Tierra Adentro

 

Y el Humber se detuvo de golpe a unos metros de la meta. Se jaloneó el tiro, se subió y bajó el pantalón de mezclilla. Me vio con una cara de qué te digo. “Ya me rosé, carnal”. Volteó para ver si no le estorbaba a nadie y se salió de la pista del Estadio Universitario. Después de dos horas cuarenta y siete minutos se le ocurrió que ya estaba hasta la madre del maratón. A su lado pasaban corredores a punto de desbaratarse, cuerpos sin ganas que se mantenían en pie nomás por el aplauso de la gente, por el “ya merito”, por el “nomás esta última vuelta y jamás vuelvo a correr”. Y él tan fresco. Como si fuera tan poca cosa. Así de fácil se le hizo joderse la vida.

De vez en cuando pienso en ello: a lo mejor para el Humber nomás fue un chistecito. Ya se había echado como seis maratones corriendo en mezclilla,  pero en ese último nomás dijo que no. Qué coraje. Sobre todo porque yo nunca le noté en la cara el mismo desamparo que se les ve a otros cuando ya van llegando. El Humber claro que aguantaba la última vuelta.

Un año, un cuate le tomó una foto con una de esas camarotas profesionales. El Humber parecía como alguien que se había colado a la competencia de buenas a primeras. Al año siguiente, alguien más lo reconoció entre la multitud y le tomó otra foto. Para el tercer año a un periodista se le ocurrió preguntarle por qué iba corriendo con mezclilla cuando todos los demás iban con sus chores. “Nomás por desmadre”, respondió el Humber sonriente después de cruzar la meta. Que sí le daba calor, pero hasta eso aguantaba. Que sí, que terminaba bien rosado, pero ya se había acostumbrado. Con unos baños de agua fría y cremita entre las piernas se le pasaba.

Al día siguiente el Humber llegó a presumirnos su foto en el periódico a los de las refaccionarias, y apenas ahí nos enteramos de que era corredor. Ya sabíamos que era muy movido, más movido que otros cuando coyoteaba. Que se la pasaba todo el santo día correteando a los coches para ofrecerles piezas, haciendo mandados, cargando con rines, las lunas, defensas y hasta llantas, en chinga de un negocio a otro, mientras otros usaban motos para moverse en la colonia. Fuera de eso, no lo conocíamos tan bien. Por eso ni le pusimos un apodo en forma, nomás el “Humber”, para ahorrarnos el “to”. Pero a partir de eso, de ver su foto en el periódico, le ganamos respeto.

—Óraleeee, ¿eh? Miren nomás al pinche Humber —nos dijo el Panda, su jefe, sosteniendo la página en alto, donde estaba el wey con el cabello relamido hacia atrás, levantando los pulgares y mostrando sus dientes chuecos. Y el cabrón, a un lado, sacó su sonrisota por si queríamos comprobar que sí era él.

Después de eso, cada año, un día después del maratón, comprábamos el periódico, donde invariablemente estaba la foto del Humber con sus pantalones de mezclilla.

Una vez hasta llevó a un par de reporteros de un periódico local a la colonia para que vieran dónde trabajaba, y hasta entrevistaron al Panda, que les dijo que sí, cómo no, que el Humber era muy buen empleado, muy chambeador, y luego entrevistaron al Humber, le tomaron fotos y le dedicaron un especial a doble plana que el Panda tenía colgado muy orgulloso en su refaccionaria.

La última vez que corrió el maratón, que no sabíamos que era la última, lo vino buscando uno de la televisión.

—Oiga ¿No conoce usted aquí a un chavo que corre todos los maratones con pantalón de mezclilla? —llegó a preguntarme el reportero, acompañado de un camarógrafo. Que le querían hacer un reportaje, contar su historia para un programa de esos que salen por las mañanas entre semana.

—Háblale al Humber, wey —le dije al Juancho que iba pasando. Cuando llegó el Humber, el reportero nos contó bien.

—Estamos haciendo un especial con las historias de varios de los corredores —le explicó el reportero—. Queremos grabar cómo es tu día a día, si entrenas para el maratón y cómo lo haces, y vamos a rematar ya con tu imagen cruzando la meta en el maratón que viene.

El Panda echó una carcajada.

—Óraleeee, ¿eh? Miren nomás al pinche Humber —repitió como un mantra—. Ya hasta artista nos salió el cabrón.

Los de la tele lo entrevistaron en su casa, en el trabajo, y hasta me grabaron con él, mientras yo atendía mi changarro. Pero el más soñado de todos era el Panda, de saber que él también iba a salir en la tele y, en general, le emocionaba vernos a todos ahí en la pantalla grande de la fonda, donde a veces nos juntábamos para almorzar.

El domingo del maratón, emocionados por las cámaras y, la neta, por la posibilidad de que nos fueran a grabar otra vez, varios nos organizamos para ir a verlo correr. Desde temprano lo vimos salir del punto de partida, que esa vez fue en el Zócalo, y le chiflamos cuando empezó a correr y le gritamos “Humber, Humber, Humber”, mientras el de la cámara nos grababa.

Varios se regresaron a la Doctores, pero otros nos fuimos en las motos para alcanzarlo en la meta, en el Estadio Olímpico. Entre los que se regresaron estaba el Panda, que le gustaba el borlote, pero ya se le hacía tarde para abrir su negocio y lo hacía todos los días, hasta en navidad.

Después de que llegamos al estadio, estuvimos ahí esperando un buen rato. Vimos cómo empezaron a llegar los primeros lugares y, después de una media hora, vi a lo lejos los inconfundibles pantalones del Humber. Nos alcanzó a ver y ahí fue donde hizo su gracia de salirse de la pista antes de terminar. Cuando fue con nosotros se estaba riendo, pero los demás como que no entendimos el chiste.

—¿Y eso? ¿Por qué no acabaste?

—Pos nomás, ja. Órale, ya vámonos.

Nos regresamos a la colonia, sin saber bien qué onda, y a la media hora le habló el cuate que había estado haciendo el reportaje. Aunque no estaba en alta voz ni nada, pudimos escuchar los pinches gritotes del reportero.

—¿Qué onda, dónde estás, cabrón?

—Pues acá, ya salí

—Ah, ¿entonces sí es cierto lo que me dijo el camarógrafo? ¿No cruzaste la meta?

—No, no alcancé

—¡No mames! ¡No mames, cabrón, no me puedes hacer esto! ¡Te regresas ahorita mismo y…

El Humber colgó el teléfono y dejó de pelar las llamadas.

Al otro día nos reunimos para almorzar en la fonda y ver las noticias de la mañana. El Humber no llegó, aunque le estuvimos hablando por teléfono. Pronto, en la tele empezaron a hablar del Maratón. Salió primero la historia de una señora que había hecho el recorrido completo, a pesar de que ya tenía 73 años. Luego salió la historia de un señor que completó el maratón por una promesa que le había hecho a su esposa, que se murió de cáncer. Luego salió un gringo que se dedicaba a recorrer todos los maratones famosos del mundo, corría uno cada seis meses, y ahora le había tocado el de México y enseñaba fotos de todas las medallas que tenía en casa.

Y luego se pusieron a hablar de una receta de cocina para hacer postres con una marca de harina que se conseguía en la tiendita y no se qué. Del maratón ya no volvieron a decir nada.

—¿Y dónde está el pinche Humber? —dijo el Panda.

—A lo mejor ya no pasaron su historia porque no acabó de correr.

El Panda salió emputado de la fonda.

—¡¿Dónde está el Humber?! Dile que se venga para acá —le gritó a otro de sus chalanes.

Un ratito después llegó el Humber, todo asustado, pensando que lo iban a regañar por algo del trabajo.

—No mames, pinche Humber, ¿cómo que no acabaste el maratón? Vete a la verga —le gritoneó el Panda—, y aquél dijo que perdón, que no sabía nada, que nomás estaba jugando.

Desde ahí no bajamos al Humber de pendejo. Le cargábamos la pila por cualquier cosita que hiciera. Si se tropezaba, si tiraba algo, si decía algo mal, “Ay, tenía que ser el pinche Humber”. Pero no aguantó la carrilla. Veíamos como cada vez más le daba hueva andar corriendo y ya dejó de hacer bolita con nosotros y de ir a almorzar a la fonda. Uno de los chavos le empezó al decir “El Sonrics”: “Por tu pinche sonrisota de pendejo”, le dijo. El Humber nomás se fue tristón.

Pero el Panda fue, por mucho, el más encabronado de todos. Hasta quitó de su negocio el cuadrito con el reportaje del periódico. Que cómo era posible, que se iba a hacer famoso, que le hubiera traído un chingo de clientes al negocio, pero tenía que salir con sus mamadas. Poco le faltó para correrlo, pero no fue necesario porque el propio Humber, un día, así nomás, se fue.

Nadie supo nada de él en un buen rato. Unos me decían que se había ido de diablero a la Central. Pasado el día del maratón, le eché un ojo al periódico, pero no había fotos suyas. Con el paso del tiempo, los chistes que hacíamos sobre el Humber dejaron de ser graciosos y casi nos olvidamos de él.

 

Como cinco años después iba caminando en el Centro y vi a alguien que se le parecía muchísimo. Era sábado, ya por la noche y lo vi caminando por Bolívar. Nomás agachó la cabeza, se hizo wey. Pero yo lo seguí porque estaba casi seguro de que sí era el Humber.

Lo alcancé, le agarré un hombro y receté el “¿Qué milagro, pinche Humber?”. Nomás se rió, medio apenado.  Nos pusimos a caminar y a platicar, así a grandes rasgos le pregunté que qué pedo, que como andaba, que si en la nueva chamba le iba bien. Ya después de un rato, le ofrecí que fuéramos por una chela, porque la neta sí me daba mucho gusto verlo. Nos fuimos a uno de esos restaurantes que terminan de servir caguamas hasta las cinco de la mañana. Pasamos lista de todos los conocidos. El Panda ahí la lleva. El Chino ahí la lleva. El Pollo ahí la lleva. Pero fue pasando la noche y se fueron acabando los conocidos y los temas de conversación hasta que, ya pedo, me atreví a hablar sobre lo que pasó aquel día.

—¿Por qué no terminaste de correr esa vez?

—¿Qué vez?

—Pues cuál va a ser. La última, la del maratón que te iban a grabar.

—Pus nomás, por desmadre

—¿Cómo que desmadre?

—No sé.

—Pero sólo te faltaba darle la vuelta al Estadio, y siempre lo habías acabado.

—Sí, ya sé.

—¿Entonces?

—Pues nomás.

Ya no supe qué decirle. El Humber se quedó viendo a la mesa, intentando arrancar un pedacito de rebaba de plástico. Después de un rato, volvió a hablar.

—¿Nunca te has subido al techo y te han dado ganas de aventarte?

—…

—No, tranquilo, no me voy a aventar de ningún lado.

—Pfff. Nomás asustas, cabrón.

—No, no. No digo que te vayas a tirar, pues, sino que te da esa ansiedad de ver qué pasa si te avientas. Como que dices “¿Y si lo hago?”, pero pues te da miedo y nunca lo haces.

—Ajá

—¿Sí te ha pasado?

—¿A todos les pasa, no?

—Ajá, ajá. Bueno, pues a mí esa vez no me dio miedo.

 

Salimos de las caguamas todavía de madrugada, aunque parecía que ya iba a amanecer. Empezamos a caminar rumbo al Zócalo en silencio. Cuando me di cuenta del lugar al que nos acercábamos se me bajó un poco la peda. Volteé a ver al Humber, a ver si él también había hecho la conexión. Ahí, en esa esquina, fue el punto del banderazo donde había salido a correr su último maratón. Sin embargo no notaba ningún cambio en él.

—Ah, pues te acuerdas que aquí fue dónde… —le dije, pero ya no quise terminar la frase.

Y el Humber no dijo nada. Pero en cuanto llegamos al mero punto, me dejó seguir caminando solo. Lo volteé a ver y el Humber, sin cambiar su expresión, miró de frente, no a la calle, sino como a otro punto más lejos. Suspiró y empezó con una rutina de estiramientos en la banqueta, jalándose los pies, las manos e intentando tocar las puntas de sus pies. Se quitó la chamarra, se la amarró a la cintura y bajó de la banqueta a la avenida. Se persignó y empezó a correr.

 

 

Ahora puedes leer…
0 335

0 442

0 315

Secretaría de Cultura