Tierra Adentro

Ilustración de Julissa Montiel

De: Ana Luisa RT (al.rodt@gmail.com)

Para: Francisco García (frangar@gmail.com)

Asunto: Cambio de planes

3 de enero de 2020, 13:23

Fran:

Cuando me bajé del avión en Ciudad de México no me imaginaba que la visita terminaría así. Todos me han recibido muy contentos, hasta mamá que llevaba molesta los diez años que yo no he puesto un pie en el país. No digas nada, tú mismo me has ayudado a hilar las excusas que en su momento he dado a mi familia: el protocolo de investigación cuando eras mi profesor, el experimento cuando me hiciste tu ayudante, el análisis estadístico el año en que me propusiste para estar frente a grupos, el inicio de la cátedra cuando la universidad por fin me contrató, el clima, los compromisos con tu padre y tus hermanos cuando los conocí, las mudanzas cuando por fin te divorciaste. Ni tú ni yo hemos querido este viaje pero este año nos han faltado pretextos, he terminado por montar un avión en Madrid, y para el veintisiete de diciembre ya mi hermano me abrazaba en el aeropuerto de la Ciudad de México. Ha hecho un letrero con mi nombre, como si fuera otra ahora que volví.

Para la cena de fin de año han intentado preparar un espagueti como el que comíamos cuando los abuelos aún vivían, pero al ser mamá quien decidió encargarse de la faena, era de esperarse que quedara desabrido. Era mi abuelo quien lo cocinaba, y todos han dicho que quedó idéntico, pero estoy segura de que todos han creído lo mismo que yo. En mi familia se callan las cosas para no herirse. Así ha sido con el espagueti, con el divorcio de mis padres y conmigo. ¿Te imaginas si me hubiera quedado aquí? Mi hermano ha cumplido ya cuarenta y cuatro años y aún vive en casa de mamá. Dice que es para cuidarla, para hacerle compañía, pero mamá es de esas personas hurañas que ponen mala cara por todo y no te dejan hacer las cosas porque piensan que las harás mal. O así era hace diez años.

¿Recuerdas que al despedirnos en el aeropuerto te he dicho que no pasaría mucho para tener mi primer disgusto? Sucedió pronto, desde el primer día. Al llegar me han preguntado por el viaje, por el trabajo, por ti. No me perdonan que me haya enredado con un hombre casado y que a la fecha no me atreva a tener hijos. He respondido que todo ha ido bien. Esas risitas por lo bajo me han molestado igual que me molestaban cuando éramos niños y mi hermano mojaba la cama pero decía que había sido yo. Mamá ha sido quien se atrevió a preguntar en voz alta: “¿No puedes hablar como persona normal?”. Le he explicado que después de diez años allá se me ha pegado un poco la manera de hablar de ustedes, que al principio me miraban raro porque hablaba como mexicana, y que ha sido más sencillo imitarles que convencerles. La he visto alzar una ceja, pintar una media sonrisa y negar con la cabeza. Tía Lore ha empezado a hacerme preguntas para cambiar el tema, y yo me he esforzado por contestar sin poner alguna cara que les hiciera creer que me fastidiaba hacerlo.

Tú sabes que no me gusta hablar de mí, Fran, pero aquí ha sido como si yo fuera el centro de todo. Me han preguntado por mi trabajo, por nuestras costumbres, por el dinero, por ti, por la gente que nos rodea, por mis planes de regresar a México… ¿Cómo le explicas a tu familia que no vas a volver porque has encontrado tu propia vida y estás a gusto con ella, lejos de ellos?

¿Has notado que la mejor manera de sentir el paso del tiempo es participar en el presente en una actividad que hacías exactamente igual hace treinta años? La cena de año nuevo ha sido como cuando era niña: hemos comido las uvas a la cuenta de las doce campanadas con la televisión encendida, salimos a correr con las maletas, quemamos los malos pensamientos, barrimos el agua de la entrada, bailamos e hicimos karaoke. El único que cantaba bien en mi familia era mi abuelo. Todos se han acordado de él porque eligieron las canciones que más le gustaban: Perfume de gardenias, Paloma negra, Flor de capomo, No hay novedad. Mamá pidió Acá entre nos. Búscala en Youtube antes de que yo vuelva, no quiero escucharla contigo. Mamá se ha puesto mal con el tequila. Ha terminado llorando mientras destrozaba la letra en el micrófono: Acá entre nos quiero que sepas la verdad, no te he dejado de adorar. Sin querer me he acordado del fin de año de hace treinta, y de seguro he tenido en mente lo mismo que mamá. No te lo había contado, pero papá se fue de casa cuando yo tenía seis años. Creo que a veces una canción te gusta porque dice lo que tú te callas. El recuerdo me ha llenado la cabeza desde entonces.

Nunca me ha sido difícil lidiar con los recuerdos, con los dolores antiguos, cosa de pasar la página y ocupar la mente en algo más. Pero esta vez no he podido, Fran, porque creo que al volver uno solo todos los fantasmas han resucitado al mismo tiempo, y así, en avalancha, me han sobrepasado.

El primer día del año mi hermano ha venido a buscarme porque papá quería vernos. Nos ha citado en una cafetería que no existía cuando yo me fui. Desde el principio quise decirle que no. ¿Qué hacía buscándonos después de treinta años? ¿Por qué ha esperado tanto tiempo para saber de nosotros? ¿Por qué se ha sentido con el derecho de hacerlo? Tuve la intención de ir. Caminé junto a mi hermano hasta el lugar en el que ya nos esperaba, pero en el umbral me han entrado muchas ganas de llorar y he dado media vuelta sin atreverme a cruzarla. He vuelto sola a casa de mamá con un revoloteo en el estómago. Mi hermano volvió un par de horas después con los ojos hinchados. Papá dijo que nos extrañaba, y que al enterarse de mi visita ha pensado que no tendría muchas oportunidades más para abrazarme y decirme cuánto sentía habernos dejado. Le ha dicho lo arrepentido que estaba de haber desaparecido de nuestras vidas, y ha rematado con que sabe que nosotros podremos perdonarle porque el amor de un padre por sus hijos es tan grande como el de una madre.

¿Qué podía responder ante eso, Fran? ¿El amor de un hijo por su padre lo perdonaría todo? ¿Y el de una hija? ¿Le crees a tu padre si te dice que te ama después de tres décadas de no saber de él? ¿Le creerías a tu padre? ¿Le dirías algo como eso a uno de tus hijos? Mi hermano ha dicho que lo vio calvo y ojeroso. Y yo, aunque lo intenté, no he podido acordarme de su cara, de su altura, de su calor o de su voz. En cambio he pensado muchísimo en que, la primera vez que volé a España, antes de subir al avión, mi abuelo dijo que sentía que aquella era la última vez que me vería, y me abrazó tan fuerte que aún ahora, al escribirte, puedo sentir sus brazos rodeándome como si estuviera aquí. Papá le ha pedido a mi hermano que intente convencerme de verlo, pero desde ya me he negado.

No he podido dejar de pensar, Fran. En papá la tarde que salió de casa con una maleta vieja; en mi hermano soltero a los cuarenta y cuatro años viviendo con mamá; en ti esperándome así rota como voy a regresar; en mi abuelo y en el espagueti que nadie volverá a comer; en mamá cantando Acá entre nos con el mismo llanto que lloró cuando yo tenía seis años; en que no hablo por completo el español de mi familia pero tampoco hablo por completo el tuyo; en la idea de no volver a ver a papá porque la niña de hace treinta años ya dejó de extrañarlo.

Tengo preparado mi equipaje. Estaba lista para volver a montarme en el avión esta noche, para regresar a mi vida, a nuestra vida, como lo habíamos planeado. Pero esta mañana nos enteramos de que papá ha muerto. Lo encontraron en su departamento, solo. Nadie ha dicho cómo pasó, quizá nadie quiere saber. Yo intento sentirme triste por la noticia, te lo juro, pero ni siquiera soy capaz de imaginarlo. Tengo un revoloteo en el estómago que por momentos se apacigua pero luego vuelve. Nadie ha decidido nada, ni mamá ni mi hermano han dicho lo que sigue. Y aunque no logro traer al presente una sola imagen de papá, he comenzado a llorar. No sé si soy como mamá y este llanto es el mismo que lloré ese fin de año de hace treinta, cuando se fue de casa y no lo volvimos a ver pero queríamos. Esta vez de verdad no lo volveremos a ver, aunque quisiéramos.

Es rara esta sensación, esta mezcla de emociones que todo lo que ha pasado en los últimos días me ha provocado. Me gustaría poder decirte que quiero quedarme a llorar con mi familia los dolores añejos, pero no puedo, porque ahora lo único que tengo es un resentimiento rancio que no puedo hablar con nadie más, porque qué podrían decirme mis primos, mis tías, mi hermano o mamá si supieran que no soy capaz de evocar algo, cualquier cosa de papá, mucho menos puedo traer al presente algún residuo del cariño que le tuve cuando éramos niños, antes de que se fuera, e incluso un poco después, cuando me cansé de extrañarlo y de esperar que llegara por la noche a disculparse y a decirnos que se había arrepentido y había vuelto porque su lugar era con nosotros. Pero ni eso. Ni un recuerdo, ni una emoción de cualquier naturaleza. Nada. Y de todos modos he decidido participar en el ritual, recargar la cabeza en el hombro de mi hermano, sostener la mano de mamá, pararme junto al féretro y asomarme al interior por última vez. Me pregunto si podré reconocerlo, pero no sé.

Después de esa noticia, Fran, comprenderás que tengo que cambiar la fecha de mi boleto de regreso, porque este viaje durará más de lo que habíamos hablado.

Analú.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Secretaría de Cultura