Tierra Adentro

 

“Lo mejor que tiene la historia humana
es su capacidad de sorpresa,
la presencia de lo inesperado.
A veces ocurren cosas terribles,
pero también hay latidos de esperanza,
lo que yo llamo los soles que hay en la noche escondida,
que no se ven, pero que, de golpe, iluminan los caminos”.

Eduardo Galeano

 

Son tiempos confusos para escribir. El mundo que conocemos atraviesa una crisis para la cual la mayoría de la humanidad no tiene referencias vitales ni la experiencia necesaria para hacerle frente. No se trata meramente de la crisis de salud pública originada por la pandemia del COVID-19, sino de la crisis de una civilización que hace siglos anuncia su decadencia, intensificando, en las últimas décadas, el estrépito de su caída, cada vez más audible y certera.

La incertidumbre en el día de mañana amanece en cada rostro que ha de enfrentar las condiciones más precarizadas de este estado de emergencia. Recientemente, grandes pensadoras y pensadores del norte global han publicado densos diagnósticos, en una incesante búsqueda por los análisis que nos permitan comprender a cabalidad el tiempo que vivimos. ¿Pero cómo, si estamos en vilo, podemos comprender este momento histórico que estamos compartiendo? ¿Cómo, si ese vilo, acá, se vive desde la cuerda floja latinoamericana?

En este momento en el que vivimos de manera planetaria un fenómeno histórico, no podemos perder de vista las particularidades de cada región, la historia que subyace y en la que la pandemia se encuentra. Por eso la necesidad de pensar desde América Latina, pero también la necesidad de hacerlo no desde el protagonismo de los gobiernos y del papel que han desarrollado en la emergencia, sino desde la propia vivencia de pueblos, comunidades, personas de a pie, que ahora con más intensidad sufren los estragos de un mundo anclado a fuerza al neoliberalismo y que les ha dejado a su suerte.

Durante la última década, han partido referentes invaluables para nuestras generaciones cuya voz alcanzaba a romper los muros del academicismo y la autorreferencialidad de ciertas militancias, referentes de una subjetividad política militante que se dedica a las letras, al estudio, a la pedagogía popular de lo que somos y hemos hecho a lo largo del tiempo, a la convocatoria para escuchar las voces menos favorecidas por los anales de la historia. Nos han legado hojas escritas como pájaros en vuelo por el mundo. Eduardo Galeano es uno de esos referentes. Hoy, en su aniversario luctuoso nos preguntamos qué mensaje nos estaría compartiendo, qué versos para alegrar o aclarar los días.

Extrañamos la sencillez de su palabra, la claridad de sus denuncias nacidas del amor que sentía por la América Latina profunda. ¿Con qué gestos y palabras nos recordaría el dolor de los invisibilizados? ¿Qué historias cazaría en el mar de narraciones y experiencias de esta especie de tsunami? ¿Qué nos diría de la cultura del terror y de “la condena al hambre de abrazarnos”? ¿Mantendría en medio de esta incertidumbre, la esperanza incansable que le acompañaba? “Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser –afirmaba–. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia y las putas prohibiciones”.[1]

Los análisis que se hacen desde una Europa convulsionada que, en los últimos años, padece en carne propia los estragos del neoliberalismo y los monopolios del capitalismo financiero, parecen anunciar una crisis sin precedente. Las sociedades del bienestar, que venían en un serio desmantelamiento respondido por protestas masivas contra el alza de los precios de la gasolina, contra la ampliación de los años de jubilación, contra el encarecimiento de la vida y el grosero lucro de las inmobiliarias, el incremento en las cuotas para acceder a la educación universitaria ―entre otras luchas― , tendrán que hacer frente a una crisis económica derivada de las afectaciones comerciales que han traído consigo las medidas tomadas para detener la curva de infección del COVID-19, los altos índices de mortandad y la sobresaturación del sistema médico de los Estados nación.

Por su parte, el acercamiento que desde América Latina se ha tenido sobre la crisis a la que nos estamos enfrentando, parte de un contexto agitado donde el movimiento feminista, las luchas en defensa de la vida y del territorio, la resistencia al imperialismo norteamericano sobre todo en Venezuela y en Cuba, forman parte de un escenario complejo. Los análisis sobre las consecuencias que el neoliberalismo ha traído consigo en esta región del planeta, tienen el reto ahora de sostenerse en medio de una crisis que azota particularmente desde los noventa. El costo ha sido pagado por las clases más empobrecidas del campo, de las comunidades indígenas, de las trabajadoras y trabajadores de la industria y la maquila, de las barriadas de la ciudades que se sostienen a partir de una economía informal: aquellas y aquellos para quienes el derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la seguridad, son privilegios a los que difícilmente pueden aspirar.

Son tiempos confusos para pensar, para hacer diagnósticos. Las voces sobresalientes de los cuatro puntos cardinales, de expertas, expertos, funcionarias y funcionarios, se aglutinan en el espacio público en una cacofonía que se reproduce en cientos de versiones distintas y contradictorias, generando esa incertidumbre de hondo calado que atravesamos históricamente. El desencanto de la política clasista, moderna, liberal, y ahora de mercado, atraviesa por un momento complejo en el que los Estados se han puesto en el centro de la resolución de una emergencia planetaria. En América Latina, la desconfianza popular y su reconocimiento de los regímenes corruptos se suman al reclamo legítimo de quienes no pueden parar en medio de la emergencia porque también parar pone en riesgo la continuidad de su vida. “El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo”[2], sostenía Galeano.

Las escaladas de la militarización que llama a una política de guerra por parte del Estado, como si se tratara de combatir un enemigo ―en este caso, un virus― o, por otro lado, el desdén y la minimización de la dimensión del problema, muestran, además, que la relación con eso que es fundamental en el humano: su relación con la vida, con la muerte, con eso que se ha dado en llamar “naturaleza”, aún tiene un largo camino para recorrer. Como sea, sentimos miedo, un miedo a la enfermedad, al hambre, a la guerra. Y donde el miedo se instala, manda. Pero también decía Galeano que “de nuestros miedos nacen nuestros corajes; y nuestras dudas, viven nuestras certezas”[3], el desafío es sostenernos, que el miedo no nos convierta en ellos. Vivimos en una: “crisis universal, de un sistema que está pidiendo a gritos ser cambiado para que su lugar lo ocupe otro que no esté organizado en contra de la gente… no es un mundo muy alentador en el que hemos nacido ―dice― pero hay otro mundo en la barriga de éste, esperando. Un mundo diferente y de parición difícil, no es seguro que nazca, pero está latiendo en este mundo que es”[4].

Galeano se fue creyendo en la vida y en sus múltiples formas de resistencia; sin duda, nos estaría haciendo un llamado a organizar el “contramiedo” y la “contraimpotencia”, a conocer y comprometernos con todas las formas de oposición a la barbarie en esta América Latina asolada por el neoliberalismo, ahora, en plena pandemia.

 


 

[1]Galeano, Eduardo. Entrevista disponible en: https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/galeano-esta-es-la-crisis-de-un-sistema-que-pide-a-gritos-ser-cambiado_elnZTRk3XvsCpCKVfe29L6/

[2]Galeano, Eduardo. “El miedo global”. Disponible en: http://www.concausa.com/el-miedo-global/

[3]Galeano, Eduardo. “De nuestros miedos” en El libro de los abrazos.

[4]Disponible en: https://www.youtube.com/watch?time_continue=201&v=rKc-lal1HJM&feature=emb_logo

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