Tierra Adentro

Ilustración de Vero Anaya (Oaxaca, 1989).

I

Escribí esa historia para que fuera leída en el año 120. Por azares que no enunciaré ahora, fue leída más bien en el 180. Tampoco está mal. Es un libro que me parece divertidísimo. Un viaje a la luna con una serie de complicaciones ridículas. Con personajes lunares inverosímiles y saltos que hacen volar por el cosmos.

 

II

No la iba a publicar ahora. Los viajes a la luna ya pasaron de moda, por decir poco. Pertenecen a otra etapa de las fantasías humanas. En 1900 hubiera estado en la vanguardia de las imaginaciones futuristas. En el mismo lugar que Méliès. Pude incluso habérselo leído a él, es un gran amigo del Doc. Dos excéntricos de los efectos especiales.

Los cincuentas, con todas las proyecciones de la colonización espacial volviéndose, aparentemente, realidad, era otra opción. Pero necesitaba más que eso. Entonces se me ocurrió que sería mejor un pasado en el que esa clase de cosas no estuvieran ni en la imaginación.
Pensé primero en la Grecia clásica, pero el tono burlón con el que me dirigía a los dioses podría ser problemático para la digestión de la obra. Corría el peligro de perderse. De romanos ni hablar: por experiencia sé que carecen de sentido del humor. Me pareció natural pensar en el periodo helenístico. Ya he estado ahí varias veces. Siempre dejo el DeLorean atrás del Serapeum.

 

III

Así fue: la leí en el año 120.    

 

IV

Mi personaje viaja con una cohorte de aventureros hacia el poniente. Los esperan los pilares de Hércules que les abren la puerta a ríos de vino y mujeres hermosas con patas de viñedos. Un salto a la luna que ni Calvino hubiera imaginado: por escalera, una ola. Guerra de los mundos entre el sol y la luna. Presos interestelares. Digno todo, de una película hollywoodense de serie B.

 

V

En el año 120, un grupo de gente andrajosa se paró a escucharme predicar, cual loco, mi historia. Vestía una túnica gris, sucia, un bastón de palo viejo y, lo más impresionante para los escuchas, mi gorra roja de siempre. Me pareció apropiado conservarla. Así tenía que ser para leer una locura tal. Un viaje a la luna empujado por una torrencial ola. Declamaba, eso sí, con la maestría de un Cicerón antiguo o un guía de turistas moderno. El puñado de escuchas me interrumpía una y otra vez con vociferaciones y alguno incluso me aventó una varita. Creo que, considerando las costumbres bárbaras de la época, me fue bastante bien.     

 

VI

Me sorprendió un poco encontrarla en la Wikipedia. Dice que es «una novela paródica de los relatos de viajes». Extraño. Nunca lo pensé así. Tampoco leí el otro libro que ahí mencionan, el que afirman que parodio. Pero hay algo más raro, un par de detalles que no recuerdo. En la luna los hombres dan a luz en vez de las mujeres. Es una idea que cambia todo el curso de una civilización. Está muy bien, sí, pero yo no lo pensé.

 

VII

Finalmente conseguí un ejemplar de la historia. Editorial Penguin, a dos columnas, año del caldo. No está tan mal. El estudio introductorio es aceptable. Y sí, aquí hay más de una cosa que no dije. Ya lo cotejé dos veces con el manuscrito que llevé a la lectura del año 120. También lo cotejé tres veces con el archivo de Word y nada. Eso yo no lo dije. Por otro lado, me gustaría haberlo hecho.

 

VIII

Poco a poco, en esta semana de indagaciones, los he ido agregando a mis diversos borradores. También al manuscrito. Creo que ya todo es mío.


Autores
(Ciudad de México, 1988) estudio Letras Clásicas en la UNAM. Actualmente es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas.
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