Tierra Adentro

Lejos quedó aquel México nacionalista que se imaginaba a sí mismo como una interminable película del Indio Fernández y se complacía viéndose en el espejo de sus propios mitos. Era un México de cantinas, sombrerudos y bigotones; de nopaleras, cañadas y cielos infinitos, como los de Figueroa; pero lo más importante, era un México de Josés, Juanes y Pedros, un país de nombres decentes. Hoy, en cambio, como resultado del más perverso colonialismo, no es dificil encontrarse con individuos que se hacen llamar Paul Jonathan o Brandón Michél [sic]. Sin embargo, a pesar de sus cacofonías imagino que estos personajes a diario conocen gente nueva, realizan trámites, pasan lista y, en fin, van por estas calles de Dios, sin necesidad de interrogatorios, como si fueran Pedro y Juan. En cambio, si uno se llama Anuar las cosas son muy diferentes.

“El nombre no sólo designa sino que designia”, escribe Hugo de Sanctis. Únicamente alguien con un nombre extravagante puede conocer la verdad de ese verso. Ignoro cuáles fueron las razones de mis padres para bautizarme así. Quizás el significado de mi nombre devele el mal momento por el que atravesaban y las esperanzas que querían proyectar en su primogénito, pues Anuar significa ‘el que da luz’ —era el sexenio de Miguel de la Madrid. Quizás es sólo una condición generacional,  una moda de “nombres raros”, pero llevada al extremo al añadir dos apellidos de extracción árabe y judía, respectivamente: Jalife y Jacobo. Llamarse así lo lleva a uno a la alienación social más radical.

Recuerdo que cuando era niño siempre me detenía en los calendarios a buscar mi santo. Como todos imaginarán, nunca lo encontré. No entendía por qué. Además, como mi familia no era católica el misterio se volvía doble. ¿A ciencia cierta, qué carajo era un santo? Trato de hacer memoria y recordar qué imaginaba cuando mis amigos festejaban el suyo. Creo que para mí era exactamente igual a un cumpleaños, pero aburrido.

Mención aparte merecen todas las interacciones burocráticas que he tenido en mi vida, desde que ingresé a la primaria. Recuerdo que cada inicio de curso despertaba en mí la incógnita de cómo pronunciaría mi nombre la profesora en turno. Ambar, Omar, Yanuar fueron algunas de mis identidades provisorias. Con el apellido paterno se inauguraba otra lista: Felipe, Jelipe, Califa. Finalmente, con el apellido de mi madre, el problema no pasaba de que se comieran una “o” y me dijeran: Jacob.

Sin embargo, una vez superadas las dificultades fonéticas, iniciaban las estructurales. ¿Cuál era el nombre?, ¿cuál el apellido? Para cuando las cosas quedaban aclaradas faltaban dos días para que el año escolar terminara. Por un tiempo creí que estos equívocos se debían a esa especie de incomunicabilidad en la que permanecemos durante la infancia. Salí del error cuando el último día de la preparatoria, mi mejor amigo, al ver mi certificado preguntó atónito: “¿A poco sí te llamas Jalife? Yo pensé que era tu apodo”. “Es mi apellido”, le aclaré. Remató con simpleza: “¿Qué no era Anuar?”

Así, entre el desfile de nombres que se repetían año con año, nunca tuve la experiencia de encontrarme con un tocayo —palabra casi mágica, que me despertaba un sentimiento ambiguo de orgullo y envidia—. Fue hasta sexto de primaria que me enteré, como quien descubre que tiene un hermano gemelo, de la llegada de un Anuar al sexto C. Por semanas —quizá sólo fueron un par de días— esa presencia inusitada me quitó el sueño. Pero lo que más me intrigaba era la indolencia de mis compañeros. Si por años me habían martirizado con sesiones inquisitoriales

sobre mis orígenes y los periplos fantásticos de mi familia —supongo que nos imaginaban con turbante y camellos llegando desde el Sahara al puerto de Veracruz— por qué ahora que la “extrañeza” se duplicaba permanecían impávidos. Unos pocos me preguntaban si lo conocía, si ya lo había visto, si éramos primos, si pertenecíamos a la misma secta. A todas esas preguntas respondía estoico que no. Sin embargo, la verdad era que no me había atrevido a verle la cara al tal Anuar. Un día, no recuerdo por qué, finalmente nos encontramos frente a frente, como en un spaghetti western:

—Tú también te llamas Anuar, ¿verdad?
—Sí
—Anuar ¿qué?
—Anuar Yolotzin Pérez Pérez
—Tú sí estás jodido —pensé. Regresé a casa decepcionado.

El sábado de esa misma semana les pedí a mis padres ir a Mesones y Uruguay a comprar arracadas de ajonjolí y jocoque, como para festejar mi renovada identidad. Siempre me gustó ir a esa parte del Centro porque en esas calles mi padre evocaba su infancia casi mítica en Correo Mayor, adonde mi abuelo había llegado de Líbano. Y es que he mentido al principio de este ensayo porque, en realidad, Freud y yo tenemos muy claras las razones de mi nombre. El mío, el de mis hermanos y el de algunos primos: Anuar, Said, Hamed, Amir, Fadua, Faruk, constituyen un prolongado homenaje a mi abuelo, don José Jalife Rezek, verdadero personaje de la mitología familiar, quien merece un ensayo aparte y entre cuyas hazañas se cuenta la de haber rechazado un trabajo con Lázaro Cárdenas, por no verle futuro político al michoacano, y haber estado a punto de atropellar, trompeta en mano, a Dámaso Pérez Prado y dos de sus músicos.

¿Cuál será la verdad detrás de este personaje en tinieblas que siempre tenía una Coca Cola de litro y un puro en la mano? No lo sé. No tengo otro recuerdo suyo más que el de sus relatos real-maravillosos. Por metonimia a su personalidad, en mi familia, Jalife es sinónimo de mal carácter, necedad e impaciencia; sin embargo, lo solemos usar en frases orgullosas como “Entonces, que me sale lo Jalife” o en denominal “Me ajalifé” como para decir que se puso uno muy cabrón. A veces me pregunto si sus hijos realmente lo homenajean bautizándonos así, o más bien buscan una última y única forma de contradecirlo, de ajalifarse. Si no, por qué entonces él mismo bautizo a los suyos con nombres que poco o nada tenían que ver con su terruño, José, Jorge, Arturo, Elvira, Ivonne y Odette. Quizás sólo quiso ahorrarles equívocos en el pase de lista los primeros días de clase.

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