Tierra Adentro

Luis Zapata, Creative Commons Attribution 3.0 Unported.

Leí El vampiro de la colonia Roma (Luis Zapata, 1979) porque me dijeron que era muy buena. Así, sin más detalles o algún tipo de aclaración. Me la recomendó mi editor, cuando ya habíamos entrado en la primera revisión de Aprovéchate de mí. También me dijo que, aunque El vampiro era súper de la onda, la mejor novela de Luis Zapata era En jirones.

Ya he buscado esta última por todos lados, pero parece estar agotada, y después de haberme devorado El vampiro…, y haberla usado para análisis en mis propios talleres, y recomendarla a diestra y siniestra a la mínima provocación, me convenzo de que podría encontrar mucho, muchísimo, más allá de ella, en toda la obra de Zapata.

Margo Glantz definió como «de la onda» toda aquella producción literaria mexicana, construida desde mediados de la década de los sesenta por autores nacidos entre 1938 y 1951. Esas primeras referencias, usadas de manera despectiva, observaban las características propias de la contracultura a las que recurrían los autores incluidos en este grupo, así como sus primeras obras. José Agustín (De perfil, 1966), Gustavo Sainz (Gazapo, 1965) y Parménides García Saldaña (Pasto verde, 1968) son considerados los principales representantes del movimiento en la actualidad. A través de sus obras exploraron temas como la sexualidad expresada de formas menos recatadas, los fallos del sistema de gobierno y las instituciones, el consumo de drogas y todo aquello considerado tabú por el canon de la época.

Sin ir más lejos, y porque tengo predilección por este autor, basta con sumergirse en la producción de José Agustín para tener una idea muy clara de las exploraciones que le interesaba hacer a través de las letras: novelas iniciáticas que mostraban abiertamente las inquietudes que conducían a los personajes a sus propios infiernos individuales, permitiéndoles salir y renacer solo en ocasiones, pero mostrando a quien lee aún en nuestros días, que todos los infiernos son susceptibles de conectarse a través de algo tan universal.

El punto fuerte que merece ser resaltado dentro de la literatura de la onda, es que, en su momento, nació como una protesta: la ruptura de las formas, de la estética y del canon hegemónico. El término «de la onda», en un inicio, fue tomado de la propia jerga característica de los jóvenes de la época, y se usó para otorgar un valor menor a todo lo que en él estuviera contenido. No obstante, esta corriente tuvo adeptos que, por medio de su lectura, reflexión y consumo, resignificaron el sentido de estas producciones literarias que se mantienen vigentes hasta nuestros días.

¿Qué pasa, entonces, con Luis Zapata? Por qué, por temporalidad y contenido, El vampiro de la colonia Roma entra perfectamente en esta corriente. Y, sin embargo, en una extensa búsqueda en la red, muy pocas fuentes mencionan a este autor en el mismo párrafo que los otros representantes del movimiento.

En una observación somera de esta novela encontramos una historia tan simple como rompedora: Adonis García, un chichifo sin familia o vínculos arraigados, nos cuenta su día a día en el Distrito Federal: sus visitas a los baños públicos de Sanborns, sus ligues en la Zona Rosa o sobre Insurgentes, el sexo sin protección a cambio de la lana que usa para pagar una renta que a estas alturas de la vida nos parece ridícula.

Sin embargo, si entramos en un análisis profundo, no solo del contenido y los recursos literarios empleados para su construcción, sino de todo aquello inherente a ella, lo que se dice a través del subtexto y de los elementos propios que la mantienen dentro de la literatura de la onda, encontramos dos cosas esenciales: la primera, que su propia estructura es rompedora por sí misa; la segunda, que por sí sola, sin buscar mucho, El vampiro… rompe no solo con el canon literario, sino con el canon de la heteronorma.

Tenemos una novela compuesta por una serie de entrevistas transcritas al papel por quien dialoga con Adonis. Pero, en vez de adjudicarse la libertad de marcarnos el ritmo de la lectura, de la respiración, el entrevistador emula no solo la jerga del entrevistado, su uso particular de las palabras y de un lenguaje alimentado por una historia personal y una combinación de ambientes y circunstancias, sino también un acento, una serie de contracciones de ciertas palabras, una convención muy específica con respecto a las muletillas. Es decir: a través de la omisión de puntos, comas y cualquier signo de puntuación, visualmente el autor obliga a quien lee a hacerlo de una sola forma, inconfundible y única, como solo la voz de Adonis lo haría. A esto se suma la ruptura con la heteronorma, porque, si bien los personajes homosexuales tuvieron participación en la literatura en otros momentos, Adonis sale de la caricaturización a la que hubiera sido condenado por la literatura hegemónica.

Al menos en México, El vampiro de la colonia Roma marca un antes y un después con respecto a la participación de los personajes LGBTTTQI+ en las letras, por que así como José Agustín, Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña muestran lo humano contenido en aquello que no se nombraba en esa época, también lo hace Luis Zapata. Adonis habla de las enfermedades de transmisión sexual, de los riesgos de su oficio, de las dinámicas de interacción y la manera de establecer vínculos entre hombres que gustan de otros hombres. Nos cuenta de los amigos que se enganchan de la mariguana, como hace Rafa en ese viaje a Acapulco en Se está haciendo tarde…; igual de charlatanes, Rafa y Adonis embaucan, mienten, manipulan, y de esta manera sacan “para la papa”. Sienten.

Considero que esa es la primera reivindicación: el vampiro siente como sentiría cualquier otro personaje en cualquier otro tipo de historia. A través de sus sensaciones, de sus emociones, de ese tren de pensamiento tan disparatado como consciente, Adonis reclama su lugar en el mundo de lo humano, ese que le corresponde por derecho y que más de uno hubiera querido negarle en su momento.

Después de El vampiro de la colonia Roma, en Latinoamérica han sido dos los libros que rompen con el canon que a la fecha han trascendido fronteras, no porque los otros sean menos importantes, sino porque han logrado obtener mayor difusión a pesar de la censura: Tengo miedo torero (Pedro Lemebel, 2001) y Sudor (Alberto Fuguet, 2016).

En el caso del primero se trata de una novela ambientada poco antes del atentado contra Augusto Pinochet, en Chile, en donde se entrelazan la violencia, la situación política, los conflictos sociales y la historia de amor entre La loca del frente y Carlos, uno de los estudiantes disidentes que intentan derrocar a la dictadura. En Sudor, Alf nos cuenta el breve pero intenso enamoramiento que vive con Rafa Restrepo Carbajal, hijo del escritor Rafael Restrepo.

A pesar del tiempo y de las coordenadas geográficas tan distantes, tanto Adonis como La loca del frente y Rafa Restrepo tienen en común la ruptura con el canon. Pero, además, me atrevería a afirmar que de manera intencional, desafían la circunstancia predominante de su propio momento histórico.

¿Cuánto daño puede hacer un libro, uno solo, una historia contada por un personaje que rompe con lo establecido? Ninguno, en realidad. ¿Cuál es el daño en mostrar una arista diferente de la realidad que conocemos? Ninguno. Sin embargo, al volverse visible, al cobrar relevancia dentro del panorama de la literatura, un libro como El vampiro… siembra la duda: ¿por qué nunca he escuchado esta otra historia? ¿Por qué nunca he caminado por estas calles de noche? ¿Por qué nunca he visto que así es como se tejen los vínculos en un grupo al que no creo pertenecer? ¿Por qué no podría pertenecer? Una pregunta nos lleva a la siguiente, y la introspección puede ser tan profunda como se quiera permitir. ¿No es ese uno de los objetivos del arte?

Más allá de un gusto culposo, de algo que no alcanzamos a comprender, el legado de Luis Zapata se extiende en el tiempo y el espacio. No sé si Pedro Lemebel leyó El vampiro de la colonia Roma, pero sé que Alberto Fuguet sí lo hizo. Y si de alguna forma la literatura nos impacta, siempre lo hará con esa especie de cosquilla que nos motiva a buscarnos dentro lo que ya hemos leído fuera, y viceversa. El legado de Luis Zapata es eso: la muestra de que todo aquello que ya existe se puede romper.

Secretaría de Cultura