Tierra Adentro

 

Hoy 5 de marzo de 2019 se cumplen veinte años del estreno de Cruel intentions, una película definitiva en la educación sentimental de los milenials viejos y los X tardíos. La académica y ensayista Fabiola Eunice Camacho reflexiona sobre el lugar de la película en su propio despertar sexual.


 

No se equivocaba Anne Sexton en La balada de la masturbadora solitaria cuando admitía sin más que “Al final del asunto siempre es la muerte”. La tragedia como signo de la inocencia incompleta puede advertirse en el despertar del amor y el deseo sexual adolescente. Esto puede parecer un lugar común, una mirada desafortunada de cara al amor joven. Después de todo, ¿acaso no queremos romper con la idealización de la tragedia?

Las historias que conforman nuestra educación sentimental y que alimentaron horas completas de onanismo reconfortante perviven en los rincones de la biblioteca, en las cajas de la bodega que ocultan las películas que por decoro escondemos de las miradas de nuestros pares, que, sin lugar a dudas, también tienen cajas y baúles atestados de memorabilia del despertar del cuerpo. Cada una de las cajas bajo el resguardo de la casa materna son panteones personales. Sepultados entre el polvo y los adornos de Navidad, subyacen los cimientos del deseo, la decepción y el encanto cursi que a la menor provocación irrigaba fuegos resplandecientes.

 

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En las páginas de su mítico diario de juventud, Alejandra Pizarnik se preguntaba, “¿cómo llego a la verdad de mi cuerpo?” El cuerpo lo es todo en la medida en que se comprenden los mecanismos que lo templan. Las maneras de hacerlo propio recrean una forma de expiación frente al objeto anhelado: si el principio del deseo nace en la mirada, el reflejo constante deviene en lascivia, reproductible con cada play. Veinte años no son nada ante los ojos de la experiencia, pero lo son todo en el relato de los placeres que al final encumbraron la idea de felicidad de esa juventud cada vez más lejana.

A los quince años el cine estadounidense era mi debilidad. Los estrenos cinematográficos eran una forma de pasar el tiempo, de disolverlo en el montaje de imágenes que de una forma borrosa y extravagante me conducían a escribir. La pantalla grande construía las bases sobre las que concebiría las industrias culturales.

 

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No tenía independencia económica y me gustaban las chicas. Todavía no me habían besado adecuadamente. ¿pero qué era besar adecuadamente? Nadie lo podía explicar, y en la escuela apenas comprendía que Carlos deseara tanto a Mariana, si al final aquello no tenía forma de terminar bien.

El amor juvenil no puede terminar bien, ya sea que le hagamos caso a William Shakespeare, José Emilio Pacheco o Fernando Del Paso, a Carson McCullers o Pizarnik: todo amor juvenil termina siendo un incendio que, a solas, en la intimidad de la lectura, nos abrasa.

Una mañana de primavera de 1999, en la estación de radio que escuchaba, una voz anunció el estreno de Cruel intentions (Juegos sexuales), protagonizada por Sarah Michelle Gellar, Ryan Phillippe, Resse Whiterspoon y Selma Blair, dirigidos por Roger Kumble: Radioactivo te lleva a la premiere de la película, sólo tienes que… (ruido blanco).

No creía en las trivias, aunque mi mejor amiga de esa época ⎯mi crush, en realidad⎯ solía ganarse boletos de esa manera. Yo era bastante retraída y no tenía el talento necesario para contestar las barbaridades que se preguntaban. Juguetes radioactivos presenta…

A esa edad nunca besé adecuadamente, pero sí me incendié. El cine cumplía su función pedagógica: relevaba a la poética del deseo iniciada en la lectura. El cine encarna la operación visual que conduce al cuerpo a una exploración formal y absolutamente plástica. Ante la impaciencia del cuerpo, el cine.

 

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Tras el estreno de Cruel intentions un amigo me contó que la había visto con sus primos y que lo mejor de la película era un beso entre dos chicas.

Si para Platón el teatro era el lugar donde unos ignorantes son invitados a ver a unos hombres que sufren, Cruel intentions es el teatro moderno que las adolescentes gustan mirar por perderse en el sufrimiento y placer de gente bonita que pierde lo que nosotras aún no podíamos siquiera imaginar.

La estética adolescente nació maniquea. Las industrias culturales la mantienen así, sin crítica, matices u otras representaciones: la estética adolescente es la estética de la perfección. No es gratuito que las actrices de la película en cuestión hayan recreado en la televisión y otras películas papeles que articularan la batalla del bien contra el mal —como Sé lo que hicieron el verano pasado con Sarah Michelle Gellar y Ryan Phillipe, o Pleasantville con Reese Whiterspoon— pues a finales de los noventa sus rostros esculpían la perfección del amor y la aventura. Las múltiples representaciones del bien y el mal ayudan a prolongar el arco dramático de lo que sabemos: todo amor está destinado a un final.

 


El beso en cuestión había llevado a Selma Blair y a Sarah Michelle Gellar a obtener ese año el Premio MTV Movie Awards al Mejor Beso.

Si la duración del beso es el igual a la duración del emplazamiento del deseo, ¿qué nos queda como espectadoras?

Algo parecido a la complicidad.


 

 

¿Quién hubiera pensado que aquel mítico beso entre Sarah Michelle Gellar y Selma Blair se desdibujaría de mi mente con el paso del tiempo? ¿No era el beso con el que mi educación sentimental —sexual— tomaba nota de cara al desciframiento de mi orientación bisexual, que fundó un tipo de fetiche durante mi adolescencia? Cruel intentions, aquel beso y el diseño de aquella atmósfera sonora representaron un archipiélago de las prohibiciones en las instituciones que regían mi vida —la casa materna y la preparatoria—: nadie quería que la viéramos.

Eran adultos y, ahora yo, en mi adultez, al mirar el techo, repaso cada una de las imágenes que componen el video y la banda sonora.

 


En su cuenta de Instagram Sarah Michelle Gellar reconoció que Cruel inventions habría sido el título original de la película, pero la productora prefirió cambiarlo para hacerlo más atractivo.

Creo que de cualquier forma la hubiera visto.

Cierro los ojos y sonrío mientras pienso que en realidad la hubiera rentado un año después solo para ver el beso.

Era clienta asidua del Blockbuster.


 

Deleuze afirma que el cine “parece alimentarse de instantes privilegiados”. Cruel intentions contiene estos instantes privilegiados, no solo por la trama y el guion —una de las tantas adaptaciones de Les liaisons dangerouses (1782) de Pierre Choderlos de Laclos, cumbre  literaria de las relaciones de poder en el amor cortés—, sino porque no existirá época que evoquemos con más jubilo que aquella en que comienza el placer.

Desplegar en la pantalla las cosas que veinte años después parecen insignificantes tiene su mérito: aunque el beso haya perdido voluptuosidad, ahora puedo abrir los ojos y experimentar aquello de lo que entonces no podía ser consciente: nostalgia.

Esto me remite a Sergéi Eisenstein y su idea de que el instante sostiene el sentido —quizá el encanto— del propio cine, pues al elegir un cuadro de otro, una actriz de otra, una música de otra, el todo debe de ser el dispositivo que nos lleve a la experiencia: estamos junto a la Selma Blair que come cerezas como símbolo de haber perdido su virginidad con un moderno y edulcorado Vizconde Sebastian Valmont, quien no desea otra cosa que el cuerpo y luego el amor de Annette, lo que nos lleva a admitir que se trata de un trabajo de introspección que sucede ante nuestra mirada.

Si, de acuerdo con Eisenstein, creemos que lo patético supone lo orgánico, esto definitivamente tiene lugar viendo la cinta veinte años después. Lo más orgánico es el roce del cuerpo, sea el de los labios o el abrazo dispuesto en torno a un contrabajo durante las clases de música que Cecile tomaba con su maestro afroamericano —unión que expone el racismo en las clases altas—.

Los cuerpos hablan, cambian, albergan toda clase de experiencias. Resplandecen, se enferman, se apagan, vuelven a resplandecer. El cuerpo real de Blair también resguarda sus saberes, expone la esclerosis múltiple que la aquejaba desde hacía un año. Mi mirada se detiene en sus labios al decirlo. El tiempo en ocasiones provoca que no reconozcamos ni el cuerpo actual ni el mapa que traza las estrías de nuestros vientres.

 


Sólo recordaba el final.

Justo cuando Annette descubre el valor de la venganza y la pérdida del amor, el final lo es todo, el del amor, pero también el de la inocencia.

Instantáneamente su cabeza reproduce Bitter Sweet Simphony.


 

No sólo las corporalidades mutan, también las prótesis y dispositivos. Aquellas cajas en la casa materna resguardan tecnologías obsoletas. Los VHS, luego los DVD y los aparatos para reproducirlos son piezas de nuestra arqueología.

La lucidez de aquella sensación seguirá evocándose con la misma simpleza con que reproduzco en una plataforma de entretenimiento el instante que Cecile quedaba atravesada por la experiencia y el placer luego de la muerte de Sebastian. Luego de los besos y el transcurrir del tiempo se hace presente el deseo develado y su reproducción. El regreso a nuestra educación visual y, por ende, sentimental, resulta más fácil, casi orgánica, táctil.

Secretaría de Cultura