Tierra Adentro

Ilustración realizada por Axel Rangel

No es la primera vez que estoy aquí: ya perdí la cuenta. No es la primera, no será la última. Por eso ya conozco las reglas del lugar. A fuerza de observar a los demás. De ir a la “reunión comunitaria de la mañana”, como le llaman, que especifica las reglas de cómo debemos comportarnos. De cometer errores tácitos. He caído en cuenta de las leyes escritas y no escritas. Algunas por no respetarlas, otras explícitas que me vi forzada a seguir y otras que, para conocerlas, requirieron cierto grado de voluntad de búsqueda.

Aquí no se pueden usar zapatos. Me dirían que me equivoco, que en realidad sí se puede, siempre y cuando no tengan agujetas ni suelas duras. Pero en todo este tiempo, en los meses que he pasado aquí, no he visto más que a una paciente, la bibliotecaria, usar sandalias de plástico. Acabamos todos, entonces, por usar los calcetines antiderrapantes, con puntos en la suela, algunos de ellos color beige, otros rojo intenso, que nos dieron al entrar a la unidad.

Todas las mañanas hay que levantarse a las siete de la mañana. Me levantan si no lo hago. A esa hora me toman la presión y el pulso con una máquina móvil de largo y delgado cuello de metal y pequeñas ruedas que llega al cuarto con su rechinido característico y su maraña de cables que la enfermera deshace. De la máquina cuelgan bandas de dos tamaños que se ajustan en el brazo para tomar la presión. Siempre me ponen la chica. Se infla como una llanta y una vez aprieta, comienza a desinflarse, a la vez que se escucha un pitido, a veces más rápido, a veces más lento. Acaba por desinflarse completamente y la enfermera anota los números en la hoja que sostiene su tabla de madera. Me tiene que preguntar por protocolo: ¿Te duele algo? Y si respondo que sí, que me duele la cabeza. Su siguiente pregunta es: Del uno al diez, ¿cuánto te duele? Y anota los números que cuantifican el dolor en la misma hoja, sin proponer una solución ni decir nada más. La máquina rechina y escucho cómo le toman la presión a mi compañera de cuarto y le hacen exactamente la misma pregunta.

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Mi compañera de cuarto es paranoica, tiene delirios de persecución y de que todos los hombres y algunas mujeres la quieren usar como objeto sexual. Al principio, su historia y secuencia narrativa era lógica, aunque inconexa. Pero luego los temas se volvieron obsesivos y sus relatos perdieron la línea causal para volverse fragmentos de sucesos ligados a palabras aisladas que repite una y otra vez.

Tiene un doble en las antípodas, interpreto de lo que me dice. “En el otro lado”, según me cuenta, está ella. Una mujer designada por la policía secreta que remeda cada uno de sus ademanes, gestos, movimientos en el momento mismo en que los efectúa. Su convicción comenzó de manera esporádica pero se fue afirmando cada vez más, hasta convertirse en una verdadera obsesión. La duda se volvió certeza y la certeza, de intermitente que era, se hizo continua. En cada uno de los instantes de la vigilia la habitaba la conciencia de que el acto que se encontraba realizando (bañarse, por ejemplo) o que pensaba realizar, era o sería ejecutado en forma simultánea por la otra, con una finalidad que ella, mi compañera, desconocía, pero de la que por supuesto daba por contado que era de esencia maléfica. La impresión se presentaba a su mente, quería burlarla, trataba de imaginar estrategias, simulaba sus movimientos. Engañar a la Otra. Lo que yo veo son sus muecas y gestos extraños. A los que suelo responder afirmativamente. Escucho su historia, acepto su sistema de comunicación único. A veces, le sirvo y le traigo agua en uno de los vasitos que usamos, de unicel blanco.

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El cuarto tiene la forma de un cuadrado al fondo y un pasillo amplio hacia adelante. Mi cama está en el cuadrado del fondo y el de ella en la parte más cercana a la puerta. Como todo aquí, ambas camas están colocadas tácticamente en las orillas y no las podemos mover, de modo que al abrir la puerta nos pueden ver a las dos y anotar en su tabla lo que estamos haciendo.

En frente de mi cama hay una serie de repisas de madera en las que puedo colocar, a la intemperie, algunas cosas. No tengo más que los objetos que me dieron al llegar a la unidad: un vaso de plástico amarillo pálido en donde ponen, dentro, una pasta de dientes pequeña, un shampoo que sirve también de jabón, un cepillo de dientes del mismo color amarillo, inservible de tan suave y pequeño, y una toalla pequeña, que apenas cubre mi brazo. En eso consisten todas las necesidades posibles. Guardo los pocos libros que me han traído y, durante el día, dejo este cuaderno en las repisas, esperando que la noche me conceda la tranquilidad y lucidez que siempre me ha dado. Entre las repisas hay, también, un ganchito inútil que uso para colgar mi toalla mojada luego de bañarme. Es inútil porque cualquier cosa que se cuelgue allí se cae fácilmente. En la oración pasada está la clave de por qué el ganchito no es más útil.

Me sorprende recordar con tanto detalle todo esto. Quizás mi recuerdo distorsiona casi todo. Al menos las dimensiones, sí.

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Escribo en este cuaderno de atrás para adelante. Porque el tiempo se traza sólo en retrospectiva. Elegir las causas que me determinan y no que las causas me determinen. Así la escritura también. Ver que el final de un texto es el inicio de la creación del texto que lo trazó. Sólo se escribe hacia atrás. Sólo puedo (soy capaz de) escribir lo que me trajo hasta aquí.

 

La respuesta es la precondición de una pregunta y no viceversa.

 

Intento encontrar las razones. Un clavado en mi cuerpo, busco comprender desde adentro qué es lo que me sucede. Me veo: una niña camina en un laberinto. Se golpea la cabeza repetidamente contra las paredes de ladrillo rojo. De a poco, los muros se van desgajando y el laberinto se llena de arena y sangre de los golpes. La niña da vueltas dentro de la estructura. Ya no le quedan lágrimas, se las exprimieron todas. A veces, se traga sus lágrimas: gotas ácidas de limón. Parece que, de tanto golpearse contra los muros, se va calmando. Un letargo desciende lentamente sobre ella, la hipnotiza. Intenta abrir la boca para gritar. Pero es muda. Se sienta en el piso, en la esquina, donde las paredes se colocan en un ángulo de noventa grados. La pared la abraza y la contiene. Su respiración se calma.

 

En hebreo, en árabe y probablemente en otras lenguas que desconozco se escribe de derecha a izquierda. Los libros comienzan al revés de lo que acostumbramos en el occidente. Una manera de mantener una concepción distinta del paso del tiempo, que fluye de otra manera. Cuando pienso en la sucesión temporal, trazo una línea que va de izquierda a derecha, una flecha. El pasado estaría en la izquierda, el presente en medio y el futuro en la parte derecha. Es el tiempo vectorizado y trazado en una dimensión. En otras lenguas, esa flecha se traza al revés. O de arriba hacia abajo. Y, en otras, se traza en un solo golpe, quizás un círculo de simultaneidad. La causalidad física y la causalidad temporal se han imaginado de izquierda a derecha, pero nunca imaginamos su revés que no viene de la matemática sino del lenguaje mismo, el esquema mental y de lectura que aprendemos con la escritura. El lenguaje es sucesivo pero puede ir en cualquier dirección. El tiempo, también.

 

Recuerdo pocas cosas con más lucidez que esos instantes antes de que me inyectaran el tranquilizante. Lo que pasó antes, lo puedo reconstruir a través del relato de mi mejor amiga, que me ha contado su versión. Tengo un hueco en el registro de esta experiencia que logró, como una aspiradora, succionar mis vivencias. O acaso bloquearlas por completo.

Me veo, acostada. Parezco estar aterrada. No es miedo, es terror y desesperación la mueca que se adivina en mi cara. Siento todos y cada uno de los movimientos de sus patas y antenas, sobre mi piel, amplificados. Insectos en todo mi cuerpo, caminando rápidamente sin dejar de apoyar sus extremidades sobre mi epidermis. La desesperación, el deseo de que me las quiten de encima, los gritos. Me golpeo repetidamente la cabeza contra la pared, contra la cama, contra los tubos. Golpeo con mis puños lo que encuentre hasta sangrar. Cada vez más, las patas de los insectos se hunden en mi piel, llegándose a fundir conmigo.

Llega una enfermera, me sostienen los brazos para que no me mueva y así, sin más, siento una aguja que penetra en mi cuerpo, un insecto más fundiéndose conmigo.

Los insectos siguen en su trabajo obstinado de hacer un nido en mi piel. Pero lentamente me voy calmando y mis ojos se entrecierran, por más que intente mantenerlos abiertos, seguir consciente para evitar la invasión.

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La institución psiquiátrica en este país decidió deshacerse de cualquier alusión a la psiquiatría o a los asilos para enfermos mentales para especificar su supuesta nueva función. Ahora se llama “Unidad de Salud Conductual”, Behavioral Health Unit. Eliminaron cualquier eco que nos recordara a la psique o a los antiguos manicomios o asilos. En el nuevo nombre, está la clave en la que se cifra la institución: problemas de conducta. Conducta que puede ser disciplinada y modificada. Conducir hacia otro lado, de manera voluntaria y a fuerza, la salud.

El modelo se basa en la biologización de la conducta. Dentro de este modelo, no hay causalidad psíquica. Para ellos, yo estoy aquí porque tengo un desbalance químico, y quizás porque mis neuronas producen demasiada dopamina. Les importa poco menos que nada mi cultura, que sea una mujer joven, que viva a miles de kilómetros de mi familia, que esté obsesionada con escribir, que para mí todo empezó el día en que vi cómo se filtraban los rayos de luz mientras estaba nadando y pude respirar bajo el agua. Nadie me pregunta lo que yo pienso que me sucede. No hay ningún componente subjetivo dentro de este modelo y todo se rige por la exigencia y yugo de la medida. Evaluar, diagnosticar y tratar los síntomas para reajustarnos a todos, para arreglar las tuercas que no están bien engrasadas y así poder volver a la sociedad de consumo y a la serena normalidad.

Condicionamiento operante: repetir las formas de conducta que han traído consecuencias benéficas o placenteras. Se trata de reglar y condicionar la manera en que operan las respuestas a razón de las consecuencias que han traído en el pasado. Operar para conducir una condición.

Esta es la manera en que se ha construido una visión mecanicista de la enfermedad psiquiátrica en donde el único problema es que alguien ha respondido a estímulos que le han traído consecuencias negativas en el pasado y no puede dejar de repetir ese comportamiento, pese a todo, pese a su propia voluntad.

Contra esto: desquiciarse. Sacar de quicio a la unidad de salud conductual. Proponer que la unidad no es sino una instancia imaginaria y por lo tanto susceptible a ser agrietada una vez que se descubre como una ilusión, un reflejo, un espejo. Proponer que la salud, en su inicio, “salvación”, implica que hay una instancia capaz de resguardar la integridad de la vida después de la vida. Implica que hay un salvador y un salvado. Implica una teología y una teleología de lo “sano y salvo”. Implica que estamos indefensos ante lo que nos pueda quebrar, ante las grietas inevitables de la unidad, del yo y su corporación. Denunciar esta concepción de ser y estar indefenso, víctima de las circunstancias. Denunciar la incoherencia del salvador siempre por venir. Denunciar el concepto mismo de salvación, constructo de la civilización y el occidente que se viven “a salvo” de la barbarie, resguardados al interior los muros de su imperio. Contra esto: el caballo de Troya, los ataques guerrilleros persistentes de Atila el huno, la proliferación de los virus mórbidos. Dejar de guiarse por el camino de la conducta. Despojarse de la guía que ha impuesto que se maneje sólo de un lado de la carretera. Desenterrar las tuberías que se llevan los detritos y deshechos. Definir los nuevos caminos, internos, sin dirección.

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Tomar la medicina: un compromiso sistemático del cuerpo y la voluntad.

El laberinto es una combinación de imposibles que no permiten ninguna salida y de bifurcaciones donde el sujeto debe elegir constantemente su camino entre las muchas opciones que se le presentan. Son, primero, vías que no permiten elección (hay un muro al final). Segundo, encrucijadas que aseguran libertad. El obstáculo surgirá al tomar una elección y no porque haya un destino implícito y necesario.

Es el problema de la propia legibilidad.

 

Vivo medicada (involuntaria y voluntariamente) desde los quince años.

Hay un punto en el que me rindo y abro la boca para tragarme una vez más una cápsula con químicos que se supone que pasan la barrera hematoencefálica, la que protege al cerebro de la mayoría de las moléculas que están en la sangre, para llegar a actuar sobre la estructura de absorción o disparos de los elusivos neurotransmisores. Estos medicamentos, que han en su mayoría descubierto de forma involuntaria, mientras buscaban la cura de algo más, son los residuos y excedentes que han venido a tratar los síntomas de las enfermedades psiquiátricas. En realidad, la mayoría de los doctores y manuales no se pueden explicar cómo funcionan exactamente ni en qué consiste su efectividad. Lo cierto es que la decisión de tomar una medicina implica aceptar también la apuesta del diablo porque es casi seguro que tendrá efectos secundarios desagradables. Tener que levantarte para ir al baño dos o tres veces por la noche. El temblor en las manos. Náuseas, y mareo. Subir de peso a pesar de no comer nada. Constantes alteraciones en el ciclo hormonal. Irritación estomacal. La necesidad de hacerse exámenes sanguíneos cada mes para evitar que llegue a un nivel tóxico la sustancia. El ajuste constante de dosis. Pánico si acaso te sale un salpullido en la piel, porque puede ser el inicio de una necrólisis epidérmica tóxica inducida por la medicina.

Pero lo más grave, lo más difícil de aceptar, es lo que no está marcado en las etiquetas de las medicinas psiquiátricas. La imposibilidad que tendrás de sentir placer como antes. Que no podrás tener orgasmos de la misma manera o te puedes olvidar de ellos para siempre. La duda metódica que te asediará para siempre, la pregunta de si podrás realmente sentir energía y la pulsión de vida algún día, mientras tomas una medicina que te mantiene en un estado que no se puede describir más que como una experiencia sorda de la vida. Aceptar la medianía de las cosas y de las emociones. Cuestionar si lo que sientes es lo que realmente sientes o lo que la pastilla hace que sientas y si todo lo que viviste antes fue real o producto de tu delirio. Todo por evitar el posible riesgo de una recaída.

Una vez llegan los efectos secundarios o la medicina no tiene efecto, surge un problema adicional. El psiquiatra probablemente querrá aliviar los síntomas que provoca la medicina recetándote otra medicina y quizás otra más para que la combinación sea ideal. Casi nunca se trata de una sola medicina, siempre se multiplican, paradójicamente, a medida que me voy sintiendo más estable. Siempre hay algo nuevo que probar o una dosis diferente de otro tipo de medicina, posiblemente la más cara, la que tiene la patente vigente, la que le anunciaron al psiquiatra en la convención a la que fue o sobre la que leyó en los estudios. Los pacientes acaban por ser conejillos de indias, ratas encerradas en laberintos, animales para probar la efectividad de sustancias cuyo mecanismo se desconoce.

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Uno de los casos más raros es el de Amy. Una chica asiática, joven. No tengo la más remota idea de qué es lo que le sucede, pero tampoco debemos preguntar. Intento descifrar el código en el que está insertada. La veo como un fantasma que camina de lado a lado del pasillo del fondo, frente al comedor. Camina con la mirada completamente perdida, no ve a nadie a los ojos. No reacciona ante nada, no la he oído hablar. Tampoco he visto que nadie la visite jamás.

Un día, la escucho finalmente hablar. Dice algunas palabras a la hora de la comida. Pide un postre extra, pero no toca su comida, que dejó tirada, luego de hacer un batidillo.

“No, Amy, no te podemos dar otro postre si no has comido nada”.

Deambula como un fantasma. En su ropa azul de papel, la que nos dan al entrar al hospital, en la sala de urgencias. De un lado al otro del pasillo, camina arrastrando los pies, lentamente. La boca entreabierta. Algo encorvada. Así la veo.

Para pasar el tiempo, la dibujo en mi cuaderno. Al dibujo le pongo el siguiente título: “El fantasma de Amy”

Me imagino que cada paso la hace olvidarse de su envoltura mortal. Quizás se ve a sí misma infinitamente pequeña, paseando por las cavernas interiores, en busca de su voz de la que quedó el eco y que rebota una y otra vez en las paredes. Por más que nada y explora, horas y horas, no logra encontrar de dónde sale ese eco. El mundo exterior deja de existir para ella mientras persigue esa reminiscencia, pese a que nunca logra reducir la distancia, escribo. Su “yo” es un espejo hecho pedazos, un espejismo sin bordes, y la conciencia una neblina vaga, incoherente, las emociones y miradas ajenas unas convulsiones imperceptibles y sin motivo.

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Hay una palabra en inglés que describe muy bien lo que hacemos frecuentemente en el pasillo: pacing. Pacing through the hallways. Back and forth. De un lado a otro. Como espectros. O, como diría mi abuela: como leones enjaulados. Que es lo que somos. Tengo contados los pasos que me tomaba ir de un lado del pasillo al otro y luego dar la vuelta, cruzar frente al comedor y caminar esa otra mitad del otro pasillo, en la que te topas, de pronto, en una puerta disfrazada de pared. En esa esquina, las primeras veces que estuve aquí, había una bicicleta fija. Intenté usarla en algún momento pero era tan ruidosa que dejaba de pedalear muy rápido. Había quienes duraban algunos minutos allí. ¿Puedes imaginar lo que es no poder caminar más que de un lado a otro en el pasillo, como un zombie, un espectro, arrastrando los pies que cubres con calcetines gruesos con puntos antiderrapantes en la suela?

Cuando camino por el pasillo, mi juego consiste en evitar las manchas desagradables que frecuentemente hay en el piso: muchas de ellas se han ya adherido permanentemente a los mosaicos.

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Ser una espía.

Ver secretamente. Ser testigo de las historias ajenas y cómo convergen en este espacio.

Una agente secreta que observa y obtiene información, táctica, sobre el enemigo. Emboscar.

Ser mi propia espía, en este cuaderno. Tengo la certeza de que mi escritura me permite verme historiada como ajena, que me despoja de la piel pálida que me cubre. Me escribo para espiarme, como táctica para vencer la narración que he hecho todo este tiempo de mi experiencia y existir.

Espiar a los otros pacientes. Apropiarse de historias ajenas para escribirlas. Apropiarse de historias ajenas por entretenimiento. Apropiarse de historias ajenas para contar la propia, construida de retazos de los otros. Apropiarse de historias ajenas para dimensionar el tamaño de la traición.

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Para poder aspirar a un puesto de profesor universitario, muchos académicos necesitan “habilitarse”, escribir una segunda tesis y defenderla frente a un comité, para validar que pueden enseñar y son legibles frente a la academia. De la misma manera se tuvo que “habilitar” Aby Warburg para salir del hospital de Bellevue en Suiza, en 1923, para lo que escribió El ritual de la serpiente, que presentó en forma de una serie de conferencias para “comprobar su cordura”. Así también escribió Daniel Paul Schreber sus Memorias, con el objetivo de sustentar su petición de que lo dieran de alta y prepararse par regresar a su vida familiar y social, explicando por lo que pasó y lo que escuchaba en sus delirios. Así, busco “habilitarme” (y no rehabilitarme) para salir de aquí, demostrar mi cordura mediante la literatura: una narración que me habilite, aunque no me cure.

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En cuanto al cerebro, la asimilación con la máquina es cada vez más extrema

Los cognitivistas de este hospital viven en un mundo creado a su manera, hecho de cerebros desconectados del mundo y de máquinas enchufadas a una sola corriente eléctrica, que es su versión de lo que alimenta al ser humano.

La estandarización y transformación de categorías cualitativas en escalas cuantitativas buscan eliminar tanto la subjetividad del psiquiatra como la del paciente. El sistema conductual estipula cómo debe y cómo no debe un sujeto entender la realidad. Solo se le puede “dar de alta” siempre y cuando siga las recomendaciones del experto, solo a condición de seguir ciertos procedimientos y entrar dentro de categorías predeterminadas.

Convertirse en una unidad contable y comparable. Ser traducible de forma efectiva. Para saber si la inversión económica se paga a sí misma en la medida en que bloquea el acceso al beneficio de la incapacidad. Regresar a la felicidad productiva.

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Prefiero la habilitación a la antiética de la adaptación.

Adaptarse a la fantasía. Que el sujeto pueda estar insatisfecho o disgustado y ser improductivo es impensable o es algo sobre lo cual debe reflexionar para ser reparado. Adaptación para reclutar a cada individuo y a su feliz labor al interior de la panacea relativa al orden y al progreso.

El sujeto no es singular, tiene que adecuarse al señuelo de la “objetividad” y la “evidencia”. Encasillarse dentro de los estándares objetivos. ¿Cómo resistir las maniobras del costo-efectividad y la eficacia basada en la evidencia y en la investigación, como medida del trabajo terapéutico?

Me veo, de nuevo, en ese encierro y vislumbro un quiebre mínimo: puedo tomar una posición diferente, armar mi mundo, crear el ritual de la serpiente. Y siempre esta pluma y este cuaderno que me acompañan serán revolucionarios, aunque sea en retrospectiva, para realizar en la página todo lo que no me permito, lo que no debo pensar, lo que no puedo expresar. Para contarme otra vez. Para dejar de contar en sus números y estadísticas. Para escapar del encierro. Para no conformarme con ser una máquina. Para contar las historias del interior de esta casa de ficciones. Para encontrar maneras de que la improductividad sea aquel gasto inútil que resplandece y brilla por su inercia, sin moverse.

No es la primera vez que estoy aquí: ya perdí la cuenta. No será la primera, no será la última.

Secretaría de Cultura