Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed

Ilustración realizada por Jal Reed

Abarbanel, Farías o Pinedo,

arrojados de España por impía

persecución, conservan todavía

la llave de una casa de Toledo.

 

Libres ahora de esperanza y miedo,

miran la llave al declinar el día

en el bronce hay ayeres, lejanía,

cansado brillo y sufrimiento quedo.

Jorge Luis Borges

Isaac Abravanel, o Abarbanel que de ambas formas de su nombre se le conoce, a pesar de sus setenta y un años, y del sopor veraniego de la laguna, sigue acudiendo al Palacio Ducal Veneciano. Recorre el Gran Canal desde el Ghetto Novissimo al norte de la ciudad, donde fueron a residir los judíos que el Edito de Granada expulsó de España en 1492, hasta el centro de Venecia, ahí está la plaza de San Marcos y al fondo la catedral dedicada al mismo santo. El quehacer de la corte no le es ajeno, ni desconocido, ha formado parte de las cortes de al menos cuatro reyes, los juegos de poder ha buen tiempo que dejaron de apasionarlo, salvo que le atañan directamente a él y a s los suyos. Así tuvo que dejar Portugal a la muerte de Alfonso V, sabía que no podía esperar benevolencia del rey Juan II; así llegó a Castilla, la tierra de sus ancestros y por su amistad con Abraham Seneor también entró a la corte, hasta que pasó lo que pasó.

Las discusiones en la corte no le interesan particularmente. Sabe que su encuentro con la muerte está cercano, que ese encuentro que intentamos aplazar lo más posible en su caso no se computa en años sino en meses, o incluso en semanas. Se lo dice el aire que se le acaba, el agotamiento cada vez mayor. Podría aguardar en su casa que sus asuntos en la corte fueran resueltos por sus hijos, por sus socios, pero siente la obligación de acudir, que en el momento en el que ceda será el momento de su renuncia, de la aceptación de la partida. Pero, y eso es lo cierto, la posibilidad de una guerra con el Santo Padre lo tiene sin cuidado; sabe que aquel asunto le atañe porque, dada su fortuna, parte de los recursos para esa guerra habrán de ser sufragados por él y sus amigos. Pero en aquella rica ciudad ni él ni sus correligionarios son los únicos banqueros, sin ir más lejos lo son la familia del Dogo, los Laterano.

Su cercanía a las cortes se la debe a su fortuna, tanto a las arcas que heredó —su abuelo fue tesorero de los reyes castellanos Enrique II y Juan I— como a esa figura pagana con la que se quiere encarnar al azar. Ha sido esa segunda fortuna la que le ha permitido conservar sus caudales y aún multiplicarlos. No renegado nunca de su suerte, aunque no pocas veces ha estado tentado a hacerlo, sabe que el Altísimo ha estado de su parte; de ahí que siempre que le ha sido posible ha ayudado a los suyos. Piensa en aquel aciago verano de 1492, los reyes, doña Isabel y don Fernando, le permitieron salir de sus reinos con todo su oro, don que agradeció sobre manera, mientras que por su propia cuenta corrió la ayuda para que los más pobres de entre su gente, que, como él y su familia, habían elegido el exilio.

Dieciséis años ha, piensa, piensa en la gente, su gente, que cargaba con cuanto les fuera posible, en las familias apartadas, en los bienes malbaratados. Dieciséis años en los que no ha vuelto a pisar la península. Desde entonces ha recorrido el Mare Nostrum, con el prestigio de su nombre y de su fortuna. Nápoles, Siracusa, Monopoli, Corfú, Venecia son sólo algunos de los nombres de las ciudades donde sus pasos de exiliado lo han llevado. Y está ahí, en el palacio del Dogo, en esa ciudad en medio de la laguna que sabe será la última ciudad que lo acogerá.

¿Qué son para un anciano los atabales de la guerra? Poca cosa, se dice, sin embargo, el Dogo tiene su misma edad y ese ritmo bélico no le es indiferente. Pero, se dice, él tiene una ciudad que defender, un pueblo por el que luchar. Yo también lo tengo, se dice. Y piensa en sus vecinos del Ghetto Novissimo a quienes los venecianos desprecian doblemente por ser judíos y españoles.  Recuerda aquellos infructuosos cabildeos que él y su amigo Abraham Seneor hicieron con los reyes para que dieran marcha atrás al edicto que signaba el fin del judaísmo en Sefarad, en España. Aquellas discusiones que se prolongaban por horas entre él y su amigo para ver cómo evitar ese edicto, cómo resolver aquella cuestión.

Aquel amigo que pudo haber sido su padre para él seguía siendo Abraham Seneor, aunque hubiese tomado el nombre de Herrán Núñez Coronel. Fue en aquellas discusiones en las que, mientras no encontraban una solución que pudiese convencer a los reyes, que su amigo confesó que elegiría la conversión. Pero él no podía elegir aquel camino, no sabiendo cuántos de los suyos preferían el exilio. Además, habiendo crecido bajo la sombra de las persecuciones de 1391, que obligaron a su familia a dejar Sevilla e instalarse en Lisboa, sabía que le aguardaba la persecución por parte de la Inquisición, la hostigadora del Edicto de Granada.

Aquel hombre que había ayudado a doña Isabel a llegar al poder, que había financiado su guerra contra el último reino moro de la península —ayuda en la que él mismo también había colaborado—, que, a su lado, habían impulsado el proyecto del genovés de cruzar la mar océano había dejado este mundo hacía mucho tiempo; ni siquiera un año vivió como cristiano. Isaac piensa que él pronto también dejará este mundo. La reina ha muerto y el infame inquisidor que propició su expulsión también. Don Fernando sigue reinando. Mientras los suyos, su gente que sigue la ley de Moisés, ha sido desperdigada por todo el Mediterráneo y los reinos vecinos de España. Muchos de ellos con la esperanza de volver.

 

II

1492 es el año parteaguas en el reinado de Isabel I de Castilla (1451-1504) y Fernando II de Aragón (1452-1516), que unos años después recibirán del papa Alejandro VI (1431-1503) el apelativo por el que son conocidos: católicos, justamente por los acontecimientos que tuvieron lugar en ese año. El 6 de enero recibieron las llaves de Granada y Boabdil dejó la península terminando con ocho siglos de dominación islámica. El 31 de marzo firmaron el Edicto de Granada en el que ordenaban la expulsión de los judíos de sus reinos, terminando con la presencia de esta minoría religiosa de más de quince siglos. A principios de agosto salieron del puerto de Palos las carabelas que expandirían sus dominios; mientras los judíos expulsados se embarcaban fuera de sus reinos.

En 1492 la población judía de Castilla y Aragón era a todas luces minoritaria —de acuerdo con Joseph Pérez para ese momento representaba apenas el 2 % de la población ambos reinos, si se acepta la estimación de 200 mil personas; mientras que Henry Kamen es mucho más cauto en sus cálculos estima que la población conjunta no excedía las 80 mil personas; los autores coinciden en que la población de judíos aragonesa es mucho menor a la castellana—. La mitad de esa población eligió el exilio antes que la conversión, entre 40 mil y 100 mil personas que seguían siendo judíos abandonaron los territorios de los Reyes Católicos. La religión judía quedó proscrita a partir de agosto de 1492; aún así mucha gente eligió regresar y convertirse, sobre todo aquellos que emigraron a las costas norafricanas, debido a los malos tratos que recibieron.

El judaísmo en la península ibérica había existido por lo menos desde el siglo I de nuestra era, sobre todo a partir de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70. Fueron una minoría que empezó a ser perseguida durante el reino visigodo, sobre todo a partir de la conversión al catolicismo del rey Recadero (559-601), que incluyó algunos intentos de expulsión, hasta que en 711 comenzó la dominación musulmana de la península y el fin del reino visigodo. La población judía vio mejorada su situación dado que se les consideraba, al igual que los cristianos, gente del libro; de ahí que se les permitiese profesar su religión a condición de pagar una serie de impuestos especiales por ello.

A ese respecto Joseph Pérez, en Los judíos en España lo plantea en estos términos —contrarios a cierto mito con respecto a la tolerancia andaluza—:

“En relación con las falsas religiones, los árabes practicaron, en efecto, la tolerancia, pero en el sentido que se le daba entonces a la palabra y que se le sigue dando hasta una fecha muy reciente: no se respetaba a los judíos, ni se les reconocían derechos: lo que se toleraba no era en ningún modo un derecho; simplemente, no se les perseguía ni se les expulsaba porque se pensaba que su presencia podía ser útil; además, los monarcas no se sentían todavía lo suficientemente fuertes como para prohibir las falsas religiones.”

La situación de la península, al interior del al-Ándalus y de los reinos cristianos que comenzaban a crecer, la tolerancia no era entendida como hoy la reconocemos, en su aspecto positivo, sino en el sentido negativo del término: se toleraba porque no quedaba de otra. Por su parte, en La inquisición española, Henry Kamen lo plantea así:

“La práctica de la «tolerancia» en el sentido de permitir a la gente discrepar por supuesto que no existía en ningún lugar de la Europa cristiana del siglo XVI, y no surgiría hasta varios siglos después, cuando algunos estados concedieran derechos legales a las minorías religiosas. Pero las sociedades fronterizas en contacto con otras culturas, como sucedía en el Mediterráneo y en el este de Europa, pertenecían a una categoría especial. Como ellas, España fue una sociedad plural (y por lo tanto en cierto sentido indulgente) mucho antes de que la tolerancia se convirtiera en una cuestión filosófica. […] La tolerancia era posible socialmente, aunque no fuera aceptable ideológicamente: era un rasgo que España compartía con otros estados europeos en los que había minorías culturales.”

A pesar de lo cual las comunidades judías pudieron prosperar y algunos de sus miembros alcanzar posiciones de importancia, sobre todo a partir del reinado de Abd al-Rahman III (912-961). Este monarca llegó a encomendar misiones diplomáticas a uno de sus médicos judíos Hasday ibn Sharprut (915-975), así como la traducción de un códice de la obra de Discórides que el emperador Cosntantino VII envío a Abd al-Rahman III —con lo que inició el proceso de traducción, que tuvo unos siglos más tarde su cúspide con la escuela de Toledo—. A Hasday también se atribuye el propiciar la así llamada era de oro del judaísmo en España —en la cual las ciencias y artes hechas por judíos florecieron e incluyó a un judío, poeta y filósofo, fuera nombrado visir de Granada y gobernara de facto el califato: Semuel ibn Nagrella (993-1055). Temporada de florecimiento que terminó cuando se dio la invasión almorávide en 1086 de los reinos de los taifas, que orilló a la población judía a emigrar al norte, a los reinos cristianos, donde vivieron una segunda edad de oro, o la edad de plata del judaísmo en España.

Así figuras como los citados Hasday y Negrella destacaron con sus obras filosóficas y poéticas, a quienes se suman los poetas Dunash ben Labrat (920-990), Yehudah Halevi (1070-1141), Solomón ibn Gabirol (1021-1058), quien fue conocido entre los cristianos Avicebrón, Abraham ibn Ezra (1092-1167), Menahem ben Saruq (¿910?-970), Moses ibn Ezra (¿1055?-1138), entre otros; así como de Moisés ben Maimón (1138-1204), más conocido como Maimónides, se convirtió en vida un referente en los estudios talmúdicos y como científico y filósofo no sólo en los ámbitos hebreos sino para cristianos y musulmanes.

Algunos autores recomiendan prudencia al hablar de estos momentos de desarrollo como edades de oro. Joseph Pérez así lo plantea: “La edad de oro del judaísmo español en al-Andalus pertenece, pues, a la leyenda, una leyenda forjada después de que terminara la dominación musulmana en la Península.” Además, este historiador llama a considerar que el desarrollo artístico, científico y cultural no se dio de manera autónoma y no benefició al conjunto de la población judía:

“La España medieval no conoció más que dos culturas dominantes y dominadoras, primero la musulmana, luego la cristiana; los judíos se incorporaron a la una y después a la otra, pero cultura judía como tal no la hubo, a no ser que se quiera nombrar así, en un sentido restringido, el conjunto de normas religiosas y espirituales por las que se regían las aljamas. Los judíos siguieron siendo judíos en al-Ándalus desde el punto de vista religioso, pero en todo lo demás adoptaron los modelos culturales dominantes; en primer lugar, la lengua árabe que les permitía acceder a un caudal literario, filosófico y científico de extraordinaria riqueza. Asimilaron perfectamente la cultura árabe y en esto estriba su éxito y su prestigio en al-Ándalus, un prestigio intelectual que no coincide ni mucho menos con una mejora sustancial de las condiciones de vida de la masa del pueblo hebreo.”

El fin del califato de Córdova y la invasión de los reinos de los Taifas significó la persecución a los judíos en los territorios dominados por los musulmanes, debido al celo religioso de los almorávides y los almohades. Aunque las poblaciones hebreas no desaparecieron por completo de al-Ándalus, su presencia fue mínima.

Mientras que los reinos cristianos se expandían, por una parte, tenían que aceptar a los judíos que habitaban en los territorios conquistados y por otra, a los que dejaron al-Ándalus. Los judíos fueron considerados propiedad del rey, lo fueron hasta el momento de la expulsión y gozaron de un trato relativamente benigno por parte de las autoridades. En La historia de los judíos en España se anota:

“El hito más importante y significativo en ese sentido es la Carta inter Christianos et Judaeos promulgada por el rey de Castilla Alfonso VI en 1090. En este documento se prometía dar un trato similar a cristianos y judíos; además, se declaraba que los jueces judíos gozarían de los mismos derechos que los cristianos. La Carta viene a ser, pues, como un fuero específico que se otorgaba a los judíos; como tal, es un documento original que no tiene equivalentes en el resto de la Europa cristiana.”

Así, por ejemplo, el rey Fernando III “el Santo” (1199-1252), al conquistar Sevilla se proclamaba emperador de las tres religiones. Su hijo Alfonso X “el Sabio” (1221-1284) promovió la Escuela de Traductores de Toledo, en la que sabios hebreos colaboraban con cristianos y musulmanes en labores de traducción, labores que seguían vigentes cuatro siglos después, como atestigua Cervantes en el capítulo IX de la primera parte del Quijote, donde señala que en Toledo encontró quien le tradujese la historia del árabe al castellano, “[…] pues aunque le buscare de otra mejor y más antigua lengua le hallara”, en referencia al hebreo.

Al respecto Henry Kamen apunta:

“En España, como en otras civilizaciones mediterráneas, y a unos niveles raramente alcanzados en la Europa septentrional, se haría inevitable la filtración de las distintas formas de pensar y de comportarse de otras gentes.”

Sin embargo, el historiador hispanista apunta que estas relaciones se dieron cifradas por el conflicto, las minorías religiosas sabían que su situación frente a comunidades más numerosas de una religión que no era la suya era precaria y podía cambiar en cualquier momento:

“La capacidad de las minorías de aguantar siglos y siglos de represión esporádica y de sobrevivir hasta comienzos de la modernidad en condiciones de enorme desigualdad se basaría en un largo aprendizaje.”

En el caso de la población hebrea en los reinos cristianos se trata de un antijudaísmo que, siguiendo a Joseph Pérez, era enseñado desde los púlpitos, siguiendo a Jules Isaac y su «pedagogía del desprecio». Pérez insiste que se tiene que no es posible hablar de discriminación racial para la España tardomedieval porque la idea de raza no nace sino hasta el siglo XVIII, él señala que lo que hay es una discriminación religiosa, contra los judíos por profesar una religión que no era el cristianismo, a lo que se sumaron toda una serie de prejuicios:

“Lo que hubo en la Edad Media, en España como en toda la cristiandad, no fue antisemitismo, sino antijudaísmo; un antijudaísmo constantemente reivindicado por la Iglesia católica desde los orígenes del cristianismo.”

Pérez va más allá:

“[…] hay que abandonar la idea de que el viejo usurero del gueto haya sido un precursor del capitalismo y que la incomprensión del catolicismo ante los asuntos económicos y la expulsión y persecución de los judíos a partir de ciertas fechas hayan sido la causa de la decadencia de España. Es excesivo e inexacto pretender que la historia de España se ha alzado sobre la base de una economía judaica. Los trabajos más recientes sobre la historia de Castilla durante la Edad Media y principios de la Moderna demuestran todo lo contrario.”

La élite judía era la que prestaba dinero y la que llegó a ocupar algunas posiciones en la recaudación, además, como las aljamas dependían directamente del rey en los conflictos se aliaban a éste. La primera situación fue utilizada por los nobles que no querían un poder real más centralizado y por los frailes mendicantes para azuzar el antijudaísmo que estalló en 1391 y ocasionó asaltos y miles de muertes de judíos tanto en Castilla como en Aragón, donde la presencia judía casi desapareció. Así mismo provocó que miles de personas se convirtieran al cristianismo por temor a ser agredidos. Joseph Pérez apunta que pudieron ser hasta 100 mil las personas que se convirtieron.

Los conversos trajeron nuevos problemas, mientras que a los judíos se les prohibía el acceso a ciertos puestos, para los conversos, en tanto que como cristianos estaban en igualdad que el resto de los cristianos, ese veto desaparecía y pasaban a ocupar lugares prominentes de la sociedad, tanto en la administración de las ciudades, real, como al interior de la jerarquía eclesiástica. Lo que ocasionaba desconfianza entre los cristianos viejos; esta desconfianza fue explotada por Enrique de Trastámara (1334-1379) como arma política contra su hermano, Pedro I (1334-1369), durante la guerra civil que lo llevó al poder. A lo anterior se sumaba que muchos de ellos sólo habían aceptado la conversión en razón del peligro que sus personas y bienes corrieron por las revueltas de 1391 y el movimiento antijudío que se mantuvo hasta 1415, éste encabezado sobre todo por Vicente Ferrer (1350-1419).

Durante el siglo XV el antijudaísmo siguió siendo alimentado y era un motivo que las guerras civiles se utilizaba contra los oponentes, amigos de judíos.

En 1469 Isabel de Castilla se casó con el heredero de la corona de Aragón, Fernando. En 1474 fueron jurados reyes de Castilla y en 1479 Fernando accedió al trono de Aragón, del cual ella permaneció como consorte. A ambos les interesaba centralizar el poder real, asentar sobre cualquier otra autoridad —ya fuese la de las cortes, eclesiástica o cualquier señor—. Se trata de la materialización de uno de los primeros estados modernos.

En ese ambiente es que se crea la Inquisición Española, institución creada para mantener la ortodoxia en materia de religión, pero que los reyes católicos lograron hacer, merced a su destacado papel diplomático en Roma, para centralizar el poder eclesiástico en torno a la figura real. El inquisidor sería nombrado por los reyes y ningún obispo tendrá autoridad sobre él. En 1478 el dominico Tomás de Torquemada (1420-1498), en la visita que la reina realizó a Sevilla, la convenció de la necesidad de implantar la inquisición para perseguir a los conversos judaizantes —marranos, como se les llama, término que parece proceder de marrar, volver al error—. Así se consiguió la bula que permitió operar a la Inquisición española, que en un primer momento sólo lo hizo en la región de Sevilla, para extenderse a toda Castilla en 1480 y que una nueva bula papal permitió crear la inquisición en los reinos aragoneses. En 1483 Torquemada fue nombrado inquisidor general, posición que mantuvo hasta su muerte y desde la que sentó las bases del quehacer inquisitorial.

Ni la reina Isabel, ni el rey Fernando eran antijudíos, tenían entre sus colaboradores judíos, como a Abraham Seneor o Isaac Abravanel —sin contar a los colabores conversos—, la expedición colombina se realizó gracias en parte a las inversiones judías. Pérez dice:

“No anda descaminado Luis Suárez Fernández al escribir que, si Fernando e Isabel hubieran muerto en 1491, la fama que aún les rodea en las juderías del mundo entero sería completamente distinta.”

Pero la labor inquisitorial había comenzado. La inquisición señalaba que los conversos tendían a judaizar por la cercanía con los judíos, de ahí que a partir de 1480 se empiezan a aplicar leyes para garantizar una segregación. Los barrios judíos en España nunca habían estado divididos por muros y se podía circular libremente dentro y fuera de ellos, no pocos cristianos habitaban en su interior, al igual que había muchos judíos que no los habitaban. La aljama no era un espacio físico, sino una institución, un gobierno paralelo al cristiano para los judíos, con sus propias autoridades, sinagogas y escuelas. Lo cual cambió con las disposiciones reales de 1480 que ordenaron construir muros que separaran las juderías del resto de la población, encaminados a crear lo que en Italia fueron los guetos. Los conflictos que ocasionaron esas disposiciones todavía se seguían dirimiendo en el momento de la expulsión.

La presión de la inquisición, así como el interés por mantener la unidad, una sola religión, un solo príncipe fueron lo que llevó, en 1492, una vez que dominaron el reino de Granada a los Reyes Católicos a declarar la expulsión. La intención era orillar a que la población judía de sus reinos abrazara el cristianismo, sin embargo, sólo la mitad de los judíos lo hizo, el resto prefirió el exilio.

 

III

En la actualidad el judeoespañol es hablado por aproximadamente 150 mil personas, la mayoría de ellas radicadas en Israel —el segundo país con mayor número de hablantes es Turquía con 15 mil—. Aunque esas cifras podrían llevar a creer que el número de sefarditas se ha mantenido más o menos constante, pasan por alto la aculturación que muchas comunidades sefarditas sufrieron en el siglo XIX y XX, así como la violencia de la Segunda Guerra Mundial que acabó con la vida de miles de sefarditas.

La imagen de los exiliados que conservan una llave de una casa ancestral es un tópico que Joseph Pérez despacha por carecer de un sustento, su fuerza (y persistencia) radica en el simbolismo que implica —como en el poema de Borges—. En 1492 miles de judíos abandonaron España con la esperanza de volver, muchos lo hicieron y aceptaron convertirse —la inquisición se encargó de erradicar en ellos las prácticas judaizantes, sobre todo en los primeros treinta años posteriores a la expulsión y en las primeras décadas del siglo XVII—. Muchos emigraron a Portugal donde en 1498 se les obligó a convertirse, a diferencia de en España ahí pudieron mantener una vida de criptojudaísmo sin la persecución inquisitorial, lo que hizo que, para 1580 cuando se unen las coronas portuguesa y española, muchos de ellos volvieran a la tierra de sus ancestros —siguiendo el camino que un siglo antes había llevado Isaac Abravanel—, ellos fueron quienes propiciaron que muchos de los descendientes de conversos judaizaran. Muchos de los portugueses emigraron al norte, sobre todo a los Países Bajos, donde en Ámsterdam floreció la comunidad judía hasta el grado de llamarla a principios del siglo XVII la Nueva Jerusalén. Ahí nació y desarrolló su labor el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), quien, para Joseph Pérez, no es improbable que sea heredero de cierto pensamiento escéptico que surgió entre las élites judías (y cristianas) en el siglo XV de España.

Fue el Imperio Otomano el que más judíos recibió, muchos de los que emigraron al norte africano y la convulsa Italia terminaron como súbditos del gran sultán. Uno de los casos más destacados, y quien propició el desarrollo de las comunidades sefarditas en el Imperio Otomano y en especial en el Levante fue Gracia Naci (1510-1569), hija de un rico banquero de origen castellano, se casó joven con otro banquero Diego Mendes, quien pronto la dejó viuda. Con su fortuna ayudó a las redes de marranos dentro y fuera de Portugal y cuando la inquisición puso sus ojos sobre ella fue recibida por el sultán. Su yerno, Juan Minques, llegó a ser uno de los hombres de confianza del sultán, quien lo nombró duque de Naxos. Las comunidades sefarditas mantuvieron la religión de sus padres, lazos de ayuda entre ellos y la lengua y cultura de España.

Fueron una de las primeras víctimas de un proyecto de nación, que buscaba la uniformidad de sus miembros —lejos estaban los Reyes Católicos al declinar el siglo XV de la idea de ciudadanos—. Proceso que ha costado tantas vidas a lo largo de los últimos cinco siglos y que, espero, sea cosa del pasado.

 

Bibliografía

Sam Aronow, YouTube: The Sephardic Golden Age (756-1066), 8 de enero de 2021, https://youtu.be/CHj4g0SEVDA

Sam Aronow, YouTube: Maimonides, the Great Eagle (1138-1204), 5 de marzo de 2021, https://youtu.be/0ZKk81bts88

Sam Aronow, YouTube: The Sephardic Silver Age (1204-1391), 7 de mayo de 2021, https://youtu.be/gcrDfFe7tUY

Sam Aronow, YouTube: The Alhambra Decree (1391-1492), 21 de mayo de 2021, https://youtu.be/PxGtD_SqLwo

Henry Kamen, La inquisición española, Crítica, Barcelona, 2013

Vernice Grajeda, Nacionalismo y la expulsión de los judíos de España en 1492, Palibrio, EUA, 2011

Juan Carlos Lara Olmo, Historia de los judíos en Europa, Raíces, Madrid, 2013

Joseph Pérez, Los Judíos en España, Marcial Pons, España, 2005

Secretaría de Cultura