Tierra Adentro

Ilustración por Mariana Martínez

Barthes confiesa en Roland Barthes por Roland Barthes (1975) que padece la misma enfermedad que yo: “veo el lenguaje”. Hay quienes piensan en imágenes, hay quienes piensan como si estuvieran dentro de una película, con un narrador omnisciente o protagonista, y hay quienes piensan de manera corporal, muy dentro de la experiencia. Yo pienso de forma lingüística, una palabra y sus asociaciones me llevan a otras palabras que, en ocasiones de ansiedad, trazo y vuelvo a trazar en la mente, delineándolas de manera obsesiva, acaso para contener esa rara pulsión que des-ata mi locura, el desliz libre de la cadena significante. Christina Soto van der Plas jamás se permitiría esa deriva y desliz en el habla, pero sí en la escritura. De la misma manera, Barthes dice que ve el lenguaje y se ve a sí mismo: “lo imaginario es simple: es el discurso del otro en tanto lo veo yo (en tanto lo rodeo de comillas). Luego vuelvo la escopia sobre mí mismo: veo mi lenguaje en tanto es visto: lo veo totalmente desnudo (sin comillas); es el momento vergonzoso, doloroso, de lo imaginario. Una tercera visión se perfila entonces: la de los lenguajes infinitamente escalonados, los paréntesis jamás cerrados: visión utópica, en la medida en que supone un lector móvil, plural, que pone y quita las comillas con presteza: que se pone a escribir conmigo”.

Quien se pone a escribir conmigo es mi hermano el filósofo, a veces. Hace unas semanas me escribió para que le recomendara algún libro de Roland Barthes y para que le contara un poco qué esperar de ellos. Tardé varios minutos en recorrer en mi mente la obra de Barthes y no pude elegir un solo libro de su multifacética producción. El problema es que no es posible determinar a ciencia cierta quién fue Roland Barthes (Cherburgo, 1915- París, 1980) y cuál fue su principal campo de estudio. Basta considerar que su primer libro el Grado cero de la escritura (1953), es un texto sobre el rol social de la literatura y el lugar de la lengua, el estilo y la escritura en la historia de la literatura y que su último texto, La cámara lúcida (1980) es sobre la fotografía. Generalmente se considera que Barthes logró tender un puente entre el estructuralismo y el postestructuralismo pero también fue una celebridad en el campo de la semiótica. Pienso que, más bien, fue un crítico de la cultura en todas sus formas (arte, literatura, cine, diseño, moda, fotografía) y en su prolífica obra acuñó una serie de conceptos que hoy son centrales para una gran variedad de disciplinas: el escriptor, lo escribible y lo legible, la muerte del autor, el studium fotográfico y el punctum, el placer y el goce del texto.

El goce del texto es lo que me llevó a lo que le recomendaría a mi hermano. No le recomendé las obras más estructuralistas o semióticas, sino más bien al Barthes autobiográfico que me enseñó que un crítico literario se guía por el placer del texto y no por un sistema riguroso de correspondencias. Le recomendé Mitologías (1956) de su obra temprana en donde busca tanto una crítica ideológica del lenguaje de la cultura de masas como desmitificar la “mistificación que transforma la cultura pequeño-burguesa en naturaleza universal”. Pero también uno de mis libros de cabecera (que literalmente siempre tengo en mi mesita de noche) Fragmentos de un discurso amoroso (1977) en donde, palabra por palabra, el autor francés desentraña los significados y significantes más íntimos de lo que puede ser el amor tanto en su experiencia de enamorado como en el psicoanálisis y en la literatura. El último libro que le recomendé fue S/Z, un extrañísimo libro de crítica literaria que supera con creces al texto que disecciona y que muestra lo que un texto puede producir en lecturas sucesivas. A partir de S/Z el crítico literario no es un escritor frustrado, sino también un gran novelista que es capaz de pensar.

“Gran novelista que es capaz de pensar” es el epíteto que mejor describe a Barthes. Hace cincuenta años que se publicó S/Z (1970) y según la dedicatoria de Barthes, es “la huella de un trabajo que se hizo en el curso de un seminario de dos años (1968-1969) llevado a cabo en la École Practique des Hautes Études… Este texto, que se escribió según ellos lo escucharon”. El resultado, esa huella, es un extrañísimo tour de force de crítica literaria que requiere de nuestra paciente escucha. S/Z es un análisis detallado del relato corto Sarrasine de Honoré de Balzac, pero es mucho más que meramente un ejercicio hermenéutico literario. Más allá de la interpretación, abre la multiplicidad del sentido. Se trata de un libro que supera por mucho al texto que analiza, ejercicio que no resulta común en la crítica literaria, que suele ser parasitaria y poco interesante. Así, Barthes desplaza la figura del autor como productor de sentido y del crítico, que es el único que puede entender el sentido oculto de la escritura y la lectura.

La lectura produce sentido, no es un acto pasivo de consumo o de mera opinión. Un texto de Jean Reboul sobre la castración personificada y una cita de Georges Bataille en El azul del cielo fueron los que llevaron a Barthes al relato de Sarrasine. Este dato nos revela que esta red múltiple no es inocente ni es accidental. A partir de una lectura psicoanalítica y la búsqueda de Bataille de la “verdad múltiple de la vida” en donde el autor y el lector dan rienda suelta a su deseo, Barthes llega a su lectura que manifiesta no como una estructura de significantes, sino como “una galaxia de significantes”.

Una galaxia de significantes define lo que es S/Z. Si “Un tiro de dados” de Mallarmé fuera un libro de crítica literaria, tomaría la forma de S/Z. Barthes parte del breve relato de Balzac, contenido en unas treinta páginas. Como si la fuerza telúrica de un terremoto hubiera dispersado Sarrasine, el crítico decide dividirlo en 561 fragmentos o lexias (“unidades de lectura”) de diferente tamaño, a veces de una palabra o de varias líneas, dependiendo del lugar en el que decide cortar el significante para llegar al significado. En cada lexia, busca que no haya más de tres o cuatro sentidos que enumerar. Coloca así los fragmentos de texto en la parte superior y debajo analiza con detalle el sentido que se va produciendo y cómo se relaciona con lo anterior. Identifica también cinco códigos notables en todo el relato: el hermenéutico, el sémico, el proairético o de las acciones, el gnómico o cultural y el simbólico. En esos cinco códigos tipifica el relato. Pero donde realmente está la voz de Barthes, lector, es en las 93 “divagaciones” marcadas con numerales romanos que son meditaciones de una o dos páginas sobre la lectura y sobre qué hacemos cuando leemos. No intenten encontrar una interpretación unívoca del texto o una crítica literaria tradicional, que busca señalar el sentido que se nos escabulle. En S/Z hay divagaciones, terremotos que rompen un texto, galaxias de significantes y, sobre todo, una forma muy rara de interpretar.

“Interpretar un texto no es darle un sentido (más o menos fundado, más o menos libre), sino por el contrario apreciar el plural de que está hecho”. Para Barthes, cada texto es su propio modelo y debe ser tratado en su diferencia y no con base a un modelo previo que se le pueda “aplicar” al objeto textual. Línea por línea, tomando el relato de Balzac, Barthes cuestiona por completo la construcción del sentido, el edificio entero del realismo y al autor de La comedia humana, una de las figuras más canónicas de la literatura francesa. Pero no tira de su pedestal solamente a Balzac, autor, sino a la noción misma de autoría y propiedad. Si la institución literaria está marcada por el despiadado divorcio entre el fabricante y el usuario del texto, su propietario y su cliente, su autor y su lector, Barthes le restituye al lector la capacidad de reescribir todo texto a partir de su propia interpretación y más allá de toda intención del autor.

Más allá de la intención del autor, S/Z señala desde el título la oposición y complementariedad de los personajes de Sarraisine y de Zambinella. En breve: la belleza de Zambinella cautiva a Sarrasine, quien hace una escultura de ella. Sarrasine asume que toda belleza tiene que ser femenina, Zambinella es el epítome de la belleza y, por lo tanto, de la feminidad. Sarrasine rapta a Zambinella y finalmente descubre que era un hombre que se hacía pasar por mujer, un castrato cantante de ópera. Lo que ancla al texto es la desestabilización que produce la anatomía de Zambinella y cómo la percibe Sarrasine, como una obra de arte y después como su propia castración en potencia. Para Barthes, según las costumbres de la onomástica francesa, era de esperar “SarraZine” en donde la Z es la letra de la mutilación. Fonéticamente la Z es un látigo castigador que corta, tacha, raya, y es la letra del desvío, la inicial de la castración. Sarrasine contempla en Zambinella su propia castración, por eso la barra (/) que opone la S de SarraSine a la Z de Zambinella, es la barra de la censura, de la superficie especular, de la alucinación, el filo de la antítesis. Se podría decir que “S/Z” es el modelo del signo lingüístico y del sujeto que propone Barthes, aquí en acción en una obra literaria y en una clara topología que no agota el sentido.

La topología de S/Z no agota el sentido de una obra clásica realista. Conocemos los problemas del realismo y su afán de reflejar o representar la realidad, cuando en verdad hay otro modelo del realismo que es el modelo productivo. Y esto no es inocente: Barthes modificó la forma en que consideramos al realismo y por lo tanto la idea de cómo la política interviene o es parte de la literatura. Ya no se trata del viejo modelo en el que la obra literaria refleja la realidad y por lo tanto puede ser crítica directamente de lo que reproduce, sino de un modelo en el que se inscribe la política en la forma misma. Es un modo de percibir. El enfoque no es ya en el debate de la relación entre la literatura y la política, sino en la condición política de la literatura.

El estilo de Barthes es tan importante como sus ideas y acaso es lo que lo torna encantador. Sus mejores textos son aquellos en que se permite ensayar y abandona la lógica del artículo académico, para admitir que el mundo solo puede ser percibido a través de la conciencia plenamente subjetiva, que frecuentemente conlleva nostalgia y asombro. Su argumentación no es hermética, es abierta y permite que el aire pase: son indagaciones de un lector, no muros en contra de los ataques de otros críticos. Ahí, descubrimos una sensibilidad y sus reflejos que puntúan el discurso, destacan los detalles que importan. Barthes nos enseña cómo la teoría puede ser hermosa, poética y legible y no un bloque o bodrio impenetrable. El texto y la teoría, como los sujetos lectores que nos aproximamos a ellos, tan plurales.

“Cuanto más plural es el texto, menos está escrito antes de que yo lo lea: no le someto a una operación predicativa, consecuente con su ser, llamada lectura, y yo no es un sujeto inocente, anterior al texto, que lo use luego como un objeto por desmontar o un lugar por investir. Ese ‘yo’ que se aproxima al texto es ya una pluralidad de otros textos, de códigos infinitos, o más exactamente perdidos (cuyo origen se pierde)”. Barthes lo dice con contundencia: ninguna lectura es inocente porque está marcada por la pluralidad de todos los textos que hemos leído y por nuestra propia vida y subjetividad. Pero ahí no encuentra la literatura su límite, sino su riqueza, su forma de pensamiento.

La literatura es una forma de pensamiento. ¿Qué quiere decir esto? Me rehúso a caer en dos lecturas (que son válidas, pero no me interesan): la primera, la lectura que aplica la teoría a la literatura, en donde, por ejemplo, se leería una novela desde los aspectos feministas que subvierten los paradigmas de género digamos, desde Butler o Haraway. La literatura se vuelve una excusa u objeto al que la teoría debe rescatar de su pobreza para insertarla en un debate más amplio y de especialistas que son “los elegidos” para traducirnos las obras. Es el uso teórico de la literatura. La segunda lectura que evito es pensar la literatura desde sus mecanismos internos, por ejemplo, como una obra de teatro (tipo Brecht) que mientras se desarrolla, reflexiona sobre sus propios dispositivos de representación para denunciar que es una ilusión. Es metaliteratura autorreferencial o teoría de la literatura. No, la literatura es su propia forma de pensamiento.

La literatura es una forma de pensamiento: crea sus propios conceptos, lógicas, formas y figuras, al igual que cualquier otro discurso. La literatura está en diálogo o contradice (no está subsumida ni se lee a través del lente de) otras teorías, historia o política. Pero no se trata de una categoría limitada: está en movimiento y son operaciones y lógicas. Igual que el pensamiento que va y viene, a la deriva. Tampoco está predeterminada por autores, geografías o géneros. Por eso prefiero siempre los experimentos, ejercicios, proyectos y comienzos y aborrezco lo conclusivo.

Aborrezco lo conclusivo y siempre pienso que debo seguir el placer del texto. Como Barthes, yo también he experimentado el terror de sentir a los lectores que me habitan y se ponen a escribir conmigo. Inevitablemente, mi forma de pensar es el lenguaje y por eso la literatura hace que este mundo sea más habitable, menos hostil y más rico en significaciones. Roland Barthes murió a los 65 años de forma prematura. Después de almorzar con François Mitterrand, entonces candidato presidencial, fue atropellado por una furgoneta de una lavandería mientras cruzaba la Rue des Écoles, delante del Collège de France. Lo identificó su colega, Michel Foucault. Según una anécdota que recuerdo que me contó Luis Inclán pero que no puedo verificar, al cruzar la calle estaba leyendo un libro. Como suelo hacerlo yo misma para burla de mis amigos: camino leyendo un libro porque mi cuerpo procesa mejor lo leído en movimiento porque, como Barthes, estoy enferma y veo el lenguaje.

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