Tierra Adentro

Foto: Eduardo Francisco Vazquez. Flickr.

Eran las diez de la noche. Estaba en Playa Hornos, un cerrito de arena a mitad de Acapulco, cuando una camioneta se estacionó frenéticamente en La Costera y dos hombres se bajaron de ella. Los brazos del conductor colgaban de la ventana esperando a que los otros regresaran. Cada uno llevaba en las manos un aparato que no alcancé a distinguir a primera vista. Parecían armas de alto calibre. Ambos vestían pantalón de mezclilla. Uno de ellos tenía una playera oscura, el otro una más clara. Se treparon a una estatua que adornaba grotescamente la vista: media tonelada de bronce desfigurado, un adefesio sin pies ni cabeza. Era una monstruosidad, una ofensa que pretendía representar la figura de la mujer morena de Acapulco.

Alguna vez leí en el periódico la crítica de un artista local en torno a la estatua. Decía que quien la elaboró no era siquiera un artesano, sino un arribista de las altas esferas del poder que carecía de imaginación, un exburócrata que se hacía pasar como fabricante de muebles y otros cachivaches de madera o fierro; un defraudador que hacía esculturas falsificadas y las vendía a un precio excesivo como obras trascendentales de arte. Algunos la llamaban la Sirena Costeña, otros, la Sirena Robusta.

El hombre de la playera oscura le hizo una indicación a su acompañante y empezaron a salir chispas del cuello de la estatua, unas lucecitas que desaparecían al instante como luciérnagas lanzándose al vacío en busca de una botella de ron y un poco de fiesta, a la caza de olas gigantes en las cuales zambullirse. Tomé mi mochila. Quedaban tres cervezas en el interior. Me levanté. Caminé hacia ellos derrapando un poco, intentando parecer un borracho sin rumbo.

En la banqueta me sacudí la arena de los zapatos y me refresqué la garganta con la cerveza quemada mientras veía a los dos tipos arrancar la cabeza de la Sirena Costeña con sus sierras feroces; las chispas se apagaban antes de llegar al suelo. Los vándalos no tenían prisa, pues el lugar estaba más solitario que un desierto. El único que se acercó fue un taxista que al oler el peligro se dio la vuelta trepando el camellón. Traté de acercarme a ellos. El hombre de playera oscura me vio y, arreglándose el bigote, me hizo una señal para que me largara del lugar. Fingí traer encima una borrachera de una semana. Llevaba varios tragos encima, pero mi conciencia seguía intacta. Fingí un resbalón y caí sobre la banqueta a un par de metros del muro donde posaba esa sirena pasada de kilos y calamares. Tardé lo suficiente en levantarme para ver cómo el otro hombre terminaba su hazaña y aventaba la cabeza hacia la parte trasera de la camioneta.

Fijaron su atención en mí. No pude evitar retarlos con la mirada. Por más nauseabunda que fuera la efigie, por más que estuviera pasada de tacos, no me parecía correcto vandalizar un ícono que pretendía celebrar la belleza de la mujer costeña.

El hombre de blanco me aventó la sierra. Estuvo a punto de impactarme en las piernas, pero logré evadirla. No pensaba terminar en el hospital por hacerme el borracho. El otro le recriminó la acción:

―Tarugo, debería mandarte a recogerla, apúrale que ésto no tarda en llenarse de chismosos.

Se treparon al vehículo, éste rugió al alejarse rumbo a Caleta. Recogí la sierra y la metí en mi mochila. Apuré el paso antes de que la gente se diera cuenta de lo que había sucedido y vinieran a hacerme preguntas. Crucé La Costera buscando una cantina en El Parazal.

Por varios minutos avancé sobre calles laberínticas y sin alumbrado público. Me detuve en una esquina a pelear con mi encendedor que se rehusaba a sacar una flama para prender mi cigarro. Una mujer apareció de la nada.

―¿Me invitas un cigarro, morenito? ―dijo.

Se me cayó el cigarro del susto y mi corazón se aceleró. Estaba acostumbrado a que las prostitutas se me ofrecieran en esas esquinas, pero después del degollamiento de la estatua lo que menos esperaba era una aparición femenina. Recogí el cigarro. El encendedor funcionó. Miré de pies a cabeza a la mujer. No pasaba del metro sesenta. Era morena, con rizos y labios delgados. Vestía una blusa escotada. Sus pechos estaban a punto de reventar, a leguas se notaba que su sostén era de dos tallas menos con el fin de hacerlos parecer más voluptuosos. Tenía piernas llenitas dentro de la mezclilla. Una lonja volvía más apetecible su cintura. Tenía un trasero ancho y pronunciado. Nalguitas para ahogarse en madrugadas de calor y estatuas degolladas. Olía a vaquita marina, al sudor de un roble bajo cuarenta grados de sol. Saqué un cigarro, lo puse en su boca y lo prendí. La tomé del brazo. Esa mujer descubriría el mar de fondo de mi cuerpo.

―Busco un lugar donde se pueda beber alcohol y escuchar buena música ―le dije mientras mis dedos tomaban posesión de su culo.

―Me llamo Paty Candle ―respondió― y mi especialidad es la cumbia, el bolero y atragantarme con vasos de ron.

Aguardé unos segundos.

―Tienes frente a ti al mismísimo Walter Torres ―le dije ―, anda que la noche es una marea roja donde surfean cangrejitos playeros como yo.

Empecé a surcar sus curvas con mis manos.

Paty Candle me lanzó un guiño y dio una vuelta moviendo las caderas al ritmo de una cumbia que sonaba en su cabeza, en su corazón moreno, en su vientre de candela marina.

Las calles del Parazal se fueron poblando de borrachos y drogadictos, de prostitutas en detrimento y delincuentes pésimos para las artes marciales. El lugar estaba infestado de cantinas con paredes cuarteadas, criaderos de peces sin traza ni futuro. Caminamos hasta La Plaza del Mariachi, donde hombres gordos bailaban sin tino con jovencitas huesudas y las meseras no hallaban una canción que alejara a la clientela aburrida de las paredes a punto de derrumbarse.

Paty era famosa en el lugar. Enseguida tomó posesión de una mesa reservada. Levantó el brazo y la encargada se acercó. Paty saludó a la mayoría de los clientes. Yo deseaba que nos dejaran en paz, que la noche empezara, que el mar se saliera de rumbo y nos ahogáramos en ron y música del trópico. Me vi en la necesidad de poner orden a mi alrededor.

―A ver, a ver ―le dije a la bola de personas que rodeaban la mesa y dando tres golpes continué―, aquí vine a disfrutar del calorcito nocturno de Acapulco y de esta morena rocosa, así que tráiganme una botella de ron.

Todos me lanzaron miradas asesinas. No tuvieron de otra que irse a su rincón. Acerqué la silla hacia Paty Candle y acaricié sus piernas. Sentí su mezclilla vieja, el tsunami de su sangre, las florecitas azules que brotaban de sus poros. Me pidió que tuviera más paciencia con los demás, aunque enseguida le pidió a una de las meseras que moviera el culo y trajera el ron.

―Voy a poner canciones de verdad, olas para romper columnas vertebrales ―me dijo mientras se levantaba y se dirigía a la rocola.

Observé despiadadamente las caderas coquetas de Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo, cuando una gorda azotó la botella en el centro de la mesa, puso tres vasos, una Coca-Cola y, con sorna, dijo que eran seiscientos pesos, pues en La Plaza del Mariachi los tipos aguafiestas como yo pagaban por adelantado. Estaba sacando de la cartera algunos billetes cuando volvió Paty y le pidió más cortesía a la mesera.

―Luisita, Walter es mi amigo y a mis amistades se les trata con buenas maneras, ¿qué es eso de andarle cobrando si ni siquiera nos hemos echado un trago?

La mujer regresó a la barra murmurando sentencias de muerte en mi contra.

―Las canciones que puse se escucharán hasta dentro de una hora o más ―me dijo Paty con cara de resignación.

Alguien había puesto en la lista más de diez canciones y otro una docena. No me importaba, me conformaba con el ron y la piel terrosa de Paty Candle. Apenas era medianoche. Teníamos luna para rato, una bajamar para platicar de días solitarios en bancas de parque, de la tarde que había pasado tendido en la arena, bebiendo cerveza hasta que degollaron a la Sirena Costeña.

 

Entre corridos, baladas y cumbias sin alegría, le conté a Paty Candle, Paty candinga, Paty canción marina para destruir Acapulco, los pormenores de mi existencia. Un papá desaparecido, una mamá senil, hijo único y borracho con causa humana de por medio y oficinista en veranos repletos de gasolina, de mierda hotelera, de árboles talados sin motivo útil.

―Y esta noche, Paty, tú eres verano, verano de cerros bañados por huracanes, verano para espiar tiburones desde rocas suaves y no dormir, verano para apaciguar mis dolencias en tus rizos, en tu carne tenebrosa. Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo de feria extinta, a tu lado, Acapulco es una lluviecita necia, necia, necia, que inunda parques, jardines, terrazas, las bodegas de los autoservicios. Paty, tú eres una lluvia recia que puede limpiar mis pulmones negros de tabaco, mis huesos descalcificados, mis dientitos podridos, limpiar y arrasar con la tristeza multicolor que habita en mis pupilas, en mis mañanas, en mis flores secas, en mis testículos de hierro que quieren ahogarse en la galaxia acuosa y cochambrosa que late entre tus piernas.

Paty me pidió que le parara, que en este Acapulco no quedaba de otra más que arrojarse de acantilados, saludar a los buques militares que invadían la bahía; dormir en una banca del parque, en la arenita rosa o morada o negra por tanto basural de la playa Papagayo; echarse otro vaso de ron dulcecito para apaciguar volcanes y placas tectónicas, tragar ron para soportar el vómito de quienes también visitan sin esperanza La Plaza del Mariachi, sus meados fuera del lugar indicado, sus bailes sin chiste; beber ron mientras te coquetea la mesera, mientras caen estrellitas y perros abandonados buscan un trocito de carne entre las mesas y niños indigentes ofrecen cigarros sueltos mientras piden un vasito de ron y lo beben con voracidad porque su vida está marcada por un tsunami apocalíptico que se llevará hoteles, burguesitas y vírgenes con las tetas a medio crecer, desaparecerán los petrograbados de Palma Sola y algunos semáforos, algunas esquinas rojas y cantinas de virtuosa muerte.

Ya no soportaba tanto trópico. Quería sumergirme en los acantilados de Paty Candle. Contaba los minutos y los vasos de ron. Pasó una hora. Dos horas. Eran las tres de la madrugada. Las canciones que había anunciado Paty Candle no aparecían por ninguna bocina oxidada, por ninguna boquita con sabor a almendro, a café costeño, al fierro luminoso de la estatua degollada. Las canciones no aparecían ni en los labios de Paty, putita alegre en una noche poblada de un ventarrón caluroso y mantarrayas perdidas.

Yo era un cangrejito playero perdido en esa cantina, esperando perderme en la arena calurosa de esa mujer que apareció de repente un jueves por la noche, un jueves precisamente, porque los jueves son días para pintar con ron y agüita de mar los edificios de Acapulco, las escuelas, las tetitas apretadas de Paty, sus nalgas bien plantadas, arbolitos de mango con una historia por delante.

Acabé de un jalón el enésimo trago de la noche y me lancé con saña hacia Paty Candle, Paty cántaro, Paty cancho donde pescar en madrugada. Tres parejitas bailaban con desgana en el centro de la cantina. Le metí mano a sus tetas. Le metí mano en la espalda y su electricidad me quitó el sueño, curó la tristeza y el susto de la sirena degollada. Me llevó al fondo de Santa Lucía. Le incendié las pupilas. Cuando estaba por treparme salvajemente en sus labios, Paty dijo que la ronda de sus canciones había empezado, que bailáramos ese bolero, que teníamos otras noches, otras mañanas, otras estatuas por degollar para besarnos.

Una voz costeña salía de la bocina, pasaste como un lucero en mi amante corazón, me arrojé a la pista para danzar lentamente ese bolero triste que hablaba de amor como un lucero en mi amante corazón. Mi corazón acurrucado en los pechos de Paty. Mis pies tratando de librar la noche, danzando lo mejor que podían. Mis manos atadas a las caderitas aceitadas y movidas de Paty. Mis deseos rebajados a una noche de ron y baile y meseras envidiosas disparándome con sus dedos balas de salva que entraban en mis venas, en mi aliento, en el cigarro que colgaba de mi boca que no podía encender porque nadie quería prestarme lumbre.

La canción terminó. Paty me pidió que esperara. Entonces sonó una cumbia. No era experto en bailes. Apenas si podía darles una falsa elasticidad a mis tobillos y rodillas, a mis omóplatos tensos y glúteos tiesos. Pero la voz costeña que cantaba y repetía versos me dio valentía para seguir pegado a Paty, para estar ahí, escuchando, tarareando me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa, mientras ella, morena venida de una calle oscura, que solo me pidió un cigarro, daba vueltas y vueltas, era una tilapia huyendo de la red, sí, con cuatro velas prendidas y una botella de ron.

Me envolví en el baile cenagoso de Paty Candle, Paty candongo, Paty canción tropical para madrugadas solitarias, Paty que me hacía ver candela verde, candela acuática, urbana, candela para olvidar parientes y despidos injustificados y aborrecibles sirenas costeñas, sí, me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa. Sí, sin zapato ni camisa. La madrugada estaba madura. Me puse a bailar cumbión.

Regresamos a la mesa, seguían sonando otras canciones de Paty. Revisé mi mochila. Todo seguía en su lugar. Tomamos más ron. Las meseras nos trajeron un poco de fritanga para resistir esas canciones acapulqueñas, esa botella, esa madrugada de viernes, porque los viernes también valen la pena, entre mareos, flores muertas y prostitutas que se niegan a dejar su oficio por más arrugado y seco que tengan el coño.

―La siguiente canción es la última ―dijo Paty dándome un jalón que casi me tira de la silla―, cuando termine nos vamos a donde tú quieras, siempre y cuando no quieras desmembrarme.

Asentí con la cabeza. El lugar se empezaba a vaciar. Las olas del mar alcanzaban a oírse entre el sonido de los coches. Acapulco era una madrugada tranquila, llena de alcohol y calles oscuras. Volví a abrazar a Paty. Su cuerpo era un tiburón en peligro de extinción, un mar de fondo pidiendo ser apaciguado, una parota intentando cubrir todo el cielo. La besé. Todo volvió a ser brutal. El viento arrancaba espectaculares. Los niños se enfurecían frente al televisor. Los policías lanzaban balazos al aire. Los gatos y los perros devoraban indigentes. Los cerros se venían abajo.

―Ya te besé lo suficiente, ahora déjame cantar esta última rola ―me pidió Paty.

Retomé la postura para escucharla. Era una sirena más adictiva que el opio, más embrujadora que el primer meado del día, más tranquilizadora que cualquier pastilla. De su voz salió: En La Roqueta pasamos la noche, las meseras le siguieron el juego y le pusieron un micrófono imaginario del que brotaban palabritas veraniegas, entre la arena y conchas de mar. La noche se extinguía. La encargada nos dijo:

―No es que los corra, pero ya es hora de cerrar y aún nos falta levantar este tiradero.

 

La mañana se anunciaba tras los cerros. Los urbanos cargaban gasolina. Las cortinas de los negocios se alzaban y en las playas trotaban viejitos, señoras divorciadas, jóvenes con sueños olímpicos. La luz del día empezaba a entrar en los vellos de Paty Candle. Su cuerpo empezó a brillar como una flor recién brotada, como el centro de la bahía, como las luces del cuello de la Sirena Costeña, como mis entrañas esperando desfogarse en las grutas salinas de Paty. Ella se despidió de sus amigas. La imité y nadie me hizo caso.

―Aquí cerca hay un lugar de paso al que le traigo ganas desde hace meses ―le comenté a Paty.

Ella me seguiría al desierto, a las montañas, a los pueblos fantasma que aparecen noche tras noche alrededor de Acapulco. Tomamos un taxi rumbo al Motel Ito.

Nos dieron la habitación 305. Olía a cloro, a hierbita de playa, a cama recién tendida. Sobre la ventana se reflejaban las primeras chispas del día, las primeras luciérnagas venidas del sol. Se colaban pitidos de coches y ofertas de tacos de canasta. No tenía prisa. Paty Candle compartía un viernes por la mañana conmigo y merecíamos algo más fuerte que las cervezas quemadas que llevaba en la mochila. Llamé a la recepción. Pedí el ron más barato porque estaba por quedarme sin efectivo y no usaba tarjetas bancarias.

―No se le olvide un encendedor al que no se le acabe el gas después de la quinta flama ―le advertí a la voz desconocida detrás del teléfono, dos pisos abajo, en tierra firme, despertando a las aves, mirando pasar cucarachas y ratas por las arterias secas del Río El Camarón, esperando a la señora que vende relleno de cuche.

En diez minutos subieron lo que pedí. Paty Candle alternaba su mirada entre el final de la película porno que apareció cuando prendió el televisor y los motores de las lanchas que surcaban la bahía en busca de tilapias vigorosas, tiburones despistados y pulpos vueltos locos por la tristeza.

―Estúpido, ¡no trajiste el encendedor! ―le recriminé al chico tras la ventana de servicio.

Quité el seguro de la puerta y enfurecido empecé a esculcar sus pantalones. Por ningún lado aparecía un maldito encendedor, una flama para incendiar El Veladero, un maldito gramo de gas con el que pudiera fumarme veinte, treinta, cuarenta cajetillas de cigarros. Paty Candle me pidió que dejara en paz al chico. Que ella traía una caja de cerillos.

― Es malo para la salud prenderlos con cerillos, ―le respondí mientras le metía una patada en el culo a ese chamaco que no servía ni para conseguir un bendito encendedor.

Cerré la puerta. Ya había pasado la noche limosneando flamas y fumando muy por debajo de mi condición pulmonar. No me pasaría esa mañana de viernes sin devorar tres docenas de cigarros. Me resigné. Tomé la caja de cerillos. Era tan poco hábil con ellos que para encender el primer cigarro del día me gasté diez cerillos. Fumaba. Recordé la noche. La Sirena Costeña. Las caderas de Paty Candle y sus tetas apretadas. Su piel morena. Despertó mi instinto testicular por Paty Candle, Paty candongo, Paty canción transparente a las ocho de la mañana de un viernes azul, un viernes de aviones huyendo de Acapulco, un viernes para echarse a la hamaca e imaginar que surfeas mares de fondo. Yo tenía mi propio mar de fondo en esa habitación.

Paty seguía divirtiéndose con la película. Le di una nalgada. Le saqué la teta izquierda, se la lamí. Sus vellos se erizaron, su pezón despertó, era una islita donde se cosechaba mango, plátano, guanábanas dulces. Me lancé a su otra teta y en ese pezón florecían el silencio, la tristeza, la soledad de quienes viven en los parques, de quienes se extravían en las playas, de quienes construyen una palapa y esperan a que termine la temporada de huracanes para lanzarse al océano.

Le bajé los pantalones y el reflejo de escamas de todos los colores me dejó ciego por unos segundos. Era un tatuaje. Paty Candle se tatuó escamas rojas, azules, negras, amarillas y verdes en toda la pierna derecha. La lamí. No presté atención al olor de su tanga. Fui tras cada punto de tinta que tenía en su muslo, en su rodilla, en su chamorro, en su tobillo. Sabía a robalo, a huachinango a la talla, a mantarraya desovando, al último ejemplar de la tortuga carey.

Su pierna me quemó la lengua, estaba repleta de malaguas y la recorría una electricidad ancestral. Para darle sazón bebí de la botella de ron, se la ofrecí a Paty y la vacié en su pierna. Lamí hasta que supuse que Paty era un volcán a punto de explotar. Lamí su ombligo. Volví a sus pezones donde ahora crecían tamarindos, cocos, ciruelas, y también cumbias, gozos matutinos, candela de mar.

Le quité la tanga y el centro de su sexo era el ojo de un huracán arrasando con Acapulco, con los perros sin dueño, con los bolilleros, con los colectivos. Un huracán arrasando con mi lengua, con mis células, con mis bosques silenciosos donde descansaba del ruidero de la gente.

Ella se puso a chupar, a lamer, a buscar una playita donde pudiera ser libre, sentirse ballena, sirena navegando el universo, en busca de una palapita para descansar en días tristes y faltos de sol. Me sumergí en sus bocanas, en sus plazas decoloradas, en su tierra reblandecida, en sus ojos espantando a las nubes, a los gatos rabiosos, a los zopilotes indiscretos, a los sicarios.

Paty trajo lluvia y sol, paría la venada, los autoservicios entraban en bancarrota, había tacos en oferta y las aves regaban por todo Acapulco flores de todo tipo, buganvilias, hibiscos, lirios, petunias. Mis huesos se desintegraron esa mañana de viernes, me extravié en el humo del cigarro y en largos tragos de ron.

El sexo de Paty era una bahía para tenderse a esperar la muerte, para arrojar lluvia, semen, trozos de tristeza y desesperación, globos de todo tipo y con todas las formas habidas y por haber. Estaba por llegar a la cresta de esa ola peligrosa, de surfear el mar de fondo que era Paty Candle, Paty candamo, Paty cancho para extinguir a la especie humana, cuando su cuerpo empezó a perder movimiento, a secarse, a volverse más rígido y duro y rugoso, parecía que se convertía en una piedra. No. Yo seguí moviéndome hasta reventar. Hasta que sentí un raspón en el pene justo cuando me vaciaba. Me salí de su cuerpo enseguida y llené la cama con mis fluidos, di un trago larguísimo a la botella y perdí el conocimiento.

Desperté asolado por la luz más quemante de Acapulco. En la televisión seguía la pasarela de películas porno. Paty ya no estaba. Me había acostado con tantas prostitutas que era costumbre que me abandonaran en la habitación. Paty nunca mencionó si ese era su oficio. Ni me sacó un centavo. Algo me punzó en el pene. Lo revisé. Tenía una raspada de casi dos centímetros. Me encabroné de no haber usado condones. Ya no quedaba de otra más que lavarse con el jabón barato de los hoteles.

La sed se clavó en mi garganta. La botella de ron estaba seca y ya no traía dinero para pedir otra. Opté por las cervezas quemadas de mi mochila. Cuando la intenté levantar pesaba más de lo normal. La sierra no pesaba tanto anoche. La abrí. Lo que menos esperaba encontrarme era la cabeza de la Sirena Costeña. No entendí cómo había llegado hasta ahí. La saqué y la miré con calma. Su piel era parecida a la piel de Paty. Su sonrisa era igualita, hasta con los dientes chuecos. La olí y tenía ese perfume a vaquita marina que esparcía Paty Candle a su paso. Del hueco de la estatua me cayó una gota de semen en los pies. Abrí la mochila: estaba mojada, tenía el tufo del semen a medio secarse. No quise investigar más. El miedo y la vergüenza me doblaron las piernas. Ya no tenía cigarros para calmarme.

Me di una ducha rápida. Me vestí. Metí la cabeza de metal en la mochila. Tomé la llave. No esperé el elevador, bajé las escaleras a toda velocidad. El calor del viernes incendiaba cada esquina, derretía acantilados de hielo, se esparcía entre las calles oxidadas de Acapulco. Tembloroso, le entregué la llave al recepcionista. Le pregunté si podía prestarme un encendedor. En la radio se escuchaba que la esplendorosa Sirena Costeña había amanecido sin cabeza y las autoridades ya investigaban el hecho.

Salí corriendo del lugar, pensando en qué terreno baldío enterrar la cabeza de bronce que llevaba en la mochila, esa cabeza que olía como un roble bajo el sol, de la que brotaban luciérnagas y agüita marina; brotaban burbujas donde se reflejaba la danza acuática de Paty Candle con la que se tranquilizaba todo Acapulco.

 


Autores
(Pinotepa Nacional, Oaxaca; 1986). Acapulqueño por elección. Beneficiario del Fonca en poesía durante el período 2012-2013. Uno de sus cuentos aparece en la antología de cuento infantil Nahuales: los guardianes de la tierra (Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Centro, 2013). Es autor del libro Babélico (Praxis, 2012; Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2011) y de la plaquette de cuento Aquellas noches de perros tiburón (Editorial De Otro Tipo, 2015; Premio Estatal de Cuento Joven Guerrero 2014). En 2016 recibió el Premio Nacional de Cuento Acapulco en su Tinta por "El Parazal". En 2017 publicó el libro de poemas La ejecución de Gary Gilmore (Diablura Ediciones).
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