Tierra Adentro

Con un estilo nítido y potente, los nueve cuentos conforman La noche sin nombre, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018, son un desafío a la conciencia. Enmarcadas en entornos comunes, las vidas de los personajes se trastocan por un acontecimiento casual que los hace dudar entre afrontar o darle la espalda a la muerte. Sin condescendencia ni conmiseración, los textos de Hiram Ruvalcaba general una gran empatía y exigen al lector ponerse en el lugar de los protagonistas y preguntarse: “¿Qué habría hecho yo?” Y, a falta de una respuesta adecuada, el desasosiego comienza cuando se reconoce que, al igual que en estos relatos, en esta vida a veces la mejor opción es “hundirse dando alaridos en la noche sin nombre”.


 

El amanecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa. Una música de balas, muerte y héroes sin ley manaba de ella a borbotones. El sol ardía en sus costados y la carretera chillaba a su paso con gritos de acribillado.

Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las mañanas de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el recién inaugurado Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; bajó todavía más y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera. Quebró cual proyectil la mañana caliente, y su paso tronó por el empedrado, rugió sobre el pavimento.

La gente, desde las ventanas, miraba de soslayo la fatalmente célebre camioneta. Algunos, los más, se encerraban tras sus frágiles puertas cuando la veían acercarse. Otros, los menos, salían de sus casas o se paraban en seco para saludar con naturalidad a los ocupantes. Los niños del pueblo corrían detrás de ella, coreando la canción que sangraba de sus bocinas.

Se detuvo en el jardín municipal y descendieron varios heraldos negros cargando bolsas de plástico; armas que refulgían bajo un sol pávido, y un cartel grande, con claras letras oscuras. Los hombres avanzaron hasta la entrada de la presidencia municipal: jocosos, les gritaban piropos y silbaban a las señoritas que empezaban a salir a la calle; devotos, se persignaron uno a uno cuando cruzaron frente a la capilla del pueblo. Llegaron a la puerta (cerrada) de la presidencia.

Con ritual cuidado, abrieron las bolsas y colocaron su contenido a lo largo del portón de madera en el umbral del edificio: doce cabezas humanas sucias, manchadas por varias costras de sangre seca, lágrimas y baba. Eran las cabezas de David, Pablo, Santiago, Abraham, Pedro (el más joven de todos), Jesús, Juan… Algunas todavía llevaban fresco el espanto.

Su distribución era de una simetría notable. Los rostros apuntaban en línea recta hacia el lado en el que estaban ubicados: sin importar desde qué ángulo miraras a la presidencia, siempre encontrarías un par de ojos apagados regresándote la mirada como un espejo interminable. Para quienes los veían de frente, daba la impresión de que nada escaparía a los ojos de esos doce bautistas implacables.

Por encima de las cabezas, pegado en la puerta, los heraldos dejaron un letrero con una pésima e imperiosa ortografía:

Aqui no entra nadien, asta que diganos lo contrario.

Uno de ellos repitió, categórico, la orden escrita. Nadie habría de abrir esa puerta. Nadie habría de tocar las cabezas hasta que volvieran por ellas, aunque no avisaron cuándo. Las personas guardaba un silencio solemne. Hacía calor. Un viento de pistolas barría la carretera, las calles empedradas, la iglesia y el umbral del edificio que ostentaba aquellos trofeos como pústulas aún frescas.

Pasaron los minutos en una calma espesa. Los hombres volvieron a la camioneta roja de vidrios polarizados y se lanzaron a las afueras del pueblo. La música se pegaba en las casas a su paso, igual que un escupitajo de sangre seca.

Transcurrió poco tiempo antes de que se congregaran los primeros curiosos. La gente espantaba a los pájaros y las palomas que se aproximaban a los apóstoles caídos, para evitar que perturbaran su letargo o los movieran de su sitio.

Los más jóvenes organizaban retos de valor para ver quién se acercaba más a las cabezas; un muchacho no mayor de trece años se atrevió a tocar con una rama las mejillas de Pablo. Ése fue el límite del valor de la gente.

Advertidos en sus escuelas de los peligros para sus padres, los chamacos evadían el lugar, e incluso tiraban piedras a los zopilotes que empezaban a reunirse, llamados a un festín sin precedente. De vez en cuando, a pesar de la pestilencia, un niño curioso se quedaba varado frente a los doce pares de ojos, intentando reconocer alguna mueca.

El segundo viernes llegó una mujer. Nadie supo de dónde venía. Nadie supo su nombre. Se acercó a la puerta de la presidencia. Buscó durante incontables minutos entre aquellas caras maltratadas, más allá de cualquier identificación, hasta medio reconocer una de ellas. Pronto su llanto se escurrió por las calles de San Juan. Se dejó caer sobre sus rodillas y berreó frente a la cabeza —que ahora parecía mirarla fijamente—, casi con resignación. Durante un instante (mínimo, imperceptible para quienes no la miraran con atención), hizo ademán de tomarla, pero en esa frontera cesó su intento.

Lloró sin tiempo, sin principio ni fin, gritándole palabras de amor a la estoica testa. Lloró y gritó hasta que su voz ronca se hizo ininteligible. Así, con lágrimas, se alejó del lugar. La cabeza siguió, impávida, el ritmo de los pasos.

Nadie supo cuándo comenzaron las parejas a reunirse en ese sitio. Los jóvenes de la comunidad lo visitaban durante la noche, se tomaban fotografías y les ponían apodos a los doce rostros: El Orejón, El Guiños, El Chino, El Ojizarco. La noticia de aquella escena recorrió cientos de kilómetros y pronto en cada pueblo de Jalisco se supo que en San Juan se descomponían doce miembros cercenados intocables.

Hacia el final, acabada ya la pestilencia, la gente pareció perder todo interés en los decapitados. El cartel se había caído de la puerta por causas naturales. Ya no temían acercarse, mas la fuerza de la costumbre mantenía a los curiosos alejados del lugar. Un niño lanzó, por error, su pelota hacia la entrada y tumbó a Jesús, que estaba al frente de los demás. Se acercó, lo recogió, lo acomodó lo mejor que pudo y regresó corriendo a jugar.

Las cabezas siguieron en su sitio.

 

***

 

El atardecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa.

Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las tardes de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; siguió por una vereda, y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera.

Se detuvo en la puerta de la presidencia. Los heraldos recogieron una por una las cabezas, sin notar que habían sido movidas por el viento y los animales callejeros. Las metieron en una bolsa negra y se fueron de ahí, entre risas e insultos.

El vehículo rojo tomó la calle que descendía desde la presidencia y salió del lugar. A su paso levantó polvo y guijarros desesperados y se hundió dando alaridos en la noche sin nombre.

 


 

“El incidente de San Juan” aparece en La noche sin nombre (Tierra Adentro, 2018) de Hiram Ruvalcaba.


Autores
(Ciudad Guzmán, 1988) Es licenciado en letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara e ingeniero ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores. En 2016 fue ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013) y Me negarás tres veces (2017), así como, en colaboración con Sandra Ruiz, la antología Kwaidan. Extrañas narraciones del Japón antiguo
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