Tierra Adentro

Decidí torturar un pájaro
morder el azúcar de sus confines

Conoció a Vint Hoe en una fiesta. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta. Nadie lo llamaba por su nombre porque entre la multitud de estudiantes morenos él era el único de ojos azules. Le decían Blanco. Estaba sentado en un futón junto a una lámpara y la gruesa argolla en su oreja izquierda parecía un brasero desde su lugar.
Vint ebrio, mirándola, parecía caído en una edad amarga, indefinido ahí sin envejecer ni transitar nunca.
La intimidó el color tierno de sus ojos. Esa noche vestía una falda verde y acababa de pintar su cabello de un negro intenso.
Faltaba poco para que amaneciera cuando Blanco fue hacia ella y pasó la barbilla por su nuca, tomó su mano y la metió debajo de su playera sin mangas: los vellos de sus axilas parecían agujas doradas pero ella era suave como el vientre de un pájaro.

Ahora estás desnuda
y una gota de mi sudor en tu lóbulo
se enfría como una piedra en la sombra

Abrieron la puerta del cuarto como dos ciegos, un muchacho dormía en el piso y Blanco lo sacó a patadas, luego la tendió en la cama hasta que horas después alguien llamó a la puerta avisando que la dueña de la casa había vuelto y que estaban ocupando su cuarto. Forzaron la puerta y lograron abrirla cuando se estaban vistiendo. Con la luz que entró por la puerta ella vio sobre toda la colcha blanca la estela gris que había dejado su tinte.
Compartieron un cigarro en la banqueta. Blanco le mordió la oreja y dijo algo en una lengua extraña para ella.
Le besó las manos muchas veces antes de irse.

Esperarías por mí sobre la tierra
viendo aureolas rotundas
intuyendo siempre la boca de este muerto

Louis Hoe recibió la llamada de su hermano dentro de un museo. Se sentó porque Vint se lo pedía. No habló más de cuatro palabras durante la larga llamada y colgó.
Un guía pasaba con un grupo de gente a sus espaldas.
—Llévense una idea bella, señores. El pensamiento bello existe.
La luz le daba directo en la calva.

Decidí gritar en los huesos de los pájaros

Vint Hoe conoció a Alana dos meses después de que supiera que iba a morir. Sabía que él era breve y estaba minado. Aun así, la noche en que la vio decidió madurar en ella su virus mutable y su misma penitencia. Pudo haber sido una muchacha como esa, de falda verde y cabello negro la que lo había contagiado.
Al despedirse le besó las manos como se las besaban a los muertos de su ciudad natal. Le mordió la oreja mientras le decía en su lengua madre unos versos que no podía olvidar: Ahora somos heridas que yacen paralelas en la misma carne.[1]

Tenía que extirpar con violencia mi miedo a la muerte

Louis había llegado de su país para estar con su hermano mayor en sus últimos días. Vint ya colgaba de sus huesos al caminar y había empezado a inhalar cocaína. Pasaban sus días en un departamento con vista a un parque que llenaba la calle de neblina. Louis escuchaba a Vint cincelar un nuevo mundo en sus delirios mientras él era maldecido por vómitos y bacinicas llenas. El alivio llegaba por las noches, cuando salía a beber una cerveza a un bar cerca del departamento en el que dormía su hermano.
Fue en ese bar en el que una noche se vio ebrio besando a una muchacha. Bajo su mano tenía pelo de animal encendido. Anduvieron con prisa hasta el cuarto de Louis. Él encendió una lámpara con luz tenue y ella le acarició con ambas manos la cara. La besó para salvarse. Los días pasados y el olor a mierda desaparecían mientras ambos respiraban duramente. Esa noche se despertó para mirarla, le pareció que ella dormía desnuda pero incorrupta, como si hubiera muerto acabando de nacer.

Vint Hoe se fue mientras su hermano temblaba en Alana y empezaba el corto camino hacia su muerte.
Cuando ella despertó se encontró sola y salió del cuarto para buscar a Louis, que estaba en la habitación vecina sentado junto a un bulto blanco. Sin entender, Alana caminó hasta el borde de la cama y vio apenas una parte de la frente de Vint. Todo lo demás lo cubría una sábana pero reconoció en él la textura acartonada de los muertos. Estiró la mano para levantar la sábana y ver el rostro del muerto, Louis la detuvo. Segura de lo que había delante de ella estuvo a punto de gritar, pero él le tapó la boca y la abrazó hasta que ambos se desplomaron. Alana no logró ver el rostro del muchacho que la había sentenciado a muerte, de haberlo visto hubiera intentado imaginar por primera vez el color de sus huesos, porque joven y fuerte, estaba segura de que tendría una vida larga.
Fue a sentarse a la sala mientras Louis llamaba por teléfono. Estaba desnuda, no lo recordaba, tenía también la sensación de hondura y le faltaba aire para llevar sangre a todos sus rincones.

Permaneció sentada en el sillón.
Tras ella, en un marco de bambú, un niño de ojos azules sonreía. En otro marco dos niños abrazaban a una mujer rubia con cazadora de piel y en el último cuadro, a poco menos de un metro de la cabeza de Alana, dentro de un marco plateado, Vint y Louis vestidos de traje tocaban la guitarra, en la sonrisa de ambos se podían contar los dientes, en los ojos de ambos el brillo rojo de un estrobo.
Alana se giró para mirar.

[1] 1. El verso es de Anne Carson y aparece en el libro Autobiografía de rojo, traducido por Tedi López Mills.


Autores
(Oaxaca, 1993) ha colaborado en revistas como Crítica y Círculo de poesía. Sus textos aparecen en varias antologías, entre ellas Poetas parricidas y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México. Es autora del libro Anamnesis.
Secretaría de Cultura