Tierra Adentro

Hace algunos meses me encontré una entrevista en la que Lourdes Grobet hablaba sobre su trabajo más reconocido: la fotografía sobre lucha libre. En dicha entrevista (realizada por el fotógrafo español Claudi Carreras), Grobet mencionaba que a través de este deporte había logrado entender a México. Es cierto que la lucha libre forma parte de la cultura popular mexicana, sin embargo, no me había quedado clara la razón por la que la fotógrafa decía esto.

Lo comprendí hasta que tropecé con Guerra de mentiras, un texto de Gabriel Rodríguez Álvarez en el que se aproxima a la lucha libre desde distintos ejes. La analiza como deporte y como obra de teatro, desde el ring como espejo político del lugar de linchamiento multitudinario, hasta la visión del fotógrafo que dispara su flash al luchador que se encuentra sobre el cuadrilátero: «En México a simple vista, no existen apuestas y la reventa laboral bajo los letreros de “prohibido”. Un revendedor te intercepta a punto de llegar a la taquilla. El subempleo no se queda fuera de la arena y desde el margen hasta el centro se da una vendimia matriculada ya sea para ofrecer productos de marca o bien la piratería de los talleres culturales clandestinos. La lucha se reproduce. Se ofrecen máscaras y las antologías de combates legendarios que le sirven a lo perdurable del mito. Es la democracia del plástico y el video».[1]

En realidad las huellas de nuestra cultura se encuentran en actividades comerciales fuera de la arena; en la manera en que los espectadores interactúan con los revendedores de boletos y con los vendedores de mercancía «luchística», antes y después del espectáculo. Afuera de la arena se escuchan las distintas voces de México: «¿Quiere boleto?», «Todos con sus boletos en mano». Sin embargo, puede ser difícil para cualquier mexicano rastrear su propia cultura en todo esto, probablemente porque se está acostumbrado a pensar en México a través de las imágenes que han contribuido a la formación de una identidad visual bien definida.

El pasado 20 de marzo, en una presentación en el Auditorio Fausto Gutiérrez Moreno, en Tijuana, el Hijo del Perro Aguayo murió por un traumatismo de cuello ocasionado tras una caída en las cuerdas del cuadrilátero, después de haber recibido una patada por parte de Rey Misterio Jr.. Supe de la noticia un día después, cuando una amiga me informó sobre el lamentable acontecimiento y me mostró el video en el que aparece el cuerpo del luchador colgando de las cuerdas. Las imágenes me impresionaron. Una especie de indignación me invadió por la manera en la que la lucha había continuado, aun con el tipo inconsciente. Inmediatamente vinieron a mi mente los recuerdos del Hijo del Perro Aguayo luchando contra el Místico en la Arena Isabel en Cuernavaca, ciudad en la que vivo desde hace veinte años. No fue sino hasta después de un buen rato, que reflexioné sobre mi reacción en torno a la noticia. Estaba conmovida.

La muerte del Hijo del Perro Aguayo, aunque pudiera parecer un evento irrelevante entre quienes me rodean, había hecho eco en mí. Pertenezco a la generación que vio la lucha libre mexicana a través de la máscara del Místico, el luchador técnico que más admiraba mi hermano, y del Hijo del Perro Aguayo, el rudo al que más admiraba yo. Es cierto que crecimos sabiendo quien era el Santo, sin embargo su figura llegó a mi generación a través de una imagen más bien difuminada; es decir, a través de fotografías y de la televisión. Yo, y muchos otros de mi edad, ya no pudimos ver en el ring al luchador cuya imagen forma parte de la memoria colectiva de nuestro país. Crecí viendo máscaras de Blue Demon, del El Santo y del Místico colgadas en la habitación de mi hermano. El vecino con quien jugaba por las tardes cuando era niña usaba las máscaras de El Santo mientras saltaba por las escaleras, imitándolo tal como lo veía en sus películas.

Más tarde, mi padre empezaría a llevar a mi hermano a ver la lucha libre y pronto yo me integré a esas actividades masculinas. Todos los recuerdos de los miércoles de lucha libre quedaron plasmados en mi memoria a modo de imágenes en movimiento, casi como una película en la que aparecen luchadores en el ring y al mismo tiempo un público enardecido y extasiado con el espectáculo. No comprendía la catarsis, hasta que volví la mirada al cuadrilátero y entendí que la lucha libre no se piensa, se siente.

La fotografía de Lourdes Grobet muestra precisamente aquello que comprende el mundo de la lucha libre. Permite observar más de cerca a los luchadores y el delirio del público; ha abordado la vida del deporte pancracio desde múltiples perspectivas. Entre ellas está la serie El público, donde deja de lado el ring para enfocar su atención en los asistentes, encuadrándolos siempre en grupo, capturando sus diversos gestos provocados por las emociones que se desprenden de una función. Se ven las sonrisas, la cara de preocupación de una abuela que mira la lucha libre mientras un niño duerme en sus piernas; se aprecian hombres, mujeres y niños; ellos conforman el mundo de la lucha libre que reúne a familiares y amigos en la arena. Una mujer es retratada por Grobet mientras sostiene un cartel que enuncia «Todos los chilangos son hijos de la verga». Al observar las fotografías de esta serie uno podría reconocerse a sí mismo sentado entre la concurrencia que alardea y vitupera al luchador contrario al de su preferencia. Sucede que en estas imágenes uno puede verse a través de la mirada del otro, estar dentro y fuera de ese pasado contenido en una o varias fotografías.

En La lucha por la vida, Lourdes muestra que el mundo de la lucha libre no sólo está en la llamada plancha de los sacrificios, también está en el día a día de los luchadores. Así pues, hace un acercamiento a estos personajes, los desmitifica y los retrata como madres y padres de familia. Sin duda, dedicarse a ser luchador significa estar expuesto a la mirada del público cuando se está sobre el cuadrilátero; pero Grobet los muestra dentro de sus casas, en el seno familiar que acontece en la esfera de lo privado. Esto permite conocer a los luchadores través de los objetos que resguardan. Trofeos y sillones cubiertos con telas aterciopeladas donde posan acompañados por algún familiar dentro de sus casas; la imagen de la Virgen de Guadalupe, las fotografías de la celebración de los quince años y los retratos de los luchadores, decoran las paredes de sus habitaciones y salas. Las luchadoras aparecen con el mandil puesto y dando el biberón a sus hijos.

Lourdes Grobet hace dos grandes aportaciones al imaginario visual de la lucha pancracio. En primer lugar, entendió el sentido de la lucha libre a través de buscar sus orígenes, pues vio en ellas una renovación modernizada del rito[2] al relacionar el uso de la máscara de los luchadores, así como la lucha cuerpo a cuerpo, con la tradición de máscaras y guerreros del México prehispánico. Al mismo tiempo observó cómo es que la lucha traspasa la frontera del ring. Las fotografías que hizo del Fray Tormenta, un fraile que costeaba una casa hogar para niños abandonados con las ganancias que obtenía siendo luchador profesional, son un ejemplo de ello.[3]

Grobet brinda imágenes más completas de lo que es la lucha libre en la arena y expande sus horizontes más allá de «la plancha de sacrificios». No sólo voltea la mirada a los lados para ver más de cerca al público, sino que también dirige su lente hacia arriba y realiza fotos de las grandes estructuras, «los recintos sagrados», para hacer referencia a las arenas.

La fotografía de la lucha libre puede abordarse desde dos perspectivas: la del fotógrafo que realiza imágenes para la prensa y la del fotógrafo artista, que acerca su lente con un interés distinto al del mero reportaje. Por un lado, están los fotógrafos que disparan sus flashes sobre el escenario, buscando el mejor momento para retratar a los luchadores, intentando capturar la mejor pose o el momento en el que el luchador se suspende en el aire. Estos fotógrafos se encuentran en cada función dirigiendo su lente al ring, a ese lugar que funge como escenario de teatro, en el que se desarrolla una obra que es un tanto mentira y un tanto verdad. Los medios, como la fotografía y el cine, dan al luchador un lugar especial en la cultura visual mexicana: «[…] los luchadores saltaron de las páginas a las pantallas para salvar al mundo con tal originalidad y desfachatez que ocupan un lugar privilegiado en la médula de la cultura popular mexicana».[4] Sin embargo creo que la difusión de la lucha libre, así como su gran aceptación de las familias mexicanas tuvo que ver con las revistas ilustradas que cubrían los eventos de manera gráfica (K.O o Lucha libre, por ejemplo) y para las que trabajaban muchos de los fotógrafos

La lucha libre es teatralización e imitación: aparecen los hombres con máscara pero al mismo tiempo, aquellos que no cubren su rostro con una. Asistir a un evento de este tipo, permite al espectador experimentar el éxtasis del «sacrificio», y volver a su pasado prehispánico. La fotografía se vuelve un medio por el cual se ha logrado —de cierta manera— desenmascarar al enmascarado y mostrar el rostro de quienes no portan una máscara.

 

 


[1] Gabriel Rodríguez Álvarez, “Guerra de mentiras” en Luna Córnea, no. 27, pág. 105.

[2] Juan Manuel Aurrecoechea, “Lourdes Grobet: La lucha por la vida”, pág. 172.

[3] Ibid., pág. 175.

[4] Gabriel Rodríguez Álvarez, Op. Cit., pág. 107.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.
Secretaría de Cultura