Tierra Adentro

Bob Dylan en Toronto, CC BY-SA 2.0

We’ll dream it, dream it for free. Free money.

Patti Smith

 

 

Uno dijo: ¿por qué le dieron el Nobel de Literatura a Bob Dylan? Otro se preguntó: ¿por qué no a Margaret Atwood, Ismail Kadaré o Anne Carson? Incluso a Murakami, añadió alguien más. Y otro, resignado, dijo que si querían premiar a un músico hubieran premiado a Leonard Cohen, que al menos tenía novelas y poemas publicados. Las voces de queja y alarma ante la noticia del Nobel sonaron con fuerza, ¿qué estaba pasando con la literatura? La Academia Sueca se había decantado por una figura inusual, alguien que no figuraba en las apuestas, o que había figurado en ellas los años previos, sin ser tomado en serio.

Quienes siguieron de cerca el anuncio del Nobelpreis für Literatur, como ocurre en un partido de futbol, se dividieron en dos bandos: por un lado los indignados, que encontraron inexplicable la inclusión del compositor a una lista de por sí ya varias veces cuestionable; y del otro quienes, con ánimo cauteloso, intentaron comprender la decisión, o justificarla alegando que en las letras de Dylan hay una expresión literaria poderosa o, como sentenció la misma Academia, esas letras fueron el germen de “una nueva creación poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción”.

Lo que pasó después es una suerte de chisme jugoso: Dylan, fiel a su perfil bajo, decide no acudir a la ceremonia —los indignados pegan el grito en el cielo—, Patti Smith acude en su lugar. Dylan no aparece por ningún lado en varias semanas, pero dice por ahí que recibir el galardón es un honor y está “más allá de las palabras”. El asunto se olvida en un par de meses. El premio está dado y no hay nada que se pueda hacer. La polémica es una más a las muchas que suma la Academia Sueca y en particular, la rama que se encarga de premiar la disciplina literaria.

Solo para hacer memoria, Dylan no es el primer galardonado que decide no acudir a la ceremonia o rechazar el premio: tenemos a Boris Pasternak, presionado por las tensiones políticas de la Unión Soviética —un caso similar al de Alexander Solzhenitsyn—; o los argumentos de Jean Paul Sartre, para quien recibir cualquier premio significaba transformar la figura del escritor en una institución. En 2004 Elfriede Jelinek tampoco acudió a recibirlo y su inclusión entre los galardonados desató un pequeño incendio: un miembro de la Academia renunció a la silla tras considerar que el premio a la escritora era un deshonor. Mucho más fresco está el corrosivo escándalo de abuso sexual que amenazó con desarticular la institución y que obligó a suspender la premiación en 2018.

El Nobel de Literatura es popular, sobre todo, lo ha sido durante los últimos veinte años, por sus decisiones caprichosas. Resulta muy común, cada año, que el autor premiado sea prácticamente desconocido en español y que, a toda máquina, alguna editorial se haga de los derechos y lo empiece a traducir. No hay que olvidar que, detrás de cada premio, hay una serie de dinámicas, políticas y geografías delimitadas: el Nobel se entrega desde Suecia y la mirada de los académicos puede estar sesgada por razones diversas, como la visibilidad de los autores en el mercado del libro europeo o su relevancia política, ya sea hoy o en las últimas décadas.

Por poner un ejemplo, Herta Müller, que ganó en 2009, era una autora desconocida en este lado del mundo —incluso Harold Bloom, que proclama ser el organizador del canon literario occidental, dijo no saber de ella—; habría que mencionar que su obra, desde los años ochenta, había sido objeto de gran circulación en Europa y su relevancia política, estimable. Müller “da voz” a los reprimidos por la dictadura rumana y es una exiliada que adopta Berlín como hogar y el alemán como lengua de escritura, nadie la conocía. En un caso mucho más raro, encontramos al chino Mo Yan y todavía más extraño, es  el del poeta sueco Tomas Tranströmer. De Olga Torkaczuk ni hablar. El Nobel siempre da en América nuevos nombres que leer.

Dentro de una lista de premiados que parece a ratos azarosa, pero que en realidad responde a decisiones hasta cierto punto predecibles, se hace espacio Bob Dylan. Para una Academia Sueca en constante crisis, que parecía no tener la aprobación del público y que ha sido tachada repetidas veces de eurocentrista y de tener inclinación por los autores varones, los premios de 2015 —Svetlana Alexiévich— y 2016 —Bob Dylan— fueron una oportunidad de proponer algo diferente y dar a la institución un aire renovado.

El Nobel a Dylan rompió, de entrada, dos paradigmas: el de suponer que la literatura premiada tiene que ser literatura de ficción —evidentemente narrativa y la mayoría de los casos, novela— y el de suponer, también, que la literatura debe estar dentro de un libro, porque, ¿a qué otro sitio se va tras el anuncio del premio sino a la librería? De inmediato el mercado editorial debió ajustarse e imprimir las letras completas del cantautor para que estuvieran disponibles. Pasar al libro a una literatura que estaba —y está— hecha para circular fuera del libro, que nació, de hecho, al margen de lo que consideramos, contemporáneamente, literatura. Bob Dylan no es escritor, dijo uno. Debieron premiar a un escritor de verdad, dijo otro. El año pasado premiaron a Alexiévich, una periodista, ¿ahora esto, a dónde vamos a parar?, añadió el tercero.

Habría que decirles a esas voces que el gesto de la Academia Sueca, tan impredecible como fue, resultó ser producto de una inusual amplitud de miras y de un telescópico acercamiento al pasado literario. Reconocer a Bob Dylan es, implícitamente, reconocer una larga tradición de literatura oral que podemos considerar extinta tal como fue: la del trovador, la del bardo, la del juglar. La figura de Dylan hace estallar, a partir del Nobel, una tensión: la de la literatura popular en oposición a la literatura culta, entre comillas.

Es muy posible que la renuencia a su Nobel provenga de un elitismo que no reconoce las manifestaciones literarias orales como alta cultura, otra vez entre comillas. El libro como paradigma civilizatorio no tiene cabida para el folk, ni para la literatura popular, pero habría que remitirse a la Edad Media y recordar que, más allá del trabajo de los copistas, encerrados en el monasterio, haciendo libros, estaban también quienes cantaban y entretenían al pueblo con rimas, historias, bailes y diversos juegos, a cambio de unas monedas. Otra forma de hacer literatura.

La figura del juglar ya había sido advertida por la Academia Sueca al premiar a Dario Fo en 1997, pero con Bob Dylan termina de manifestarse para el público contemporáneo. Como una suerte de juglar moderno, Dylan viaja a lo largo de los Estados Unidos y su voz llega a públicos diversos. No es gratuito que un tópico recurrente en su obra sea el del vagabundo, el que no tiene origen ni lugar de destino. Dylan toma las calles de Nueva York en los años sesenta y conoce a su ídolo Woody Guthrie antes de conseguir su primer contrato discográfico, pero también viaja por las carreteras que van de costa a costa, observa con detenimiento los paisajes desolados. Desde una visión que no está exenta de romanticismo, Dylan se asume un errante, un perdido. Sus letras revelan el Zeitgeist de la sociedad estadounidense de su época y son una mirada a lo cotidiano, al desamor o a la protesta. También al que se asume fuera, al outsider. Y mucho tienen de cuento o de novela reducida a pocas líneas. Mucho de los recursos retóricos propios del poema. La mirada literaria de Dylan se va afinando con los años y su voz resulta ser, de alguna manera, una voz colectiva.

El eje que conecta colectividad y literatura estuvo presente también en el premio de 2015, otorgado a Svetlana Alexiévich. Su trabajo es un acercamiento a formas literarias que no tenemos presentes en la actualidad, por lo menos no desde la visión del amplio mercado. Alexiévich es periodista de formación y sus libros, un ejercicio de voces. La bielorrusa recopila testimonios y los organiza en forma de libro de tal manera que construyan un arco de amplio dramatismo y profunda humanidad. Ese trabajo, de orden más artesanal o curatorial, implica borrar su figura como autora. No hay una sola palabra que venga de su propia creación; lo que importa no es lo que ella dice, sino lo que dicen los otros. Alexiévich se ha referido a sus libros como novela en coro o novela de voces. Es inevitable, al leer Voces de Chernóbil o La guerra no tiene rostro de mujer, no pensar en el coro de la tragedia griega y sus estructuras. Historias prestadas. La autora como recipiente del relato. La autora como oído. Al igual que ocurre con Dylan, la oralidad se hace un hueco en los pasillos de la Academia Sueca.

Tras el premio Nobel es indispensable pensar a Dylan también como un falso trovador, o como un trovador no asumido, pues el juglar canta y reproduce lo que los otros componen, pero el trovador va a la corte y entretiene a la realeza con su propia creación. En el hecho de que Dylan se haya negado a recibir el premio en persona hay mucho de político, una postura. Dylan no canta para grupos selectos, sino para quien escuche en el camino. Es Patti Smith quien va a Estocolmo. Y no pudo haber mejor persona, porque Smith, como el mismo Dylan, es, desde la trinchera del rock, es una voz central para su época. Ha estado numerosas veces en las apuestas del Nobel y, de recibir el premio, estaría más que merecido. Ambas figuras —marginadas, pertenecientes a una generación en turbulencia— se redimen al llegar a la Academia Sueca. De pronto llegar al Nobel es una revancha. Y una confirmación: estábamos en lo cierto, estábamos haciendo arte. Por eso Patti Smith se quiebra a la mitad de su interpretación de A Hard Rain’s A-Gonna Fall en Estocolmo. Por eso, al terminar la canción, baja la cabeza avergonzada antes de levantar la vista con los ojos vidriosos. El momento es conmovedor. Y único. Hace un par de meses alguien me dijo que la interpretación de Smith es un gran documento para la historia del arte. Y es verdad. La apuesta lírica subyace al cantautor. No sorprenderá que, como ocurre con muchas canciones de folk, las canciones de Dylan terminen cantándose dentro de mucho tiempo sin que se sepa quién las compuso, que lo que permanezca no sea la figura, sino el lenguaje, el hecho literario. Que, como dice Dylan, la respuesta esté soplando en el viento. Y que nos olvidemos de su Nobel, que a fin de cuentas es un premio más.

 

 

 

 


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Secretaría de Cultura