Tierra Adentro

Sin máscaras que oculten su identidad ni protectores que amortigüen los golpes de la realidad, los personajes entrevistados por Aldo Rosales en Linde faz (2018) son retratados desde el calor tras bastidores. Así, una vez fuera del encordado y de los reflectores, hombres y mujeres, que se convierten en héroes e ídolos de multitudes por unas horas, dejan ver que en su día a día hay contrincantes más difíciles de vencer: la enfermedad, la discriminación, la desigualdad, la falta de oportunidades o la pobreza. Rosales nos muestra la marginación de un sector social, al que la fortuna no siempre le enseña su mejor cara.


 

Poner la otra mejilla

—¿Con beso o sin beso?

—Sin beso —contesta el niño, luego voltea a la cámara que sostiene su padre y sonríe al lado de La Chona, a quien le ha pedido que se tomen una foto juntos.

El luchador se lleva la mano diestra a la cadera, que arquea con ademán de vedette. Ladea el cuello a la derecha y dibuja una sonrisa de labios rosas, abierta y franca, mientras sus ojos, pintados de azul y rosa metálico, se entornan en un gesto coqueto.

A través de las aberturas en la zona de las piernas de la malla celeste que le cubre todo el cuerpo (a excepción de la espalda y el rostro) se pueden ver las medias negras que lleva puestas; sus botas blancas lo hacen ver más alto.

Son las siete en punto y la noche ya es una presencia más en la arena. La Chona estrecha la mano del niño y sigue recorriendo los pasillos de la Arena San Juan como quien busca o espera. Luego, al llegar a la entrada del lugar, saluda a tres niñas que lo miran hacia arriba, un tanto extrañadas. “¿Cómo van en la escuela?”, pregunta el luchador exótico, y después impronta sus labios en el rostro de cada una; tal parece que se siente más cómodo besando mejillas que estrechando manos.

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Esto también es la lucha

La Arena San Juan es un edificio echado hacia adentro. Vista desde el exterior parece un bloque de concreto forrado por un mural que representa a diversos luchadores peleando más contra el desgaste cotidiano que entre ellos mismos. Ahí arriba, en alguna parte de la fachada, reposa una alarma que solo ha anunciado un desastre (quizá el más inclemente): el paso del tiempo. La única ruptura en la construcción es una puerta pequeña que sirve de entrada y salida, a cuyo lado está la diminuta e inverosímil taquilla. En las paredes, un cartel entierra el anterior. En esta parte de la ciudad la Arena San Juan es el palimpsesto donde se escribe la historia de la lucha libre.

La avenida sobre la que se halla el edificio apenas puede llamarse así: es una calle angosta que se estrecha aún más por los autos estacionados de manera arbitraria a ambos lados.

Un altoparlante reproduce el mismo mensaje una y otra vez: qué luchadores estarán presentes en la función.

Sobre la calle, ocupando una parte considerable del ya de por sí reducido espacio, una mujer y su hija esperan dentro del puesto de máscaras y playeras que han montado con tubos y trozos de tela negra. A unos pasos se halla instalado, ahora sobre la banqueta, otro tenderete vigilado por una familia (padre, madre y dos hijos pequeños). Además de máscaras y playeras, venden figuras de luchadores y pequeños cuadriláteros de madera.

—Los luchadores son impuntuales: si te dijo a las cinco, te va a ir bien si llega a las siete y media.

El vigilante de la entrada me ve pasar por décima vez frente a él. Hace cuarenta minutos, cuando me acerqué a preguntarle por La Chona, con quien concerté una cita por teléfono, me indicó que la función comenzaba a las ocho, ocho treinta quizá, pero había una convivencia programada a las siete. En ese momento eran las seis de la tarde con quince minutos.

—¿O no? —agrega, con la vista en la mujer de la taquilla, quien asiente de forma lenta y lapidaria con la cabeza.

—¿Y no es posible que llegue por la puerta trasera? —pregunto.

La sonrisa del dependiente se ensancha.

—No hay puerta trasera. Por aquí se entra y se sale.

—¿También los luchadores?

—Todos entran y salen por aquí.

“No puede ser, no hay arenas sin entrada trasera”, pienso. Rodeo la cuadra para cerciorarme. La parte posterior de la construcción es un silencio gris, un muro altísimo de ladrillos a cuyo lado reposa una capilla recién remodelada.

Vuelvo a la parte frontal del edificio, reviso mi teléfono y veo que no hay mensajes de La Chona. El anuncio del altoparlante sigue su peregrinaje hacia ninguna parte, aunque ahora también hay, junto a los puestos de mercancía, un muchacho que quiere vender cacahuates en las bolsas diminutas de su cesta, pero la deja en el suelo para acercarse a hacerle unas preguntas a la taquillera. Alcanzo a escuchar a la mujer mientras le contesta al chico, que es casi un adolescente:

—Son trescientos pesos por instalarte aquí afuera. Eso es lo que pagaron las señoras de las máscaras.

—Pero solo es una canasta chiquita —revira el joven, mientras abre tímidamente los brazos, como si sostuviera una vasija inexistente—, como de este tamaño, más chiquita.

—Es lo que se cobra.

A un costado de la entrada se posa una pareja, separada por un niño que lleva entre las manos un muñeco desgastado ataviado con capa y máscara. Spesan y calculan el costo de las entradas y su presupuesto. La madre del pequeño se acerca otra vez a la taquilla y le pregunta a la mujer el precio del boleto.

—Ciento veinte en gradas.

—¿Niños también?

—Es costo general. Regresa al lado de su marido y le susurra el monto. Vuelven a hablar en voz baja, como si la pobreza fuera un delito, y sus ojos rehúyen la mirada del otro. Debajo de ellos, entre sus cuerpos, el niño observa las figuras del puesto grande. Las manos del padre escarban en las bolsas de su pantalón viejísimo, mientras las de la mujer permanecen cruzadas sobre el pecho. Sostenido por los labios del hombre, que parecen haber sido fabricados en la marmolería que se halla al lado de la arena, un cigarrillo se vuelve torre de ceniza.

—Ey, te hablan.

La mano del vigilante se agita frente a mi rostro y me señala con el pulgar a la persona detrás de él: un señor de cabello largo, vestido con camiseta entallada sobre la que lleva una camisa gris sin abotonar. Nos estrechamos la mano y me invita a seguirlo por el pasillo que da entrada a la Arena. Me pregunta si tengo mucho esperándolo; luego murmura algo sobre el tiempo. Sus palabras se pierden en el aire, se disuelven como el humo del cigarrillo de aquel hombre.

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El pasillo, tras una cortina amarilla, florece en un espacio de bóveda altísima; en el centro hay un ring que contrasta con el resto del edificio, cuyas paredes son opacas; las sillas a su alrededor varían en tonos y modelos: la mayoría son de tijera, aunque algunos asientos son parecidos a los de los cines y pienso que quizás ese es su origen, porque llevan un número bordado en el respaldo. La Arena San Juan es un barco de concreto flotando a la deriva en la ciudad. Un barco cuyos restos permanecen a pesar de los año.

La Chona me invita a sentarme,

—Hagamos esto: dame chance de cambiarme y comenzamos con las preguntas, ¿está bien?

Desaparece tras la cortina púrpura que separa el área de vestidores del resto de la arena.

—No me tardo, mientras date una vuelta por el lugar —me dice desde la invisibilidad.

 

Putos a la izquierda

La Arena San Juan se llenará en un par de horas, en un proceso casi imperceptible; las calles y este recinto conforman un reloj de arena donde el tiempo se mide a través de los granos multicolor que se vierten de un lugar a otro. Familias enteras, parejas que aprovechan cada descanso para besarse, niños que gritan improperios aprendidos ahí mismo. Un grupo de adolescentes desplegará una manta en apoyo a una de las luchadoras locales. “Putos a la izquierda, putos a la izquierda”, van a entonar al unísono, e inclinarán sus cuerpos hacia ese lado, impulsados por la fuerza centrífuga de su fervor.

—Y, entonces, ¿por qué decidir ser exótico en un medio en el que la fuerza masculina parece ser el bien más preciado?

La Chona agita un poco la cabeza, sonríe y prepara la respuesta. A su lado, sobre la banquita de cemento donde acabamos de sentarnos, una pequeña radio portátil deja escapar la voz de José José, cuyas notas polinizan el aire caliente de los vestidores. La Chona siempre pone música mientras se viste; en esos minutos en que pasa de ser un hombre común y corriente a una figura exótica dentro del ring, me asegura que necesita escuchar canciones para entrar en personaje y comenzar la transformación.

—Todo empezó como una broma —vuelve a sonreír—, en la época en que entrenaba en el gimnasio de Óscar Sevilla, El Novillero. En ese tiempo yo luchaba bajo el nombre de Metatrón, mi segundo personaje, después de Niño Mortal. Era un personaje mucho más fuerte, de aspecto rudo y colores firmes, muy en concordancia con lo que se estilaba en aquellos años. A ese gimnasio acudía, con bastante frecuencia, Mayflower, y en una ocasión comencé a imitarlo, como juego, y los compañeros me dijeron “oye, qué bien te sale, ¿por qué no te vuelves exótico?”

—¿Y qué te pareció la idea?

—Mi primera reacción fue de rechazo. “¿Qué pasó?, yo soy machín”, les dije, pero insistieron dado lo bien que me salían los gestos de Mayflower. Decidimos formar una tercia de exóticos: La Chona, La Petus y La Nacha, que rivalizara con una tercia de teporochines. Queríamos crear un espacio idóneo para la picardía y el humor, algo que provocara al público y hacer que se involucrara un poco más en lo que sucedía arriba del ring, que se calentara. Buscábamos un extra, llamar a los espectadores a interactuar más.

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—¿Y cuál fue su reacción?

—La gente, cuando ve este tipo de personajes, tiende a discriminar: “Ay, mira, el jotito” o “mira, el maricón”. Sin embargo de parte de los niños había aceptación: en lugar de rechazarnos o mofarse, se acercaban a pedirme un autógrafo o una fotografía. Mis compañeros (La Petus y La Nacha) decidieron que no era lo suyo, no se sentían cómodos con los personajes; pero yo encontré mi nicho ahí. Puedo decir, con orgullo, que fui pionero en la cuestión de hermanar el carácter de exótico con el de técnico, porque antes los exóticos eran rudos.

—¿Y las personas cómo veían esta nueva mezcla? Ser técnico y exótico.

—Bien, les gustó el concepto. Anteriormente, y te hablo de los primeros exóticos, los personajes eran más bien, ¿cómo decirlo?… metrosexuales; ahora estábamos frente a una personalidad más extravagante, más colorida y abierta y que no estaba peleada con la calidad desplegada en el cuadrilátero. Claro, los insultos de algunos aficionados seguían ahí, eso es común.

Si bien La Chona  se encuentra dentro de un grupo de luchadores que parecen haber nacido para recibir más escarnio que el resto, se halla en una minoría dentro de la minoría: es heterosexual. La Chona no es de aquí ni de allá. Su carácter ambivalente le da muchas ventajas (además del cariño de un grupo específico del público), pero también le acarrea problemas a los cuales ya se ha acostumbrado.

El hombre detrás del maquillaje (otra especie de máscara) puede ser distinto y puede que no lo lleguemos a conocer, mas su personaje es colorido, ruidoso y, al mismo tiempo, tiene episodios de reflexión y análisis: de silencio, como la arena, que enmudece de repente.

—Pero, con todo y eso —continúa después de callar unos segundos, durante los que parece acomodar los pensamientos—, estoy muy agradecido con el público y con lo que me ha dado. A dos voluntades me debo: la de Dios y la de la afición. Sin ellos no hubiera logrado nada de esto.

 

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Porque las cosas cambian

Hace ya algunos años (La Chona dice no recordar con precisión la fecha), una cajera joven de un conocido supermercado no supo qué contestar cuando el luchador, de cabello largo, nariz aguileña y mediana estatura, le preguntó si ella recordaba los días en que aquel lugar no era un establecimiento más de una cadena internacional. La chica no tuvo una respuesta satisfactoria: al llegar ella, las cosas ya eran así.

—Todo esto —le dijo mientras señalaba el techo— era una arena; fíjate en lo alto que está.

Miro hacia arriba, como si fuera a mí a quien La Chona le hablara en ese recuerdo, y caigo en la cuenta de que rara vez volteo a ver el techo de algún lugar; sin embargo ahora, bajo la guía de La Chona, noto que el de aquí es muy bajo, da la sensación de encierro.

—Quise saber si era posible que me dejara ver la parte de atrás, donde se instalaba el ring. No supo qué contestar y entonces se lo pregunté al gerente.

Por sorpresivo que parezca, el gerente accedió. El luchador ingresó al área donde ahora se almacenan las mercancías y se acordó, mientras avanzaba por la bodega, quizá ante la extrañeza de algunos empleados, de la última vez que estuvo ahí, bajo ese techo altísimo.

—Fíjate cómo cambian las cosas —asegura—: donde antes luché varias veces, y hasta me rompí un brazo, ahora es un supermercado.

Le pregunto por qué quiso visitar el sitio exacto donde se colocaba el cuadrilátero, qué lo llevó a acercarse al gerente para tal petición.

—Son recuerdos que se tienen, lugares por donde se pasó y que forman parte de uno. Es el origen, vaya, y te das cuenta de cómo transcurre el tiempo y de cómo cambia la vida.

Imagino a La Chona mirando hacia arriba, atrapando con los ojos los recuerdos que aún flotaban en la bóveda de ese espacio. El techo de los vestidores donde ahora conversamos es tan bajo que pareciera causar el regreso a la realidad del hombre que pronto luchará allá afuera.

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Siempre habrá otras latitudes

Aunque falta poco más de una hora para que comience la función, el alboroto de la multitud se comienza a filtrar por la cortina y las paredes.

—También hay gente muy machista —dice La Chona— que te agrede sin motivo o te insulta más de la cuenta, sobre todo cuando ya tiene unas copas encima. Sin embargo, fíjate qué cosa tan curiosa, esas mismas personas, ya afuera, ya que conocen quién está detrás del personaje, me piden un autógrafo o una foto. Platicamos y los invito a recordar todo lo que decían allá adentro. Pero yo no soy rencoroso, no es algo que forme parte de mi naturaleza: en cuanto lo hablamos, ahí se queda el asunto, adiós.

La Chona mueve mucho las manos cuando conversa. Insiste en la idea de que está en medio, con los pies sobre la frontera; no solo él, sino también los cinco o seis compañeros que tampoco son completamente tolerados ni por los enmascarados heterosexuales ni por los exóticos homosexuales.

—Lo que sí sé es que algo en nosotros parece molestarles más de la cuenta.

Se toma un momento de silencio.

—Si la lucha de por sí es un sacrificio —continúa—, algo complicadísimo, imagínate ahora con este tipo de obstáculos que a veces los mismos colegas nos acomodan. Se duplican las dificultades.

Un luchador enorme (entrado en kilos y en altura) se nos acerca y nos tiende la mano. Al darse cuenta de que La Chona está siendo entrevistado, baja un poco la voz y retrocede; después vuelve, con gesto jocoso, y lo señala al tiempo que me interroga:

—¿Ya te platicó de cuando nos fuimos juntos a Chapultepec? —luego, dirigiéndose a él, con una sonrisa franca y pícara—: ¿Ya le contaste, mi amor, lo que pasó al lado de la jaula de los changuitos?

La Chona, alegre, le contesta que todo eso ya está contenido en la entrevista. “Claro que ya le dije”, confirma. Y es curioso que lo mencionen porque, minutos después, el exótico rememoró que su encuentro con ella fue precisamente ahí.

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—Yo no tengo familia en la lucha, nadie. Y la primera vez que estuve en contacto con este deporte, o con algo que se le relacionara, fue en Chapultepec. En aquella ocasión vi a El Santo, ese gran personaje, repartir autógrafos y fotos. Iba seguido por allá a darse vueltas en su carro: era todo un espectáculo. En ese momento supe que quería eso, supe que ahí estaba una parte de mi vida. Supongo que muchos de mis compañeros, es más, no lo supongo, lo sé de cierto, terminaron aquí por ese gran ídolo, y no sería raro que también se lo hayan topado en Chapultepec.

La Chona se interrumpe por un segundo al ver que uno de los luchadores ingresa al lugar: “Mi amor, te amo”, le susurra en un grito; luego se besa la punta de los dedos de la mano derecha y le arroja un beso como un proyectil; ignoro si dio en el blanco o si se perdió en el aire caliente del lugar.

—Y después —prosigue— uno de mis tíos me llevó a una función de lucha en la Arena Revolución; entonces la idea, que estaba presente desde aquel día en Chapultepec, terminó de florecer. De modo que yo solo, sin ayuda de nadie, me di a la tarea de buscar dónde comenzar mis entrenamientos. Todavía cursaba la secundaria, hace más de quince años.

—¿Y cuál fue la reacción de tu familia?

—No les gustaba; creo que, como todos los padres, estaban preocupados por mí y querían protegerme. Pero yo fui a entrenar a escondidas, hasta que, claro, un día se dieron cuenta y ¿ya qué les quedaba? Apoyarme, solamente eso, y lo hicieron.

La Chona menciona a sus padres con especial vehemencia; algo en su voz, amable de por sí, se suaviza todavía más. Después se define como un hombre hogareño.

—A veces me dicen los promotores, un poco apenados, que no podrán ofrecerme un hotel, ya no digamos lujoso, sino adecuado, y entonces les respondo que es suficiente una habitación en su casa, un huequito, lo que sea donde pueda acomodarme. Sinceramente lo prefiero, porque es mejor tener un amigo que un conocido o un simple colaborador.

Esto, como todo lo que hemos conversado, me lo comparte sentado en un rincón de los vestidores, mientras mece los pies (que le cuelgan de la banca) y se deja envolver por las notas que siguen fluyendo de su radio portátil. A su lado reposa el cinturón que lo avala como campeón latinoamericano y que lo ha llevado a viajar a Sudamérica y, sobre todo, a Guatemala. Le pregunto acerca de lo que significa ser campeón y visitar otras latitudes para refrendar su calidad de monarca.

—Te llena de experiencias, de amigos, de conocimiento. Es justo en esos viajes donde pongo en práctica lo que te comentaba: yo soy un hombre de hogar, prefiero quedarme en una casa que en un hotel. Y eso mismo es lo que le hago saber a quienes trabajan conmigo: que una amistad es más valiosa que cualquier otro bien, y que todos los días se aprende, de lo bueno y de lo malo. Se necesita inteligencia para saber aprovechar cada situación y extraer algo positivo de ella. Siempre habrá algo benéfico en el convivir con los demás, con la gente que labora contigo.

Continúa meciendo los pies en un gesto infantil, despreocupado. Si el tiempo puede medirse con el ritmo del movimiento de un péndulo, quizá otro tipo de tiempo, ese que retrocede y que en su transcurrir más bien horada, puede medirse por el oscilar de las botas de La Chona. Otra melodía de José José, que no alcanzo a reconocer, trepa por las paredes del silencio que se toma La Chona para recordar, tal vez, alguno de esos viajes que tanto le han significado.

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Contaré la historia de una famosa persona

Son casi las nueve de la noche cuando se anuncia el encuentro estelar a través de los altoparlantes colocados en el segundo piso de una casa en obra negra, la cual, además, alberga los vestidores. Se trata del Coliseo El Socorro, una pequeña arena enquistada en los límites de Cuautitlán Izcalli y Cuautitlán México; el pitido del tren ahoga, por un instante, cualquier otro sonido.

La Chona sale al compás de una melodía de Los Tucanes de Tijuana, esa de la que extrajo su pseudónimo. El público, más bien escaso, corea su nombre y acompaña con palmadas su caminar hacia el ring.

—Al que no aplauda lo beso.

Un hombre robusto sonríe y empieza a palmear con frenesí.

—Ya te vi, mi vida, no estás aplaudiendo, de seguro quieres beso.

La mirada de La Chona recorre el lugar y sopesa el número de asistentes, mientras él desfila alrededor del cuadrilátero como si el pasto seco y la tierra fueran una pasarela. Después sube al encordado con agilidad felina. Los otros cinco luchadores, tres de ellos sus contrincantes, lo esperan para iniciar el espectáculo. Luego de que los anuncian por última vez, La Chona sale por entre las cuerdas y se coloca en el esquinero, desde donde incita al público a involucrarse en el show.

—¡Aplaudan como hombres, chingao!, se supone que aquí el puto soy yo.

Por las aberturas de la malla verde que rodea el terreno algunos vecinos curiosos observan todo, quizá piensen que pagar setenta pesos es demasiado.

La lucha es dura, seca, a la usanza antigua. La Chona, con una voz que adelgaza de forma casi teatral, increpa a su compañero a castigar con más severidad a su rival. Después, cuando es su turno, el tono del combate se aligera hasta volverse prácticamente inofensivo: aprovecha cada oportunidad para restregarse en el cuerpo del contrincante de forma sugestiva, lo que provoca las risas de los asistentes. Sin embargo, en cuanto decide aplicar sus castigos, lo hace de forma feroz y rápida; cambia el personaje jocoso y fiestero por el que lucha con firmeza, con velocidad sorprendente.

—¡Pégame, pero como hombre, cabrón! —grita antes de recibir el tercer golpe en el pecho, el cual ahora luce amoratado y tumefacto.

Desde las sillas a un lado del ring, un grupo de niños grita furioso al ver cómo La Chona es atacado simultáneamente por los tres rivales, todos ellos superiores en estatura y peso. “No sean pinches putos”, increpan los menores; la palabra, usada así, pierde todo el sentido que pudiera tener en las afueras del lugar.

—De uno en uno, no sean pinches maricones —exclama La Chona desde el suelo, en posición fetal, con su verdadera voz, muy lejana del timbre afeminado que usa para dibujar a su personaje.

La frente de La Chona luce ensangrentada, por su cara descienden hilillos rojos. “Sólo así son buenos, pinches putos”, grita una mujer, y su hijo, un pequeño de no más de dos años, replica, a balbuceos, la última palabra.

La Chona logra reincorporarse y saca a sus rivales del cuadrilátero. Cuando amenaza con lanzarse entre las cuerdas para caer sobre ellos, la gente se paraliza por un segundo, luego todo culmina con una marometa del exótico que evoluciona en una pose de modelo de ropa interior, a la que suma una sonrisa y varios besos lanzados al público.

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Termina la función y, mientras los luchadores se dirigen a los vestidores, La Chona toma el micrófono, se encarama en el esquinero y pide un momento de atención para realizar una solicitud.

—Tengo un hijo de diez años, la edad de muchos de los niños que están aquí, y necesita un trasplante de médula ósea —hace una pausa para respirar y alisarse el cabello—. El Seguro me ha dado la espalda y por eso recurro a ustedes.

Algunas personas se acercan al ring para colocar billetes, con los que La Chona forma una pequeña montaña en el centro del encordado; se persigna ante la gente, ante el dinero, y luego de recogerlo baja con rumbo a los vestidores. En el camino algunos aficionados le piden tomarse una fotografía o le extienden un billete, al cual se aferra con fe y agradecimiento.

—No era lo que esperaba, si he de ser sincero —me comenta después de unos minutos, ya cambiado y sin maquillaje en su rostro—, pero es una ayuda que necesito. Gastamos más de diez mil pesos al mes en medicamentos, y eso porque un laboratorio nos apoya.

Un fanático se acerca y le ofrece un refresco, el cual La Chona acepta con visible gratitud.

—Todo esto no es para mí, es para mi hijo. Se acaba el show, se acaba la magia de allá arriba —señala con la cabeza el cuadrilátero, donde ahora juegan los niños— y lo que queda es un hombre como los demás, con preocupaciones, con necesidades.

Los luchadores, ahora sin equipo y sin máscara, se retiran poco a poco; las sombras van tomando los lugares que dejó la gente al despedirse.

—Esto es una parte —continúa, después de beber el refresco—, ahorita viene lo demás: debo regresar a sacar el micro. Me quedan, si me apuro, dos vueltas. Trescientos, quinientos pesos que pueda sacar, cualquier cosa es buena para reunir lo que necesito este mes.

Los chiquillos que jugaban en el ring son obligados a desalojar el área. Rumbo a la salida, se despiden de La Chona con un apretón de manos o un movimiento de cabeza; él calcula con los ojos sus edades y quizá piensa en su propio hijo.

—Lo dije en el cuadrilátero y lo repito ahora: el Seguro me dio la espalda, me dijo que ya no más. Anemia de Fanconi, así se llama. Hago todo lo que está en mis manos, todo lo que se encuentra en mis posibilidades; lo demás se lo dejo a Dios.

Una camioneta tipo van aguarda a las afueras del Coliseo El Socorro a que suban los luchadores restantes. Su destino: el metro Cuatro Caminos, adonde La Chona llegará en una hora, aproximadamente, para abordar el vagón, sentarse a repasar los eventos del día y descansar un poco con la intención de soportar la jornada laboral que todavía le espera; al día siguiente, reiniciará todo a las siete de la mañana. Quizá también su seguridad se la deje a Dios, porque no parece haber otra opción cuando se trabaja de madrugada en la ciudad.

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Sucede que hay otro rostro

A unos metros de la entrada a la estación General Anaya, un microbús arranca y se incorpora lentamente a la circulación: va con destino a Las Torres, según anuncia uno de los letreros adheridos al parabrisas. Quien lo conduce, un hombre de mediana edad, cabello largo peinado en una cola de caballo y mirada tranquila, tiene un par de cicatrices en la frente, que se arrugan un poco más cuando aprieta los ojos por el destello del sol en los demás autos.

Casi al terminar el recorrido, de más de una hora, el único pasajero a bordo, un hombre que permaneció todo el camino en el último asiento, se pone de pie y avanza hacia el chofer, quien lo observa de una forma un tanto recelosa a través del espejo retrovisor, aunque luego regresa la vista al frente, al camino que parece derretirse en una inacabable pleamar inorgánica.

—Yo a usted lo conozco. —El conductor mira de forma intermitente el espejo y la calle ante él, después niega sutilmente con la cabeza.

—Sí, yo a usted lo conozco —insiste el individuo con tono calmado y seguro—; yo lo he visto antes.

La frente del conductor se arruga de nuevo y éste vuelve a responderle, en esta ocasión con palabras, que se equivoca.

—Usted es La Chona —asegura el pasajero—, con razón se me hizo conocido ahorita que me subí.

La mirada en el retrovisor se ablanda; una sonrisa le rompe el gesto de hace un momento.

—Sí —contesta—, la verdad sí soy yo.

Hablan del desempeño del luchador en una función pasada y luego el hombre, sin haberse presentado, desciende de la unidad.

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Una semilla de laberinto

La Arena San Juan es un edificio intrincado, lleno de pasillos y de escaleras que no van a ninguna parte. Plagado de desniveles y esquinas, es una semilla de laberinto. En uno de los tantos nichos que alberga la construcción, una virgen descansa sobre una cama de luces. Quizá ahí se encomiendan algunos antes del espectáculo porque, como bien señalan varios, “sabes cómo subes, pero no cómo bajarás”. Allá afuera, los gritos y pisadas de la afición, ese ser al que La Chona lleva bien presente, estremecen el aire; un terremoto policromo cuya zona de repercusión es el ring.

—No, el campeonato no estará en juego.

El resto de los luchadores, que ha terminado ya de cambiarse, hace ejercicios de estiramiento y calentamiento; sus músculos brillan y se tensan. El exótico, sin embargo, luce tranquilo y se limita a seguir moviendo los pies, mientras la música, como las luces a aquella virgen, lo envuelve.

—En general, lo defiendo en Guatemala.

Como ya había explicado, son numerosas sus visitas a Centroamérica, donde es ampliamente conocido y admirado: con frecuencia viaja de un lado a otro, cruzando distintas fronteras, varias de las cuales lleva por dentro. Cuando le pregunto por el retiro, esa palabra que a muchos de sus colegas parece asustarlos o incomodarlos, se le nota metódico, calmado.

—Claro que tendrá que llegar el retiro; es algo que se sabe. Está el tema de las lesiones, que son parte de nosotros como luchadores. Eso, por más que desees ignorarlo, te acompañará siempre. Pero también me gusta hacer otras cosas, algunas de ellas relacionadas con la lucha.

Afuera el equipo de sonido informa el orden de los encuentros; el nombre de La Chona suena de pronto.

—Tengo distintas fuentes de ingreso. Como te dije, manejo el microbús y además vengo de una familia de comerciantes; lo traemos en la sangre. Sin embargo ahorita, además, estoy a punto de certificarme como instructor de lucha libre. La gente piensa que cualquiera puede ponerse a dar clases, pero esto, igual que todo, tiene un proceso.

Es casi la hora de comenzar la convivencia, por lo que no nos queda mucho tiempo para conversar. Quizás dentro de algunos años, cuando La Chona haya cruzado la frontera entre aprender y enseñar, cuando sea un profesor certificado y su papel no se halle arriba del ring, recuerde estos momentos, la brizna de voces y gritos que preceden al encuentro, y sienta la nostalgia que experimentó al descubrir que una de las primeras arenas que lo vio luchar se había transformado en un supermercado.

—Estoy feliz con lo que he logrado, con la gente a la que he conocido y los lugares a los que este deporte me ha llevado.

Nos despedimos; su apretón es cálido y su voz revela serenidad. La Arena San Juan está casi llena. La Chona sale después de unos minutos y posa junto a un niño, el cual le pide una fotografía. “¿Con beso o sin beso?”, pregunta en tono jocoso, y después sigue recorriendo los pasillos.

Aquí adentro, una hora son tres mil seiscientos segundos de sal y furia, de color y vida; pequeños azulejos en el muro de la existencia, del tiempo. El chiquillo cuyos padres sopesaban en el paladar el precio del boleto allá afuera pasa a mi lado con un luchador nuevo de plástico en las manos y mira hacia arriba a uno de los hombres enmascarados que vi en los vestidores.

Comienza el primer enfrentamiento, donde La Chona, contrario a lo anunciado en el cartel, funge como second de otro luchador. Un hombre, sentado en la primera fila, trata de ver el combate, pero el exótico se interpone entre sus ojos y el encordado. “Quítate, pinche puto”, grita con una rabia apenas rabia, y el luchador voltea furioso para después acercársele. “¿Quieres que te dé un beso?”, amenaza, y el hombre y sus amigos ríen porque, al final, esto es una fiesta.

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Una primera versión de este texto apareció en Linde faz (2018), Premio Nacional de Crónica Ricardo Garibay 2018.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Egresado de la Licenciatura en Enseñanza de Inglés, en la UNAM. Autor del libro de cuentos Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012). Actualmente coordina el taller de creación literaria en el faro Indios Verdes.

Ilustrador
Irving Cabello
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
Secretaría de Cultura