Tierra Adentro

Foto subida por RV1864 en Flickr.com

Después de disparar cinco tiros en la espalda de John Lennon, Mark Chapman se quitó el abrigo y el sombrero y permaneció parado, impávido, en la banqueta de la avenida 72 en el centro de Nueva York. Lennon se desangraba en la entrada de su edificio y el portero, tratando de tapar la sangre que salía a borbotones, le gritó a Chapman: “¿Sabes lo que acabas de hacer?” El joven de 25 años, muy tranquilo, respondió: “Acabo de dispararle a John Lennon.”

Chapman dejó el revólver calibre .38 en el suelo y esperó dos minutos a que llegara la policía. Cuando lo detuvieron, no opuso ninguna resistencia. Levantó las manos tranquilamente mostrando una copia de The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno) de J.D. Salinger que acababa de comprar en una librería. En las primeras páginas escribió: “Este es mi legado.”

Cuando sus abogados preparaban el juicio, Chapman explicó que quería que todos leyeran la novela de Salinger y que, a través de esta lectura, entenderían su acto. El asesinato de un ícono se convertía en una manera de mostrarle al mundo la verdad de Holden Caulfield, protagonista de la novela.

Años después, en una entrevista con Larry King, Chapman dijo que, en el momento del asesinato, estaba totalmente inmerso en la novela de Salinger. Literalmente, dijo, “vivía en esa pequeña edición de bolsillo.” Y estas declaraciones se sumaron a los encarnizados esfuerzos de censurar The Catcher in the Rye desde su publicación, en 1951, para darle a la novela un halo infame.

Muchos todavía recuerdan el libro por esta fama difusa, peligrosa, tentadora. Pocos todavía lo leen. Muchos menos lo leen por gusto.

Ahora que la novela cumple 70 años de existencia, es interesante preguntarse por su impacto cultural. Cómo fue vista con desconfianza por la derecha conservadora de los años cincuenta, cómo creó un estatuto de culto, cómo prefiguró una rebeldía y cómo, finalmente, terminó siendo parte de un canon literario que se enseña en secundarias.

Hoy en día parece difícil que un joven adolescente conecte como sus abuelos con la novela seminal de Salinger. Esa rebeldía parece ser parte de otra generación, parece emanar de olvidadas opresiones, circunstancias pasadas y añejos deseos de libertad. Leer The Catcher in the Rye hoy en día es descubrir también un devenir cultural, un cambio generacional y la construcción de un imaginario estadounidense. En ese sentido, esta novela ha crecido con el tiempo y ahora dice más que sus páginas.

The Catcher in the Rye es la rebeldía de nuestros padres, el horror de Mark Chapman, y el legado de una cultura paranoica, misógina, y confundida en el devenir de la segunda mitad del siglo XX. La novela de Salinger, de alguna forma, forjó nuestro presente y tiene algo que decir sobre nuestro futuro.

I

Cuenta la leyenda que Salinger llevó consigo una máquina de escribir durante las cinco campañas en las que participó durante la Segunda Guerra Mundial. Ahí, al final de la guerra, después de presenciar el desembarco en Normandía y algunas de las batallas más cruentas del conflicto, empezó a escribir The Catcher in the Rye.

Para 1946, cuando regresó a casa después de un colapso mental, el escritor tenía una primera versión de la novela. Era una versión corta, de apenas 90 páginas en donde ya se perfilaba el personaje de Holden Caulfield. Sin embargo, antes de que pudiera ser publicada, Salinger se retiró del acuerdo de publicación. Nadie supo por qué hizo esto, pero tendrían que pasar otros cinco años para que llegara la versión definitiva de The Catcher in the Rye a las imprentas de Little, Brown and Company.

Contrariamente a lo que pueda pensarse, la primera recepción de la novela fue tibia. Hubo, por supuesto, reseñas entusiastas por parte de revistas como The New Yorker (en donde Salinger llevaba años publicando historias) y periódicos como The New York Times. También famosas reseñas negativas en medios de comunicación de derecha conservadora y religiosa como The New Republic, The Christian Science Monitor, y Catholic World que se indignó por “el uso formidablemente excesivo de obscenidades amateur y lenguaje vulgar.” Pero las ventas, a pesar de ser buenas, no fueron fenomenales.

El verdadero éxito de The Catcher in the Rye llegó con la creación de los llamados “paperback”, libros que utilizaban las técnicas de impresión con pegamento de las revistas pulp en vez de la tradicional encuadernación de costuras. Esto abarataba considerablemente el precio de publicación y permitía un alcance masivo.

Pronto, la novela de Salinger se convirtió en un éxito arrasador que vende más de 250 mil unidades al año. En el mundo, se han publicado 65 millones de copias en decenas de idiomas. Y, sobre todo, el paperback permitió que toda una generación de adolescentes creciera alimentándose de las enseñanzas titubeantes de Holden Caulfield.

The Catcher in the Rye es una novela introspectiva narrada como un flujo de consciencia incesante. Holden Caulfield, un adolescente de 17 años, recuerda en un sanatorio los eventos que llevaron a su colapso mental meses antes. Cómo abandonó su privilegiado internado escolar privado a las afueras de Manhattan. Cómo se peleó con su compañero de cuarto, agarró un tren nocturno para la ciudad, contrató a una prostituta adolescente que le robó dinero, se embriagó en salidas frustrantes, casi muere de hipotermia en un parque y terminó al nicho caluroso de la familia.

Lo interesante de esta historia está, más allá de la anécdota, en la forma de contarla. La primera persona de The Catcher in the Rye está cargada de una necesidad neurótica de precisión y de constantes apuntes emocionales del protagonista. No se trata meramente de una descripción de eventos desde un punto de vista más o menos reconocible, sino del comentario íntimo de esos momentos. La narración de esta novela es una narración de terapia psicoanalítica; una narración en la que todo lo recordado lleva a una respuesta sentimental del personaje.

Holden Caulfield se revela a nosotros completamente, sin tapujos, en un esfuerzo real por decir su verdad. Esto pasa de manera diferente a la escritura autobiográfica, una escritura en la que siempre se relaciona al narrador del pasado con la figura del escritor presente y, por supuesto, con su persona física. Rousseau no admite abiertamente su gusto sexual por las nalgadas en Les Confessions porque decir su verdad también implica mitigar o atenuar los rasgos más vergonzosos en ella.

Pero esto no se debe nada más al carácter ficticio del personaje. Caulfield quiere ser sincero. Quiere, que creamos en la realidad transparente de su narración. Algo así como la obsesión de verdad de Isamel en Moby Dick. La gran novela de Melville, recordemos, tiene descripciones absolutamente neuróticas que, una y otra vez, buscan convencernos de la veracidad del relato. La idea de Ismael, como narrador, y de Melville, como autor, es convencernos de que esta historia realmente ocurrió o pudo ocurrir. Al contar obsesivamente la labor y vida de los balleneros, la aparición fantasmal, casi fantástica y demoníaca, de la ballena blanca no deja de parecer una invención del narrador o una excusa alegórica del autor.

Para Caulfield como para Ismael, es una cuestión de vida o muerte que se crea en la realidad de los hechos que narra y, más aún, de las emociones que en él despertaron. La interpelación con un interlocutor que no podemos ver es constante. Después de tantas confesiones, Caulfield termina con la misma fórmula que insiste en la veracidad de su relato y de sus emociones: “it really is”, “it really was”, “to tell you the truth”. Esto no nada más funciona para transparentar un siempre sospechoso relato en primera persona, sino que fundamenta todo un sistema de pensamiento.

II

Uno de los aspectos más memorables de The Catcher in the Rye es la fuerza rebelde, arrogante, asertiva del pensamiento de Caulfield. Para él no hay medias tintas y el universo está concebido de cierta forma.

En esta visión romántica y adolescente, el mundo se divide en dos. Está el bando de la pureza y la creatividad, de la poesía, la verdad y lo interesante; y el bando de lo “phony”, de la falsedad, el mundo habitado por adultos, por fórmulas de cortesía, por instituciones académicas, obsesionado con la idea de éxito, con los romances pasajeros y los matrimonios infelices. El mundo de las narraciones reales, íntimas que se opone a los grandes romances y épicas de Hollywood. El mundo en el que habitaba Allie, su hermano recientemente fallecido que escribía poemas en su manopla de beisbol para leerlos mientras esperaba jugar, y el mundo que se obsesiona por los partidos de fútbol americano colegial sin sentido, símbolo inequívoco de la competencia estadounidense.

Holden vive en el estrato más privilegiado, blanco, influyente, rico, de la vida social americana. Las escuelas a las que asiste y de las que sistemáticamente lo expulsan son el paso natural que debe tomar para asegurar su entrada a una gran universidad de Ivy League. Su futuro está trazado, solamente debe aceptar participar en el sistema. Pero Holden odia este sistema y sabe que, para triunfar en lo que le exigen, necesita ser una persona detestable, llena de falsedad y desprecio por los demás.

Cuando su hermano más grande, D.B., deja de escribir cuentos cortos, íntimos, de gran valor literario, para mudarse a California, Holden pierde a un referente. Alguien que admiraba por su veracidad transparente se prostituyó para tener un coche llamativo y dinero y mujeres hermosas. La leucemia le quitó a un hermano lleno de realidad, a una buena persona que estaba en el lado correcto del mundo. La sociedad le quitó a otro hermano lleno de promesas verídicas vendiéndole la falsedad del sueño americano.

De ahí que, al entender la función social que le piden cumplir en estas escuelas de paga, Holden se rebela. Crecer es, para él, decidir entrar en el bando de la falsedad del mundo adulto, en la dinámica de las conversaciones de elevador. Significa intercambiar sus sueños por estabilidad financiera y una vida cómoda, pero inconsecuente, llena de mentiras. Por eso detesta ver a un niño bailando con un adulto. Por eso un graffiti que dice “Fuck you” en la primaria de su hermana le parece tan violento y asqueroso como las situaciones de acoso sexual que ha vivido en manos de adultos. No hay nada peor que estas intromisiones violentas del mundo maligno de la falsedad en la inocencia verdadera de la niñez.

De ahí también que, en esta rebelión, Holden sea tan protector de su hermana Phoebe. Como sus dos otros hermanos, Phoebe, la más chica de la familia, escribe. Sus relatos de aventura son interminables cuentos llenos de esperanza y fantasía infantil. Phoebe cree que puede provocarse fiebre si se concentra lo suficiente en una posición de loto y evoca cosas calientes. Todo eso le fascina a Holden porque Phoebe sigue siendo real, porque la vida no le ha quitado la capacidad de fantasía, de invención y la verdad de su locura inspirada.

En ese sentido, The Catcher in the Rye es una novela de aprendizaje donde el protagonista se niega a ser el protagonista de una novela de aprendizaje. La estructura normal de estos relatos adolescentes pasa por el cambio y Holden se niega a cambiar. Por eso admira los dioramas del Museo de Historia Natural: no importa qué suceda en su vida, siempre puede regresar a ver al mismo esquimal pescando los mismos peces, a la misma parvada de pájaros migrando al sur, a la misma cazadora prehistórica de escote prominente. La vida ahí está detenida, protegida por un cristal, idealizada en su verdad intocable.

Holden mira fascinado a un niño que camina en el borde de la calle, cerca de los coches, sin subirse a la banqueta, tarareando una canción. Esa es la rebelión pura, la imagen misma del que no se conforma, del mundo verdadero e inocente. Holden sueña, al verlo, que es el guardián en un campo de centeno junto al abismo, aquél que impide que los niños caigan, perdidos en su juego, al barranco de la falsedad.

Al ver a su hermana tratando de tocar un anillo dorado suspendido en la altura de un carrusel, Holden no interviene. Sabe que es peligroso, pero que Phoebe debe intentarlo a su manera. Holden quiere pensar que otro desarrollo es posible, que hay otro camino fuera de la falsedad de la vida a la que lo condenó su nacimiento privilegiado. Holden piensa que deberían existir otras formas de relacionarse con el mundo. Así, termina derrotado emocionalmente, en un sanatorio mental, extrañando una vida que, a pesar de todos sus esfuerzos, sigue cambiando. El mundo se mueve como el arcoiris que forma la gasolina en un charco.

III

Nunca leí The Catcher in the Rye como adolescente. Leer el libro de adulto da otra perspectiva. En primer lugar, entiendo con distancia cómo pudo convertirse en un libro tan importante para tantas personas. Entiendo cómo se leyeron estos dos días en la vida de Holden Caulfield como una confesión sin tapujos. Entiendo cómo una generación creció atesorándolo como una reveladora invitación a la rebeldía.

También, de cierta forma, entiendo por qué es un libro que ya no impresiona a los adolescentes estadounidenses. Numerosos maestros de escuelas secundarias en Estados Unidos han observado que los adolescentes de hoy en día no pueden identificarse con Holden Caulfield. El portal Electric Literature considera que esto se debe a una cuestión de identificación. Para ellos, sólo una persona blanca, heterosexual y rica puede sentir afinidad con la novela de Salinger. Una opinión absolutamente limitada considerando el impacto que ha tenido la novela en el mundo. Tampoco creo que esta caída de gracia de Caulfield tenga que ver con las diferencias puntuales entre su mundo y el mundo actual. Más bien, creo que el misticismo de la novela ha cambiado y que la rebelión que pregonaba terminó enraizandose en la cultura americana.

Hace algunos años, en pleno desconcierto por la presidencia de Donald Trump, Kurt Andersen publicó un artículo en The Atlantic sobre cómo Estados Unidos dejó de creer en la realidad. La idea detrás del largo ensayo de Andersen es que el triunfo de Trump en 2015 no fue un hecho aislado sino el epítome de un pensamiento que lleva fraguándose desde hace décadas.

En breve, su idea es que el excepcionalismo estadounidense de libertad individual se mezcló con la cultura new age de la era hippie y el pensamiento post-estructuralista en los años sesenta y setenta para crear un caldo de cultivo perfecto de paranoia y conspiracionismo. El hecho de ser estadounidense, de pronto, justificó el hecho de creer en tu propia realidad. Por supuesto, todo esto se reforzó cuando, a principios de los años noventa se decretó el fin de la “Fairness Doctrine” que impedía a los medios tener una clara ideología sin mediar una cierta objetividad. Así nació a una prensa completamente balcanizada que, con la llegada de internet, exacerbó las cámaras de eco: todo mundo podía informarse en medios ideológicamente sesgados para escuchar, solamente, opiniones con las que de entrada estaba de acuerdo.

“Mezcla el individualismo épico con la religión extremista; mezcla el negocio del espectáculo con todo lo demás; déjalo fermentar unos siglos; luego pásalo por la idea de que todo vale de los años sesenta y de la era de internet. El resultado es Estados Unidos hoy en día, un lugar en el que la realidad y la fantasía están extrañamente entrelazadas y confundidas.”

Y hay algo de eso también en The Catcher in the Rye. No puedo dejar de pensar que la generación que creció pensando en la rebeldía de Holden es también la generación que dio vida a la locura de Donald Trump.

En la novela de Salinger se retrata una viva desconfianza por la sociedad del espectáculo, por la falsedad de las promesas de éxito, por el sistema completamente perverso de privilegios y falsedad que gobierna la vida estadounidense. El mundo de Holden parece prefigurar el pensamiento maniqueo de la política estadounidense de Trump en el que hay un pantano de viejos tecnócratas aliados a la falsedad apoyado por el establecimiento pérfido de los medios de comunicación y las mentiras de Hollywood. Holden, finalmente, es el campeón de la idea de verdad sin tapujos, de una honestidad que derriba todas las barreras sociales de un sistema tramposo para decir las cosas como son. Y esa es la bandera del trumpismo.

Con esto no quiero decir que Donald Trump sea el heredero directo de los delirios de Holden. En lo absoluto. Pero la rebeldía que pregonó alguna vez la novela de Salinger se fue enraizando en la cultura y dejó de ser algo excepcional. Como el crítico Alfred Kazin señaló, la novela de Salinger sirvió de inspiración a “un vasto número de personas que crecieron en nuestra sociedad pensando en sí mismos como infinitamente sensibles, espiritualmente solitarios y talentosos, y cuyos sufrimientos se encuentran en la conciencia tormentosa de sí mismos.”

Este individualismo a rajatabla es exactamente lo que señaló Andersen en su ensayo. También es lo que otros académicos comentaron sobre la novela:

“El crítico Leerom Medovoi describió como un nuevo canon de la guerra fría apareció, un canon en el que obras del Renacimiento Americano como Moby Dick y Las aventuras de Huckleberry Finn entraban en una `tradición coherente que dramatizaba el auge de la libertad estadounidense como un ideal literario, luchando desde siempre una lucha heroica contra un totalitarismo prefigurado.’ Provocativamente, Medovoi describe cómo The Catcher in the Rye se unió a estos trabajos y cómo todos ellos, leídos como alegorías nacionales, localizaron la esencia misma de lo estadounidense como un principio de disidencia mientras que, al mismo tiempo, el MaCartismo lo pintaba de antipatriótico.”

Muy a pesar de Holden, la rebeldía con la que crecieron los adolescentes que lo leyeron se convirtió rápidamente en una forma de pensamiento anquilosado que separaba el mundo en verdadero y falso. Un pensamiento que, pregonando la máxima libertad del individualismo, creó una cultura de la paranoia y la conspiración en donde todos podían tener, como Holden, una verdad asertiva.

Creo que la novela de Salinger está profundamente enraizada en esta conformación cultural Pero también creo que es injusto solamente pensarla desde este aspecto de rebeldía institucionalizada. Porque Holden es mucho más que el pensamiento maniqueo adolescente de un mundo bueno y real enfrentado a las opresiones de la falsedad. Sobre todo porque esta rebeldía no es un capricho. Sobre todo porque esta rebeldía sin causa, tiene una causa.

Tal vez el libro de Salinger ha perdido importancia entre los lectores jóvenes porque ha sido absorbido por el canon: la rebelión que promulgaba ahora lleva a políticos al poder; la censura que le imponían por miedo cedió y ahora es un libro que se estudia en todas las secundarias. The Catcher in the Rye perdió su mística peligrosa porque su lectura se volvió evidente, institucionalizada. Pero es, justamente, en esta normalización de la novela, que se pierden ciertos detalles importantes.

Algo que pocos entendieron en el momento de su publicación -y en varias lecturas actuales- es que Holden no se sale con la suya. Holden no vence a un sistema y lo doblega a su capricho. Esta es la historia, más bien, de una derrota; una derrota que no es trágica; la derrota de una cierta idea del hombre fuerte y valiente que está por encima de los problemas de salud mental.

La rebeldía de Holden nace del duelo. La muerte de su hermano menor lo impacta profundamente y es en la realización tan temprana, a los catorce años, de la muerte inminente, de la injusticia de la enfermedad y la decadencia, que Holden no soporta más las mentiras del mundo.

Después de la muerte de su hermano, Holden se encierra en un garaje y empieza a romper todas las ventanas con los puños. Cuando trata de romper también las ventanas de los coches, su mano está demasiado herida para reventarlas. A partir de ahí, no puede cerrar el puño. Su desplante lo conduce al hospital y, por eso, se pierde el funeral. La culpa lo carcome por todos lados y el pensamiento insoprtable de su hermano en un féretro mientras llueve, encerrado para siempre entre muertos lo tortura.

¿Por qué un tipo tan bueno y puro tuvo que morir tan joven mientras tantas personas malas viven y triunfan? ¿Por qué su hermano mayor, pudiendo mantener vivo el recuerdo de Allie, prefiere venderse a Hollywood y abandonarlo? ¿Por qué nadie quiere hablar de eso?

Holden está solo y aislado en su duelo. Y no puede confrontar las secuelas de este trauma. Sus padres, destrozados, lo regañan por su comportamiento y lo cambian de escuela cada vez que lo expulsan, pero no mencionan al elefante en el cuarto. La única persona a la que le importa ese guante de Allie garabateado de poemas es a Jane. De ahí también nace su afinidad por ella y un amor platónico. Pero Jane cae bajo las falsas pretensiones de su compañero de cuarto y cede a esa parte podrida del mundo. El mismo compañero que ridiculiza la composición de Holden sobre el guante de Allie. El mismo compañero que termina agarrándose a puñetazos con un Holden lleno de ira reprimida, soledad y frustración.

Los pensamientos suicidas constantes de Holden, lo no-dicho de su trauma muestran un perfil mucho más complejo de la rebeldía que enarbola. Y muestran también algo evidente en el impacto cultural de la novela: las mismas personas que institucionalizaron esa rebeldía se niegan a leer la novela de Salinger en la clave de un grito de ayuda. Como bien apuntó Jessie Thompson en el hermoso ensayo que escribió para Penguin:

“Comparan constantemente The Catcher in the Rye con The Bell Jar, la primera y única novela de Sylvia Plath. Pero, mientras las personas no tienen ningún problema en leer esta última novela como un estudio de problemas de salud mental -incluso olvidando las cualidades literarias del libro a favor de una lectura autobiográfica histérica- la conversación sobre la vulnerabilidad masculina está completamente ausente cuando se habla de Holden Caulfield, ese hombre mimado, joven, demasiado sensible. Esto traiciona evidentemente nuestro sesgo de género en la lectura.”

La misma generación de concreto que institucionalizó la rebeldía de Holden, le negó lo que más quería discutir: sus problemas de salud mental, su tristeza, su duelo, su vulnerabilidad. La confesión de Holden, la manera de relatar una verdad transparente, sensible, sobre los eventos que lo llevaron a una crisis mental, se convirtió en un cuento de un adolescente que se enfrentó a un sistema y ganó.

Pero Holden nunca ganó, Holden siempre se dejó vencer. Por eso creo que The Catcher in the Rye merece nuevas lecturas, más allá de la evidencia de su importancia cultural, para entender la profundidad de los motivos de Holden y su grito de ayuda. Tal vez, al escucharlo, como no lo hicieron nuestros padres y abuelos, podamos aprender algo sobre una generación que se negó a cuidar su salud mental para favorecer una idea de hombría, una rebeldía sorda y la construcción de una realidad que, ahora, ya no nos corresponde.

Secretaría de Cultura