Tierra Adentro

Ilustración realizada por Axel Rangel

I: los asuntos pendientes

Hoy cumplo seis meses de pagar por un servicio que no uso. Un par de años atrás, el internet y la televisión por cable traducían su banda ancha a un lenguaje práctico: el bienestar de un matrimonio en ciernes. Firmar contratos con las compañías, pagar facturas, ver nuestros nombres impresos en las cuentas y papeles, nos hicieron creer que existía una vida común, así lo era. Ahora, de todo aquello quedan solo unos foquitos rojos en aparatos inservibles que se ramifican a través de una maraña de cables, sondas larguísimas capaces de conectar el mundo exterior con mi sala de estar. He tratado de cancelar la suscripción muchas veces, pero los laberintos telefónicos esquivan todas mis llamadas. Bienvenido al Centro de Atención a clientes Izzi. Si desea conocer nuestro aviso de privacidad consulte nuestra página de internet. Por favor espere en la línea. Escucho el menú con atención, marco el número de mi contrato, digito 1 para confirmar y nuevas opciones se despliegan en mi oído, presiono 4 para dar de alta, baja o cambiar mis servicios, ignoro la tecla de # que me podría repetir la cantaleta y espero en la línea. ¿Qué mente diabólica ideó esos diagramas de flujo infranqueables, murallas con las que se erige esta burocracia del ring rong? Hacer filas, llenar formas y sacar copias me parecen procesos más tolerables que tan solo esperar detrás de la bocina. Prefiero tratar con personas de rostro apergaminado tras un mostrador que con esa monótona voz pausada, de dicción perfecta, que me repite los pasos con una gracilidad exasperante.

Llevo siete minutos en la línea, digitando números con la ansiedad de encontrar algún humano que me ayude a cancelar aquello por lo que pago aunque ya no uso. Todos nuestros operadores se encuentran ocupados, en un momento será atendido. Una música comienza a sonar, las notas se remojan en una acuarela de Brasil dejándome en claro que el bossa nova y la samba marcan el compás del himno de la espera. No entiendo el límite entre el ruido y las músicas de fondo. Las que cortan el silencio en los elevadores, en las subterráneas bocinas del metro, en los restaurantes de comida rápida. Elegidas, ¿por quién? Convenidas, ¿desde cuándo?

Hola, gracias por llamar a Atención Especial. Le atiende Alfonso, ¿con quién tengo el gusto? Pronuncio mi nombre con la certeza de que será una errata. De que me dirán de nuevo que no coincide con el del contrato y será imposible cancelar el cable y el internet. Con la conciencia de que nuevamente no podré explicar las razones por las cuales necesito otra alternativa, algo, lo que sea, que no implique al titular; decirlo todo sin que esta conversación se torne una visita con el terapeuta.

Cuelgo la bocina mientras Alfonso me ofrece doce canales y algunos megas más de internet si acepto aumentar mi pago a cincuenta pesos extra. Hay hombres subcontratados para no aceptar excusas. Pero quizá fui ingenua al creer que en veinte minutos arreglaría lo que en cuatro años no pude resolver y nos llevó a este instante. Mi relación con el servicio de red se ha vuelto una metáfora de nosotros. Que llevamos seis meses sin hablar, que anulaste cualquier medio de contacto, que tu ropa, tus libros y tus tiliches siguen en el departamento, esas cosas no se les dicen a los agentes telefónicos.

II: el silencio

Las cámaras de Hokkaido Television hacen zoom al rostro de Yumi. Han pasado veinte años desde que su esposo le impuso la ley del hielo y se limitó a comunicarse con gruñidos o movimientos de cabeza. Incluso en el arte de ignorar, los japoneses tenían que ser asiáticamente imbatibles. De sus tres hijos, uno jamás había visto que su padre, Otou Katayama, interactuara verbalmente con su madre. La cámara tambalea, abre el campo visual y capta el primer intercambio: Ha pasado un tiempo desde que hablamos, le dice él después de dos décadas, titubeando como si fueran las primeras palabras de un infante que en los fonemas comienza a descifrar el mundo, rompiendo el iceberg de su mutismo.

El lenguaje no solo es producción mental y sonora, también es sensible al tacto, tiene temperatura. Su escala graduada oscila en dos polos opuestos: en uno está el callar frío y en el otro la magnitud del sonido cálido, reconfortante. Por eso, castigar con el silencio se vuelve una punición que sucede a grados bajo cero. En las palabras hay un hálito vital, un flujo sanguíneo que las hace palpitar y enrojecer; al pronunciarlas se les pone en movimiento, dispuestas a friccionar con el mundo para producir una chispa, liberando calor. Vida, cercanía, palabra, movimiento; su naturaleza es la de la combustión, interacción de cuerpos que produce el tacto encendido. Por ende, el silencio premeditado es una anulación del verbo que graniza y aísla; el silencio, como la muerte, ahonda las distancias.

He marcado tu número para pedirte que me ayudes a resolver mis contrariedades telefónicas, pero ya me acostumbré al tono glacial del buzón de voz anunciando que la llamada se cobrará al terminar los tonos siguientes, revelándome algo nuevo de las pérdidas en este capitalismo tardío: incluso la indiferencia cuesta un peso por minuto. Es cierto, el vigor del verbo, su vitalidad lingüística, también lo vuelve poderoso y aun violento. La legislación del hielo hace del lenguaje un mecanismo de expulsión. El silencio es más que una negación del sonido, acciona como arma y represalia. Por eso en la Atenas de Clístenes se instituyó el ostracismo como una práctica contra la tiranía. Los griegos votaban por aquel desafortunado que sería excluido inscribiendo su nombre en un pedazo de terracota. De esos trozos despostillados toma su nombre el castigo: el ostracón es palabra que designa a la cáscara de huevo, al caparazón de tortuga y a esos pedazos de cerámica con forma de concha que albergarían el trazo del exilio. Al pie de la colina de Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas, se arrojaban los productos defectuosos que rodarían hasta romperse y mudar en cascajo. ¿Qué tan doloroso y aleccionador puede ser el rechazo? La respuesta la conocen esas especies animales que excluyen a quien desafía los hábitos o normas; el proscrito es un león repudiado que muere de inanición por no pertenecer a la cacería grupal.

La burocracia telefónica me parece un ostracismo con rostro nuevo. La soledad a la que conmina es similar a la de todos esos mecanismos en los cuales negar la comunicación se vuelve pieza clave. Ser ignorado por el conmutador tiene un dejo del meidung de los amish, del petalismo originario de Siracussa donde los nombres de los exiliados políticos se escribían en el revés de una hoja de olivo, del jerem judío con el que se condenó a Baruch Spinoza por menoscabar la imagen paterna con sus ideas; ese anatematismo cuya condena dictó: “ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral y escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o transcripto por él”. Las palabras no son tan solo grafías ingenuas, sino los signos de la pólvora. Si Sócrates prefirió la cicuta mortal en lugar del exilio fue por negarse a experimentar la existencia invisible de quien transita por el mundo como si no estuviera vivo, pero sin la anulación del dolor, esa única ventaja de la muerte. Es preferible extinguirse a devaluarse poco a poco. ¿Por qué nos duele ser excluidos de una plática, desdeñados por los operadores de teléfono o bloqueados por la persona a la que en algún momento amamos? La ciencia aclara las heridas del silencio: la corteza cingulada anterior de nuestro cerebro se activa cuando somos ignorados y esa misma corteza es la que detecta los diferentes niveles de dolor.

La negación de la palabra se vuelve un castigo tormentoso por su cualidad de agresión pasiva: anula al otro y no le ofrece un plazo límite, la tortura pesa en ignorar cuándo se recobrará la palabra, pues si es la comunicación la que se suprime, ¿cómo poder preguntarlo? Pueden ser horas, días, meses… ¿Qué pensaría Yumi durante los veinte años en los que Otou le aplicó la ley del hielo? El sufrimiento de ella era no poder hablarle, pero también el no saber si el rechazo acabaría de pronto —hay silencios sin plazos límite— ni tener claro por qué empezó esa anulación. La cámara hace zoom en los labios resecos de Otou mientras hablan de lo celoso que él se sintió por la atención que Yumi le prestaba a sus hijos: al sentirse desplazado, la desplazó a ella.

Las facturas de Izzi, a diferencia de tu silencio, sí tienen fecha de vencimiento. Para mí, la ausencia asume el rostro de una cifra mensual, tres dígitos que vuelven como un recordatorio de lo perdido, un pago pendiente que jamás termina y no tiene para cuándo acabar con el eterno retorno de los vestigios.

III: las presencias

Accedo a Facebook, doy clic en tu nombre, se abre una nueva pestaña. Este contenido no está disponible en este momento. Es posible que el enlace que seguiste haya caducado o que la página solo sea visible para un público al que no perteneces; la frase traza la estela de tu yo virtual, ahora extinto y del que solo queda este fantasma.

No son las ausencias las que duelen, sino todo aquello que permanece de lo perdido. No es la desaparición, son las presencias. Por eso me fatigan las conversaciones con los agentes telefónicos: ya nada sobrevive de nosotros, pero tu empecinado nombre sigue siendo un obstáculo. Y no puedo decirle a la voz del otro lado de la bocina que el problema no está en que te hayas ido, sino en todo lo que dejaste: los platos sin lavar, la cuenta pendiente de pago, una patineta, el cuadro de Pulp Fiction. No puedo dictarle el inventario de lo que queda de ti en casa, decirle que desde hace seis meses lo único que conozco de ti son dos pesas de seis kilos cada una y un ejercitador de abdominales, un dinosaurio armable de madera y dos fidgets spiners, una cigarrera de Marlboro, la filosofía política revuelta en el librero, una televisión que ya no sirve, páginas de Sergio Galindo y Roald Dahl, el periódico que usaste de cortina, la lavadora, discos de música que van desde The Doors hasta José Alfredo Jiménez, una copa que te robaste en la presentación de un libro, un patito de goma, tu licencia de conducir de Tamaulipas, una botella de mezcal que casi te deja ciego, dos celulares viejos, un bong de plástico, tus estudios de cardiología: el dibujo de tu válvula mitral, aórtica, pulmonar y tricúspide, los resultados del Banco de Sangre y el certificado de la donación que hiciste cuando aún pensábamos que Max sobreviviría a la leucemia, un encendedor con navaja, las manchas que dejaste en la pared, un pez cantante, ropa que sigue colgada en el perchero, tu certificado de bachillerato, el casco que usaste tras el sismo, la promesa de un hijo, zapatos ya enmohecidos, publicidad de Greenpeace, un frasco lleno de hojuelas de pescado y tu tortuga con su caparazón, cerámica sinople, donde se inscribe mi nombre ostraquizado.

Los objetos se resisten a la partida y se vuelven flores de Coleridge, mediadores entre dos mundos, dos tiempos. Las pérdidas y los cuentos fantásticos comparten esa intercesión del umbral. Así como el hombre de “La cena” de Alfonso Reyes encuentra en su ojal una florecilla modesta que él no cortó, así los objetos se vuelven no solo evocaciones sino testimonios del pasado. Recuerdan aquella nota del siglo XVIII recuperada por Borges: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?”. No nos podemos fiar de la veracidad de los recuerdos que, ordenados y resignificados, distan mucho de las sensaciones vívidas y revueltas. Pero los objetos que subsisten a las ausencias, como las flores del ensueño, habitan el mundo de la memoria y el mundo de la experiencia; son crisoles del ayer y el ahora.

Tu retrato se desperdiga en minucias de la casa y su diseminación hace más presente el vacío. No por nada las almohadas se convierten en el tesoro más valioso y triste de los divorciados: algodonosas atenuantes de los huecos, bálsamo del cuerpo ausente. Todo objeto que es semilla de la remembranza funciona como las palabras mediadoras, frases que accionan el mundo al pronunciarse. Lo sabía el centurión que le pide a Jesucristo ayuda para aliviar a un sirviente paralítico y que, viendo la disposición de él para ir hasta su hogar a curarlo, le responde: “yo no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar su alma”. La palabra pone en acción.

Quizá por eso el lenguaje es un espejo, alimento de los locos, simulacro y permanencia. Aunque la burocracia telefónica rechace mis solicitudes y tú seas un entusiasta del mutismo, afanado en acabar con los canales de nuestra comunicación, la palabra íntima persiste en tanto se le convoque. Tú estás indispuesto, pero la escritura nunca.

¿Por qué escribir un ensayo? La respuesta, en su origen, no atiende a formas ni aspiraciones literarias o eruditas que parecen otorgarle los escritores y críticos de hoy, sino a una humana y profundísima tristeza. El ensayo no es nada sin la pérdida. Nace de ella, se alimenta de carencias. Escribo por la misma razón que Montaigne comenzó a escribir ensayos: encontrar un paliativo de la ausencia. Como él, me he quedado con una conversación interrumpida y no existe otro refugio que la escritura. La amistad de Michel de Montaigne con Étienne de La Boétie se nutría de una confidencia definitiva e inigualable. Sus conversaciones eran intercambios desbocados de comprensión mutua. Con las mejores compañías, esas que nos hacen encajar sin titubeos, las palabras fluyen a chorros haciendo que las horas pasen como agua. Luego de la muerte de Étienne de La Boétie, Montaigne se enfrenta a un dolor peculiar, uno que le parece peor que ningún otro: el de la soledad producida por el silencio absoluto. Absorto en sus pensamientos y refugiado entre las paredes de su torre, nota que la muerte no es otra cosa que la cancelación de la palabra. Muerto tú, ¿a dónde van a parar las digresiones? ¿A quién decirle ahora, se pregunta, los sobresaltos de lectura, los datos insólitos y pensamientos nimios? ¿Qué hacer con todo eso agolpado en el pecho, la tráquea, la cabeza?

Al negarme la palabra me convierto en un eco cada vez más difuso y lejano. Si no hablamos, no existimos para el otro. Escribo para explicarme por qué en el verbo también se cifra la existencia. Montaigne y yo, nuestra causa es una sola, pero la diferencia radica en que tu pérdida no fue azarosa, sino un decreto tuyo. Decidir anular los vínculos, arrebatar la palabra, no es otra cosa que un simulacro de la muerte. Y no existe otra vía para recuperar el lenguaje perdido más que en ésta, el habla de Montaigne, habitación de los que están solos. Por eso me aferro a las contingencias del ensayo, por el derecho a la incertidumbre, por ser el único texto que puede quedarse como nosotros: esperando eternamente en la línea telefónica, ambiguo, incierto, inconcluso.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
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