Tierra Adentro

Fotografía de Gregory Wake

El 7 de julio se cumplieron 89 años de la muerte de Arthur Conan Doyle, el creador del celebre personaje de Sherlock Holmes. A pesar de que Conan Doyle no le tenía mucho aprecio al personaje, el extravagante Holmes está irremediablemente arraigado en la memoria colectiva y se ha vuelto el referente inmediato de la figura del detective.


 

 

Capítulo I. El señor Sherlock Holmes

 

Obtuve mi grado de doctor en Medicina por la Universidad de Londres en el año de 1878,  para después ir a Netley a tomar los cursos reglamentarios para los cirujanos alistados en el ejército. Cuando completé mis estudios, me asignaron al Quinto Regimiento de Fusileros de Northumberland como cirujano asistente. El regimiento se hallaba en India en aquel momento, pero antes de que pudiera unirme a ellos, estalló la Segunda guerra anglo-afgana. Tras desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad ya había atravesado la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Acompañado de muchos otros oficiales que se encontraban en mi situación, logramos alcanzarlos en Kandahar, donde encontré a mi regimiento y pude incorporarme de inmediato.

La campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, aunque a mí solo me trajo desgracias y desastres. Me retiraron de mi brigada y me asignaron al regimiento de Berkshires, con quienes serví en la fatal batalla de Maiwand. Ahí, me alcanzó la bala de un jazail en el hombro, que me hizo pedazos el hueso y me rozó la arteria subclavia. Habría caído a manos de los mortíferos ghazis de no ser por el valor y devoción que mostró Murray, mi soldado ayudante, que me subió a un caballo de carga y logró llevarme a terreno seguro detrás de las líneas británicas.

Desgastado por el dolor y débil por las prolongadas dificultades que había sufrido, me trasladaron, junto con otros tantos oficiales heridos, al hospital de la base de Peshaur. Ahí me recuperé y ya había mejorado al punto de poder pasear por las salas del hospital e incluso tomar el sol en la terraza, cuando fui víctima del tifus, esa maldición traída por nuestras posesiones en India. Durante meses se perdió cualquier esperanza puesta en mi supervivencia y cuando por fin reaccioné y comience a mostrar mejoría, estaba tan débil y demacrado que la junta de médicos decidió que no se debía dejar pasar ni un día para mandarme de vuelta a Inglaterra. Me subieron en el transporte militar Orontes y tras un mes de viaje, llegué al embarcadero de Portsmouth con mi salud irremediablemente arruinada, pero con el permiso de una paternal nación de pasar los siguientes nueve meses intentando recuperarla.

No tenía familia ni amigos en Inglaterra, y por esa razón era libre como el mismo aire —o tan libre como un ingreso de once chelines y seis peniques al día le pueden permitir a un hombre—. Bajo estas circunstancias, me vi atraído por Londres, ese lugar donde van a parar todos los ociosos y haraganes del imperio. Estuve hospedado un tiempo en un hotel del Strand, llevando una vida de pocos lujos y sin sentido, gastando más dinero del que considero prudente. Mis finanzas cayeron en un estado tan alarmante, que me di cuenta de que o me iba de la metrópolis para llevar una vida rústica en el campo, o debía modificar completamente mi estilo de vida actual. Elegí la segunda alternativa y comencé por convencerme de dejar el hotel y hospedarme en un lugar menos caro y pretencioso.

El mismo día que llegué a esta conclusión, me encontraba de pie en el bar Criterion cuando alguien me tocó el hombro; me di la vuelta y reconocí al joven Stamford, quien  había sido mi asistente en el Barts. La visión de una cara conocida en el salvaje Londres es, de hecho, algo placentero para un hombre solitario. En los viejos tiempos, Stamford y yo no éramos precisamente buenos amigos, sin embargo ahora lo saludé con entusiasmo y él, por su parte, parecía deleitado de verme. Dejándome llevar por el júbilo, le sugerí que me acompañara a comer en el Holborn; así partimos juntos en un carruaje.

—¿Qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó de manera poco sutil mientras la carreta se abría paso ruidosa por las concurridas calles de Londres— Está delgado como un listón y bronceado como una nuez.

Le platiqué en resumidas cuentas mis aventuras y apenas había concluido mi relato cuando llegamos a nuestro destino.

—¡Pobre de usted! —dijo, conmiserándose después de haber escuchado mis desgracias— ¿Y qué piensa hacer ahora? 

—Busco dónde hospedarme —respondí—. Trato de resolver el problema de si es posible conseguir un alojamiento cómodo a un precio razonable

—Que cosa tan extraña —remarcó mi acompañante—, es la segunda persona el día de hoy que ha usado la misma expresión conmigo.

—¿Y quién fue el primero? —pregunté.

—Un hombre que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se estaba lamentando esta mañana porque no encontraba alguien con quién dividirse la renta de un lugar agradable que había encontrado, pero que resultó ser demasiado caro para su bolsillo.

—¡Por Dios! —exclamé— Si realmente busca a alguien para compartir alojamiento y gastos, soy el candidato ideal. Además es preferible para mí vivir con un compañero que solo.

El joven Stamford me miró con extrañeza por encima de su copa de vino.

—No conoce a Sherlock Holmes todavía —me dijo—; tal vez no quiera tenerlo como una compañía constante.

—¿Por qué? ¿Hay algo en su contra?

—Oh, yo no dije que hubiera algo en su contra. Es solo que es un hombre de ideas un tanto peculiares; un entusiasta de ciertas ramas de la ciencia. Por lo que sé, es un hombre decente.

—Supongo que es un estudiante de medicina —le dije.

—No, y no tengo idea de sus intenciones a futuro. Domina bien la anatomía y es un químico de primer nivel; pero, por lo que sé, nunca ha tomado ninguna clase de medicina sistemática. Sus estudios son muy inconexos y excéntricos, sin embargo ha amasado una gran cantidad de conocimiento inusual que sorprende a sus profesores.

—¿Alguna vez le ha preguntado cuáles son sus propósitos?

—No; no es un hombre abierto con su vida privada, aunque puede ser muy comunicativo cuando quiere.

—Me gustaría conocerlo —dije— Si he de compartir cuarto con alguien, prefiero que sea un hombre de hábitos estudiosos y callados. No tengo todavía las fuerzas suficientes para aguantar mucho ruido y ajetreo. Tuve mucho de ambas en Afganistán, lo suficiente como para que me duren en resto de mi vida. ¿Cómo puedo conocer a este amigo suyo?

—Estoy seguro que estará en el laboratorio. Es alguien que o no se aparece por semanas en el lugar, o trabaja ahí desde la mañana hasta la noche. Si quiere lo puedo acompañar cuando terminemos de almorzar.

—Seguro —le respondí, y la conversación se desvió hacia otros temas.

Mientras nos encaminábamos hacia el hospital después de dejar el Holborn, Stamford me habló un poco más del caballero que me proponía tomar como compañero de alojamiento.

—Espero que no me culpe si no congenia con él —me dijo—. Lo poco que sé de él se limita a lo que he aprendido de tratarlo ocasionalmente en el laboratorio. Es usted quien ha propuesto este asunto, así que no debe hacerme responsable a mí.

—Si no congeniamos, será fácil que cada quien siga su camino —le respondí—. Me parece, Stamford —añadí—, que tiene alguna razón para querer deslindarse del asunto. ¿Es, acaso, el carácter de este hombre tan formidable? Dígame sin rodeos.

—No es fácil expresar lo inexpresable —me respondió riendo—. Holmes es demasiado científico para mi gusto, casi se podría decir que tiene la sangre fría. No es difícil para mí imaginarlo dándole una pizca del último alcaloide vegetal, no por malicia, sino por mero espíritu científico, para conocer de forma más precisa los efectos de este. Aunque, para hacerle justicia, creo que él mismo lo tomaría sin pensarlo demasiado. Parece que tiene una pasión por el conocimiento exacto y definido.

—Una actitud admirable.

—Cierto, aunque él puede llevarlo al exceso. Cuando golpea a los sujetos de la sala de disección con un palo, ciertamente toma un giro extraño.

—¡Golpear a los cuerpos!

—Sí, para verificar hasta qué grado se pueden crear moretones en el cuerpo después de muertos. Lo vi con mis propios ojos.

—¿Y todavía dice que no estudia medicina?

—No. ¡Sabrá Dios cuál es el objetivo de sus estudios! Pero aquí estamos y usted debería formar sus propias impresiones de él.

Mientra hablábamos, atravesamos un camino estrecho y entramos por una puerta lateral que daba a una de las alas del gran hospital. Aquel era terreno familiar y no necesité que me guiaran para subir por la fría escalera de piedra y avanzar por el largo pasillo, cuyo único panorama era una pared encalada y sus puertas color castaño. En en el extremo del pasillo, un callejón abovedado y de poca altura se separaba del corredor principal y llevaba a laboratorio de química.

Era un cuarto de techo elevado, lleno de botellas alineadas y tiradas por toda la habitación. En la estancia yacían desperdigadas mesas bajas repletas de retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros de Bunsen con sus llamas azules y centelleantes. Había un solo estudiante en el cuarto que se encontraba inclinado sobre una mesa distante absorbido por su trabajo. Al escuchar el sonido de nuestros pasos, volteó para vernos y se levantó de un salto con una expresión de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —gritó dirigiéndose a mi compañero y corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y por nada más —sus rasgos mostraron un deleite tal que solo podría ser mayor ante el descubrimiento de una mina de oro.

—Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford presentándonos.

—¿Cómo está usted? —dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que difícilmente le habría atribuido—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Como diablos lo supo? —le pregunté sin esconder mi sorpresa.

—Eso no importa —dijo él sonriendo para sí mismo—. El asunto ahora es la hemoglobina. ¿Sin duda se da cuenta de lo significante que es mi descubrimiento?

—Es interesante, para la química, sin duda —le respondí—, pero en cuanto a practicidad… 

—¡Hombre! si es el descubrimiento más práctico para la medicina legal de los últimos años. ¿No ve que provee de una prueba infalible para manchas de sangre? ¡Venga aquí! —me tomó de la manga del saco en su entusiasmo y me jaló hacia la mesa en la que había estado trabajando—. Primero, un poco de sangre fresca —añadió mientras enterraba una larga púa en su dedo y añadía la gota de sangre resultante un una pipeta química—. Ahora añado esta diminuta cantidad de sangre a un litro de agua. Puede ver que la mezcla que se forma tiene la apariencia de agua simple. La proporción de sangre en ella no puede ser de más de uno en un millón. Sin embargo, no tengo duda alguna de que obtendré la reacción característica 

Mientras hablaba, puso en el recipiente unos cristales blancos y después añadió unas gotas de un fluido transparente. En un instante la mezcla adoptó un color caoba apagado y un polvo color café se precipitó al fondo del recipiente de vidrio.

—¡Ha!¡Ha! —exclamó aplaudiendo y con una expresión de emoción similar a la de un niño con un juguete nuevo—. ¿Qué piensa de eso?

—Parece una examen muy delicado —le dije.

—¡Espléndido!, ¡espléndido! La prueba del guayacol era muy incierta y tosca. Así como la examinación microscópica por corpúsculos de sangre. Este último método carece de valor si la mancha de sangre ya tiene algunas horas. Esta prueba que descubrí parece funcionar sin importar si la sangre es vieja o nueva. Si se hubiera inventado antes, muchos hombres que hoy caminan en libertad habrían pagado por sus crímenes hace mucho tiempo.

—En efecto —murmuré.

—Continuamente dependen de este elemento muchos casos criminales. Un hombre es sospechoso de un crimen meses después de que fue cometido. Su ropa de cama o su ropa es examinada y manchas marrones son encontradas en ellas. ¿Son manchas de sangre, de lodo, de óxido o de fruta? ¿De qué son? Es una pregunta que ha atormentado a muchos expertos, ¿quieres saber por qué? porque no había una prueba fidedigna. Ahora tenemos la prueba de Sherlock Holmes y se acabaron las dificultades.

Sus ojos brillaban mientras hablaba y ponía su mano en el corazón a la vez que hacía reverencias como si una multitud conjurada por su imaginación le aplaudiera.

—Merece usted que se le felicite —señalé, considerablemente sorprendido por su entusiasmo.

—El año pasado se dio el caso de Von Bischoff en Fráncfort. Seguramente lo habrían colgado si esta prueba hubiese existido en ese momento. También estuvo el caso de Mason de Bradford, y el de el famoso Muller, y Lefevre de Montpellier o el de Samson de Nueva Orleans. Podría nombrar un número considerable de casos donde hubiera sido decisivo.

—Parece usted un calendario andante del crimen —dijo Stamford riendo— Podría hacer un periódico en esa línea temática. Llámalo “Las noticias policiacas del pasado”.

—Podría volverse una lectura muy interesante —señaló Sherlock Holmes a la vez que ponía un pequeño parche sobre la herida de su dedo—. Debo ser cuidadoso —continuó dirigiéndose hacia mí con una sonrisa—, pues manejo venenos peligrosos constantemente —y me mostró su mano llena de parches similares decolorados por los ácidos fuertes.

—Venimos aquí a hablar de un negocio —dijo Stamford, quien se sentó en un taburete de tres pies y acercó con su pie uno para mí—. Mi amigo está buscando hospedaje y como usted se estaba quejando de que no tenía con quién dividir los gastos, pensé que sería una buena idea que se conocieran.

Sherlock Holmes parecía encantado con la idea de compartir alojamiento conmigo.

—Le tengo echado el ojo a unas habitaciones en Baker Street que creo nos vendrían como anillo al dedo —dijo él—. No le importa el olor del tabaco fuerte, ¿verdad?

—Usualmente fumo tabaco de la marina —le respondí.

—Con eso basta. Normalmente cargo con químicos y en ocasiones hago experimentos, ¿eso le molestaría?

—Para nada.

—Veamos, qué otros defectos tengo. A veces me entra tristeza y no abro la boca durante días. Cuando eso ocurra no vaya a pensar que estoy enfadado. Solo déjeme ser y pronto estaré bien. ¿Qué tiene usted que confesar? Es conveniente que dos camaradas sepan lo peor de cada uno antes de comenzar a vivir juntos.

Su interrogatorio me hizo reir.

—Tengo algunas manías —le dije—; estoy en contra de los sonidos estrepitosos porque me alteran los nervios; me levanto de la cama a las horas mas absurdas y soy extremadamente perezoso. Tengo otros cuantos defectos cuando me encuentro bien, pero en el presente esos son los principales.

—¿Considera el violín en su categoría de ruidos estrepitosos?

—Depende de quién lo toque —respondí—. Un violín bien tocado es un regalo de los dioses, uno mal tocado, en cambio…

—De acuerdo, entonces —exclamó con una risa alegre—. Creo que podemos considerar este asunto arreglado; eso si las habitaciones le parecen agradables.

—¿Cuándo podríamos verlas?

—Venga a buscarme aquí mañana al medio día e iremos juntos a arreglar el negocio —me respondió.

—De acuerdo, al mediodía en punto —le dije estrechando su mano.

Lo dejamos trabajando entre sus químicos y caminamos juntos hacia mi hotel.

—Por cierto —pregunté deteniéndome de forma repentina y volteando hacia Stamford—, ¿cómo diablos supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero esbozó una sonrisa enigmática.

—Esa es su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente ha querido averiguar cómo descubre esas cosas.

—¡Oh! ¿Entonces es un misterio? —exclamé frotándome las palmas— Resulta muy intrigante. Debo agradecerle por presentarnos. «El tema más apropiado para el estudio de la humanidad es el hombre», usted sabe.

—Debe estudiarlo entonces —dijo Stamford mientras se despedía de mí—. Aunque encontrará que Holmes es un problema complejo. Apuesto a que aprenderá más él de usted, que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí y seguí caminando hacia mi hotel, considerablemente interesado en el individuo que acababa de conocer.

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