Tierra Adentro

Titulo: Colección Caja Chica

Autor: Arturo Vallejo, Jacobo Dayán, Raquel Castro

Editorial: Secretaría de Cultura / DGP

Lugar y Año: México, 2017

 

1.

Cuestión fundamental de la obra escrita, el tono. Sucede, sin embargo, que con las obras que se plantean divulgativas, el tono es aún más preponderante. ¿Cómo dar un repaso por las variedades de plantas amazónicas sin romperse la quijada a bostezos o explicar las complejidades de la antropología social sin inducir migrañas? La decisión no es sencilla y la ejecución lo es mucho menos. Quizá esta variedad de texto —la que tiene un propósito anterior y claro; la que existe para acercar un tema a un público específico— es la más exigida de precisión y la que mayor grado de dificultad tiene en la elección de acrobacias retóricas. Dispuestos así los obstáculos, el ensayo —libérrimo y heterodoxo, inconstante y exploratorio— parece la forma mejor adaptada para superarlos. Porque el ensayo hace de guía a través del dato y el argumento —porque permite digresiones y reiteraciones, aparición de voces autorales, enumeración de postulados, evaluación de silogismos— es la forma de la conversación con uno mismo.

2.

La colección Caja Chica, publicada por la Dirección General de Publicaciones, incorporó nuevos títulos recientemente. Tres de estas novedades abordan temas pulsantes y actuales: nuestra mortalidad y sus angustias con Te vas a morir, de Arturo Vallejo; la modificación corporal y las ideas preestablecidas de belleza con Cambiamos para ser más como somos, de Raquel Castro, y el torbellino de la violencia y sus complejidades con No es normal, de Jacobo Dayán Askenazi (todos de 2017). Temas bien ceñidos pero vastos que hacen de estos libros breves —ninguno rebasa las 100 páginas— una aproximación inicial, un punto de partida. Ninguno, sin embargo, se ostenta como introducción al tema, porque propiamente no lo son. Estos tres libros, vinculados por el sello al que pertenecen, comparten ese rasgo de familia, esa seña de identidad: la búsqueda de lectores —quizá jóvenes en especial— a quienes interesar en estos tópicos. En todo caso, son tres intentos personales por dirimir cuestiones particulares dentro de un tema amplísimo. Los tres, para lograrlo, hacen del ensayo el vehículo mediante el cual conseguir su propósito propedéutico. Y aquí, una vez más, el tono.

3.

En el tono está el lector; por lo menos el que imagina el autor del texto informativo. En la elección de qué suprimir y dónde ahondar, sí, pero también en la persecución de quimeras como la «prosa amena» o el «estilo desenfadado». Estas categorías de tono, asociadas frecuentemente con la promoción de la lectura y con el cortejo de lectores potenciales entre el demográfico más joven, llevan a modismos peculiares no del todo efectivos. Por ejemplo, la transcripción literal de un habla pretendidamente adolescente —espolvoreado con «¿eh?», de puntos suspensivos que remedan la pausa antes del punchline—, o el didacticismo excesivo o la sustitución de terminología precisa por aproximaciones consideradas más sencillas. (Motivo de otro texto y tarea pendiente: quizá sería interesante desarrollar un índice —el Índice «¿eh?» podría llamarse— para evaluar el abuso de estos tropos nocivos y redundantes en las obras informativas y juveniles). Estos modismos me parecen perniciosos porque dan forma a una lectora imaginada. Aunque ésta tenga aproximados o similitudes con lectoras en el mundo real, simplificar, reducir el lenguaje al habla transcrita, limita las potencialidades del texto. Ciñe la prosa y sus exploraciones, las restringe. Hace que el resultado final sea menos ensayo de lo que en realidad podría ser.

4.

En cuanto al género del ensayo, los tres libros son muy parecidos. Salvo por la crónica en la sección final del texto de Castro, los argumentos se suceden con exégesis y explicaciones personales, en párrafos secuenciales. No hay mucho más en términos de exploración formal —convenciones importadas de otros géneros, salidas irónicas del argumento, actos autorreferenciales, duda o puesta en entredicho del lenguaje mismo—. Acercarse a lectores nuevos es siempre deseable y aplaudible. Lo que quizá vendría bien sería experimentar con el tono y la forma para imaginar nuevos e insospechados lectores.

Secretaría de Cultura