Tierra Adentro

Ilustración de Richard Zela

Hay hombres que hablan solos con su sombra

Y clavan en la luna de Jacinto

Dones de clara luz, color extinto,

Mas esta nada sino espantos nombra.

“H. P. Lovecraft” (fragmento), Emiliano González

 

Lovecraft, nacido el 20 de agosto de 1890 en su casa familiar ubicada en el 454 de Angell Street (Providence, Rhode Island; Estados Unidos), pertenece a esa pequeñísima secta de escritores que todo mundo conoce sin haber leído. Probablemente has visto su rostro impreso en playeras y en cómics, o a Cthulhu, su monstruo más famoso, aparecer en programas de televisión, películas y videojuegos. Tal vez has escuchado el término “lovecraftiano” para referirse a terrores cósmicos y criaturas tentaculares. A lo mejor has leído su frase más célebre: “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido”. Y quizá sepas lo que es el Necronomicón, ese libro maldito capaz de abrir portales a otras dimensiones y volverte loco.

Antes de continuar, debo hacer una triste aclaración: el Necronomicón no existe. Por más que nos entusiasme encontrar una copia en alguna librería de viejo, todo fue producto de su imaginación. Las mil y una noches lo llevó a inventarse un personaje árabe llamado Abdul Alhazred. Lovecraft le confesó a Robert E. Howard —uno de sus mejores amigos, autor de Conan el bárbaro, cuyo suicidio en 1936 lo afectó sobremanera— que no recordaba muy bien de dónde había sacado el nombre, que tenía un vago recuerdo asociado al abogado de su familia Albert A. Baker, pero no podía acordarse si le había pedido que inventase un nombre árabe para él o si solo le había preguntado qué le parecía el nombre que él se había inventado. Para algunos, Alhazred se deriva probablemente de Hazard, apellido de una antigua familia de Rhode Island emparentada con los Phillips. Otros apuntan que se trata de un juego de palabras: “All has read” o “Has read all” (“Todo lo que ha leído” o “Ha leído todo”). Y otros sugieren que es un término yemení, que podría traducirse como “el que ve lo que no debería ser visto”. La idea de un libro maldito inexistente la tomó de El rey de amarillo (Chambers, 1895), libreto de una obra de teatro que provocaba la locura al llegar el tercer acto. El primer cuento de Lovecraft donde se menciona al Necronomicón fue “El sabueso”, escrito en 1922 y publicado hasta 1924 en Weird Tales, aunque Abdul Alhazred apareció por primera vez en “La ciudad sin nombre”, publicado en 1921.

Retomemos el adjetivo empleado para referirse a su peculiar obra. De primera instancia, lo lovecraftiano nos remite a pensar en el estilo característico del autor, que le daba prioridad al desarrollo de la atmósfera siniestra. En “Algunas notas sobre algo que no existe”, Lovecraft apunta: “La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar de los personajes y la trama”.

De segunda instancia, lo lovecraftiano podría referirse a la filosofía del autor reflejada en su obra. Lovecraft se consideraba un mecanicista materialista y, en El horror sobrenatural en la literatura (1927), señaló que: “Los auténticos cuentos macabros cuentan con algo más que un misterioso asesino, que unos huesos ensangrentados o unos espectros agitando sus cadenas según la vieja regla. Pues debe respirarse en ellos una determinada atmósfera de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá; han de estar presentes unas fuerzas desconocidas, y tiene que existir una sugerencia, manifestada con toda la seriedad y la monstruosidad que le sienten al sujeto, de ese concepto más tremendo de la mente humana: la maligna y específica suspensión o la derrota de las leyes desde siempre vigentes de la Naturaleza, que representan nuestra única salvaguardia en contra de los asaltos del caos y de los demonios del espacio insondable”.

En The Weird Tale (University of Texas Press, 1990), S. T. Joshi, tal vez el estudioso más importante de la obra de Lovecraft, recuperó una carta que este envió a la revista pulp Weird Tales en julio de 1927: “Ahora todas mis historias parten de la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones humanas carecen de validez o significancia para el vasto cosmos… Para alcanzar la verdadera esencia de la externalidad, en cuanto a tiempo, espacio y dimensión, uno debe olvidarse de temas como la vida orgánica, del bien y del mal, del amor y del odio y demás atributos de la humanidad”.

Esta “externalidad”, asociada al pesimismo cósmico y a lo que Eugene Thacker, en En el polvo de este planeta, el horror de la filosofía vol. 1 (Materia oscura Editorial, 2015), se refiere como el “mundo-sin-nosotros”, es fundamental para entender lo lovecraftiano.

En última instancia, lo lovecraftiano suele asociarse a los “Mitos de Cthulhu”, término acuñado por August Derleth para referirse a los relatos de Lovecraft donde aparece el Necronomicón y/o el panteón de deidades de su mitología; pero también a los elementos de autores que lo influenciaron y a los libros malditos y criaturas que algunos autores del Círculo de Lovecraft y posteriores incorporaron a los mitos.

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración de Richard Zela

Sus autores fantásticos favoritos eran Edgar Allan Poe, Arthur Machen, Lord Dunsany, Algernon Blackwood, Walter de la Mare y Montague Rhode James. Además, consideraba a “Los sauces” (“The Willows”) de Algernon Blackwood el mejor cuento fantástico jamás escrito. Sin embargo, sus referentes más importantes fueron Lord Dunsany, sobre todo en cuanto a la estructura y fonética de su mitología, y Arthur Machen, de quien recuperó los cultos de la antigüedad clásica, los afanes arqueológicos, las sociedades secretas y el materialismo para explicar lo sobrenatural mediante la ciencia.

Del Círculo de Lovecraft —se estima que les escribió alrededor de 100,000 cartas— sobresalen los monstruos creados por Frank Belknap Long (los perros de Tíndalos y Chaugnar Faugn), los de Clark Ashton Smith (Tsathoggua y AtlachNacha), los de August Derleth (Lloigor, Zhar, Ithaqua y Cthuga) y el de Henry Kuttner (Nyoghta).

Como un dato sumamente interesante, Lovecraft confesó que las ilustraciones de Gustave Doré para Dante, Milton y Coleridge lo motivaron a escribir cuando tenía apenas siete años.

Otra característica que suele asociarse a lo lovecraftiano, pero de forma negativa o peyorativa, es el abuso de sus adjetivos. Sin embargo, como bien apuntó Emiliano González en Almas visionarias (FCE, 1987): “Un estilo como el de Lovecraft, enclavado en un contexto materialista pero erizado de adjetivos siniestros, propicia lo fantástico más que el lenguaje coloquial de Pío Baroja, y aunque los críticos contemporáneos tachen a Lovecraft de excederse en los adjetivos (movidos por ese ánimo cientificista, racional que tiende a apagar los estallidos de pasión y a convertir a la literatura en algo insípido, solemne, catatónico), el lenguaje excéntrico, ‘sobreadjetivado’ que Lovecraft usa es el mejor, sin duda, para obtener los resultados insólitos que ese original escritor buscaba. Los críticos contemporáneos insisten en que el escritor debe evitar, lo más posible, el definir estados de ánimo por medio de adjetivos, asegurando que debemos sentir, no creernos, las cosas. Pero yo siempre me las he creído, tratándose, claro, de un escritor que sepa elaborar una atmósfera, y aunque ese escritor no sea Poe. Si un escritor es bueno, yo me creo sus adjetivos: los siento. Eliminar los adjetivos sería empobrecer a la literatura, que ama lo melancólico, lo innombrable, lo fúnebre, lo gozoso, lo cachondo, lo estremecedor”.

Por último, una característica pocas veces mencionada y analizada es su arquitectura. A pesar de no contar con una formación profesional en el tema, “Lovecraft colocó a la arquitectura en el centro de su ficción”, sobre todo el recurso de las esquinas: un “lugar de pesadillas”, como apuntó Will Wiles en “The Corner of Lovecraft and Ballard”. En “Things That Go Bump in the Night: Architecture of the Sublime in H.P. Lovecraft’s Literature”, Jess Archer señala que “Lovecraft utilizó la arquitectura colonial americana en lugar de lo gótico o lo victoriano, como lo hicieron otros escritores de terror”. Fue ahí donde encontró los símbolos y la cultura para ilustrar lo sublime. Sobre todo, recreó en sus historias la arquitectura de su natal Providence, Rhode Island, y amaba tanto a su ciudad, que en su lápida se puede leer “I am Providence” / “Yo soy Providence”. Como apuntó Michel Houellebecq en H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida (Ediciones Siruela, 2006): “Lovecraft era un arquitecto innato, y tenía muy poco de pintor; sus colores no son auténticos colores; son más bien atmósferas o, para ser preciso, iluminaciones, cuya única función es realzar las arquitecturas descritas. Siente especial predilección por los resplandores mortecinos de una luna gibosa y decreciente; pero no desdeña la explosión sangrienta y carmesí de un crepúsculo romántico ni la limpidez cristalina de un azur inaccesible”.

Como ejemplos, además de R´lyeh, la mítica ciudad sumergida, localizada en las coordenadas 47º 9´ S – 126º 43´O, de arquitectura ciclópea —construcción realizada con grandes piedras apiladas sin argamasa— y geometría no euclidiana, es decir,que no cumple con los cinco postulados de Euclides, podemos mencionar las ciudades que “emergen misteriosamente de las arenas como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura deshecha” (“La ciudad sin nombre”), las ciudades que son señaladas por una estrella polar que “parpadea espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje” (“Polaris”), las ciudades donde “ningún hombre puede matar a un gato” (“Los gatos de Ulthar”), las ciudades “cadavéricas y de pesadilla… construidas hacia incontables eones por repugnantes figuras que procedían de las estrellas sin luz” (“La llamada de Cthuhu”) o los monolitos, tallados con bajorrelieves que harían palidecer a Doré, en “llanuras surgidas del océano” (“Dagón”).

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración de Richard Zela

En 1936 le diagnosticaron, demasiado tarde para tratarlo, cáncer de intestino. Entre 1936 y 1937 combatió el cáncer desde casa, pero finalmente el 10 de marzo de 1937 fue internado en el hospital Jane Brown Memorial. Cinco días después, el 15 de marzo, Lovecraft falleció. Heredó toda su obra a Robert Hayward Barlow, miembro del “Círculo de Lovecraft” a quien visitó en varias ocasiones —y con quien se rumora sostuvo algo más que una inocente amistad—. Sin embargo, debido a su corta edad (19 años), no resistió la presión del “Círculo” y tuvo que cederle los derechos a August Derleth y Donald Wandrei, quienes en 1939 publicaron en su editorial Arkham House el primer libro de Lovecraft: una selección de sus mejores cuentos llamada The Outsider and Others. Desde entonces, se han publicado cientos de ediciones de calidad variopinta.

Si no sabes por dónde entrarle, te recomiendo empezar por sus “ocho grandes relatos” escritos a su regreso a Providence, después de su breve y tortuosa estancia en Nueva York, donde los horrores de la gran ciudad lo inspiraron para crear su propia mitología: “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “El horror de Dunwich”, “El que susurra en la oscuridad”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth”, “Los sueños de la casa de la bruja” y “En el abismo del tiempo”.

Después de leerlos entenderás, además de las razones por las que es considerado el escritor de terror más influyente del siglo XX, la sentencia del narrador de “Dagón”: Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.

Iä! Iä! Cthulhu fhtagn!

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Ilustración de Richard Zela


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Secretaría de Cultura