Tierra Adentro

 

En el balneario normando de Rivebelle, Marcel conoció a Elstir. La escena forma parte de uno de los descansos vacacionales en donde Marcel, el protagonista y narrador de En busca del tiempo perdido, queda hipnotizado junto con su amigo Roberto de Saint Loup, con una figura que se manifiesta frente a la mesa en la que contemplan el paso de la tarde. Sin terminar de descifrar su identidad, pero entendiendo que se trata de alguien importante por su manera de vestir y comportarse, Saint Loup y Marcel preguntan al Capitán de meseros del lugar quién es. “¿No le reconocen?” responde incrédulo el capitán. “Es Elstir, el famoso pintor”.

Se cumplen 100 años de que En busca del tiempo perdido desdoblara la segunda parte de su larga historia. En junio de 1919 A la sombra de las muchachas en flor aparecía en los escaparates de las librerías, como respuesta a Por el camino de Swann, primer aliento de una novela que provocó una crítica importante en los círculos literarios europeos.

La publicación del primer tomo estuvo acompañada de un enramado editorial complejo en el que Proust terminó pagando la edición, ya que nadie quería sumergirse en la aventura de editar un ejercicio prosístico tan peculiar como lo era su novela.

La prestigiosa revista y editorial Nouvelle Revue Française (NRF) dirigida en aquel entonces por Gaston Gallimard —y en la que Proust ya había publicado un par de textos— rechazó el manuscrito. Muchos otros sellos editoriales dictaminaron en contra de la publicación de la novela, y hubo quienes criticaron de manera muy concreta los párrafos de largo aliento —curiosa forma de hablar en tinta de un asmático— en los que Proust plasmaba y construía un universo que comenzaba con su infancia y languidecía con su adultez.

Éditions Fasquelle y el sello Ollendorff fueron otras de las editoriales importantes que se negaron a publicar Por el camino de Swann, sin entender muy bien de qué se trataba la pieza que habían recibido.

Alfred Humbolt —editor de Ollendorff— escribía en una carta a Lois de Robert —intermediario de Proust con la editorial—: “No puedo entender como un hombre puede emplear 30 páginas en describir cómo se vuelve y se revuelve en la cama antes de lograr dormirse”.[1]

Por el camino de Swann salió de imprenta en el año de 1913 con el sello de la humilde editorial Grasset, donde el editor admitió que no terminó de leer el libro. Bernard Grasset declaró que tampoco leyó el final de la novela, pero que aceptó publicarla gracias al pago de Proust.

Como suele pasar con el arte, el paso del tiempo tuvo un peso determinante en la digestión de la novela. Jaques Rivère, quien acababa de entrar a trabajar como dictaminador a NRF, convenció Gallimard de publicar los siguientes tomos asegurando su importancia y el éxito que traería consigo que saliera editada en NRF. Al poco tiempo de la publicación, en el mes de diciembre, Proust recibió de la mano del propio Gallimard el prestigioso premio Goncourt.

La historia es muy conocida y, a propósito de este episodio, la editorial uÑa Rota sacó una extensa y bien elegida recopilación de correspondencia entre Rivère y Proust, que refleja las tensiones y alegrías de la amistad entre editor y autor que se consagró a partir de que A la sombra de las muchachas en flor saliera de la prensa editorial. [2]

Hoy en día, En busca del tiempo perdido, forma parte innegable de esas categorizaciones en donde podemos llamarla clásico. Se convirtió en una novela que es citada y evocada, incluso sin haberse leído. Existen miles de ensayos que hablan y recuerdan la figura de la madelena, omitiendo los muchos otros momentos —el adoquín veneciano, el tiempo como zancos de madera, o la lluvia de Combray— en los que el protagonista experimenta un choque emocional frente ejercicio de (re)lectura de un recuerdo.

En busca del tiempo perdido, más allá de abordar un tema en particular y tratarse de algo en específico, es una novela que reflexiona desde la esencia de lo sutil y lo minúsculo; sobre la vida misma. El sabor de una madelena mojada en té, la sensación resbalosa de los pies en el adoquín o los pasajes de una sonata que se escucha en el fondo, cobran un sentido distinto y profundo en la experiencia que tenemos del presente. El tiempo actúa como testigo de que la sensibilidad se puede abrir como bisagra hacia otro estado.

Los encuentros con Elstir ayudan a que Marcel comience a observar esa sensibilidad que le habita. El pintor se convierte en una especie de guía que acompaña, con la lección sana de la conversación al joven francés, a la vez que comparten recuerdos, ideas e impresiones sobre el valor del arte en la vida.

Elstir deposita, como quien siembra una semilla en el arado, pensamientos que germinan conforme Marcel va creciendo. Sus conversaciones sobre la sociedad aristocrática francesa, el amor y la pintura —ideas en las que Proust reflexiona a lo largo de los siete tomos de la novela— terminan siendo fundamentales para que el protagonista se percate, contemplando un cuadro de Elstir, que la única razón que encuentra para estar en el mundo es escribir la novela que el lector tiene en sus manos. Marcel concluye pensando que, ante el declive de la sociedad aristocrática a la que creía el parnaso de las ideas, el vencimiento a la resaca del desamor, y las muchas vivencias que se fueron presentando desde la infancia en Combray, lo único que puede salvarlo es contar la historia de sus recuerdos.

A la sombra de las muchachas en flor es un tomo interesante en la columna vertebral que compone la historia de la novela. En él, confluyen los dos amores intensos del protagonista, Gilberta y Albertina, así como personajes del pasado y el futuro de la historia. Acompañado de su abuela y la criada que ayudaba en casa de su familia, Francisca, Marcel atraviesa los pasajes de una novela que se sitúa primero en París y luego en un viaje de verano en Balbec. Balbec como una realidad ficticia que podríamos llamar Normandía, en la que Proust pasó varios veranos de su infancia intentando sanar su condición respiratoria. Asimismo, Roberto de Saint Loup, La Duquesa de Guermantes y el propio Elstir son nombres que aparecen por primera vez en este tomo y con los que el lector conversará hasta la última página de la novela.

Cuando yo estudiaba la secundaria, Emiliano, uno de mis compañeros leía entre clases En busca del tiempo perdido. En un pasado en el que por mi cabeza solo aparecían las ganas de ser futbolista y salir de la escuela para escuchar música tirado en cama, Emiliano descubría muy joven el universo multicolor de los recuerdos de Proust. Cada vez que nos vemos, sea en una conversación de sobremesa o una caminata onírica, regresamos a la novela que me regaló años antes de que yo decidiera comenzar a leerla.

Terminé de leer el último tomo —El tiempo recobrado— en la soledad de un cuarto en San Cristóbal de las Casas, leí la palabra “fin” en una historia en la que estuve inmerso dos años y medio. Al hacerlo, escribí un largo mensaje a Emiliano recordando algunas anécdotas de nuestra juventud, memorias en las que hablábamos sobre el amor, la vida y anécdotas pueriles del pasado. No es ninguna coincidencia que Emiliano, precisamente, sea pintor. Él, sin querer, terminó convirtiéndose en mi Elstir.

 

[1] https://www.playgroundmag.net/lit/Proust-autoresenas-obra-salieran-periodico_22918343.html

[2] http://www.larota.es/autores/autores/marcel-proust-jacques-rivi%C3%A8re

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