Tierra Adentro

Ilustración de "Nuevas distopías". Ilustración por Coral Medrano Ortiz.

Las fotografías me tranquilizan porque son un bello desafío al tiempo. En cambio, las películas me angustian. Quiero seguir viendo ese beso, que esa caricia no termine, que el personaje no desaparezca al dar paso hacia un fondo negro con letras blancas de nombres que se deslizan. Ella disparó esa noche, empujó los objetos, dio un punto y aparte que terminaba en forma de espiral; un clic que nos dejó enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.

Mi hermano estaba obsesionado con las películas de balazos. Todos en su escuela fingían disfrutar el cine de arte. Él defendía Duro de matar y Teminator, y le aburrían las tomas largas; nunca lo entendí. Toleraba esas películas sesudas porque a veces parecían ser fotografías, pero luego arruinaban todo con sus diálogos y personajes moribundos con crisis teológicas y tuberculosis.

Mi padre siempre quiso más a mi hermano; en él situó la esperanza de ver su apellido laureado, algo que jamás tendría conmigo. Era imposible que yo contrajera matrimonio y tuviera hijos, que fuese exitoso. Cuando ella se paró por primera vez en la casa, papá pensó que buscaba a mi hermano, pero ella le dijo que yo era la razón de su visita. En ese momento mi padre adoptó una mueca rarísima. Desearía tenerla fija entre estas fotografías, preservarla y saborear con mis ojos aquella confusión.

Eso fue cuando aún estaba en preparatoria, era un ser inerte en el pupitre, una especie de pulpo muerto, en espera del filoso cuchillo que le dé sentido. Nada de comentarios desafiantes a la autoridad, peinados innovadores ni galanteos con el sexo opuesto. No tenía miedo de encontrarme a los maestros en la calle, sabía que no me reconocerían, tampoco mis compañeros. Los trabajos en equipo eran un lío, me aterraba visitar el hogar de alguien más. Por eso ofrecía mi casa; había menos alteraciones y ser el anfitrión me libraba de hacer gran parte del proyecto.

En aquella ocasión el trabajo era en parejas. Ella llegó media hora antes de lo acordado. “Es para un trabajo de la escuela”, dijo y mi padre soltó una “A” prolongada con cierto alivio: el cosmos mantenía su orden. Una “E” interrogativa lo alcanzó la siguiente semana cuando ella visitó de nuevo, ahora por gusto, para estar con su hijo raro. Ella tampoco era normal. La gente la conocía, hablaban de ella para luego callar cuando la veían andar pasillo, como si le temieran. Cargaba cuadernos en los que dibujaba al borde de las páginas: al pasar las hojas revelaba el desplazamiento de lo fijo. Se sumergía en su mundo enfrente de los demás, ignorándolos, desafiándolos. La cháchara de la gente pasaba a segundo plano. Sola delante del mundo que desencadenaba su pluma, diosa de tinta, a velocidades fluctuantes: el monito que alza la mano, saluda, extrae un arma, apunta y…

Conoció a mi hermano la tercera vez que vino a verme. Cada uno parecía indiferente a la existencia del otro. En la cuarta visita los sorprendí besándose en la cocina. Un beso pausado. Mi respiración los alertó de mi presencia e inmediatamente intentaron disimular.

No pasó mucho tiempo para que se presentaran como novios y sus besos dejaron de ser resistencias contra el tiempo, ya no languidecían: se atascaban, eran feroces como perros ante un plato de comida. Mi padre estaba contento y lo demostraba dándoles privacidad, que aprovechaban con los toscos y veloces flujos del deseo carnal. Yo quería que volvieran a ese primer beso, al reconocimiento estático de sus labios. No solo estaban desperdiciando algo bellísimo sino que lo asesinaban con cada mordida y rasguño.

Mi padre me regaló una cámara digital Nikon de cumpleaños, un intento por hacerme salir más. Comencé capturando lo fijo: una puerta cerrada; impidiendo con su cuerpo de madera el paso de otros cuerpos; la fuente seca del jardín, bello monumento a lo inútil; las piedritas del asfalto, ejércitos de inmovilidades; pero me resultaba insuficiente, eran esfuerzos inútiles que no aportaban nada a la lucha contra lo pasajero. Quería hacer un cambio para evitar el cambio. Entonces fotografié a la olla con agua a punto de hervir, al automóvil por arrancar, al gato listo para brincar sobre su presa. Con ellos hacía un milagro, los colocaba en un estado eterno, inviolable por la alteración posterior, mutación que los eximía de la fuerza motriz, situándolas en un universo nuevo regido por otras leyes.

Comencé a estudiar fotografía; en esos días mi hermano preparaba un cortometraje para entrar a estudiar cine y ella hacía experimentos con plastilina para animación stop motion. Papá se quejaba por la idiosincrasia en la que había caído la casa: una mitad estaba ocupada por cámaras análogas y digitales, químicos para revelar y fotografías secándose; la otra era un set de cine, repleto de disfraces y utilería. Naturalezas muertas capturadas por mi mirada; balazos y persecuciones capturadas por la de mi hermano. Ella era su musa, la dama que debía ser rescatada del villano con acento extranjero y chaleco cargado de explosivos.

Cuando mi hermano terminó su grabación hizo una fiesta; papá le dejó la casa y aprovechó para visitar a mi abuelo. Individuos gritones y embriagados llenaron mi espacio, sostenían sus vasos rojos de plástico como granadas, llevándolos a sus bocas, arrancando el seguro con los dientes y siempre amenazando con lanzarlos. Estuve presente, no para disfrutar sino para resguardar mis fotografías y algunos aparatos. Pasaban con brusquedad cerca de mí, tomaban algo y estrellaban lo otro. La risa poseía sus cuerpos haciéndoles dar espasmos que me revolvían el estómago. La música eran ondas de sonido epilépticas, la espuma blanca de la cerveza manchando el sofá, un jarrón convirténdose en miles de pedazos y las disculpas deshonestas del torpe.

En la madrugada mi hermano perdió energía y se recostó en el sofá junto a ella. Se dieron un beso. En ese momento tomé mi cámara digital y les ordené repetirlo. Me complacieron. Ahora quedaban estáticos para siempre. Sentí un ardor de felicidad en mi interior, aquella era la mayor victoria en mi lucha contra el movimiento.

Los últimos invitados se fueron. Mi hermano y ella se dirigieron al cuarto de mi padre. Una energía nefasta los envolvía. Mi mente comenzó a girar, para disgusto mío, contagiada por la vorágina del ambiente, pero no tardó en estancarse en una idea gloriosa. Entre el miasma encontraba una posibilidad gloriosa: el martirio de presenciar la revoltura de cuerpos y sonidos, parecía traer su recompensa.

Entré a la habitación intentando no hacer ruido. Sus cuerpos se meneaban con furia, pero a ratos acariciaban el reposo, como retomando el aire, la luz era tenue y sus cuerpos parecían brillar. El obturador era silenciado por la música de fondo. Lucían impecables en mi cámara, dos seres mitológicos infinitamente capturados por mi índice. Sus orgasmos se tornaron inmortales, un clímax eterno, uñas enterradas en el tiempo, dientes mordiendo el cuello del espacio, por siempre inalterables.

Al concluir, mi hermano se durmió. Ella continuó recostada en su pecho, era hermosísima. Sus ojos se abrieron posándose en mí. Quedé pétreo. Ella no gritó, se alzó y caminó hacia mí. Tomó la cámara y vio las fotos. Sonrió y con su mano libre comenzó a desnudarme. Lo hacía con tal énfasis en las pausas que no me importó el cambio. Cuando terminó, me empujó hacia la cama y quedé recostado junto a mi hermano.

Estuve quieto mientras nos fotografiaba. Algo nuevo me hacía arder, yo mismo era transformado en materia inerte, estampado en una imagen. Empezó a repasar las fotos de manera veloz, animando nuestras formas como hacía con sus dibujos al borde de las páginas de sus cuadernos. Éramos parte de su juego, de su perfecto escape de la realidad, a merced de su pulgar, dios de carne, que nos desencadenaba a velocidades fluctuantes con cada captura. Con nuestros estados fijos producía un transcurrir nuevo, una mezcla entre lo estático y lo pasajero. Se detuvo como una pluma que flota lentamente hacia el abismo. Acercó los dedos al rostro de mi hermano y con un pequeño toque en su mejilla marcó el final de la canción de fondo. Activó el flash y presionó. La luz tapizó la recámara. Mi hermano despertó, la miró a ella, y luego a mí. Se puso de pie, nos veía como un mero testigo, el cuerpo colgándole, como en espera de algo, como el gato que está por brincar sobre su presa, pero su desenvolver fue lento, caminó hacia la sala.

Lo deseé acostado sobre el sofá, tan inerte como las manchas de cerveza. Pero tras un minuto escuchamos sus gritos y el estrellarse de cuadros y botellas abandonadas por los ebrios: una serie de movimientos y ruidos bruscos, repulsivos.

Los recuerdos sufren alteraciones. Parecieran vitrinas que resguardan figuras, cuando en realidad son televisores que cambian constantemente de canal. Estas fotografías lo desafían, logran que no lo necesite. En ellas mi hermano no está viajando de producción en producción. Está fijo en esta galería, desnudo, a mi lado, gracias a ella que hizo de un punto final una espiral, enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.

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Secretaría de Cultura