Tierra Adentro

Ilustración por Caro García.

Para Fernanda Noemí, Iván, Pepe y Alonso;

para Tisbe y Trilce;

para Rosa Fernanda, Guillermo, Mario, Laura, 

Jorge, Bárbara, Víctor, Fernando y Daniela.

Quizás la Ciudad ya no sea la misma después de este año: se respira más desolada, como si hubiera sido desprovista de líneas que la cantaban y faltaran sobre sus calles los pasos que antes la desnudaban y la recorrían con la sed del marinero que regresa. El peso de sus muertos es la verdadera razón por la que a diario se hunde, como escribiera Bernardo Esquinca en Inframundo (2017); pero si “los lobos viven del viento” —como delineara un poeta—, nosotros, sus habitantes, somos asunto de la lluvia.

En 1990, hace treinta años, de alguna imprenta de la colonia Tránsito salieron las páginas de un libro colectivo de crónicas que se enquistaría en la memoria de los peatones. Amor de la calle (Tintas, 1990) reunía a seis escritores nacidos en la década de los cincuenta que habían hecho de las declaraciones de amor y odio del Gran Cocodrilo su canto, y que la habitaron con himnos, versos y bienhechores vasos repletos de amaneceres.

En uno de esos textos, dos personajes deambulan en una de las tantas historias que la noche citadina —ahora moribunda por denuedos inquisitoriales— ha abrigado desde tiempos decimonónicos: en el Molino Rojo, cabaret que se mantuvo erguido por varias décadas hasta su definitivo cierre en los estertores del siglo XX, y que en la década de los treinta anunciaba la tarifa de: “vaso de cerveza, quince centavos. Con señoras, veinte centavos”1, y entre la multitud había una pareja insólita:

Ella hacía figuras y contorsiones sobre el piso de luces rojas, mientras él la contemplaba (…) Además, su apariencia tampoco era común, ella, aunque vestía casi igual que las demás muchachas del lugar —mallas ajustadas y blusa brillosa—, algo en su persona la hacía distinta (…) Él vestía de mezclilla y llevaba el cabello castaño bastante largo. Cierta distinción natural de su parte y las habilidades de su pareja les ganaron el mote de John Lennon y Janis Joplin2.

Este John Lennon capitalino, encandilado por los sicalípticos movimientos de su pareja en un cabaret ya perdido, tiene los ojos claros, de tez blanca y su estatura lo hace sobresalir de los parroquianos del lugar. El cabello largo en homenaje a quien le debe su apodo y la nariz aguileña son signos que lo acercan a ese otro músico, nacido cincuenta años antes en el Liverpool Hospital Maternity, en Oxford Street, aunque solo sea emotivamente.

En la superficie, el puerto de Liverpool es ajeno a las calles del Centro Histérico, aunque en el fondo, ambas guardan orfandades y duelos. Si en el primero, los barcos que atracaban en sus muelles dieron forma a su idiosincrasia y la Segunda Guerra Mundial delineó sus edificios y su geografía; en la segunda urbe, la historia de sus hombres de pluma y espada la erigieron mítica, baste recordar los labios del General Pedro María Anaya espetando al invasor: “¡Si hubiera parque, no estaría usted aquí!”. Como escribe Jordi Sierra i Fabra del puerto de Liverpool:

Los marinos solían ser gente peculiar. Del más cerrado podía conseguirse una moneda de seis peniques por el simple hecho de darle una seña o recomendarle una pensión portuaria, y del más amigable una cantidad parecida, o superior, si se sabían jugar debidamente las bazas precisas (…) los americanos se convertían en papá noeles, con sus bolsillos cargados de chicles y chocolate. Llegaban a Liverpool, el primer puerto inglés del Atlántico, o hacían escala en la ciudad. Liverpool era el gran paso, la puerta que giraba y giraba sin cesar, como si fuese un inmenso batiente en la geografía británica3.

No es difícil pensar en un joven John Winston Lennon, quien a la postre se convertiría en un icono del siglo veinte, imaginarse en lontananza al barco Quijote del mar alejarse del puerto, rumbo a Nueva Zelanda, con su padre a bordo y con la certeza de haberlo visto por última vez.  Sin embargo, en ese mismo puerto, los barcos también llevaban encima música inusitada: discos de Big Mamma Thornton, los Ink Spots, Muddy Waters o Buddy Guy viajaban en las maletas de los marineros que estaban dispuestos a venderlos a jóvenes ávidos de conocer el mundo más allá de las aguas profundas e ignotas. Estas mismas aguas soportarían también el viaje del abuelo paterno de Lennon, a quien no conoció. John Lennon, “Jack”, como apodaban al marinero, nació en 1855, en Irlanda, y recorrió los Estados Unidos con la compañía de vodevil Andrew Robertson’s Kentucky Minstrels.

Jack Lennon desaparecería prematuramente de la vida de su hijo Alfred, al morir en 1921; el chico,  con tan solo cinco años fue orillado a habitar en un orfanato hasta su primera adolescencia. Quizás ese suceso haya germinado en él para desarrollar un desapego hacia su propio hijo, John Winston, a quien abandonó en 1942 junto a su esposa Julia Stanley, en medio de la hostilidad de la guerra y las penurias económicas. Julia se vio obligada a dejar al pequeño John al cuidado de Mary Elizabeth, hermana mayor de Julia, a quien la historia de la música popular la conocería como la “tía Mimí”.

A ambas mujeres el juicio del tiempo las ha tratado desconsideradamente, por decir lo menos: a Julia, la madre del músico, por haberse separado de su hijo; a Mimí, por ese halo de estricto cuidado e inflexible trato. Lo cierto es que las dos fueron parte fundamental en el desarrollo de John Winston; baste recordar que Julia le enseñó sus primeros acordes, y Mimí le compró su primera guitarra. Esta guitarra, una “Gallotone Champion”, por la que pagaron cinco libras y diez chelines, era un instrumento diseñado para los principiantes y muy popular en Inglaterra.

Ese instrumento sería el arma con la que un joven Lennon, ya en 1957, emprendería sus propias batallas al lado de tres compañeros de la escuela: Eric Griffiths, Pete Shotton y Colin Hanton. The Quarrymen fue el grupo que formaron y que daría vida, un par de años después, a una de las historias más visibles de la música popular. En un lejano 6 de julio de 1957, en los jardines de la iglesia de San Pedro, en Liverpool, en una presentación de The Quarrymen, John Winston comenzaría a ser John Lennon y comenzaría también el furioso tráfago: Rory Storm and the Hurricanes, Stuart Sutcliffe, Hamburgo, Estados Unidos, Ed Sullivan, “More popular than Jesus”, Cinthya Powell, All you need is love, bed-ins peace”, Yoko Ono…

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

Después de romper con el grupo que lo hiciera famoso, John se dedicó al activismo y a grabar discos que si bien se han reeditado y se han revalorizado, en los primeros años de los setenta no habían tenido el éxito que alcanzara años antes.

Por ejemplo, el único sencillo de John Lennon que alcanzaría el “número 1” en las listas de popularidad de Estados Unidos fue “Whatever gets you thru the night”, del disco Walls and Bridges, de 1974, acompañado de un Elton John de veinticuatro años. Pero la búsqueda artística de John estaba lejana a la popularidad. Desde el disco Two Virgins (1968), junto al Life with Lyons (1969) y el Wedding Album (1969), que fueron tres discos experimentales que editó junto a la artista japonesa Yoko Ono hasta el Rock ‘n Roll (1975) —compendio de canciones clásicas de los cincuenta y de los sesenta— se puede atisbar que el interés de John estaba por encima, incluso, de su propia historia.

En una entrevista con Andy Peebles, a propósito del Two Virgins, John decía:

¿Sabes?, creo que una etiqueta como vanguardia se destruye a sí misma Te acostumbras a que hagan exposiciones de vanguardia. El hecho mismo de que la vanguardia pueda tener una exposición destruye el objetivo de la vanguardia, porque ya está formalizada y ritualizada, o sea que ya no es vanguardia4.

 La posición estética de John distaba de ser la de una estrella de moda. En su pensar crítico siempre estuvieron presentes cuestiones políticas y artísticas que la crítica de arte de su momento estaba discutiendo. Es decir, el músico pensaba como un ente político, sin importar cuál fuera su especialidad. Así, sus cuadernos de dibujos, sus versos reunidos en infinidad de libros publicados póstumamente o su fotografía son tan necesarios, a la par que su música, para entender el devenir estético de John Lennon.

Por lo anterior, su convivencia con Frank Zappa, David Bowie, Andy Warhol o Klaus Voormann, así como el aprendizaje que tuvo al lado de Yoko y de su relación con el grupo Fluxus, lo llevaron por derroteros artísticos que iban de galerías de arte hasta conciertos masivos en favor de alguna organización. Así, no es raro saber que el primer encuentro con quien sería su compañera de vida por más de una década se dio en la Indica Gallery, de John Dunbar, en el Destruction in Art Symposium.

Sin embargo, el silencio es también parte de la música. En 1975, y por el nacimiento de su hijo Sean Ono, John decide apartarse del mundo de la música para dedicarse a su hogar y a su familia. Después de dos años que él llamaba “Lost Weekend,  John se abocó a una vida doméstica en el Edifico Dakota, en Nueva York, y la música, que fuera su vida frenética durante quince años quedaba atrás.

No será sino hasta que una estancia en Bermuda, con su hijo, detona todas las melodías y acordes que habían estado aguardando, agazapadas, su momento para emerger.

El 7 de agosto de 1980, John Lennon y Yoko Ono entraron a un estudio en Nueva York para grabar un nuevo disco después de un lustro de no hacerlo. En él se escuchan los instrumentos de insignes músicos como Tony Levin, Andy Newark y el grupo Cheap Trick —cuya versión de “I’m losing you” puede escucharse en la John Lennon Anthology—. Después de dos meses de grabaciones, John Lennon y Yoko Ono rompían el silencio el 17 de noviembre de 1980 con el disco Double Fantasy, y además tenían grabado material suficiente para otro más, el Milk and Honey (1984), que sería editado póstumamente.

Entre las canciones del disco que fue bien acogido por la crítica y por el público se cuentan “Woman, Beautiful Boy (Darling Boy)”, “Watching the Wheels”, “Dear Yoko” y la que quizás resumía el nuevo proyecto: “(Just Like) Starting Over. El 6 de diciembre, apenas diecinueve días después de lanzar el disco, John Lennon y Yoko Ono daban su última entrevista. Un par de días después, el 8 de diciembre de 1980, alguien de quien se debe olvidar el nombre, acabó con cuatro disparos con la vida de John.

Cuarenta años después, la música de John Lennon sigue revoloteando entre estaciones de radio perdidas, músicos jóvenes, nostálgicos y abuelos. Aunque tal vez el padre que traducía del inglés alguna de sus canciones a su hijo de siete años haya muerto, la figura de John Lennon sigue presente en los grupos que imitan a The Beatles; en los documentales, películas y nuevas ediciones de su música; en la historia de Javier Parisi, el John Lennon argentino que actúa en Liverpool una obra llamada This Girl, The Cynthia Lennon Story.

John Lennon también queda en ese otro, el capitalino que baila en el Molino Rojo y en las páginas de un libro de crónicas cuyos editores, el poeta Arturo Trejo Villafuerte y el impresor Nemorio Mendoza, lo acompañan ya en otro universo, al igual que el autor de aquella crónica, con quien algún día volveremos a cantar, guitarra en mano, “It’s Only Love.

 

  1. Eduardo Delhumeau, Los mil y un pecados, en Carlos Medina Caracheo, El club de medianoche Waikikí: un cabaret de época en la Ciudad de México, 1935-1954, Tesis para obtener el grado de Maestro en Historia de México, México: UNAM/FFyL/IIH, 2010, p. 36.
  2. José Francisco Conde Ortega et al., “Molino Rojo: premio a John Lennon”, en Amor de la calle. Crónicas, México: Tintas. Editores, 1990, p. 33.
  3. Jordi Sierra i Fabra, El joven Lennon, Edición Digital, Cap. I, “Liverpool. 1955”
  4. Andy Peebles, John Lennon: la última conversación, Edición Digital. Cap. “La entrevista”.

Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Caro García
Primero dibujó, después le gustó mucho conocer nuevas historias y así fue que comenzó a tener un cariño especial por los libros ilustrados. Estudió la carrera de Diseño Gráfico en la Universidad Intercontinental y después cursó el diplomado CASA Ilustración Narrativa en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Disfruta mucho ilustrar situaciones en las que pueda contar algo gracioso. Su trabajo se ha publicado en el periódico Excélsior, revista S1ngular, Moi, la Gaceta del Palacio de Hierro, Tierra Adentro y Editorial Planeta.
Secretaría de Cultura