Tierra Adentro

¿Estás bien?, preguntó Liliana. Me dolía la cabeza. Los objetos de la habitación como un dibujo sin contornos. Parpadeé varias veces en un intento de mejorar la imagen, una pantalla de televisión con mala recepción. ¿Estás bien?, insistió.

Me llevé la mano a la frente, al punto de donde provenía el dolor. No sangraba, eso era bueno. Ella aún tenía el frasco de tomates deshidratados en la mano. Traté de levantarme, salir. Liliana, desnuda, dejó de mirarme detenidamente para buscar la cajetilla de cigarros.

—Fuma.

—No quiero fumar. Me golpeaste. Me duele.

—Fuma, te va a hacer bien.

—Cómo carajos me va a hacer bien fumar.

—Ese es el problema contigo, no sabes lo que quieres ni lo que necesitas.

Te digo que fumes. Vas a prender el puto cigarro, te lo vas a fumar porque necesitas pensar. Fuma como cuando estás solo. Imagina que me estás esperando, que no quieres ver el reloj porque sabes que estoy retrasada y mejor prendes un cigarro.

—Cómo sabes cómo fumo si no estás ahí.

—Te he visto —prendió un cigarro y lo puso en mi boca—. Te quedas con los codos encima de la mesa, la mano del cigarro lejos de la boca, como si no quisieras fumártelo, luego como que lo descubres y le das una… ¿cómo le dices tú?

—¿Calada?

—Le das una calada, como si fuera otra cosa, porque estás en otra cosa.

Eso es lo que necesitas ahora. Fuma como cuando me esperas, distraído y… ¿cómo se llama la canción que tarareas siempre, la de la estatua y los peces?

La estatua del jardín botánico.

—Esa. Fumas, te vuelves la estatua del jardín botánico. Siempre vuelves a poner los codos en la mesa, la mano del cigarro vuelve a la frente. Luego sacas el humo, como si desde siempre hubiera estado ahí, como si no te lo hubieras fumado y fuera algo tuyo, pero no lo ves, estás viendo otra cosa. Piensas.

—Liliana, vístete.

—¿Te vas a ir?

—Deja ya el frasco. Vístete. Por favor. No me voy a ir.

—Hoy. Hoy no te vas a ir, pero luego sí, ¿verdad?

—Vístete.

No sangraba, pero sentía como se agolpaba el torrente en el chichón. La cabeza era el cono de una bocina que se expandía al ritmo de mi corazón. Esa noche no iría a ningún lado. No quería fumar, pero con la primera calada descendió notablemente el golpeteo de la sangre. Quizá Liliana tenía razón. No sabía lo que necesitaba.

Siguió al acecho de mis reacciones, desnuda, sin soltar el frasco, algo del aceite escurría al piso. Parecía que ya estaba tranquila, pero no confiaba en ella, la conocía demasiado bien. De un momento a otro se pondría a llorar o volvería a golpearme, eran pocas las opciones, en todas enloquecía. No quería estar ahí cuando ocurriera, pero tampoco podía irme.

—¿En qué estás trabajando? —No se me ocurrió otra cosa, era una salida

desesperada, sin imaginación. El mundo, finalmente recuperaba sus

contornos. Tampoco podía esperar mucho de mí.

—Ya te conté, en la película. Ahorita estamos buscando patrocinios, dice el director que si cambia las locaciones pueden sacar un buen subsidio, apoyos del gobierno, podríamos filmar allá con todas las facilidades. No tendría que cambiar muchas cosas. Sí, Aguascalientes no es el Londres del Destripador, ¿siglo XVII?

—¿Cómo crees? Lo de Jack el Destripador fue en 1888.

—Bueno, pues eso, también se puede modificar, el chiste es que ocurra en Aguascalientes. Yo seguiría siendo la protagonista. ¿Te conté que Ezzio modificó el guión?

No se me hacía difícil imaginarlo. Liliana tenía ese poder: contagiar su locura. Dejé que siguiera hablando, aunque podía adivinar la historia: se había acostado con el director y ahora él no quería perderla, haría cualquier cosa por quedársela, incluso cambiar Londres por Aguascalientes. No lo podía culpar, ese es el efecto Liliana. ¿Importaba quién era él? No, daba igual, Hugo, Paco, Luis, Santiago o Ezzio, los hombres somos estúpidos.

Ahora que el departamento y todos sus objetos se recortaban nítidos al efecto de la luz, me preguntaba cómo había llegado a ese punto, por qué me había golpeado con el tarro. Me lo merecía, por supuesto que me lo merecía, había respondido a su llamado, acudí a la cita a pesar de todas las veces que me había prometido nunca más verla.

Antes del golpe me preguntó si me gustaba coger con ella. Como sabía que no le iba a bastar con decirle que mucho, elaboré. Como todas las otras veces que me había preguntado, le explique que una de las cosas qué más disfrutaba era su capacidad de entrega, su disposición.

—Te gusta que te haga cosas.

—No, no es eso. No es lo que me haces o lo que te hago, es la posibilidad, cuando lo hacemos sé que podríamos hacer cualquier cosa.

—Pero nunca me pides que te haga cosas.

—Que no es eso, es otra cosa que no sé explicar más que así, no es lo que me hagas o lo que te haga, es la posibilidad, ¿me explico?

—Era inútil, creyendo que podía satisfacer su curiosidad, sólo me enredaba más con las palabras.

—¿Entonces es como todo lo que podríamos hacer?

—Ándale, algo así —No pensé suficiente la respuesta. Me comenzó aganar la incomodidad, recordé las veces que me había prometido no volver a estar con ella porque nuestros encuentros terminaban así, enredados en explicaciones absurdas. Lo único que se me ocurrió fue buscar mi ropa. Encontré los calcetines y comencé a ponérmelos.

Por un momento creí poder deslizarme hacia el final sin pelear, pasar a otro tema de conversación mientras me vestía y ya con la ventaja de la ropa, salir a la calle. Buscaba mi pantalón cuando llegó el golpe. ¿Entonces por qué no te quedas? ¿Por qué nunca te quedas? Nunca he sido bueno para elaborar las respuestas que ella necesita, lo tengo claro. A eso achaco el caer una y otra vez en la trampa de volver a verla.

A mediodía, antes de entrar al café en que me citó, aproveché un ángulo que me ocultaba a su mirada para observarla un largo rato. La mire a través del cristal, se entretenía mordiendo la punta de un mechón de cabello para arrancarse la orzuela. Un gesto que me desespera.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer? Seguí mirándola mientras me cuestionaba con toda sinceridad si en verdad valía la pena y, como las otras veces, me prometí no acostarme con ella.

Ya había perdido la cuenta de las ocasiones en que me había prometido también no atender su llamado, todas las ocasiones en que después de la locura, de sus arranques, me dije que esa sería la última. Y ahí estaba de nuevo, como las otras veces. La excusa de esta cita era el mensaje que había dejado en el buzón de voz: unas líneas de T.S. Eliot que nos pertenecían: And indeed there will be time, For the yellow smoke that slides along the street… Susurró al auricular, después su respiración, para rematar con la hora en que estaría esperándome en la cafetería.

Después de escuchar el mensaje intenté, sin éxito, ocuparme en otros asuntos, al final volvía a su voz para adivinar a través del tono la sinceridad de la urgencia, la magnitud del problema con que ahora reaparecería, los motivos que en esta ocasión la hacían llamarme. Alguna vez me recibió con un “Estoy embarazada” a manera de saludo, cuando apenas me acomodaba frente a ella. ¿Felicidades?, fue lo que pude contestar, prácticamente, lo único que dije esa noche.

Un serpentear constante: me habló de los lugares donde había estado. Yo me empeñaba en fingir desinterés para evadir el tema de sus viajes, tarde o temprano me acusaría de ser el motivo de sus escapes. Éramos repetitivos, ya antes me acusó de sus desplazamientos. Por tu culpa no puedo echar raíces en ningún lado, o cualquier otra frase igual de melodramática. Precavido intenté desarmar sus anécdotas para mostrarle que la única responsable de sus decisiones era ella. No te voy a regalar mi llanto, fue su frase de salida. La miré irse seguro de que volvería. La mesera se cansó de preguntarme si no iba a pedir otra cosa, después me llevaron la cuenta y salí de la cafetería junto con el personal de cocina.

Por la forma en que se mordía el mechón intuí que no hablaría de su embarazo, que eso no era el propósito de la cita. A veces se llevaba las manos al estómago como si, súbitamente, recordara la confesión primera, pero era un gesto tan poco natural, que de inmediato cambiaba de postura. Nos sabíamos demasiado, ese era el problema para que la conversación fluyera. Hubo en tiempo que dedicamos nuestros sentidos a conocernos, pasábamos horas tendidos en la cama escuchando las mutuas respiraciones, ella vio erizarse mis vellos del brazo ante una película, yo le olfateaba el cuello para reconocer sus miedos, confundimos eso con el amor y ahora los gestos nos revelaban. Aún así me sorprendió su propuesta. Seamos amantes, dijo, sobre una servilleta de papel trazó dos rectángulos: Tú trabajas aquí, vives acá, unió con una línea punteada, en medio está mi casa, cuando tengas ganas puedes venir, lo nuestro es coger y conversar, podemos seguir con nuestras relaciones y, sin culpa, vernos, sobre todo eso, sin culpa. Hagamos lo que mejor sabemos hacer.

No me queda claro qué contesté, pero fue algo cínico, una demostración práctica que se reducía a la disposición, ella dijo que podríamos vernos todas las veces que quisiera, sin importa el día o la hora, yo repliqué que sólo nos veríamos cuando yo tuviera ganas, atenido al mandato único de mi deseo, sin importarme el suyo. No recuerdo cómo se fue, creo que no quise mirarla, me quedé borroneando sus dibujos en la servilleta con restos de café.

Volvimos a vernos mucho después, justo cuando pensé que ya la había olvidado, mejor dicho, cuando estar entre sus piernas ya no era un pensamiento que tenía al menos una vez al día.

¿Qué pasó con tu embarazo? No encontré manera mejor de enfrentarla cuando, literalmente, me tropecé con ella. Liliana rechazó la pregunta dibujando un garabato en el aire. Prendió un cigarro, más para negociar una pausa que por antojo, prolongó la calada echando la cabeza para atrás, luego exhaló unas volutas grises, intensas, que no lograron formar los aros en que se esmeraba y en vez de ascender se deshicieron en mis hombros. Volvió al movimiento exagerado de las manos para sacudirme el humo de la ropa.

Estoy harta de ser plato de segunda mesa, me dijo con su mano sobre mi hombro. Volvió a fumar, una calada breve, intensa, con que despachó el cigarro para dejarlo caer en la banqueta. Se apoyó en mí para equilibrarse, mientras giraba la punta del zapato sobre el cigarrillo, me explicó a manera de despedida: Pudiste tenerlo todo, todo, pero te escabulles, siempre, por eso no me sirves, porque huyes.

¿Cómo pude estar enamorado de esa mujer?, pensé mientras la miraba desaparecer. Decidí entonces que esa debería ser la despedida. Sí, me deleité con la visión de su cuerpo largo abriéndose paso entre otros transeúntes, admiré el ritmo de la marcha y el desdén con que ignoraba las otras miradas que se posaban en su trasero y me sorprendió no sentir ningún deseo. La había tenido a unos centímetros y no me asaltó la reacción química de otras veces, no había sentido el impulso de abrazarla y perderme. La seguí con la mirada hasta que no fue más que borrón de colores.

Nunca tenemos las mujeres que deseamos cuando queremos, resolví con esa frase la ausencia de reacción. De tarde en tarde, cuando algo me la recordaba, en vez de ahondar en las razones por las que la había dejado ir, de inferir motivos por los que no podíamos estar juntos, me convencí del argumento vulgar de que hay un tiempo para todo. Hasta que otras rutinas la borraron por completo.

Extinguido el deseo, Liliana quedó fuera de mi sistema de evocaciones. La llamada me tomó desprevenido y la curiosidad pudo más. La miré a través del ventanal de la cafetería. Ya había descartado el amor, sobre eso no había necesidad de explicar nada. Así que me detuve en su cuerpo, expuse los sentidos al conjunto y no me dijo nada, el tiempo había hecho su trabajo, si acaso recordaba fragmentos, ráfagas de la piel de sus muslos, la curva de su axila, las manos extendidas sobre una sábana… Nada que realmente me obligara a cumplir la cita, pero recordé su mensaje, las líneas de un poema que seguramente a ella no le decía nada, para el que yo me había inventado todo. Entré a la cafetería porque imaginé el efecto de su respiración en el sosiego de su pecho, la diminuta perturbación de la piel expandiéndose, el escote, los senos, tan a la mano, esa imagen bastó para rendirme. Los hombres somos estúpidos.

Obtuve lo que imaginé, la visión de sus pechos. Bajé la guardia, no recuerdo de qué tanto habló Liliana, ni siquiera la justificación para llamarme. Estaba empeñado en comprobar que ya no había química alguna, que mi reacción ante su escote era la natural de cualquier hombre, peor aún, obstinado en demostrar que ya no había ninguna atracción me distraje imaginando el momento en que se vistió para la ocasión, haciendo historias sobre sus posibles historias. Al tercer café me dijo que tenía hambre, “Te invito a un picnic en mi departamento”.

Ya en su casa, dispuso todo lo necesario sobre el suelo. Se divertía con el acomodo, estaba contenta. A pesar del arrebato, de las prisas con que iba de un lado a otro, estaba tranquila, o eso creí. Me explicó que estaba en una fase serena de su vida, lo único que le preocupaba era que, en el fondo, algunas de las cosas que le sucedían fuera sólo por su cuerpo y no por su talento. Me reí.

—Claro que es por tu cuerpo y lo peor que podrías hacer es desperdiciarlo

—Ya había terminado la frase cuando pensé en las consecuencias; sin embargo, Liliana se lo tomó bien. Mordisqueaba un tomate deshidratado, pensativa, sin atisbo de enojo.

—Exacto, si eso me lleva a la oportunidad, bueno, pues ni modo, ¿verdad?

El chiste es probar que me lo merezco.

—Salud por eso, no lo pude haber dicho mejor.

—Así es con los hombres, ¿verdad?

—Lamentablemente, sí.

—Y entonces, ¿por qué no me has pedido que nos acostemos?

Estuve a punto de atragantarme, en verdad no lo esperaba, por eso cometí el error de retarla, creo que dije algo acerca de la química o que la magia estaba ahí, pero yo me había vuelto invulnerable. Nos quedamos escuchando los ruidos de la calle, hasta que Liliana se levantó para prender el radio y comenzó a bailar.

—Don Invulnerable —Se burló —El Señor Indestructible —Sin dejar de bailar se fue desnudando —Señor Fuerza de Voluntad —Ya sin ropa me pegó sus muslos al rostro —El Maestro Inmune. Sólo por eso no vamos a coger.

—Está bien.

—¿Cómo que está bien? –—dejó el baile para acomodarse delante de mí. Liliana sentada, con el rostro recargado sobre el hombro, una mujer Modigliani, abandonada a su belleza.

—No sé, quiero decir, a la mejor así está bien, que podamos vernos y conversar —Estuve a punto de mencionar la palabra contemplación.

—¿Ya no me quieres? Dijiste que te gustaba estar conmigo.

—Sí, pero a la mejor nos hace bien, estar así…

Repitió la pregunta: ¿te gusta coger conmigo? Lo siguiente fue el tarro de tomates deshidratados en mi cabeza, el reclamo acerca de que nunca me quedaba.

Una vez que me recuperé me llevó a la cama. Abrázame, susurró como si no me hubiera golpeado. Tomó mis manos para dirigirlas por su cuerpo. Hábil demostró lo que pensaba de mi fuerza de voluntad. La penetré con ternura. Cambiamos de posición dos veces. Se quedó dormida con sus piernas sobre las mías.

Me di cuenta de la hora cuando me acerqué a la ventana. Era inútil pensar en saltar y, sin embargo, a pesar de los cuatro pisos que me separaban de la calle, era divertido considerar la posibilidad. En el balcón Liliana tenía tres macetas donde alguna vez creció algo, ahora sólo había ramas y tierra seca, junto a ellas un bebedero vacío, quemado por el sol. Se acercó un colibrí. Sin que lo perturbara mi presencia picoteó las cuatro flores falsas del bebedero.

Liliana me había contado del colibrí. Alguna vez tuvo la intención de domesticarlo, preparaba una mezcla de agua con azúcar para llenar el bebedero. El pájaro dio varias vueltas en el aire y regresó a zambullir el pico en las flores, una tras otra, incapaz de entender que formaban parte del mismo tubo de plástico abandonado.

—Vente, ¿qué tanto ves?

—Un pájaro.

—¿Regresó el colibrí? —Saltó sobre la cama.

—No. No sé, es un pájaro, otro, no un colibrí.

—Qué lástima. Antes le preparaba alimento. Ándale, deja la ventana. Ya vente, cuéntame algo, o si quieres, yo te platico.

Me acomodé junto a ella. Traté de acordarme cómo era, quién era, cuando podía pasar toda la noche sin dejar de acariciarla, me quedé dormido. Ella hablaba.

Atardeció. Soñé con el colibrí. Fue la noche de nuevo, el sueño fue intermitente, se parecía demasiado a una pesadilla. Liliana dormía pesada a mi lado, con una de sus piernas sobre la mía. A cada intento por hacerla a un lado, me respondía cerrando sus muslos sobre los míos o echándome el brazo encima. En algún momento quedé libre y pude ir al baño. De regreso calculé las posibilidades de salir del departamento, el bulto de mi ropa seguía en la silla, eran tres o cuatro pasos de ida, otros tantos de regreso y estaría afuera. Podía bajar descalzo, vestirme en la escalera. Salir.

Me acerqué a la puerta para correr el pasador, eso me ahorraría tiempo. Tenía la llave puesta. Liliana apareció en el marco de la puerta:

—Quédate, no empecemos de nuevo.

Regresé a la recámara. Me acosté junto a ella. Cerré los ojos con la intención de no volver a soñar con el colibrí. Ya habrá tiempo, pensé, ya amanecerá.

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