Tierra Adentro

Sin título. Isidro R. Esquivel

3 de diciembre de 2001. Había una gotera en el techo. Surgió de la nada, sin lluvia, sin previo aviso. Entre un comercial y otro, plaf, la gota le había caído en un muslo. Juan José miró hacia arriba. Le hubiera sonado ingenuo decir qué raro. Así que mejor no lo dijo. Últimamente las goteras se formaban en los lugares más insólitos. En las repisas del librero. Bajo las sillas. En los abrigos que colgaban del clóset. En las lámparas. Desde esa perspectiva, que hubiera una gotera en el techo resultaba casi reconfortante. Que no estuviera lloviendo era lo de menos.

Juan José, luego de mirar hacia arriba durante un tiempo que consideró, dentro de los estándares comunes, más que suficiente para manifestar su indignación, se mudó al asiento contiguo. El sofá era grande, de tres piezas. Bien podían convivir, la gotera y él, en armonía. Apuntó al televisor con el control remoto y cambió de canal. Una telenovela. Volvió a cambiar de canal. Justo en ese momento sintió un golpe húmedo en la nariz. Antes de levantar la vista ya se imaginaba lo que iba a encontrar: una nueva gotera.

En esta ocasión tuvo que ponerse de pie. Le crujieron las rodillas. También le dolieron. Arrastró las pantuflas por el piso hasta alcanzar el otro extremo del sofá. Las rodillas le crujieron cuando volvió a sentarse. El dolor, sin embargo, amainó un poco. Cambió de canal. Un programa cultural.

Junto a él, una gota caía constantemente en el asiento vacío. Y más allá, en el otro asiento, la segunda gotera le hacía eco. Plaf, plaf.

Bostezó. Los programas culturales ya no eran como los de antes. No había acabado siquiera de cerrar la boca cuando una gota se estrelló en su cabeza y le escurrió por la frente. Juan José resistió la tentación de mirar hacia arriba. Se puso de pie. Trató de empujar el sofá para alejarlo de las goteras. Pero hubiera resultado más fácil mover un elefante narcoléptico tirado en medio de un camino. O eso le pareció.

—¡Sara!

Plaf, plaf, plaf. Las gotas estaban perfectamente coordinadas. Primero caía una, inmediatamente después la otra y al instante la tercera. Luego, la secuencia comenzaba de nuevo, plaf, plaf, plaf, inalterable.

—¡Fuensanta!

Juan José vio con desolación que no había nadie en la cocina. Ni en el pasillo. Ni media hora antes las voces revoloteaban por la casa.

—¡Claudia!

¿Adónde se habían ido? Resignado, caminó rumbo al comedor. Tomó una silla y la fue arrastrando tras de sí hasta dejarla junto al sofá. Acomodó las nalgas en ella. Relajó la espalda. Y cuando se estaba preguntando si tardaría mucho en aparecer la cuarta gotera, sonó el timbre.

Juan José dejó escapar un suspiro. La insistencia del timbre eclipsaba el plafeteo de las goteras.

Las rodillas le crujieron. Y dolieron. Con pasos cortos, llegó a la puerta. Abrió. Afuera había una mujer de overol blanco. Rumiaba un chicle con la tenacidad de un camello aprensivo. La mujer leyó algo en el sujetapapeles que traía en una mano.

—¿El señor Arreola, Juan José Arreola? —preguntó sin dejar de mascar el chicle.

Juan José parpadeó.

—Necesito que me firme aquí —agregó la mujer mientras señalaba con una pluma algo que había en el sujetapapeles.

Juan José parpadeó.

—Es un paquete. Tiene que firmarme de recibido —la mujer le ofreció la pluma.

Juan José trató de firmar, pero su mano no se estaba quieta.

—Oiga, ¿no es usted el escritor que salía en la tele? —la mujer hizo una bomba con el chicle.

Juan José trazó algo parecido a una firma. La mujer reventó la bomba con los dientes.

—Ese que usaba capas y sombrerotes como de mago. Sí es usted, ¿verdad?

Juan José le devolvió la pluma. La mujer le entregó una caja de cartón. Casi no pesaba.

—A ver, recíteme algo —pidió la mujer con una sonrisa.

Juan José parpadeó. Después, con todo y caja, dio un paso atrás y cerró la puerta.

Las goteras se habían multiplicado. No contentas con invadir el sofá, se extendieron por los otros muebles de la sala. De la parte trasera del televisor salían algunas chispas. El piso se empezaba a convertir en un pantano. Las goteras incluso habían alcanzado el comedor. Mojaron los platos. Los floreros. El mantel. La vitrina.

Juan José, aferrando la caja con ambas manos, miró de izquierda a derecha. No se atrevía a moverse de la entrada. Aunque el problema de las goteras había recrudecido en los últimos meses, era la primera vez que veía tantas juntas. Plaf plaf plaf plaf plaf. Agua por doquier. La hidromolestia. La hidroamenaza.

—La hidrocefalia —había dicho, con una expresión compungida, el médico, quien de plomería no sabía ni jota.

Entre el comedor y la sala había un espacio libre de goteras. Juan José caminó hacia allá. Acercó una silla. Tomó asiento y puso la caja frente a él, en el suelo. Era grande. Como de cincuenta centímetros de alto por cuarenta de ancho. Arrancó la nota que estaba pegada en uno de los costados. Leyó la información en busca del remitente.

Dios, decía.

Dios era quien había mandado la caja. Dirección del remitente: El Cielo. Juan José parpadeó.

Se levantó lo más rápido que pudo y se dirigió a la puerta. La abrió con brusquedad. Salió a la calle. El frío sol de invierno deslumbraba. Juan José se cubrió de la luz con una mano y miró de acá para allá. No había rastros de la mujer de overol. Pensativo, volvió a la casa.

Releyó la nota. Una gota de agua cayó en su mano, entre el pulgar y el índice. Tiró la nota a un lado y a fuerza de jalones y resoplidos abrió la caja. Despacio, como si temiera que en cualquier momento saltara de ahí una migala, asomó la cabeza: al fondo había algo envuelto en plástico burbuja. Juan José, controlando sus arrugas a voluntad, las hizo amontonarse en el entrecejo.

Una gota le cayó en la nuca.

Metió las manos a la caja. Le temblaban. Cosa de la edad, nada de nervios. Pensó, aunque no muy convencido. Sintió las burbujas amoldándose a la presión de sus manos. Y debajo, algo sólido y rectangular. A saber qué. Sacó el objeto con delicadeza. Lo dejó sobre sus piernas y quitó el plástico que lo envolvía.

Ya no había ningún espacio libre de goteras. Los encharcamientos crecían a una velocidad alarmante.

Los labios de Juan José se curvaron en una sonrisa. Cuando terminó de quitar el plástico, le había resultado muy evidente qué era aquello: un ajedrez de madera. Estaba cerrado, de ahí que lo hubiera sentido rectangular en un principio, como un estuche. Lo abrió por la mitad: adentro, las piezas se entremezclaban sin jerarquía alguna.

Conque Dios, ¿no? Juan José se frotó las manos, lleno de expectación. Iba a ser la partida más difícil de su vida. Aunque también la más peligrosa: ¿qué perdería si perdía? Tomó aire. Se tronó los dedos. Pero antes de acomodar las piezas, dejó el tablero en el piso: aún le quedaban dos cosas por hacer.

Se dirigió a un rincón de la sala. El agua le llegaba a los tobillos. Sus pantuflas tuvieron que abrirse paso por la inundación. Al llegar ahí, se quedó contemplando el jarrón donde estaban los paraguas. Tras unos momentos de vacilación, escogió uno negro: combinaba con las pantuflas. Lista la primera cosa.

La segunda era más complicada: necesitaba una mesa baja y pequeña en dónde jugar. Echó una mirada alrededor. Junto al sofá encontró lo que necesitaba. Tiró los adornos que había en la mesita auxiliar y la cargó hasta dejarla frente a la silla. Perfecto.

Tomó asiento. Abrió el paraguas. Y se dispuso a iniciar la partida.

Sin embargo, cuando las piezas estuvieron en sus respectivos lugares, Juan José tuvo un problema: intentó mover un peón blanco, pero no pudo separarlo ni un milímetro del tablero. Probó con otros peones: lo mismo, todos estaban pegados. ¿Qué clase de juego era ése? Trató de arrancar un peón blanco con ambas manos, aunque su esfuerzo resultó igual de inútil que los anteriores. Mientras se preguntaba si necesitaría un martillo, se le ocurrió otra pregunta: ¿y si Dios quería las blancas y por eso no le permitía moverlas?

—Tramposo —masculló Juan José. Estaba comprobado que el porcentaje de victorias favorecía a quienes salían primero en el ajedrez. Encima de que Dios tenía la ventaja de ser omnisciente, omnipotente y omnitodo, también quería salir primero.

Malhumorado, Juan José giró el tablero hasta dejar las piezas blancas del otro lado. No tuvo que esperar mucho: uno de los peones blancos se deslizó por el tablero. Avanzó dos casillas por sí solo, como si una mano invisible lo hubiera empujado. Era uno de los peones centrales.

1.e4.

Chess Board Editor

Juan José tuvo miedo. No porque el peón se hubiera movido solo, sino porque parecía que Dios iba a intentar la temible apertura Ruy Sánchez. Una apertura que había hecho estragos desde el siglo XVI. Una apertura que había coronado a muchos de los campeones del mundo.

Le vino a la mente aquella expresión popular de “meterse con Sansón a las patadas”. Ahora sabía muy bien a qué se refería esa frase. Podía intentar una Defensa Schliemann, pero estaría en el territorio de lo predecible: Dios seguramente se sabía todas las estrategias de memoria. Anticiparía cualquiera de sus defensas y lo aplastaría en unos cuantos turnos. Aquél era un enfrentamiento perdido de antemano.

Juan José contempló con tristeza el tablero. Las gotas que no alcanzaba a cubrir el paraguas explotaban en la superficie de madera. Las gotas eran impredecibles. Incluso para Dios. Tenían que serlo. La sonrisa volvió a sus labios: si a Sansón no se le podía ganar a patadas, entonces quizá con engaños, hasta obligarlo a usar su enorme fuerza contra sí mismo.

Juan José levantó una mano. La condujo hasta el extremo derecho del tablero, por encima de las piezas negras que esperaban con impaciencia su turno. Tomó el peón de la orilla. Y lo hizo avanzar solamente un cuadro.

1.e4 h3.

Chess Board Editor-1

La apertura Clemenz. El mayor de los disparates posibles en el ajedrez.

Dios tardó en mover la siguiente pieza, como si la tirada de su oponente lo hubiera desconcertado.

—No te esperabas el libre albedrío, eh —le dijo Juan José al espacio vacío que había del otro lado de la mesa. Su sonrisa creció aún más. También la inundación, que ya le llegaba hasta las rodillas.

Uno de los caballos blancos dio un gran salto y sobrepasó la hilera de peones que tenía enfrente.

1.e4 h3 2.Cf3.

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Confirmado: Dios estaba haciendo una apertura Ruy Sánchez. Juan José dejó de sonreír. Después del caballo, seguramente vendría el alfil a aterrorizar a los peones negros. Una de las virtudes de esa apertura era que facilitaba el control de la región central del tablero. Y quien controlara el centro, controlaba todo. La otra virtud era que facilitaba el juego agresivo: desde las primeras tiradas se obligaba al oponente a volverse defensivo y a perder la iniciativa. Pero no a Juan José, quien, con toda la calma del mundo, avanzó un solo cuadro el peón de la extrema izquierda.

1.e4 h3 2.Cf3 a3.

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A partir de esa tirada ya no había marcha atrás: Juan José, de sobra lo sabía, iba a tener que seguir con su estrategia disparatada hasta el fin.

Dicho y hecho: el alfil blanco avanzó tres casillas.

1.e4 h3 2.Cf3 a3. 3.Ac4.

Chess Board Editor-4

El cadáver de un toro pasó flotando junto a la mesa. Juan José lo contempló con admiración: negro listón, bragado meano, astifino paliabierto. Una hermosura de toro. Tenía el estoque bien guardado en las entrañas. Los ojos abiertos. La lengua de fuera.

—¡Sara, hay un toro muerto en el comedor!.. ¿Me oyes?

Sara no contestó. ¿Adónde se había ido?

El toro se alejó con lentitud, arrastrado por la corriente. El paraguas de Juan José apenas y se daba abasto para contener la tormenta. Además del sinfín de goteras que había en el techo, las paredes también contribuían con pequeñas cascadas.

El tablero se levantó de la mesita auxiliar. Juan José alcanzó a sostenerlo a tiempo. La corriente se llevó la mesa. Juan José tuvo que ponerse de pie: el nivel del agua ya no le permitía estar sentado. Soltó el paraguas. Apoyó el tablero en su antebrazo izquierdo y siguió con la partida.

Estaba perdiendo. Sus peones eran abatidos rápidamente. Incluso había perdido un caballo. El ejército de Dios avanzaba imparable por las casillas del centro. Había dividido la formación de Juan José como un cuchillo que parte una barra de mantequilla. El flanco de rey se encontraba vulnerable, a punto de caer en manos enemigas. Sin embargo, Juan José permanecía tranquilo: todo era parte de la estrategia. O eso se repetía mentalmente una y otra vez.

El paraguas naufragaba de cabeza como una balsa en mar abierto. Libros de todos tamaños flotaron por la sala y el comedor. Como peces con hambre, rodearon a Juan José. Flotaron fotografías de su familia, así como recuerdos de Zapotlán el Grande. Flotaron capas y sombreros, raquetas de tenis, hormigas y flores.

Jaque.

Había llegado el momento. El rey negro se encontraba sitiado. Toda la ayuda disponible había quedado del otro lado, separada por el ejército de piezas blancas. La partida parecía haber llegado a su fin. Juan José levantó la mirada en busca de su oponente invisible, tratando de prolongar ese instante. Si tan sólo pudiera ver la cara de sorpresa que haría Dios. Y entonces sacó el as bajo la manga: un enroque largo. El rey negro se transportó mágicamente hasta la otra mitad del tablero, en donde fue protegido de inmediato por las otras piezas. Dios, en su afán por terminar rápido la partida, había enviado la élite de su ejército tras el rey negro. Sí, había ganado la región central del campo de batalla. Sí, había presionado con una fuerza desmedida en el flanco de rey, diezmando casi por completo las piezas negras. Pero toda esa fuerza constituyó también su debilidad: al olvidarse del flanco de reina, había formado un corredor de punta a punta. Y justo hacia aquel corredor se habían dirigido, poco a poco, las piezas sobrevivientes de Juan José, fingiendo una huida vergonzosa. Ahora el rey estaba a salvo. Y lo que quedaba del ejército negro, listo para un contraataque suicida y fulminante. Juan José soltó una carcajada. El tablero vibró en sus manos.

—¿Qué? ¡Fue una jugada limpia! —protestó Juan José con el agua hasta el pecho.

Las piezas blancas retrocedieron a toda velocidad para proteger el flanco de reina, pero el daño ya estaba hecho: la reina negra, en compañía de un alfil y de dos de sus peones más valientes, había logrado llegar a territorio enemigo. En esta ocasión, el rey blanco era el que buscaba con desesperación dónde esconderse.

Juan José flotó. Se le zafaron las pantuflas y se sumergieron hasta el fondo. Con la mano izquierda sostenía el tablero para que no fuera arrastrado por la corriente, mientras que con la derecha daba manotazos bajo el agua tratando de mantenerse a flote. Sólo unos turnos más. Se decía para darse ánimos. Sólo unos turnos más.

Dios, al darse cuenta de que su ejército no volvería a tiempo, prosiguió con el ataque. La defensa en los dos bandos era prácticamente nula. El juego se había transformado en una carrera contra el tiempo: ganaría el primero en matar al rey del oponente. Los dos estaban en igualdad de circunstancias.

Juan José tragó agua. Tosió. Escupió. El techo ya le rozaba la cabeza. Probó a hundir el tablero. Por suerte las piezas no flotaron, sino que permanecieron ancladas en su sitio. En vista de ello, Juan José inspiró una bocanada de aire. Sumergió la cabeza y movió la reina. Sacó la cara para tomar otra bocanada de aire. Su nariz tocó el techo. La habitación quedaría completamente inundada en cuestión de segundos. Juan José se llenó los pulmones de aire todo lo que pudo. Luego volvió a concentrarse en el ajedrez submarino: en máximo tres turnos la partida iba a definirse.

Jaque mate.

Los periódicos del día siguiente informaron que Juan José Arreola había muerto de un paro respiratorio. Que llevaba años enfermo de hidrocefalia. Algunos incluso enlistaron los títulos de sus obras. Pero ninguno mencionó quién había ganado la partida.


Autores
Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Es autor de los libros La Ciénaga de los Sueños (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010) y El jardín de las cosas raras (Editorial Amarante, 2012), así como de diversos guiones cinematográficos que se han llevado a la pantalla grande. Actualmente imparte el Curso de Guión Cinematográfico I en el Instituto de Artes Cinematográficas La Cuarta Pared.
Secretaría de Cultura