Tierra Adentro

Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si yo escribo “Ralph Baer”, usted piensa que hablo de:

 

1. Uno de los 19,000 músicos de la orquesta de Ray Coniff.

2. El niño que salía en Alf.

3. Ese chef que le avienta sal a sus platillos de la forma más peculiar.

Ninguna de las anteriores: hablo del creador de la Magnavox Odissey. Ah, muy bien, podría decir entonces, eso es maravilloso, pero, ¿qué es? Nada más y nada menos que la primera consola casera de videojuegos del mundo. Si usted le ha disparado a unos patos en la tele, y falló, (y seguramente se sintió frustrado con la risa socarrona del perro que los recogía); si usted ha matado zombis a balazos o, quizá, ha bailado frente a la pantalla al ritmo de una canción japonesa casi imposible de cantar, usted le debe unos minutos de diversión a este ingeniero alemán nacionalizado estadunidense. El dato es sencillo, interesante pero sencillo. Lo complicado es escribir sobre ello, sacarle jugo a una notita así, que celebra un aniversario más del lanzamiento de dicha consola (relegada en la historia, vamos a decirlo: a veces se cree que el Atari fue la primera). Entonces me pregunto, ¿qué sé yo de videojuegos? Algo, claro: desde que adquirí mi primer PlayStation 1, en los lejanos años de la secundaria, mis calificaciones fueron en picada y nunca más alzaron el vuelo.  Yo, que según quería ser médico forense, o psicólogo, por culpa del vicio de los bits, acabé de maestro de inglés: el boulevard de los sueños rotos, la última opción de varios que soñábamos con ser otra cosa y, a falta de caminos, decidimos repetir “I am, you are” hasta que se nos secara el gañote.

Como no sé qué más decir, decido preguntarle a los que saben. Busco entre mis contactos de Facebook y me encuentro con tres expertos en consolas retro. Antes de escribirles, escribo una lista de preguntas. “¿Qué papel tuvo en el mundo de los videojuegos? ¿Cómo la definirías? ¿Por qué fue tan importante?” Armado hasta los dientes con preguntas de rutina, contacto al primero. «La verdad de esa no sé mucho, salvo que fue la primera», contesta con sinceridad. El segundo me deja en visto (pero no lo culpo: minutos después lo veo subir fotos en un bar, con su esposa) y el tercero, quizá el más preparado, accede. Luego de responder un par, y preguntarme por qué tanta obsesión con esa consola, me lanza la segunda pregunta, que no vi venir: «¿Para qué revista estamos hablando?» Y cuando le respondo que es para Tierra Adentro, me dice que él, para instituciones gubernamentales, no habla. Eso sí, me manda un abrazo virtual. Reviso los mensajes (periodismo sin oficio) y no, en ningún momento mencioné el conflicto Ucrania-Rusia o a los Illuminati; nada escabroso, según yo. Entonces el pleito debe ser con Tierra Adentro; me imagino a uno de los directores anteriores atacando con globos llenos de orines la casa del entrevistado. Puede ser.

Bueno, pues entonces sólo queda internet. Justamente en esta semana se celebra un cumpleaños más de Ralph Baer, ese niño al que expulsaron de su escuela en Alemania por ser judío y, aquí viene lo bueno, jóvenes, dos meses antes de La Noche de los Cristales Rotos, su familia escapó hacia Estados Unidos. Ignoro qué sea esa noche de cristales rotos, pero debe ser del mismo calibre de esa misma noche en que Chicago se murió. Baer, además, trabajó para el servicio de Inteligencia de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y luego, en 1972, auspiciado por Magnavox, lanzó aquella mítica consola de la que se supone debo hablar. Si a estas alturas usted aún no sabe qué compañía es Magnavox, revise en casa de sus abuelos, puede que halle una tele de esa marca.

Mi siguiente paso, entonces, es cotizar cuánto cuesta actualmente la consola: datos, que vengan los datos. Está valuada en unos 7,000 u 8,000 pesos. Pero, dato curioso, actualmente no hay en México, sólo en Estados Unidos. Mercado Libre no la tiene, Amazon México tampoco y esa es toda la oferta. Decido entonces irme por la opción más inverosímil: Facebook Marketplace. Oh, sorpresa: hay una a la venta, pero se encuentra hasta Jalisco. El vendedor la anuncia “en estado regular” y no asegura que funcione. Eso sí: viene en caja (La Magnavox de Schrödinger, debí titular este texto: no sabemos si la consola sirve, o no, hasta que la saquemos de su caja, luego, claro, de pagar la módica cantidad de 5,000 pesos). Seguramente el dueño no desea dar más información que la que ya puso, pero de todas formas trato. «¿Qué me puedes decir de la Magnavox Odissey?», le escribo por inbox. «Que está en perfecto estado», contesta, «que no se ha usado últimamente y tiene los detalles normales de una consola con más de 40 años de vida. Y lo que te decía: no sé si sirva o no, perdí los cables». Debí preguntar qué opinaba de la Magnavox Odissey, no de su Magnavox Odissey. «Ah», agrega, «el envío va por tu cuenta y es previo depósito». Bueno, si me pusiera más condiciones diría que me está vendiendo una máquina del tiempo (¿y no es, de cierta forma, esa consolita negra con pedazos de material tipo madera, una máquina del tiempo?).

Antes de contestar, reviso su perfil: no parece tener nada extraño: es miembro de varios grupos de compra-venta de videojuegos a los que yo también pertenezco, comparte memes cada cierto tiempo y hasta tiene un par de fotos con su playera del Atlas. De que existe, existe, pero, ¿su consola existirá? Ya veremos. Le digo que lo pensaré y volveré a escribirle.  De aquí no va a salir mucho, eso es claro. Siguiente parada: la Friki Plaza, el santuario de los otakus, jugadores de Yu Gi Oh y cuarentones que miramos con nostalgia a esos tiempos donde los retos eran pasar de misión, no esperar la muerte entre marejadas de acidez y demandas por pensión alimenticia.

 

2

 

Somos el grito de todos los que ya no están. Debí usar comillas, porque la frase no es mía: me la encontré a las afueras de El Chopo, colocada en un cartón a los pies de una mujer que vende sándwiches vegetarianos. Pero le creo, eso somos: el eco de lo que pasó hace veinte, cuarenta años. Sombras nada más, diría Javier Solís. El recuerdo de los videojuegos que nos hicieron felices; fantasmas de aquellos niños que veían los Pizza Gatos Samurái con una dotación de Abejitas Sonrics en su poder. En un puesto de periódicos, la portada del Récord simula aquel juego de los patos, ese de Nintendo, en el que usabas una pistola y un perro desgraciado se reía de ti si se te iba la presa. Baer estaría orgulloso: él diseñó, además de la consola que voy a buscar, la tecnología que usa dicha pistola.

Son ya las 11 de la mañana, pero estas calles se siguen despertando, modorras y lentas. Esta ciudad es de bulbos: cuánto tarda en prender bien; parece que no quisiera hacerlo. Mientras avanzo por Avenida México-Tenochtitlan, reviso si mi otro informante me ha contestado ya, siquiera para tener un norte de dónde buscar o a quién dirigirme, pero no, nada, a pesar de que está conectado. Como que medio me enojo, medio me desespero, y al final me doy cuenta de que, si no quiere contestar, está en su derecho; culpo a esta maldita fiebre de la conectividad, que nos hace esperar respuestas inmediatas. La bolita verde junto a su foto desaparece al mismo tiempo que la bolita verde de un semáforo y entonces quedo junto a un grupito de sexoservidoras que me preguntan, así desparpajado, si no quiero irme con una de ellas. Sonrío y me hago, poco a poco, a un ladito: no se me olvida que hace unos dos años, a lo mejor tres, aquí nomás, en una calle paralela, cierta mujer del mismo oficio me pellizcó una chichi. Más que coraje me dio pena. «Es tu culpa, ¿para qué traes playera apretada: tú las provocaste», me dijo una amiga, y sentí que estaba pagando los platos rotos del atascadero que es el acoso a las mujeres.

Apenas a unos metros de la entrada a la estación Hidalgo, veo que han puesto unas mesas y unos banquitos que, ya no sé si me lo estoy imaginando, parecen piezas de Tetris (¿se puede seguir diciendo Tetris?, ¿no han cancelado ese juego porque lo diseñó un ruso? Editor, échame la mano con ese dato). Sobre una de las mesas, de verdad, lo juro por todas las flores, hay una botella de Chaparritas. ¿Es en serio? ¿Deseé con tantas fuerzas saber algo de la Magnavox Odissey que me teletransporté al año de su lanzamiento? Me asusto, ¿qué pasó en aquellos años aquí en la CDMX, perdón, en el DF? Googleo el año (ah qué periodista tan serio resulté ser) y dice que en aquellas fechas, aquí en México, Genaro Vázquez Rojas, maestro normalista y líder guerrillero en la sierra de Guerrero, murió en un accidente automovilístico. Además, en la Plaza México, Francisco Curro Rivera indultó al toro “Payaso” de la ganadería de Torrecilla. Qué cosas: un torero que gustaba de la fiesta brava, pero a lo mejor no disfrutaba tanto de matar. Quizá un simulador de tauromaquia le hubiera resultado ideal: los juegos nos permiten eso, matar sin matar, vivir sin vivir del todo. Fantasía y simulación en el estado más puro.

Visita obligada al Rock, ese tianguis de videojuegos, comics y juguetes que se instala a las afueras de metro Hidalgo. Digo, carajo, andar por aquí y no pasar es como andar en la colonia de tu abuelita y no entrar a saludarla y que te platique las maldades del villano de su telenovela en turno. En el primer puesto que visito, luego de comprarme dos juegos de PlayStation 2 y uno del primer Xbox, pregunto si él no me puede conseguir una Magnavox Odissey. «Uh, no, tan atrás no», me dice, honesto, el vendedor. Cosa grave: cuando uno de estos traficantes de bits no te dice que la semana que entra lo tiene, o que se lo acaban de llevar, o que justo lo dejó en bodega, es que estás buscando algo casi imposible de conseguir. Bueno, el intento se hizo. Vibra mi teléfono y pienso que quizá ya me respondieron las preguntas, pero no, puro spam de Uno Noticias: que la guerra allá en Europa sigue, que hoy el Atlas se enfrenta al Gallos de Querétaro.

La historia se repite en los siguientes puestos, más o menos de la misma forma. “¿De qué chingados estás hablando?”, parece decirme el último, y su mirada no podría ser más rasposa: lo interrumpí a medio desayuno y sólo para preguntar senda estupidez. Bueno, no me parecía tan descabellado: aquí he visto comics viejos pero lo que se dice viejos, juguetes que ya ni recordaba, artículos coleccionables de los que ni siquiera estaba enterado. Es más: una vez vi un Strecth Armstrong (menores de 30 años, por favor, consulten a sus papás o a internet, quien sea que los esté criando) por el que estaban pidiendo mil pesos. Hermano, si quisiera estirar algo color piel no tendría que gastar ni un centavo ni pedirle ayuda a nadie, pero eso ambos lo sabemos. Lo que para algunos es basura, para otros es un tesoro: ley de vida.

Dado que no hay resultados (o, mejor dicho, no son los que esperaba), decido aplicar la técnica de Günter Wallraff y hacerme pasar por alguien más, alguien a quien las respuestas podrían serle un poco menos inaccesibles: yo ya no soy yo (¿quién soy yo?), sino que ahora soy alguien que está buscando esa consola porque mi papá la jugaba de niño y quiero regalársela. Yo de videojuegos no sé nada, diré, pero me acuerdo que mi papá, en sus días de descanso, en vez de salir a caguamear, se sentaba horas y horas con aquella vieja consola que mi abuelo le regaló en su cumpleaños 12. Por el dinero no paramos, pero sí me interesa regalarle algo que le guste y no se me ocurre nada más que esa consola. Pienso que suena bien.

Trato en otro puesto, el que se ve más retro, el que tiene las cosas más quemadas por el sol. Suelto la historia tal como la elaboré (a lo mejor cambio algunas cosas, los nervios no me dejan pensar con claridad) y me doy cuenta de que me inventé la historia para nada, porque su “no” es seco como boca de crudo e igual de amargo. Yo, que ya me sentía el nuevo Wallraff, o de menos el nuevo Borat (no el carro), acabé como imbécil, estorbándole a verdaderos compradores que me empujan sin disimulo. No queda más aquí, habrá que ir a la Friki Plaza, pero antes reviso mi celular y tengo un nuevo mensaje en Facebook. Me emociono de creer que es de mi contacto que aún no contesta las preguntas, pero no, es el vendedor de la Magnavox. «¿Sí te vas a animar? Ya me están preguntando por ella otras personas». Le contesto que le resuelvo en la noche y su respuesta ya no llega, aunque lee el mensaje.

Al entrar a la Alameda, veo a muchos esperando vender o comprar algo: mercancía o dinero en mano. El pasado es un basurero y aquí todos somos pepenadores: la nostalgia se paga mejor que el aluminio o el cobre. «Tazo, ¿vas a querer tazo?», me pregunta un chaparrito más chaparrito que yo, y su tono es de traficante de estupefacientes. No, Tazos no: subí como diez kilos, cuando niño, en una inútil odisea por coleccionarlos todos: siempre salían repetidos y ni modo que, después de obtener el premio, tirara los Rancheritos o los Crujitos, las Poffets o los Churrumais (pésima idea hacer esta lista cuando estoy a dieta). Pero algo bueno salió de ahí: fue precisamente en un Tazo donde leí, por primera vez, el nombre de Silvestre Revueltas, aunque al paso de los años descubrí que no se parecía al gato Silvestre.

Por fin, en la Friki Plaza, empiezo a preguntar por la tan anhelada consola, pero no la tienen y muchos menos poseen información. A algunos, cuando les pregunto, me miran como si en un salón de baile preguntara si no han visto a Tin Tan o a Tongolele: sí es el lugar, pero no el tiempo. «¿Magna qué? ¿Cómo las televisiones?», pregunta uno, y luego se va a atender a un verdadero cliente. Ah, muchachitos nalgasmiadas, cuando esta belleza de consola nació, ustedes ni siquiera estaban planeados. Bueno, yo tampoco, pero si no es en estos momentos cuando podemos hablar con la autoridad de los viejos que vieron los tiempos mejores, los juegos de verdad, los auténticos tiempos dorados de la humanidad (los nuestros, claro está, siempre dulcificados por el recuerdo), ¿cuándo? Nuestros tiempos pasados siempre fueron mejores, decimos, y si una Tortuga Ninja nos sirve para aferrarnos a eso, pagamos lo que sea. Revueltas, y no precisamente Silvestre, sino José, sabe de lo que hablo: de él me robé la frase (ya van dos al hilo que me robo en un solo texto).

En uno de los niveles superiores de la Friki, uno de los vendedores, no tan viejo, hasta eso, me dice que «va a estar difícil, pero a lo mejor en Plaza Meave encuentras una». En medio de niñas vestidas de colegiala japonesa, de quinceañeros con bandoletas de Naruto y de una legión de tahúres del Yu Gi Oh, me doy cuenta de que, quizá, esa consola en Jalisco es la única que no esté ya en la basura o en manos de un coleccionista. Le escribo al vendedor para decirle que me interesa, pero ya no lee mi mensaje. Y entonces sí, caigo en la cuenta de que, como en los videojuegos, las áreas secretas, las que suelen tener mayores recompensas, son las más difíciles de encontrar y además las que presentan los peligros más viles. Pero como no queda de otra, habrá que visitar Meave.

Años sin visitar esta plaza, paraíso de los tenis pirata y la mercancía de dudosa procedencia. Todo luce distinto: ya no hay tantos puestos de juegos y más bien se nota despoblada, solita. Vine para nada. Quizá no se adaptó al paso del tiempo. Luego de comprar otros dos juegos (ni modo, ¿qué se le va a hacer?) y de que me dicen que no la hay, me resigno y camino de vuelta al suburbano. Vade retro, Satanás, de vuelta a la semilla.

 

3

 

El tiempo y las consolas de videojuegos parecen no llevarse bien. Dicen por ahí “tienes dinero para comprarte consolas, pero no tiempo para jugarlas: de eso se trata ser adulto”. Es cierto: uso mi Xbox One y mi PlayStation 4 para ver películas y series. No es bueno ni malo, supongo, es la vida, pero no dejo de sentir que es como comprarte un Ferrari para llenarle la cajuela de ollas de tamales y salir a vender: mucho perro para tan poco hueso. Como no pesqué nada en los tianguis de juegos, prefiero regresar a ver unos capítulos de The Wire (desde una consola con controles wireless, ¿hay ironía o me la estoy imaginando?). Y, oh sorpresa, HBO consume todo el internet y tengo que quitárselo a mi celular para seguir viendo sin que se trabe.

A la mañana siguiente (me quedé dormido en medio de una balacera en la serie), activo de nuevo el Wifi en mi celular y veo que Facebook está lleno de noticias de una desgracia (así dice, “una desgracia”) en el estadio de Querétaro. Primero pienso que hablan de uno de esos partidos soporíferos que tantos insomnios han curado, pero no, es un piquito más grave: mencionan muertos y desaparecidos. ¿Desaparecidos? Me viene a la mente esa película de Resortes, El futbolista fenómeno, donde unos marcianos abducen al vendedor de cervezas de un estadio de futbol para darle súper poderes; al volver a la tierra, es un auténtico crac del balompié. No, no creo que vaya por ahí el asunto. Como el chisme puede más que otra cosa (aunque sea un deporte que no me gusta ver), empiezo a investigar del asunto. Una trifulca (si vamos a hablar de futbol, usemos sus palabras) entre aficionados del Atlas y del Querétaro, se salió de control y terminó en carnicería. Los videos no mienten: el salvajismo a todo lo que da, la violencia escurriéndose del vaso de la tolerancia, como cerveza mal servida.

Otra vez: cuando uno no sabe nada, hay que preguntar a los que sí. Le mando un whats al Tío Cuauh, amigo de la universidad y fan de hueso colorado del futbol (otra vez: sus noticias, sus palabras) y me dice que no es nada nuevo, aunque esta vez sí resultó más grave. En la carrera, no recuerdo para qué materia, alguna vez nos hicieron leer un artículo sobre los Hooligans, sus orígenes y cómo sus dinámicas se han dispersado por el mundo entero. Hasta vimos la película del mismo nombre. Estoy a punto de preguntarle si se acuerda, pero la verdad no le veo caso y nada vamos a adelantar por ahí. Que no se me olvide: debo entregar un texto sobre la Magnavox Odissey y no hallé casi nada. Como no queriendo la cosa, le escribo nuevamente a mi contacto, el que no me ha dicho ni sí ni no, pero me vuelvo a quedar sin respuesta. Bueno, a lo mejor habrá que reciclar información de varios sitios especializados en juegos, hablar sobre el catálogo de juegos de dicha consola y llegar a las conclusiones de siempre, insípidas pero efectivas: la historia del videojuego, su desarrollo hasta estos días, la importancia de los pioneros del asunto, etc.

Avanza el día y avanza la noticia del estadio; se riega como sangre: lenta y espesa, sucia. Los detalles son escalofriantes simple y sencillamente porque, a los ojos de muchos de nosotros, han dejado de serlo: así de fríos nos tiene el ambiente del país, el amontonadero de cadáveres aquí y allá. Me confieso: empiezo a buscar más cosas de eso que de la Magnavox Odissey (repito tanto su nombre con la esperanza de que de pronto me diga algo que funcione) y veo que el número de muertos y desaparecidos crece. En algunas publicaciones, incluso, comienzan a compartir fotografías de aquellos que fueron al estadio, pero no volvieron a casa. Mujeres, hombres, muchachos que dejaron, de pronto, de contestar llamadas y mensajes. Casi hasta abajo, en una de las publicaciones, veo una cara que me parece conocida. ¿A mí por qué? Tengo poquísimos amigos que vean futbol y, además, ninguno en Jalisco. Debe ser la paranoia de ver la muerte siempre cerca: mirar sangre nos hace recordar que de ese mismo color, de esa misma textura, es la nuestra: somos ellos, un poco.

Empiezo a escribir el artículo con la información más elemental, la que aparece en casi todos los sitios especializados: mucha gente, hasta expertos en videojuegos, creen que Atari fue la primera consola de videojuegos, pero no: fue aquella que ya no nombraré porque hasta a mí me está hartando. Tenía un par de juegos clásicos: Ping Pong, tenis de mesa, voleibol: nada que requiriera mucha capacidad. ¿Tendría uno de futbol? No creo, ese llegó hasta que apareció el Nintendo; yo lo tuve. Y ahora miren qué simuladores tan precisos de fútbol hay en las consolas: el FIFA, por ejemplo (que ya hasta se volvió insulto ser un jugador de esa pieza). Y sin violencia en las gradas. Sin desaparecidos. Sin sangre. Simular la vida resulta más seguro que vivirla; quizá ahí radique el futuro, o debería: una guerra que se resuelva en una partida de Call of Duty y no en un lugar lleno de niños y ancianos. ¿No sería mejor eso, dos hombres compitiendo así, con una consola como campo de batalla, en lugar de tantos matándose de verdad? La frase la saqué de Rocky IV: si vamos a robar citas, hagámoslo a fondo y de una vez, ¿qué más me queda?

Como hablo de juegos de deportes y de Rocky, pienso en ver si la Magnavox tenía simulador de pugilismo, pero entonces me acuerdo por qué se me hizo conocida aquella cara en la publicación de los desaparecidos. Reviso los mensajes que envié y aquel vendedor no ha contestado. Supongo que va a ser un poco difícil si no ha regresado a su casa. ¿Será él? Tengo ganas de preguntarle a alguien más, pero creo que no hay necesidad y no obtendría respuestas: parece que la Magnavox Odissey se niega a salir del pasado y quiere permanecer ahí, quieta, tranquila. Le escribo para decirle que me interesa la consola (miento, claro está), pero el mensaje no le llega.

Una parte de mí espera que ese muchacho ande de parranda o de vacaciones. Otra parte de mí sigue pensando cómo hablar de la Magnavox sin repetir que fue la primera consola casera de la historia y que Ralph Baer la inventó. Y otra parte de mí, quizá la más grande, sigue pensando que siempre, siempre será mejor destruir y masacrar en un mundo virtual, porque aquí afuera ya tuvimos demasiado. Y si eso es cierto, entonces cuánto se le debe a Ralph Baer, de verdad cuánto. Visto así, la Magnavox debería ser una reliquia aún más cotizada: es el inicio de la posibilidad de construir otros mundos, ya que este parece estar tan perdido, tan sin esperanza.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Egresado de la Licenciatura en Enseñanza de Inglés, en la UNAM. Autor del libro de cuentos Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012). Actualmente coordina el taller de creación literaria en el faro Indios Verdes.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Secretaría de Cultura