Tierra Adentro

Ilustración por Maro Eduardo Cano Domínguez

Este texto forma parte de la segunda parte del tercer capítulo de la tesis doctoral de Baruc Martínez Días, titulada “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”.


…ihcon tictlanizqueh neca huey tlanahuatille ipehualoni tlalle, libertad ihuan justicia (…así ganaremos ese gran mandato de los principios de tierra, libertad y justicia)”[1]

 

 

La historiografía zapatista ha oscilado entre dos vertientes interpretativas: por un lado, los que ligan al movimiento suriano como uno más de los eslabones (si bien de mayúscula importancia) en la lucha de resistencia secular de las comunidades indígenas por la defensa de su territorio y de su autonomía; por el otro, aquellos que lo caracterizan como un movimiento campesino, asentado en una región con una larga tradición histórica, pero mestizo a final de cuentas. La primera tradición hermenéutica fue fundada por Jesús Sotelo Inclán, y la inauguró John Womack Jr.[2] Sin embargo, en lo que unos y otros están de acuerdo es que el zapatismo, en general, y Emiliano Zapata, en particular, no tuvieron relación alguna con la lengua náhuatl, salvo en un esporádico episodio, que más que una constante fue una excepción: la emisión de dos manifiestos en náhuatl en 1918.

El punto de partida para negar la presencia del náhuatl en Zapata y el movimiento suriano se encuentra en  una afirmación de Jesús Sotelo, según la cual cuando en 1909 Emiliano recibió los documentos antiguos de Anenecuilco de manos de los ancianos que entonces le entregaban el cargo, este se dio cuenta de que un mapa contenía glosas en náhuatl, así, queriendo saber el significado de su contenido, envió a Tetelcingo —pueblo bien conocido por su dominio del náhuatl— a Francisco Franco en busca de un traductor. Ahí, Franco tuvo dificultades para encontrar a alguien que le pudiera traducir el documento hasta que por fin el cura del pueblo, originario de Tepoztlán (otro pueblo con gran tradición del idioma), realizó la traducción.[3] Basado en este testimonio, y en una tesis de Elizabeth Holt acerca de Morelos según los censos porfiristas, Womack afirmó que Zapata no conocía en lo más mínimo el idioma y que sólo el 9.29 % de los habitantes del estado hablaban en náhuatl en 1910.[4]

Ahora bien, frente a estas circunstancias, es necesario realizar algunas consideraciones. El que Zapata no haya comprendido el contenido de un viejo mapa colonial, de ninguna manera significa, en automático, su desconocimiento del náhuatl. Todo hablante nativo de un idioma no necesariamente puede comprender sus expresiones pretéritas; más cuando se trata de una lengua indígena sometida a un dominio colonial en donde las variantes dialectales se hacen más grandes y complejas, impidiendo la comprensión no sólo de textos antiguos sino aun de los contemporáneos (como de hecho sucede con el náhuatl hoy en día). Hay que decir que hablar una lengua no significa de ningún modo poseer la capacidad de traducirla; son dos aspectos muy distintos que corresponden a ámbitos diferentes: se aprende a hablar el idioma nativo en la cotidianidad, mientras que traducir requiere estudio y práctica. En esta tesitura, incluso si Zapata hubiera hablado en náhuatl, nada lo hubiera podido haber hecho apto para la traducción de aquellas glosas novohispanas. En Tetelcingo, donde la abrumadora mayoría sabía hablar náhuatl, Franco tuvo problemas para localizar un traductor; el único que pudo realizar tal labor fue el cura, quien además de saber el idioma poseía estudios sacerdotales, los cuales por aquellos años contemplaban la revisión de las viejas gramáticas nahuas coloniales.

Tomando en cuenta estas observaciones, me parecen infundadas las interpretaciones de Sotelo y Womack. En este sentido también lo son las que ha realizado Samuel Brunk, un historiador actual del zapatismo. Según este autor, el movimiento suriano sí incorporó a un buen número de nahuatlahtos, pero provenientes de las tierras altas morelenses, del Estado de México, del Distrito Federal y de Tlaxcala, por lo cual concluyó que Womack tenía razón en referencia a los valles centrales de Morelos; el núcleo inicial de la revuelta.[5]

Frente a estas circunstancias, es necesario repensar la relación entre el náhuatl y el zapatismo a la luz de otras fuentes históricas, así como bajo la lupa de nuevas perspectivas hermenéuticas. Antonio Peñafiel, por ejemplo, editó un libro en 1897 que contenía 19 vocabularios nahuas del estado de Morelos.[6] Esto no quiere decir de ninguna manera que solo en esos pueblos se conociera el náhuatl, sino que únicamente en ellos se pudo recoger la información. Asimismo, es necesario hacer notar que uno de éstos provino de la población y cabecera municipal de Villa de Ayala, vecina de Anenecuilco. Tomando en cuenta estas consideraciones, es factible señalar que la información proporcionada por Peñafiel permite afirmar que de los seis distritos en los que se dividía el territorio morelense, en todos se hablaba náhuatl; por lo menos en algunos de sus pueblos.[7]

El censo de 1940, el más idóneo para estudiar estas cuestiones debido a la metodología que se siguió, fue más lejos, señalando que en todos los municipios de Morelos había nahuatlahtos; en algunos representaban a la mayoría de los pobladores, mientras que en el resto se reducían a unos cuantos hablantes. Es decir que en la mayoría del territorio morelense el náhuatl no era una lengua desconocida.

Por otra parte, es necesario hacer referencia a las investigaciones que Fernando Horcasitas y Yolanda Lastra llevaron a cabo en la década de 1970. En tres de sus estudios, en específico, se refirieron a algunas zonas zapatistas: Morelos, el oriente del Estado de México y el Distrito Federal. Para el caso de Morelos (1979) registraron que de los 66 pueblos visitados en 34 de ellos localizaron la presencia nahua; en algunas comunidades, las menos, con alta concentración de hablantes, otras intermedias y, finalmente, un buen número con sólo algunos ancianos conocedores.[8]  En la región de los volcanes (1976), donde operó la división Everardo González, visitaron 25 poblaciones, de las cuales 12 tenían nahuatlahtos; si bien en menor medida en comparación con el caso morelense.[9] Finalmente en el Distrito Federal (1974), tomando en cuenta el territorio que va de Cuajimalpa a Acahualtepec y de Coyoacán a Tlacoyucan (la zona zapatista), se localizaron nahuahablantes en 44 de los 55 sitios investigados; de igual forma, mientras que en pocos pueblos (sobre todo de Milpa Alta) había muchos que dominaban el náhuatl, en la mayoría sólo quedaban algunos viejos.[10]

Si se analizan con detenimiento los resultados de estos autores, puede vislumbrarse otro panorama del náhuatl durante el Porfiriato y a inicios de la Revolución. Haciendo un análisis retrospectivo, aquellos pocos ancianos que lo hablaban en la década de 1970 eran niños a principios del siglo XX, y no sólo los que vivían en aquella época sino también la mayoría de sus contemporáneos que para entonces ya habían fallecido. Así, un paisaje moribundo del náhuatl en los setenta, se convierte en uno con gran vitalidad respecto a la lengua. Aún más, si se piensa que durante el Porfiriato todavía estaban vivos los padres, abuelos o incluso bisabuelos de estos ancianos, la situación se torna muy diferente: un gran porcentaje de estas tres zonas zapatistas se expresaban en macehualcopa, es decir, en idioma náhuatl.

. En 1902, un funcionario mormón señaló lo siguiente para la región de los volcanes: “Estos poblados están alrededor de Ozumba y lo que los hace más interesantes para nosotros que cualquier otra cosa es que todos son poblados indios… Ya que corre muy poca sangre blanca entre ellos, con excepción de aquí en Ozumba. En los otros pueblos usualmente hablan mexicano (náhuatl) en vez de español, aunque pueden entender y hablar ambos.”[11] Acerca de esta misma zona, Luz Jiménez refirió: “Noihqui chalca otlatoaya macehualcopa. Amaqueñoz noihqui tlatoaya macehualcopa quename tehuan titlatoa [También los chalcas hablaban en náhuatl. Los de Amecameca, asimismo, lo hablaban como nosotros lo hacemos].”[12]

A la luz de estas consideraciones es menester incluso estudiar con mayor detenimiento el caso particular del general Zapata y su cercanía con el náhuatl. Es bien sabido que hasta nuestros días a Emiliano se le ha considerado como un campesino mestizo monolingüe de español. El propio Jesús Sotelo era de esa idea: “Los pueblos campesinos no son de indígenas siempre, sino de mestizos. Emiliano Zapata tampoco era indígena. Los retratos hechos por Diego Rivera de Emiliano Zapata como indio, son valores estéticos, pero nos son valores efectivos porque no era indio Zapata, Zapata era un mestizo.”[13] Quizás esta imagen del mestizo se reforzó aún más por las fotografías del general suriano durante la Revolución, en donde en la mayoría, aparece vestido de charro.

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Hay ciertos indicios que permiten saber que Emiliano utilizaba la ropa tradicional indígena —camisa y calzón de manta, sombrero de palma y huaraches— cuando se dedicaba a sus labores agrícolas pero cuando tenía que atender algún asunto importante, o por lo regular los domingos, le gustaba utilizar el traje de charro.[14] Ahora bien, la cuestión de la vestimenta me parece un hecho menor, pues es bien sabido que los pueblos mesoamericanos a través de los siglos fueron adoptando aquellos elementos externos que les permitieron su reproducción como entidades colectivas; entre éstos el gusto por la charrería y los toros.[15]

El caso es que existen por lo menos tres testimonios que refieren a Zapata como un nahuatlahto. Luz Jiménez, nahua de Milpa Alta, señala que cuando las fuerzas surianas entraron a su pueblo por primera vez, el general en jefe se dirigió a su coterráneos en náhuatl para invitarlos a que se incorporaran a su ejército:

 

[…] tlatihuani Zapata Morelos. Ihuan omixmatia ican cuali itzotzoma ocualicaya. Oquipiaya  ce calacecahuili patlactic, polainas ihuan […] Itlacahuan oquipiaya intzotzoma nochi iztac: icoton iztac, icalzon iztac ihuan tecahtin. Inimequez tlaca nochtin otlatoaya macehualcopa […] Noihqui tlatihuani Zapata omotlatoltiaya in macehualatoli. […] Tlatihuani Zapata quimecanaya itlacahuan. Ocalaquia quinonotzaya nochtlacatl Momochco. “¡Notlac ximomanaca! Nehuatl onacoc; oncuan on ica tepoztli ihuan nochantlaca niquinhuicatz. Ipampa in Totatzin Díaz aihmo ticnequi yehuatl techixotiz. Ticnequi occe altepetl achi cuali. Ihuan totlac ximomanaca ipampa amo nechpactia tlen tetlaxtlahuia tlatquihua. Amo conehui ica tlacualo ica netzotzomatiloz. Noihqui nicnequi nochtlacatl quipiaz itlal: oncuan on quitocaz ihuan quipixcaz tlaoli, yetzintli ihuan occequi xinachtli. ¿Tlen nanquitoa? ¿Namehuan totlac namomanazque?

 

[…] El señor Zapata de Morelos. Y se conocía por la buena ropa que traía. Tenía un sombrero ancho, polainas y […] sus hombres portaban toda la ropa blanca: su camisa blanca, su calzón blanco y huaraches. Todos estos hombres hablaban en náhuatl […] También el señor Zapata hablaba el idioma náhuatl […] El señor Zapata encabezaba a sus hombres. Entraba para hablarle a toda la gente de Milpa Alta: “¡Júntense conmigo! Yo me levanté, así pues, con armas y traigo a mis paisanos. Porque ya no queremos que nuestro padrecito Díaz nos cuide. Queremos un pueblo mejor. Y únanse a nosotros porque no me gusta lo que pagan los ricos. No alcanza para comer ni para vestir. También quiero que toda la gente tenga su tierra: para que siembre y coseche maíz, frijol y otras semillas. ¿Qué dicen? ¿Ustedes se unirán a nosotros?”.[16]

 

En esta misma tesitura, en 1979 Isabel Bueno, nahua de San José de los Laureles, municipio de Tlayacapan, afirmó que cuando las tropas zapatistas entraron a su pueblo en 1912, el general Zapata se dirigió a los vecinos utilizando la lengua náhuatl; idioma con el cual se entendieron.[17] En la región lacustre del sur de la Cuenca de México,  quedó también el recuerdo de la expresión nahua del general en jefe del Ejército Libertador. El 21 de julio de 1914, los zapatistas en un notable avance hacia la capital del país ocuparon la plaza de San Francisco Tlaltenco; ahí repartieron grados, invitaron a que más pobladores se sumaran a la lucha y se quedaron a comer. Juana Orihuela Reynoso, una de las encargadas de atender a la tropa, se dirigió a Emiliano en náhuatl para invitarlo a comer, y él le respondió en el mismo idioma que primero atendiera a sus hombres y solo tomó un huevo de gallina crudo y se lo comió.[18]

Ahora bien, después de que ya había realizado mi investigación respecto al tema aquí tratado, conocí el trabajo de Magnus Pharao Hansen, un lingüista danés, quien basado en algunas fuentes similares a las que utilicé y en otras diferentes, pero sobre todo aplicando los métodos de la etnolingüística y la lingüística histórica, llegó a conclusiones parecidas a las que aquí he expuesto; incluso fue más lejos al demostrar que la población nahuahablante de Morelos hacia 1910 era considerable. Al corregir la mala lectura que hizo Elizabeth Holt de los censos porfiristas, mostró que ese 9.29 % hacía referencia sólo a los nahuas monolingües morelenses, sin embargo, una aproximación más apegada a la realidad, bajo una mirada muy modesta, daba como resultado casi el 30 %. Es decir, que para 1910 en Morelos, cuya población total era de 180,000, alrededor de 50,000 personas hablaban náhuatl. Y esto si nos quedamos sólo con una moderada proyección porque como afirma Hansen, es muy probable que los nahuatlahtos fueran todavía más, si se consideran factores como la negación del conocimiento del idioma debido a la estigmatización que las lenguas indígenas sufrían por aquellos años.[19] Sin embargo, lo que está claro es que el náhuatl era una lengua muy extendida en el campo morelense en vísperas de la Revolución. Si Hansen y yo apuntamos hacia conclusiones similares, trabajando de manera diferente y por separado, como él mismo lo dijo: “quizás no estamos tan equivocados.”

Frente a los datos aquí presentados, pienso que es posible aseverar que el náhuatl tuvo una estrecha relación con el movimiento zapatista, en general, y con Emiliano Zapata, en particular. Es decir, a pesar de lo que regularmente han pensado los zapatólogos, la presencia nahua fue muy importante dentro de las filas del Ejército Libertador del Sur y si aceptamos que toda lengua lleva consigo intrínsecamente una cultura, creo que el estudio del zapatismo tiene que privilegiar los aspectos nahuas que se hallaban presentes en los guerrilleros zapatistas y en los pueblos que fueron su principal soporte. No trato de sobredimensionar el idioma náhuatl en el zapatismo; todos los que por aquellos años lo hablaban eran bilingües, por lo tanto, frente a otros de sus compañeros monolingües de español, se comunicaban en esta última lengua. Lo que sí quiero dejar bien claro es que el idioma y la cultura nahuas no fueron ajenas ni extrañas al movimiento suriano y esto, es decir, la presencia náhuatl, debe generar una nueva mirada del zapatismo; más cercana a la civilización mesoamericana que a la multipretendida “identidad mestiza”. Esto último no es nada baladí, sobre todo si se tiene en cuenta que un clásico investigador del zapatismo, como John Womack, ha vuelto a insistir recientemente en que la presencia indígena no tuvo relevancia al interior de las filas surianas.[20] Nada más lejos de la realidad, pienso, si se toman en cuenta las observaciones que aquí he hecho.

Concluyo con unas líneas sacadas del segundo manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata:

Man titlatehuicah ihuan ahmo timocehuicah ihuan tohuaxca yez in tlalticpactli, tehuaxca oyeya tocolhuantzitzihuah, ihuan mahtexoxopilmeh techquixtilihqueh itencopa nin tonameyo de necateh opahpanohqueh tlahtlanahuatiani […] man titlatehuicah ihuan tiquintlanizqueh ahquihqueh yancuic mahcoquizqueh de quinpalehuizqueh non tetlalquihquixtilihqueh, de non mohueytominchihuah ican tequitl den toampoah ihuan de nonqueh hacienda-teca-mocayahqueh; yehua non totequimahuizzoh, tla ticnequih techtocayotizqueh de oquichtli cualli innemiliz, ihuan huel nelli cualli altepechanehqueh.

 

Que luchemos y que no descansemos y nuestra será la tierra, propiedad que fue de nuestros respetables abuelos, y que patas de manos de piedra nos han robado por las claras órdenes de aquellos gobernantes que han pasado y pasado […] que luchemos y venceremos a aquellos que de nueva cuenta se han encumbrado para ayudar a esos despojadores de tierras, a esos que hacen mucho dinero con el trabajo de nuestros semejantes, y a esos embusteros hacendados; ésa es nuestra honrosa labor, si queremos que nos llamen hombres de digna forma de vida, y muy buenos y verdaderos habitantes de los pueblos.

Repensar la relación que existió entre el idioma náhuatl y el movimiento zapatista no es algo ocioso sino trascendental para los futuros estudios históricos acerca de la revolución suriana. Implica darse cuenta que una comprensión más cabal de este proceso histórico tiene necesariamente que incorporar elementos antropológicos para profundizar en el entramado cultural de aquellos pueblos que le dieron fuerza y sustento al Ejército Libertador del Sur. Algo se ha avanzado al respecto pero queda todavía mucho por hacer.

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[1] Frase tomada del primer manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata. La traducción es mía. El texto lo tomé de Miguel León Portilla, Los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1978, 112 p., p 61.

[2] Estos polos interpretativos continúan vigentes hasta nuestros días. La visión de Womack sigue presente en los trabajos de Felipe Ávila, quien ha afirmado que el zapatismo es un movimiento mestizo, con cierta presencia indígena, pero al final mestizo, por lo cual no puede ser interpretado como expresión indígena de la Revolución. Por el otro lado se encuentra Francisco Pineda, quien en todos sus trabajos ha tratado de mostrar, desde la larga duración, cómo la civilización mesoamericana se encuentra muy presente al interior de las filas surianas, y en específico su variante náhuatl. Como ejemplos véanse Felipe Arturo Ávila Espinosa, “Los indígenas en la Revolución”, en Miguel León Portilla y Alicia Mayer (coord.), Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Fideicomiso Teixidor, 2010, 475-495 p. Francisco Pineda Gómez, “To tlaticpac nantzi mihtoa Patria. Retórica nahua en la revolución del sur”, en Gerardo Ramírez Vidal (ed.), Conceptos y objetos de la retórica ayer y hoy, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 2008, 149-164 p.

[3] Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, 2ª. Edición, México, Comisión Federal de Electricidad, 1970, 588 p., p. 498.

[4] John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana, Francisco González Arámburu (tr.), México, Siglo XXI Editores, 1969, 443 p., p. 69, nota 9.

[5] Samuel Brunk, Zapata: Revolution and Betrayal in Mexico, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1995, 360 p., p. 249, nota 22. Brunk también recomendó consultar el libro de Judith Friedlander, sobre Hueyapan, para conocer “una fuerte argumentación en contra de cualquier supervivencia significativa de la cultura india, incluso en las zonas de tierras altas”. Éste no es el mejor momento para realizar una crítica a la investigación de Friedlander, sin embargo, sólo diré que su interpretación de lo indígena está rebasada en la actualidad por el purismo que le aplica al término indígena (sólo lo que es prehispánico) y por otorgarle un papel pasivo en la historia a los hueyapeños (ellos se autodefinen como indígenas sólo porque el Estado mexicano así lo quiere).

[6] De hecho fueron 20, sin embargo, de Tepoztlán se registraron dos, por ello sólo señalo 19 como muestra de que el náhuatl se hablaba en sendos pueblos morelenses.

[7] Antonio Peñafiel, Vocabulario gramático de la lengua náhuatl o azteca, México, Colección formada por el doctor Antonio Peñafiel, sin editorial, 1897, 504 p., pp. 337-436.

[8] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XVII, 1980, 233-298 p., pp. 238-240.

[9] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el oriente del Estado de México”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIV, 1977, 165-226 p., pp. 184-186.

[10] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el Distrito Federal, México”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIII, 1976, 103-136 p., p. 109.

[11] Journal History, 30 de junio de 1902, p. 3, citado en Moroni Spencer Hernández de Olarte, “„Ya llegaron los de Tierra Fría‟ Los colores del zapatismo en la Región de los Volcanes, Estado de México”, Tesis de maestría en Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, México, 2013, 138 p., p. 21.

[12] Luz Jiménez, De Porfirio Díaz a Zapata. Memoria náhuatl de Milpa Alta, Fernando Horcasitas (ed.), Miguel León Portilla (presentación), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1968, 154 p., p. 68. Traducción al español mía.

[13] Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, Jesús Sotelo Inclán y sus conceptos sobre el movimiento zapatista (entrevista), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1970, 30 p., p. 15.

[14] Existe por lo menos una fotografía donde Zapata aparece vestido a la usanza macehualtic (indígena), véase Laura Espejel y Salvador Rueda, “El Plan de Ayala y la autonomía zapatista”, en Así fue la Revolución Mexicana, 5 vol., México, Comisión Nacional de Fomento Educativo, 1985, vol. 3, 347-358 p., p. 353. Para un testimonio de una persona cercana a Zapata antes de la Revolución: Herlinda Barrientos Velasco, “El compadre don Emiliano”, en Con Zapata y Villa. Tres relatos testimoniales, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1991, 9-29 p., p. 21.

[15] Víctor Hugo Sánchez Reséndiz, De rebeldes fe. Identidad y formación de la conciencia zapatista, Francisco Pineda (pról.), 2ª. Edición, México, Instituto de Cultura de Morelos, Editorial La Rana del Sur, 2006, 362 p., pp. 120-131.

[16] Luz Jiménez, op. cit., p. 104. La traducción al español es mía.

[17] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos…”, pp. 237, 242 y 247. A pesar de que dos de los tres testimonios que refieren que Zapata hablaba en náhuatl fueron recogidos por Horcasitas, no es posible imputarle al autor un afán por ligar este idioma con el movimiento zapatista, ya que él mismo reconoció que desde 1955 fue a Anenecuilco en busca de nahuatlahtos pero para ese año ya nadie conocía el náhuatl.

[18] Entrevista a Héctor Mendoza Rosas realizada por Baruc Martínez Díaz el 2 de noviembre de 2011 en el cerro Tecuauhtzin del pueblo de San Francisco Tlaltenco. Juana Orihuela fue bisabuela de Mendoza y a él le comentó los sucesos que he referido.

[19] El trabajo de Hansen es aún inédito pero está próximo a publicarse. Agradezco al autor el haberme facilitado una copia de él. Magnus Pharao Hansen, “Words in Revolution: How the Nahuas became a minority in the state of Morelos and were erased from the Historiography of the Mexican Revolution” (en prensa).

[20] John Womack Jr., “Prólogo. Historias por estudiar sobre la Revolución del Sur (1911-1920): lo que aún no sabemos, lo que valdría la pena saber”, en John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 2017, 15-44 p. Quiero aclarar que ésta es una versión corregida de la primera edición del texto, aparecida originalmente en 1969, en donde además el autor le agregó un largo prólogo. En éste, Womack pretende esquivar la ideología mestiza apoyándose en la presencia afrodescendiente de Morelos y Guerrero. Para él el zapatismo sólo se pudo volver un movimiento revolucionario de alcances nacionales gracias al aporte de un “espíritu” negro, creado por los descendientes de los antiguos esclavos de las plantaciones de caña de azúcar. Sin este componente, el zapatismo no hubiera pasado de una más de las revueltas indígenas localistas o a lo más regionales. Aunque yo no niego la presencia africana en muchas comunidades zapatistas, sólo adelanto que a mí me da la impresión que los afrodescendientes libertos se asimilaron a los pueblos indios y se adaptaron al marco cultural de la civilización mesoamericana, quizás haciendo algunos aportes, pero, a la postre, incorporándose al universo cultural del que provenían las poblaciones en donde se asentaron o, incluso, adoptando éste en los nuevos asentamientos que ellos crearon. Este punto, desde luego, merece un lugar propio de discusión, por ello aquí sólo anticipo algunas ideas.


Autores
Es un chinampero originario de San Pedro Tláhuac. Licenciado y maestro en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente se encuentra realizando su doctorado en la misma institución con el proyecto titulado: “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”. Ha sido profesor de lengua y cultura náhuatl en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y en el Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México. Algunos de sus trabajos publicados son: La alegría de la muerte y el dolor de la vida. Día de Muertos en San Pedro Tláhuac. La iglesia de Tláhuac y el proceso de evangelización en las comunidades indígenas. “Entre canales y ahuejotes: las chinampas de Tláhuac” en el libro coordinado por Jorge Legorreta, Chinampas de la Ciudad de México. “Revolución en el lago: el zapatismo en los pueblos lacustres del sur de la Cuenca de México”. “El Charro Negro: señor del rayo en la región de Tláhuac”. Y las traducciones al náhuatl de las obras de teatro para niños de William Fuentes: Una varita mágica (Ce mahuiztlacotzin) y Las piedritas de Chicomexochitl (Chicomexochitl itetzin).

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México
Secretaría de Cultura