Tierra Adentro

Ilustración por Etel Castrejón

Al título le falta, al menos, un 6: 666 años después. O un 26, como haría Bolaño: 2666 años después. Es injusto cifrar tan solo en estos 66 años que nos separan de su publicación la edad de un territorio literario tan viejo como el diablo y sobre el cual pesa una condena tan eterna como la que persigue a quienes habitan en él, a quienes habitamos en él. No obstante, estoy seguro de que Rulfo cifraría su inicio en un lugar histórico algo más preciso, en ese Big Bang de la conquista europea, momento en que prendió la mecha que no cesa de arrasarlo, en que comenzó a soplar el viento que aviva cíclicamente la llama. La ebriedad criminal que se alza desde entonces confunde el antes y el después y provoca que en el llano fracasen las cronologías al uso: la ruptura del orden hace que cualquier tragedia se integre al paisaje con la naturalidad de sus cielos abiertos y sus extensiones yermas, los zopilotes que otean el horizonte o el lejano ladrido de los perros. Parecería que el exterminio de los pueblos aborígenes, la revolución y la cristiada, los expulsados por la modernización, las narcofosas, los feminicidios y desaparecidos ya estuvieran ahí. 

En este universo sin calendario, una ópera prima como El llano en llamas podría, de tan definitiva y fatalista, figurar como testamento creativo de su autor. En él no se percibe ni una mota de ingenuidad, ningún camino de redención, quizás porque en el universo rulfiano todos los caminos vuelven sobre sus pasos y ninguna palabra se pronuncia sin consecuencias. Me refiero al fatalismo con el que, a través de su mirada profética, aprendimos a mirar la historia de México, una historia que no es una línea recta ni un recuento de lo que quedó atrás, sino una espiral o un remolino que nos empuja siempre hacia adentro: el llano como destino inquebrantable y metonimia que nos traga a todos, el llano contado por sus víctimas mientras se hunden y tratan de respirar. 

Uno tiende a pensar que a un libro de cuentos todos los relatos llegan a la vez, como dice en su índice. Pero de los primeros, escritos algo antes de 1945 y publicados en diversas revistas, a los últimos, de 1952 y escritos expresamente para El llano, median ocho años, una enormidad para alguien que ronda los treinta y no cesa de cambiar de trabajo y residencia, ni de explorar el interior de México. En el tiempo en que escribe Nos han dado la tierra, Macario, Es que somos muy pobres o ¡Diles que no me maten! aprovecha su condición trashumante para tomar notas y hacer fotos, muchas fotos, como si en cada palabra y cada instantánea ensayara ángulos y miradas, posiciones estéticas e ideológicas con las que ubicar sus incertidumbres en medio de un recorrido vital en el que aún nada sedimenta. A este tiempo pertenecen una multitud de apuntes de viaje que ofrecen el pie de foto a sus imágenes, materiales con los que pretendía elaborar una guía turística inverosímil e indeseable, una guía de los lugares arruinados, los escenarios de la masacre y el exilio. Así que El llano en llamas emerge, quizás, como el fantasma de esa guía que nunca vio la luz, la colección de paisajes silentes del explorador y el fotógrafo, sus horizontes desolados y voces en pasado: los ecos de lo que ya fue pero seguirá siendo, tan permanente como una fotografía en blanco y negro. 

Porque El llano es un libro de pervivencias, y si hay algo que no encontrará reposo en ese territorio es la violencia, una violencia tan cierta e implacable como la aridez del paisaje, una violencia que se transmite a través de las voces de quienes la padecen y ejecutan, presos de esa espiral cuyas fuerzas de atracción y repulsión muestran un extraño equilibrio. En esta dimensión nadie es por completo culpable o inocente, tocado como está por una maldición que se contagia por la tierra, y en la que, como el coronel de ¡Diles que no me maten!, todos crecen “sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”. En el llano todas las palabras adoptan el tono de una confesión y necesitan redimir pecados, lavar conciencias o pagar culpas que se arrastran de generación en generación. O quizás todo se trate de mirar al más allá para simular que no existen las realidades más inmediatas

Ilustración por Etel Castrejón

Ilustración por Etel Castrejón

En una reseña que Rulfo escribe en 1964 sobre La tierra pródiga, proyectará en el análisis de la novela de Yáñez su propio mito de fundación. La precisión histórica y geográfica con la que es capaz de explorar el territorio literario no sólo refleja la profundidad del iceberg sobre el que despunta su universo, sino que descubre el ADN que lo origina. La cita que copio es larga, pero en su versión original se extiende mucho más allá, como una letanía que podría prolongarse sin fin:

Aunque Yáñez circunscribe el problema de esta región, “pasto de toros bravos”, a su última etapa, la cosa viene desde antiguo. Y para no ir tan lejos: conquista, sometimiento, nueva conquista y exterminio de todos los pueblos aborígenes de las provincias de Melahuacán y Expuchimilco (solamente la primera tenía más de doscientos mil habitantes, y hoy no llega a quinientos). En el Valle de Sátira, también superpoblado, sólo queda el pueblo de Tomatlán. En el Amborín está la Villa de Purificación, con 2000 habitantes y la ranchería de Jocotlán, la cual debió ser importante, pues en 1914 los de este lugar saquearon y arrasaron la Purificación, lo que motivó que pocos días después Jocotlán desapareciera del mapa. En Charnela habrá quizás unos tres habitantes; otros más en Tenacatita (aunque los cerros de sus alrededores están plagados de muertos); la Huerta, ya en el Valle de Expuchimilco (la tierra pródiga de Yáñez), fue arrasada por las tropas de los generales Agustín Olachea y Ochoa Urtiz en 1919. En Casimiro Castillo (La Resolana) hubo hace apenas catorce años un enfrentamiento entre tropas federales contra los caciques Lozano, herederos a su vez del enorme cacicazgo de los extranjeros Elórtiguie. Otro extranjero fue propietario del Alcíhuatl desde 1775, se apellidaba Romero y baste decir que registró como realenga toda la tierra, desde Llano Grande hasta Mixmaloya, misma que legó a su hijo Liberato. Cacaluta era otro cacicazgo sin límites, propiedad de un tal Torralba. San Miguel, la vieja capital de la provincia de Melahuacán, fue arrasada en 1858, en unión de Cuitzmalal y otros pueblos. Y todavía en 1928 el general Charis hizo estropicio en toda la región, desde la Purificación hasta Tomatlán. Hubo pues en la tierra pródiga muy pocos habitantes -desde hace cuatro siglos-, pero sí muchos caciques y hasta filibusteros, como Bernard Johnson. No es de extrañar pues que fuera tierra de contienda, de forajidos y asesinos labiosos e ignorantes…

No crean que la comunicación de Rulfo con la tragedia se limita al plano de la historiografía o la literatura, pues su verdadera dimensión reside en el carácter biográfico de quien se sabe víctima del llano y explora su propia condición. A los seis años asesinan a su padre y a los diez pierde a su madre, y así de huérfano y con esa carga a sus espaldas debe recorrer su particular páramo vital. Como le confiesa a Joaquín Soler Serrano en 1977, desde tan temprana edad cultivó un “estado depresivo que todavía no se me puede curar” y que contamina todos los ámbitos de su escritura, también asolada por destrucciones cíclicas. Al presentar La cuesta de las comadres en la revista América, Efrén Hernández afirmará haber salvado al relato de la quema, casi sistemática, a la que Rulfo sometía a sus escritos. De ella no se salvará El hijo del desaliento, una novela que llegó a sumar varios centenares de páginas antes de ser aniquilada a finales de los años 30, y de la que solo sobrevive un exiguo relato titulado Un pedazo de noche. El propio Pedro Páramo es un cuerpo mutilado que alguna vez alcanzó, según el propio autor, alrededor de 300 páginas, rebajadas mediante sucesivas “podas” a la versión esquelética que leemos. La cordillera es otro de los fantasmas que durante décadas sobrevoló los círculos literarios, esperanzados con el lanzamiento de la última y definitiva novela de Rulfo que nunca se materializó. Así que es posible que su obra visible no sea más que el rastro, la ruina de todas esas otras páginas destruidas. 

Ilustración por Etel Castrejón

Ilustración por Etel Castrejón

En dirección opuesta a esta vocación depresiva y autodestructiva, El llano en llamas supondrá un hito inmediato en la narrativa mexicana, saludado como un clásico contemporáneo por las firmas más rutilantes de la cultura y la crítica. Emmanuel Carballo, Alí Chumacero o José Luis Martínez reconocerán en la aparición de la obra un “momento modificante de nuestras letras”, en palabras de Carballo, que también genera una gran expectativa para lo que se prometía como una sustanciosa carrera literaria. Como anunciaba Chumacero: “cifremos nuestras esperanzas en que el inicial acierto contribuya a que ensaye obras de mayor amplitud escénica y mayor complejidad”. Lo cierto es que El llano en llamas ejercerá de laboratorio para Pedro Páramo, una novela que, hasta cierto punto, puede leerse como otro de los relatos finales de su libro de cuentos, en los que pone en práctica la geografía explícita -aparecen Tuxcacuesco y la Media Luna-, los juegos de voces y planos narrativos característicos de su obra culminante. Tan es así que, en una carta dirigida a Margaret Shedd, directora de la Escuela Mexicana de Escritores de la que era becario, al explicar las líneas maestras de Luvina parece describir las que empleará en Pedro Páramo

Terminé de escribir el cuento titulado “Loobina” del cual ya estaba usted en antecedentes, habiendo alcanzado una extensión de veinte cuartillas.

Como antes había indicado, trata de la descripción de un pueblo de la sierra de Juárez, hecha por un profesor rural a un recaudador de rentas del Estado. Aunque aparentemente se desarrolla por medio de una conversación entre las dos personas, es, en general, un monólogo, ya que el profesor, como se verá al final, no existe. El recaudador se concreta a oír, mientras el profesor relata sus experiencias en el pueblo de Loobina, así como algunos rasgos de su vida personal, todo enmarcado en un cuadro de desilusión, interrumpidas de vez en cuando para beber, pues el profesor ha terminado por ser un borracho característico de los pueblos olvidados.

Finaliza el relato con la clave del cuento: el profesor representa la conciencia del recaudador quien va por primera vez a Loobina y, por consiguiente, obra como muchos hemos obrado en estos casos: imagina el lugar a su manera, ya que lo desconocido, en ocasiones, violenta la imaginación y crea figuras y situaciones que podrán no existir jamás.

 

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Ilustración por Etel Castrejón

 

El éxito de El llano en llamas opacará las primeras lecturas de Pedro Páramo, que para muchos críticos, el propio Chumacero entre ellos, decepcionará las expectativas creadas: que si carecía de unidad, que si su composición era desordenada, la calidad desigual… mientras su proyección como libro de referencia para la literatura en español no sucede hasta una década después de su publicación y, en gran parte, gracias a su descubrimiento por los nuevos narradores del Boom, Gabriel García Márquez o José Donoso entre ellos, quienes le rescatan como directo antecedente. Así que El llano estuvo a punto de asesinar, al momento de nacer, al que por entonces era su hermano menor, que 66 años después se ha convertido en el mayor.

Lo que sí ocurrió es que ambos, como si una de sus historias abandonara la página, se encargarían de matar al padre, pues el reconocimiento y la popularidad que otorgaron a Rulfo firmarían su particular condena a la autoreclusión y el exilio interior. Como le ocurre al narrador de Talpa, Rulfo “Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente”, destinado a un éxito que terminó por fagocitarle y, quizás, de fagocitarnos a todos: 66 años después, 666 años después, cuesta no sentir que el terreno que pisamos es ese llano miserable y doliente que sigue en llamas. En una reciente noticia de Aristegui noticias se habla de los crímenes de la “ruta rulfiana”, un rastro de asesinatos, desapariciones, violaciones y enfrentamientos entre cárteles en la ruta que se inicia en Sayula y se extiende por todo el territorio nacional; una ruta que comenzó hace más de 66 años y se prolongará, sin freno, en el tiempo.

Secretaría de Cultura