Tierra Adentro

Ilustración de Abril Castillo (Morelia, 1984)

 

¿No es el humor otro acercamiento a lo trágico? Hacer o no hacer chistes sobre la tragedia es el dilema de muchos humoristas. ¿Cuándo, sobre qué, se vale reírnos de lo que sucede? Los escritores Guillermo Espinosa Estrada y Laura Sofía Rivero discurren al respecto.

 

El baile de la diosa Hathor

Guillermo Espinosa Estrada

Cómo reír en un contexto como el nuestro, de qué, para qué… Desde que vivimos en el país de los 200,000 ejecutados, los 33,000 desaparecidos y los incalculables desplazados, suelo hacerme estas preguntas. Concluyo, las más de las veces, que las cosas no están para bromas, que tiene «su tiempo el llorar/ y su tiempo el reír», y que sólo un duelo colectivo —«una generación de silencio»— podría honrar a tantos muertos. Pero estamos poco inclinados a la contrición, y la seriedad (ya no se diga la solemnidad) parece provocarnos alergia, así que me conformo con exigirle a la comedia contemporánea que encuentre una nueva forma de hacerme reír, inútilmente. Imagino una risa que no sólo se aleje de su innata crueldad y despotismo, sino que, además, me permita reír de nuestra circunstancia presente sin temor a trivializarla o frivolizarla. No es que busque un tipo de comicidad «políticamente correcta», ni que abogue por las virtudes del «humor blanco»: trato más bien de detectar remanentes, en nuestros días, de lo que Vladimir Propp llamó la «magia de la risa».

Existe un mito etiológico que cuenta cómo la vida volvió a la tierra gracias a la risa. En su versión egipcia, la más antigua que conocemos, se dice que Ra, el dios del Sol, se ocultó en una cueva después de que Babi, el dios de la fertilidad, se burlara de él diciéndole que su culto no tenía seguidores. La ausencia de luz pronto provocó pavor entre los miembros de la corte celestial, pero nadie pudo convencerlo de salir; sólo lo hizo después de que Hathor, la diosa del amor, la alegría y la danza, interpretara para él un baile erótico que provocó sus carcajadas. En todas sus versiones —he podido compilar, además de la egipcia, la griega, la japonesa, la tepehua, la kurnai y la yanomami— se repite el mismo esquema: hay una situación de estabilidad que se ve alterada por algún capricho divino; esto provoca un escenario terrible donde la ausencia de sol, de agua o de fuego amenaza la vida de la comunidad, y sólo haciendo reír al dios la situación logra revertirse. Lo que me gusta del relato egipcio es que hay una pugna entre dos tipos de risa: los efectos perniciosos de la comicidad violenta con la que humilla Babi sólo pueden ser resarcidos con la comicidad mágica (y sexual, reproductiva) que provoca Hathor en Ra.

Pero entonces, ¿quién va a hacer reír a Dios? ¿Cómo vamos a restablecer el orden de la vida? «Nadie», «de ninguna manera», concluyo cada mañana cuando leo el titular de El gráfico, reviso los cartones políticos, consumo mi dosis diaria de memes, y me veo a mí mismo y a mi generación esforzándonos por ser chistosos en las redes sociales. Nuestra comicidad es estéril si sólo puede provocar, de vez en cuando, una carcajada a costa de los otros. Pero el mito asegura que hay otras formas de reír, y algunas son tan poderosas que las comunidades pueden seguir adelante al descubrirlas. ¿Cuál es el chiste? ¿Dónde está Dios? En el baile de la diosa Hathor hay un secreto digno de desentrañar, podríamos empezar a discutirlo.

 

No es por ofender, pero usted es un imbécil

Laura Sofía Rivero

Todos hemos tenido que callarnos un chiste alguna vez. La risa puede ser inoportuna; un espasmo escandaloso y transgresor. Los añejos protocolos de comportamiento tratan a la risa como al bostezo y al estornudo. Los igualan y les exigen someterse a la voluntad, no al ímpetu; las carcajadas deben dominarse como se controlan los esfínteres. «El chiste en sociedad necesita de gran pulso para que no se convierta en una necia y ridícula impertinencia», dicta el Manual de Carreño.

La urgencia de contener el humor, como si fuera otra de tantas excreciones, muestra su naturaleza catártica. Funciona como una válvula de escape capaz de exponer que todo lo que damos por cierto no es más que una posibilidad entre tantas. Alega que la realidad sólo es algo ilusorio. Por eso es que fijarle límites pareciera absurdo e ir en contra de su propia naturaleza. Desestabilizar las verdades unívocas suena bastante bien a pesar de que el piso se tambalee y nos produzca una sensación de malestar, ¿o no? La risa y la crítica son incómodas como una comezón. Parece sencillo ondear la bandera de la autonomía humorística y ampararnos en su carácter rebelde hasta que alguien hace una broma en el funeral de nuestra abuela y esa sensación de malestar que se veía lejana nos aqueja directamente. La risa hiriente como una navaja nos hace pensar que quizá, cuando nos preguntamos si el humor tiene límites, el verdadero cuestionamiento que nos hacemos es sobre qué tan sutil es la brecha entre una broma y un insulto.

La Policía del Pensamiento tiene muy clara su respuesta. Abundan casos de internautas perseguidos por publicar bromas en redes sociales que son malinterpretadas como agresiones. Cassandra Vera no necesitó más que de 13 mensajes en Twitter con chistes sobre Luis Carrero Blanco para ser sentenciada a un año de prisión por «humillar a las víctimas del terrorismo». ¿Cómo distinguir la ocurrencia de una ofensa? No basta con decir que una broma tiene un componente de ficción, es imaginativa; mientras que la agresión es directa y sin dobles sentidos. El humor traspasa temas y tabúes, pero en las bromas sí hay fronteras trazadas por el contexto. La risa goza de una diversidad tan envidiable que quizá por eso la definimos como si habláramos en el idioma de las papilas gustativas: agria, amarga, ácida… La carcajada más cercana al insulto es aquella que nos hace reírnos de los otros verticalmente: nos causa gracia saber que lo que le ha pasado a otro no nos pasó a nosotros, establece una jerarquía. Pero el humor busca una horizontalidad que no está en la comedia sencilla, ésa donde las caídas y los errores garrafales nos hacen desternillarnos. Sin dejar de ser crítico, nos permite comprender que lo que hoy nos causa gracia por ser ajeno también es parte de nosotros mismos.

Pero cómo no confundir lo corrosivo de una broma con el escarnio mordaz si nos empeñamos en desdibujar sus lindes en todas esas ocasiones en las que, luego de sincerarnos, y decir que el jefe de departamento es un inepto, que el pavo quedó reseco o el sexo no fue tan bueno, no nos queda de otra más que tapar nuestros agravios bajo la nada verosímil aclaración de que «sólo era un chiste». El límite entre ser un cínico o quedar como un idiota también es tenue y borroso.


Autores
(Puebla, 1978) es ensayista. Es autor de La sonrisa de la desilusión (2012) y de Entre un caos de ruinas apenas visibles (2017).
(Ciudad de México, 1993) estudio Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2016-2017 y actualmente del FONCA en el área de ensayo.

Ilustrador
Abril Castillo
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Secretaría de Cultura