Tierra Adentro

Fotografía: Jesús Flores

Carlos Velázquez ha dicho que nunca quiso escribir sobre Torreón, que “ni siquiera deseaba vivir en la ciudad”. Uno de los autores más interesantes asociados a la literatura del norte de México, Velázquez ha desordenado los lugares comunes de la cultura norteña: sus libros de cuentos La biblia vaquera y La marrana negra de la literatura rosa están poblados de estereotipos del norte —travestis, estrellas de lucha libre, vendedoras de burritos de machaca, dílers y freaks de todo tipo—, personajes que Velázquez presenta en un coro delirante y en situaciones surreales. Así, sin mencionar nunca a su ciudad de origen, Velázquez ha creado un norte histérico, excesivo, cómico y siniestro por partes iguales, un norte que a veces asume el nombre ficcional de PopStock! y que se resiste a formar parte de un discurso que lo circunscriba a imágenes y temas pintorescos para el turismo de la marginalidad.

En su revisión de temas y arquetipos del norte, Velázquez se ha mostrado crítico de la literatura del narcotráfico y de la violencia: “Me parece un recurso fácil, trillado. Este concepto de literatura engloba cierta concepción de la vida, pero me parece más interesante lo que ocurre a nivel individual que lo que ocurre a escala colectiva. Todos mis personajes por supuesto que padecen esta circunstancia de la narcoviolencia, pero es más fuerte su circunstancia personal” (La Jornada, 3 de enero 2011). En sus libros de cuentos, el escritor torreonense ha obviado las alusiones directas a la violencia del narcotráfico, uno de los temas ineludibles de la región y que tiene incluso su propia categoría literaria, la “narcoliteratura”. Incluso si los protagonistas de sus historias son dílers —como en “El díler de Juan Salazar”, de La biblia vaquera— o cocainómanos —los esposos de “No pierda a su pareja por culpa de la grasa” en La marrana negra de la literatura rosa—, lo que está en juego en los relatos es otra cosa (“El díler de Juan Salazar” es una parodia en clave homosexual de la relación entre Burroughs y Joan Vollmer en México; “No pierda a su pareja…” es una fábula moral sobre la codicia y la vanidad).

Más allá del problema ético y estético que plantea la representación literaria de la narcoviolencia (mucho de lo que se ha escrito sobre este tema termina en la apología del narco, en la estetización de la violencia o en su representación didáctica), ¿puede escapar un autor del norte al “karma” de escribir sobre la violencia y el narcotráfico? Quizás el problema no sea uno de tema sino de forma; si la violencia es ineludible en el relato actual del norte, se trataría, entonces, de posicionarse con un proyecto de escritura que evite las limitaciones típicas de la literatura del narcotráfico, llena, como dice el crítico Rafael Lemus, de “críticas y reglas”, más dispuesta a afianzar “un lenguaje, una iconografía, una moral” que a “registrar el desorden… remedar la destrucción”. Lo que hace Velázquez en sus libros de cuentos —sobre todo en La biblia vaquera— es, precisamente, registrar el desorden, remedar la destrucción: la corrosión social y la violencia no se muestran tanto con temas sino a través del cuidadoso trabajo con los personajes (La marrana) y de un lenguaje inestable, plagado de localismos, neologismos y anglicismos, con una sintaxis siempre a punto de explotar sobre sí misma: “Sin mirar a los travestis, sotol en mano, más vale, sintió un fuetazo de azul centrífugo en las corvas. Era la hangover: el síndrome de la abstinencia. Pero no qüitió…” (La biblia vaquera).

La exploración formal de Velázquez continúa en El karma de vivir al norte, el libro que acaba de publicar y con el que ganó el Premio Nacional de Testimonio “Carlos Montemayor”. A medio camino entre el testimonio, la crónica y el ensayo, El karma deja de lado el registro más bien oblicuo de los cuentos y aborda de frente los efectos de la violencia y el tráfico de drogas en la región de La Laguna. “Sufrí los efectos de la violencia como cualquier ciudadano de a pie”, dice Velázquez en el primer capítulo. “Sin embargo, me resistí a registrar las consecuencias. Que lo hicieran otros. Que se ensuciaran otros. Yo me refugiaría en la narrativa. En mis dominios. En terreno seguro. Estaba convencido de que eso constituía mi salvación.” ¿Qué lo conminó entonces a dejar ese “terreno seguro” y a transitar la zona donde tantos escritores han sucumbido? El sacudón, dice, se lo proporcionó su hija de cinco años y la conciencia de que podría perderla, o ella a él, en uno de los tantos fuegos cruzados que se desatan en una región donde hay más muertos por herida de bala que en Irak. Lo que sigue es el testimonio de alguien que decide contar su historia “como padre de una hija, como habitante de la ciudad y como consumidor de sustancias”. Son pocas líneas, las suficientes como para que Velázquez se autorrepresente como un personaje salido de uno de sus cuentos: un ser inestable, a medio camino entre el sentimentalismo responsable —la hija como motivadora de su gesto de escritura— y la transgresión sin culpa —el padre dado a las drogas.

Deudor del periodismo gonzo, Velázquez recurre al sarcasmo y la ironía para narrar la ubicua sensación de paranoia que reina en Torreón, una “meca de desaparecidos” donde se ejecutan personas a diario. Las anécdotas son truculentas. El autor deja de comer pescado frito a orillas de la carretera cuando se entera de que los pescados provienen de una narcofosa marina repleta de cadáveres. Una noche en el bar con los amigos puede acabar con la sorpresiva ejecución de un empleado frente a todos los clientes. En otra oportunidad se salva apenas de que un taxista drogado lo asalte mientras lo lleva de vuelta a casa, con su hija durmiendo a su lado. En estas escenas hay un humor tenebroso, y la única risa que puede arrancar es la risa incómoda y nerviosa que produce el sinsentido, el horror. Porque lo que muestra El karma de vivir al norte es caos, anomia, desorden, el desamparo absoluto del ciudadano en la “guerra contra las drogas”, una guerra que no es tal “porque las guerras terminan”, ni tampoco es un combate contra el narco porque las víctimas son las clases marginales.

Velázquez no indaga en el origen de la violencia —aunque ensaya una anacrónica explicación telúrica en la que el mal emanaría de la misma región: “no era del todo disparatado decir que la violencia estaba aquí cuando llegamos. Y aquí seguirá cuando hayamos desaparecido”—, pero en cambio reflexiona sobre la cultura norteña, descarga su humor ácido sobre ella  (“el torreonense carnívoro, un alto porcentaje, se suicida a base de carne roja”) y va en busca del rasgo de identidad que une a los torreonenses. No sin ironía, propone que esta característica aglutinante es “la bronca”, la prontitud para pasar de la discusión a las armas. Pero ante una identidad que se construye sobre la violencia y la droga (“En la actualidad, en el norte, la personalidad de una ciudad no dependía de la arquitectura o la geografía, se la otorgaba la droga”), Velázquez prefiere buscar sus raíces en otro lado: en la música. La cumbia lagunera, con su picardía y su “soltura natural proveniente de la oralidad”, es la que le presta registros más fluidos y ricos que los del narcotráfico. Es la música la que, en última instancia, proporciona ritmos y tonos a este autor, anima a algunos de sus personajes más memorables, y, hasta cierto punto, configura su identidad como escritor. Quizás sea imposible escapar del todo al karma de vivir en el norte o de escribir sobre él, pero sí se puede reconfigurarlo a la medida de un proyecto narrativo ambicioso y original.


Autores
(Santa Cruz, Bolivia, 1981) es periodista, narradora y editora. Coordinó, con Maximiliano Barrientos, las antologías Conductas erráticas (Aguilar, 2009) y la bilingüe de cuentos Mesías/Messiah (Traviesa, 2013). Es autora de Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010; Reina Negra 2011; Tropo 2012). Escribe ahora mismo Mordor, su segundo libro.
Secretaría de Cultura