas. Mis primos estaban llorando, pensaron que nos habíamos quemado. Una vecina llamó a los bomberos. Otros vecinos llevaron cubetas de agua y las aventaron a la habitación. Parecía Sábado de Gloria. Ese fuego, que nos ardía en las mejillas, estaba limpiando, tal vez por primera vez, el cuarto de la abuela.

Más tardaron en llegar los bomberos que mi familia, incluyendo a mi mamá que había estado trabajando fuera todo el día. Les dijeron que todos estaban a salvo en el patio, excepto la pobre Paquita, que se había quedado en el closet del cuarto de la abuela, según la versión de los niños. Mi tía Mari entró aún con el fuego, buscando a mi prima entre madera encendida. Verónica y yo corrimos al bordo por la Paquita pero la maleta y su contenido ya no estaban donde las dejamos.

Cuando cesó el fuego no encontraron rastros del cuerpo de la niña. Mi tía se había quemado en balde. ¿Y dónde está? Fue la pregunta que duró por meses. Los adultos se culparon por dejarnos solos. Sentí pena de ver cómo se desgarraban de dolor por la Paquita y la impotencia que les provocó saber que la policía no fue de ayuda. Me pregunté si una persona de apenas un año, con la que convivimos muy poco, podría causar tanto dolor, como se veía en la cara de los adultos. Les recomendaron, me enteré después, que no movieran las cosas o se pondría peor.

Ninguno de los niños supo responder dónde quedó la nena, si salió, si se la llevó el roba chicos, etc. Las entrevistas que los adultos nos hacían eran largas, tediosas, repetitivas. La tía Mari insistía en hacerme preguntas todos los días, pero mis tíos le pedían que me dejara en paz. Sentía cómo sus pesados ojos de águila me seguían por la casa.

Con los años, todos estaban muy desganados por el asunto de mi prima. Yo también llegué a extrañarla aunque, como ya lo dije aquí, nos conocimos muy poco. Nos dimos cuenta que es más fuerte la ausencia de un desaparecido que la pena por un muerto y en familia decidimos hacer un funeral sin cuerpo. El féretro era diminuto y muy bonito. Sentí lástima de ver cómo enterraban ese cajoncito rosa con flores blancas, cuando yo podría haberlo usado para guardar mis juguetes. La abuela no dejaba de gritar, «por qué no me llevaste a mí, Dios mío», y así se lamentó hasta que murió. Pensé en contarles a todos la verdad, pero nunca supe cómo hacerlo y preferí dejar el asunto de la Paquita así como estaba.

A veces yo también me lamentaba y tampoco dormía: imaginaba que ayudé a Paquita a salir de este infierno, que vivía feliz lejos de aquí; pero no podía tener tanta suerte, no más que yo; se me olvidaba decir que entre tanta basura, la población más numerosa, allá en el bordo, eran las ratas.


Autores
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
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