Tierra Adentro

Dos meses después de conocernos y de prácticamente vivir juntos, Irina seguía guardando su cepillo de dientes en el bolso. Laveía meterlo en su estuche y en seguida escuchaba el cierre largo de la maleta deportiva donde llevaba su ropa, el desodorante, los zapatos negros de tacón alto. Me parecía una viajera perpetua a punto de emigrar hacia otro mundo, incómoda, incapaz de adaptarse en el tiempo y el espacio. Sentía entonces una nostalgia muy dulce y me daban ganas de ir a abrazarla por la espalda para retenerla, pero no lo hacía porque sabía que ahí estaría otra vez por la noche o a la noche siguiente, con la maleta llena de ropa limpia y zapatos cómodos para pasar juntos el fin de semana.

Supongo que me gustaba su desapego. Me resultaba estimulante buscar algún flaco pretexto para ir por ella a la universidad, persuadirla para que pasara la noche conmigo o zozobrar a la espera de un mensaje suyo. Ambos sabíamos que aceptaría quedarse en casa, que me convencería de comprar para la cena algo de lo que yo no tenía antojo, pero que acabaría comiendo hasta limpiar el plato, y que ella cedería para que viéramos algo que decía no gustarle, pero que no dejaría de comentar con el fervor de quien critica la vida de sus parientes. Supongo que nos gustaba jugar a las incertezas, ir saltando de un día al siguiente como quien busca conchitas en una playa, a salvo de los grandes planes.

Su presencia en la casa se ceñía a las márgenes de una caja. Una caja de cartón, común y corriente, abollada de las esquinas, pegoteada con cinta canela. Simple. Imperfecta. Debió rescatarla de alguna mudanza, porque en uno de los costados tenía escrito en marcador negro la palabra «loza» y la palabra «frágil» y una flecha que apuntaba hacia arriba.

Entiendo que la caja era una cosa útil. Servía para que Irina guardara las partituras, las notas de la escuela, los cables, la bolsita de los lápices. Recargaba el clarinete dentro, a falta de un soporte más adecuado, un soporte de metal con patas de goma y ganchos forrados en terciopelo negro que abrazaran con delicadeza el clarinete. Hace poco lo vi en la vitrina de una tienda de instrumentos musicales y pensaba regalárselo en su cumpleaños.

Sé que era una consideración hacia mí y mi afán por el orden que Irina guardara sus pertenencias en aquella caja, en lugar de desperdigarlas por toda la casa. La verdad es que resultaba muy práctico arrastrar un solo bloque del estudio a la sala, y de la sala a la mesa del patio cuando practicaba o guardarla debajo de la cama cuando llegaban mis amigos a tomarse una cerveza con nosotros. Entiendo que la caja era sólo eso, una caja. Sin embargo había más. Necesariamente debía haber más.

Irina se levantaba por las noches. La escuchaba arrastrar la caja al lado del sofá y quedarse en silencio. Yo trataba de no darle importancia y volvía a dormirme, pero a veces me quedaba despierto pensando qué era lo que hacía, si contemplaba una foto, un objeto valioso o visitaba un recuerdo. Desaparecía frente a la caja abierta como si la caja tuviera poderes mágicos y redujera a Irina al tamaño de una muñeca para tragársela y perderla en un laberinto sin entrada ni salida. Rato después volvía a la cama, me abrazaba y yo me hacía el dormido.

Por la mañana, mientras tomábamos café, le preguntaba si había descansado bien y ella respondía que sí, que había dormido profundo y de un tirón. Mientras tanto yo veía que la caja había avanzado unos centímetros hacia el centro de la sala, se asomaba tímida debajo de la mesa, como un animal huraño, encimadas con pudor las hojas de la tapa. Irina se acuclillaba junto a ella y la abría sin temor a que viera lo que había dentro, sacaba con desparpajo las cosas que usaría ese día, para volver a encimar las cuatro pestañas y regresarla a su lugar con la punta del pie.

Me hubiera gustado que alguna vez Irina me hablara de su insomnio. Que naciera de ella abrir la caja para mostrarme un puñado de hojas emborronadas y me dijera que aquello era el borrador de un proyecto irrealizable que la perseguía desde hacía meses. Una música de sonidos imposibles que no podía ser cifrada en notas. El relato de una anécdota de infancia. Pero Irina hablaba poco. Reíamos mucho, nos divertíamos, decíamos las cosas que hay que decir para llevar entre dos el ritmo del tiempo, sin embargo, cuando se trataba de hablar, guardaba las palmas entre las piernas y emparejaba los labios. Al principio me sentía obligado a llenar el silencio mientras ella asentía con presteza. Luego me di cuenta de que no hacía falta llenar nada. Era una mujer simple. Sus palabras no guardaban intenciones ocultas, no había juicios, ni críticas, no había expectativas, no había resentimiento. Nos deslizábamos de un día a otro y de una semana a la siguiente con la suavidad de un trineo sobre una cama de nieve.

Luego ocurrió el accidente con el metrobús. Me enteré demasiado tarde, mientras estaba comiendo con Margarita y con Selene en un restaurante de chinos. Sonó mi teléfono y era su número, lo que me pareció muy raro porque casi nunca llamaba y menos a la hora de la comida, de modo que contesté, pero no era su voz, sino la voz de una muchacha que dijo llamarse Rita, era amiga de Irina, había estado con ella cuando sucedió el accidente. Llamó a los paramédicos, subió con ella en la ambulancia, le entregaron sus pertenencias en el hospital y fue así como pudo localizar a los familiares y ahora me llamaba a mí, que estaba en aquel gabinete verde, en un restaurante de chinos, frente a Selene y Margarita que vieron con preocupación que algo malo acababa de suceder.

Ilustración por Abril Castillo.

Ilustración por Abril Castillo

Quise salir de inmediato, pero Selene y Margarita y el chino junto a la vitrina del pan me detuvieron. Ellas pagaron la cuenta. El chino tardó en cobrar lo que me pareció una eternidad, mientras que ellas trataban de hacerme entrar en razón para que no me subiera a mi coche así como estaba y yo decía que estaba bien y trataba de aparentar que sí lo estaba. Selene conduciría. Ese fue el trato. Margarita subió en el asiento del copiloto y ambas resolvieron cuál sería la mejor ruta para librar los embotellamientos y llegar al hospital lo más rápido posible. Yo atrás, parecía un niño solitario al que acabaran de rescatar de una pelea en la escuela. Nunca había viajado en el asiento trasero de mi propio coche. No sabía qué hacer con mis rodillas y estaba nervioso porque Selene no estaba acostumbrada a manejar estándar y no me gustaba la manera como sacaba el clutch.

Cuando llegamos a la entrada del hospital reconocí al grupo de los que venían con Irina porque entre ellos varios llevaban estuches negros con instrumentos musicales colgados en la espalda y vestían de negro y llevaban zapatos elegantes. Me acerqué a una chica que llevaba un estuche de oboe y le pregunté si ella era Rita o si conocía a Rita. Ella señaló hacia el centro de un conjunto aglutinado que parecía impenetrable. Me preguntó si era amigo de Irina y le contesté que sí. Ella dijo haber llegado minutos después que la ambulancia y no obstante sabía muy poco, sólo que el golpe había sido tremendo, que Irina había perdido mucha sangre, estaba en cirugía y podían recibir noticias de un momento a otro. Su madre había llegado, estaba dentro, se hallaba destrozada.

Margarita y Selene habían buscado un lugar para estacionar el coche y vinieron a verme. Les expliqué lo que sabía y ellas me abrazaron, me hicieron saber sus condolencias. No apartaban sus manos de mi hombro o de mi brazo. No dejaban de preguntar si necesitaba algo. Necesitaba que me dejaran solo, pero no podía ser grosero con ellas. Margarita llamó a la oficina y dijo que volvería en un taxi para encargarse de mis citas, que arreglaría todo para que no tuviera de qué preocuparme el resto de la semana. Yo sabía que eso era imposible, debía estar en la oficina al día siguiente a primera hora para resolver cosas que ni Margarita ni Mario ni nadie podía resolver.

Selene prometió quedarse conmigo y llevarme a casa cuando tuviéramos noticias. Margarita quería convencerme de que Irina iba a estar bien. Trataba de sonar práctica y decía cosas como «Seguro hoy ya no te dejarán entrar a verla, pero pregunta por el horario de visitas y busca a su mamá, pídele su teléfono para que estén en contacto, que te diga el número de habitación y la cama para que mañana temprano te den el pase». Llamó a un Radio Taxi porque decía que los de la base del hospital no le daban confianza. Selene fue por un par de cafés al Starbucks. Cuando regresó dijo que su esposo la había llamado, no tenía con quién dejar a los niños, de modo que debía irse. Le di las gracias y la convencí de que no habría ningún problema. Nos bebimos el café y nos despedimos. Quince minutos después salió por la puerta del hospital una mujer mayor que debía ser la madre de Irina. El grupo se volcó hacia ella, pero ella se fue directo hacia un hombre menos viejo que podría ser su hermano y se hundió en sus brazos con un gesto de dolor. Un llanto que no dejaban lugar a dudas. Me derribé sobre un escaño de concreto y dejé que la noticia llegara paulatina con el oleaje de las voces, con el lamento de las mujeres que se tapaban la boca con las manos, que escondían la cara en el cuerpo de sus compañeros. Dejé que los fragmentos de palabras me alcanzaran hasta donde estaba y me hicieran caer en la cuenta de que Irina había desaparecido para siempre de la realidad.

Luego de un rato me recompuse y quise acercarme, pero no sabía cómo. El grupo se había dispersado, no sabía qué decir, no sabía si la familia de Irina tendría alguna idea de mi existencia. Nadie había preguntado por mí. Nadie parecía identificarme. No pude encontrar a Rita. Lo único que supe fue el nombre de la capilla donde velarían a Irina al día siguiente. Los amigos se montaron de nuevo sus instrumentos en la espalda y partieron despacio de a tres, de a dos. Los parientes también se fueron desperdigando hasta desaparecer. Sólo quedaba yo. Trataba de reunir las palabras y el valor para cuando salieran de nuevo la madre y el tío. Pero ellos no volvieron a salir por esa puerta.

Esperé mucho más de lo razonable. Selene y Margarita llamaron y enviaron un montón de mensajes que no contesté. Eran las diez de la noche y ya no se veía a nadie del grupo rondando la entrada del hospital, ni en la banqueta, ni comprando dulces o botellitas de agua en los puestos ambulantes de las cercanías para restablecer las fuerzas y sobrellevar la amargura. Nuevos grupos de gente se reunían al apremio de una emergencia distinta. Otra persona, otro accidente. Cuántas tragedias podían caber en un mismo tiempo y en un mismo espacio, que casi no quedaba lugar para poner los propios pies y lamentar el propio llanto. Había llorado sobre el escaño de concreto, pero no era dolor lo que sentía, sino un profundo desconcierto. Volví a llorar otro poco cuando pude estar finalmente solo en el asiento del coche, pero ya casi no quedaba desconcierto y era momento de volver a casa.

A mitad de la sala estaba la caja. Desafiante como animal receloso ante la ausencia de su amo. Impositiva. Me irritaba tanto su demanda, que sentí la necesidad de dar un rodeo más que precavido para llegar al otro lado. Reservé la distancia que se guarda ante el posible arañazo, sin quitarle la vista. Fui a la cocina, puse dos hielos en un vaso y los rebasé de whisky y me lo acabé antes de que empezaran a disolverse los hielos. Al segundo trago, los hielos alcanzaron a perder dos tercios de su masa. En el tercero los hielos llegaron a la mitad y al quinto me los metí a la boca para masticarlos. Con los siguientes dos hielos había perdido el miedo de volver a la sala. Me quité la camisa y los zapatos. Vi que había treinta y siete mensajes en la contestadora. Los borré sin escucharlos y desconecté la línea. Encendí la tele y dejé que corriera un estúpido programa sobre la presencia de extraterrestres en las culturas ancestrales.

Cuatro horas después me desperté con los sonidos del amanecer: el árbol cuajado de pájaros, la vecina que sale todos los días a barrer la banqueta, el agua corriendo por las tuberías y el perro de enfrente que le ladra a los deportistas que pasan al parque con audífonos y tenis y ropa ajustada. La campana del camión de la basura que se acercaba una cuadra más, y otra, y otra, mientras yo permanecía quieto, con la vista clavada en el rayo de sol avanzando sobre el muro. El camión pasó frente al edificio y se detuvo en la esquina. Entonces me levanté de un salto, me precipité sobre la caja y antes de que pudiera pensar nada la tomé en los brazos y bajé con ella corriendo por las escaleras.

 


Autores
nació en Guadalajara, Jalisco en 1980. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y asistió al Curso de Formación de Editores de la Universidad Complutense de Madrid. Estudió la maestría en Letras Modernas Portuguesas en la UNAM. Ha trabajado como editora y como copywriter para medios electrónicos. Es autora de la novela Puertas demasiado pequeñas, la cual escribió como becaria del FONCA en 2010 y obtuvo el Premio Latinoamericano Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana en 2013. Actualmente vive en la ciudad de México.
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