Tierra Adentro

Detalle e intervención de una fotografía tomada por Jonathan Saldaña.

El camino más claro para entender la novelística de Fernando del Paso es el del escritor que ama el lenguaje a través de la mirada del historiador, del estudiante que abandona las ciencias médicas para dedicarse a narrar con ojo crítico el pasado y la actualidad de la sociedad que habita. En este ensayo, Antonio Ortuño aborda la obra de Del Paso, particularmente, Noticias del Imperio, a partir de una pregunta apenas insinuada: ¿por qué contar a través de historias en vez de narrar la historia?

Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando os hablemos de caballos, pensad que los veis hollando con sus soberbios cascos la blandura del suelo: porque son vuestras imaginaciones las que deben hoy vestir a los reyes, transportarlos de aquí para allá, cabalgar sobre las épocas, amontonar en una hora los acontecimientos de numerosos años, por lo cual os ruego me aceptéis como reemplazante de esta historia, a mí, el coro, que vengo aquí, a manera de prólogo, a solicitar vuestra amable paciencia y a pediros que escuchéis y juzguéis suave e indulgentemente nuestro drama.

Prólogo de Enrique V, William Shakespeare

 

¿Por qué la Historia en mayúscula en vez de la mera ficción? ¿Cuándo fue que la narrativa adquirió esa desmesura, que aspira a recontar en vez de las bonanzas y desventuras de unos pocos bichos imaginarios los hechos de las naciones y los personajes reales que las ensillan y montan? En realidad la tuvo desde el principio. Heródoto, Plutarco, Jenofonte, Tito Livio, Suetonio, Tá­cito, fueron casi más narradores que historiadores, aunque sus es­critos sirvieran para construir lo que la Academia asumiría como verdad durante centurias. Recolectores de chismes y leyendas, especuladores cuando no redomados mentirosos. Pero por ellos (y otros sin su prosa espléndida pero con sus mismas mañas) es que sabemos algo, lo que sea, de Grecia y Roma.

También la Historia en mayúscula está en Bernal Díaz del Cas­tillo y en las Cartas de Relación del propio Cortés, así como en las páginas inagotables del padre Las Casas. Ya dijo Fuentes, y en eso conviene hacerle caso, que América nació como novela de caba­llería y crónica, con algo de ficción entremezclada.

Shakespeare narró a los reyes de Inglaterra. Quizá el ciclo que inicia con Ricardo II y culmina (tras tres Enriques en seis partes de por medio) con Ricardo III, sea el arquetipo de la afortunada suma de las necesidades de la Historia con los recursos de las letras. Nadie, además, ha podido rebajar las obras de su ciclo a la categoría de novelas históricas porque los suyos son textos desti­nados a las tablas: puro diálogo y poesía, puras espadas de cartón cuyo filo, sin embargo, degüella.

Es el siglo XIX el que define las demarcaciones tradicionales de la narrativa, y durante él, son principalísimos los motivos relacio­nados con la Historia. Porque La cartuja de Parma, Los miserables o Guerra y Paz, por elevarnos a las alturas de Stendhal, Hugo y el conde Tolstoi, dan verosimilitud a su ficción gracias a la inclusión y uso de la dichosa Historia. Las guerras napoleónicas o el epi­sodio de la Rebelión de junio en París encuentran en esas obras una interpretación quizá definitiva, en el sentido en el que millo­nes de personas han recurrido y recurren a ellas para entender esos pasajes del pasado europeo. Balzac o Zolá (y hasta Flaubert, con su Salambó) escudriñarían esos mismos senderos, lo mismo que autores de menos reputación en estos días pero aún popu­lares, como Dumas, Walter Scott o Dickens, quienes recurrieron a personajes y situaciones tomados de la tradición histórica para apuntalar sus narraciones.

La Historia está en las tripas mismas de la novela y no es absur­do postular que una serie de tradiciones literarias desembocan en ese océano y puede hablarse de “narrativa histórica” en un espacio libre de esos best-sellers contemporáneos que explotan los coar­tadas históricas sin ninguna densidad literaria. Hay vida, pues, antes y después de los Pérez-Reverte del mundo.

II

La narrativa mexicana ha mantenido un ojo puesto en la Histo­ria. Dejemos de lado al siglo XIX y sus próceres (la huella de Alta­mirano o Riva Palacio en la narrativa mexicana contemporánea es tenue o nula). El siglo xx mexicano arranca con un ejemplo paradójico. La novela de la Revolución, realista y épica (y satírica, también), su existencia misma como reacción ante lo que sucedía en el país en el segundo decenio del siglo xx, suele ser relaciona­da con la narrativa histórica, pero su coexistencia temporal con los hechos que aborda convierte esa posible adscripción en una trampa. Porque aquello, sí, se volvió Historia pero no era consi­derada de ese modo mientras sucedía: aquello era sencillamente la vida pública. El tiempo realzó con estatura de Historia lo que narraron Martín Luis Guzmán, José Rubén Romero o Mariano Azuela, pero hay allí un juego de espejos que distorsiona las in­tenciones y alcances de sus textos.

Eso sí: las sátiras de Jorge Ibargüengoitia, que nacieron con Los relámpagos de agosto, obra que enterró a la novela revolu­cionaria tal como el Quijote sepultó a las novelas de caballería, son construcciones que deliberadamente juegan con la Historia. No sólo con los hechos y personajes, sino con el rastro que esos acontecimientos y figurones han dejado en la vida, en el lengua­je y la cultura.

La estela de Ibargüengotia fue seguida, al abordar el periodo de la presidencia de Santa Anna, por narradores como Enrique Ser­na (El seductor de la patria) o Rosa Beltrán (La corte de los ilusos). Otros prefirieron acercamientos más relacionados con la biogra­fía novelada (Palou, Villalpando, Aguirre) o con la militancia y la relectura política del pasado (Taibo, Montemayor).

En otro sentido, la monumental Crónica de la intervención, de Juan García Ponce, es uno de los acercamientos más vitales al 68 mexicano, del que el autor fue testigo, sí, pero cuya recuperación emprendió, pasados los años, desde el lenguaje y la microhisto­ria personal.

El título de ese libro monumental juega, engañosamente, con el periodo de la intervención francesa. Pero no sería García Pon­che el encargado de asomarse a ese jugoso episodio. Un estricto contemporáneo suyo, de muy diferentes talentos, llevó a cabo la tarea. Hablo, por supuesto, de Fernando del Paso.

III

Del Paso es uno de los novelistas mayores del siglo XX mexicano. Desde sus inicios, con José Trigo (Siglo XXI Editores, 1966), dejó claro que lo central de su talento se encontraba en su capacidad de cuestionar las estructuras y la retórica tradicionales de la na­rrativa. Con Palinuro de México fue incluso más allá y emprendió la joyceana tarea de instaurar una épica de lo cotidiano, de abordar los horrores de su entorno (en este caso, la represión del movi­miento estudiantil de 1968) con las armas del lenguaje.

En Del Paso hay marcas profundas de lecturas clásicas (Pali­nuro es Joyce y Faulkner, sí, pero también Rabelais y Cervantes) y una voluntad de innovación formal permanente. A contrapelo de cierta consigna asumida por algunos narradores principales de la segunda mitad del siglo, que buscaron establecer un discurso literario cercano al campo emotivo y referencial de sus lectores (verbigracia, los trabajos de Gabriel García Márquez o cierto José Emilio Pacheco), Palinuro apuesta por el delirio, el descoyunta­miento de la realidad y el abigarramiento barroco, y no duda en aventurar imágenes y procedimientos bebidos de las vanguar­dias poéticas de principios del XX.

Nunca existió en la pluma de Del Paso ansiedad por publicar. Su primera novela tardó siete años en completarse; la segunda apareció publicada más de un decenio después. Esa morosidad y perfeccionismo en la construcción verbal, en el trabajo pala­bra a palabra, línea a línea, párrafo a párrafo, tiene cabal registro en sus páginas, cuya relectura es aún deslumbrante para quien esto firma.

Ya en los años noventa, Fernando del Paso publicó Linda 67 (Plaza y Janés, 1995), un divertimento policial de alcances me­nores con respecto a los de sus obras previas y que fue leído con cierta frialdad y condescendencia en su momento, pero al que es posible acercarse, pasados los años, con placer y un espíritu lú­dico más acorde al que la llevó a ser escrito.

Una nota biográfica de Del Paso resulta quizá decepcionante para quienes piensen que el atrevimiento literario debe ir de la mano con una rutina de excesos y un carácter de energúmeno. Abandonó estudios de Medicina para especializarse en Economía y Letras, en la UNAM. Trabajó en agencias publicitarias y obtuvo numerosas becas artísticas (la del Centro Mexicano de Escrito­res, así como las de las Fundaciones Guggenheim y Ford). Fue agregado cultural de la embajada mexicana en Francia y cola­borador de la bbc y de Radio France Internationale. Ha practi­cado también la dramaturgia, la poesía, el ensayo, la pintura, la gastronomía.

Casado, crió a sus hijos a la par de la construcción de su obra.

Si la manera de vivir es otra manera de levantar una obra de arte, como quiso Nietzsche (cuya biografía da pistas de sus treme­bundos conceptos de estética), cabe decir que el arte de Fernando del Paso ha sido construido con erudición, paciencia, humor. Con rigor y, a la vez, con riesgo.

IV

La historia personal se unió con la Historia en mayúsculas en un capítulo deliberadamente omitido en el apartado anterior. A pesar de ser un novelista ya consagrado (con la obtención de los premios Villaurrutia y Rómulo Gallegos), es la publica­ción de Noticias del Imperio (Diana, 1987) la que convertirá a Del Paso en uno de los escritores fundamentales del idioma a escala iberoamericana.

De la mano de una notable y bien llevada curiosidad historio­gráfica, Del Paso yergue un mosaico de voces engarzadas en torno al monólogo (que recuerda, de algún modo, al de la Molly Bloom de Joyce) de María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias y de Habsburgo Lorena, Princesa de Bélgica, Lorena y Hungría, Ar­chiduquesa de Austria, condesa de Habsburgo, Virreina consor­te del Lombardo-Véneto y emperatriz de México. La Emperatriz Carlota, vaya, esposa de Maximiliano, el noble austriaco que los conservadores mexicanos y Francia impusieron como gobernante de México desatando una guerra que se convirtió en uno de los episodios cardinales del país.

Del Paso transita a través de las versiones de ambos bandos, enhebra estampas de época, se interesa tanto por los hechos recordados en libros y conmemorados por estatuas como por lo que fue acuñado y conservado por la tradición popular y lo minuciosamente olvidado por la Historia política. A la vez que consigna y acumula “versiones” y pareceres, el novelista no oficia de historiador totalizador con pretensiones de objetivo: proble­matiza por igual a conservadores y liberales, a intervencionistas y libertarios, sin perder de vista que en México, en 1862, sólo po­día optarse por el juarismo o la reacción más descarnada. Sin embargo, su capacidad de “leer” la psicología de sus personajes, su humor y su talento verbal impiden que el libro se transforme en panfleto y crean, apropiadamente, el efecto vertiginoso de un mundo vivo, en construcción, al que nos asomamos por cien ren­dijas diferentes.

Noticias del Imperio no hace un relectura nostálgica ni idea­lista del Segundo Imperio Mexicano, sino que ironiza sobre él, pero tampoco intenta ser una recreación solemne y pastosa de los méritos de Juárez y los liberales. Equidistante del fervor ultra­montano de los revisionistas favorables a la causa de Maximiliano y del empeño de otros por convertir a los héroes liberales en suje­tos ejemplares y sin mácula, dignos apenas de figurar en el texto gratuito con el que se adoctrinaba a los niños en las escuelas, Del Paso echa mano de una multitud de recursos y fuentes para dar perspectiva y volumen a sus criaturas.

Noticias del Imperio une, en su estructura miscelánea y com­pleja, en su lenguaje elaboradísimo y multifacético, en su visión caleidoscópica e ironizante, la tradición de la novela histórica con los procedimientos y alcances de la narrativa de avanzada.

Cuando la revista Nexos, en 2007, convocó una encuesta entre escritores mexicanos en la que resultó elegida como la mejor y más trascendente novela mexicana en tres decenios, se estaba oficializando algo de sobra conocido.

Noticias del Imperio es aún la fértil y seductora cumbre de la narrativa en español contemporánea.


Autores
(Zapopan, 1976) es autor de El buscador de cabezas, Recursos humanos y La fila india. Fue seleccionado por Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.
Secretaría de Cultura