Tierra Adentro

Blanca Varela FOTO ALICIA BENAVIDES

Blanca Varela (Lima, 1926-2009), de quien se cumplirán diez años de su partida en 2019, es una de nuestras voces hispanoamericanas del siglo XX más singulares y privilegiadas. Singulares porque supo hacerse de una voz extremadamente particular, orientada a entretejer una brevedad concisa pero cargada de significado y tensión, al lado de las grandes e importantes manifestaciones de la poesía latinoamericana de la primera mitad del siglo XX, en plena transfiguración y asimilación vanguardista. Como dice Adolfo Castañón, la estela de una poesía mayormente sobria, producto de la conciencia estética de una posguerra europea, no se reflejaba todavía en el ideario poético latinoamericano que, más bien, era una fiesta: “La austeridad, la aridez, la pobreza y la desnudez que marcan la tarea poética de Montale, Ungaretti, Auden o Char tardarán en llegar al continente hispanoamericano.[1] (…) “No pocos poetas hispanoamericanos se fueron con la finta de la abundancia y le buscaron un tamaño continental, mesiánico a su esperanza (…)”.[2]

Es en ese contexto que ciertas sobriedades poéticas destacan ya que “no abundan los poetas hispanoamericanos que han sabido alcanzar en la desnudez una plenitud, en la severidad seminal, riqueza…”,[3] como es el caso de Varela.

Privilegiada porque, proveniente de una familia de escritores y humanistas ya que sus abuelos maternos fueron Nicolás Augusto Gonzales Tola, historiador y diplomático y Delia Castro Márquez, poeta, y su madre, Esmeralda Gonzáles Castro, fue una reconocida compositora de valses criollos, tuvo una formación amplia que la llevó a ser una de las primeras mujeres en ingresar a la Universidad de San Marcos en 1943 para estudiar letras y educación.

Privilegiada porque, en ese ámbito universitario, conoció a Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson y a quien sería uno de sus principales maestros y amigos, Sebastián Salazar Bondy, quien le proporcionó diversas lecturas y quien la acercara a Emilio Adolfo Westphalen, a José María Arguedas y a la peña Pancho Fierro, una tertulia de artistas e intelectuales dirigida por Alicia y Celia Bustamante (la primera esposa de Arguedas), donde conoció a diversas personalidades como César Moro y Martín Adán. Fue Bondy quien también le presentara al pintor Fernando de Szyszlo, quien sería su esposo y con quien tuviera dos hijos.

Blanca Varela con hijos. FOTO ALICIA BENAVIDES

Blanca Varela con hijos. FOTO ALICIA BENAVIDES

 

 

Es decir, conoció a las más importantes conciencias creadoras de su tiempo y espacio, con quienes conformaría la llamada Generación del 50.

Pero además de Bondy, también recibió las enseñanzas de Westphalen y Arguedas, vitales para su poesía. Afirma la autora: “Mi poesía no sería lo que fue sin Westphalen y Arguedas”.[4]

Y mayormente privilegiada porque Fernando de Szyszlo y ella emprendieron el viaje a un París de posguerra, donde conocieron a Julio Cortázar, Carlos Fuentes, y a Octavio Paz, quien los acercó a los círculos artísticos de latinoamericanos y españoles radicados en Francia y a figuras como André Bretón, cuyo pensamiento fue primordial para la poeta. También, en una estancia posterior (1953), Varela conoció a Sartre y a Simone de Beauvoir.

Justo en esta estadía es que Varela, acaso en memoria de lo vivido en la peña Pancho Fierro, que era un espacio de revaloración de lo peruano, y en medio de una cultura extraña, afirmó su identidad peruana y comenzó a escribir poesía, pero no una poesía ajena a su origen, sino de “poemas que recuperaban los paisajes de Perú, donde quedó mi infancia para siempre”.[5]

Es precisamente este espíritu que guía la escritura de “Puerto Supe”, poema fundamental en su obra que abre su primer libro, Ese puerto existe (1959), volumen célebre en México porque fue publicado, bajo el auspicio de Paz, en la Universidad Veracruzana. El texto es una contemplación marina, paisaje que le fuera muy cercano a la autora y que forma parte del imaginario de muchos de sus poemas. Sin embargo, el mar de este poema es la luz de Puerto Supe, una localidad en Perú donde la autora, en su juventud, pasó veranos en una casa de Alicia Bustamante, junto con Arguedas, su esposa Celia y de Szyszlo y que, como cuenta la autora, estuvo a punto de darle título al libro donde está incluido, si no hubiese sido por la intervención de Paz.

El poema es imprescindible porque en él aflora esta evocación del paisaje a manera de una afirmación identitaria, pero, ante todo, porque en él se delinean los rasgos de su estética, de su manera muy particular de transgredir la imagen poética y, lo más importante, la presencia de una sombra, acaso una/otra manifestación de lo real, como una manera de cuestionar el mundo fenoménico, elementos que, probablemente, fuesen  tallados imperceptiblemente en su conciencia creadora a la vera de sus lecturas en Europa:

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
Voy de la noche hacia la noche honda,
(…)
o habito el interior de un fruto muerto[6]

A lo largo de su trayectoria, Blanca Varela obtuvo varios de los reconocimientos más importantes del ámbito hispanoamericano en materia de poesía: el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001); Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2006) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2017). Su obra reunida puede consultarse en diversas antologías, entre ellas Canto villano. Poesía reunida, 1949-1994, (1996); el ya inconseguible volumen Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida, 1949-2000), Barcelona, Galaxia Gutemberg /Círculo de Lectores, 2001 y, recientemente, Poesía reunida 1949-2000 (2016).

Poesía reunida 2000 Blanca Varela

Poesía reunida 2000 Blanca Varela

 

 

CUÁL LA LUZ, CUÁL LA SOMBRA…

Blanca Varela posee una voz escéptica e irónica y lúcida; no da por sentado ningún orden y cuestiona, de manera sutil, nunca expresamente, y en muchas ocasiones, con palabras ásperas, los órdenes en que nos movemos: religiosos, místicos, éticos, sociales. Pero, ante todo, como se mencionó, hay un cuestionamiento y extrañeza del verdadero orden de lo real y la existencia a partir de una percepción casi invisible de una realidad otra, de un misterio o una oscuridad que observa, que brilla, que late, que acecha, en la plenitud abierta del día:

El cielo cabalgaba espléndido, arrebolado.
Una mano prolija instalaba pájaros bajo la lluvia fina, pasajera.
Todo sucedía así.
A pesar de la música, de la aparente normalidad, una piedra rodaba; un signo, una invisible
señal ardía sobre la ignorancia del mundo...[7]

Llama la atención que esta “índole otra” que nombra, es un tema que comparte con otra poeta casi contemporánea suya, la argentina Olga Orozco (1920-1999), aunque en Varela “lo invisible” no es una certeza, una realidad aceptada, como en Orozco y, además, es desarrollado desde diferentes estéticas. Si bien podría decirse, como lo han señalado los estudiosos, que debido a estos temas las autoras transitan por la vena surrealista, en Varela ésta se desarrolla como un atisbo, una presencia inquietante, mientras que Orozco desboca el discurso del inconsciente. En ambas se trata, de un eco, quizá de un espíritu de época. De esta forma, Varela no es surrealista como tal, sino a partir del atisbo de esta sombra: “Paz dice que no soy surrealista en la práctica sino en el estilo. Hay una cosa de rebelión, de crítica de la realidad”.[8]

Varela nunca transgrede lo real, como Orozco sí lo hace; es decir, como Olga, Blanca nunca entabla un diálogo con “quienes rondan la niebla” (aludiendo a uno de los poemas de Orozco). Ella sólo enuncia esta posibilidad, insertada en el mundo de la materia: una visión, una mutación instantánea de la atmósfera, un viento o una hoja, un sueño, un recuerdo:

Cae una hoja
y es como la señal esperada para que vuelvas de la muerte
y cruces con resplandor
mi memoria[9]

Acaso percibe, desde lejos, estas “realidades”; acaso percibe, desde este “otro lado”, al ángel, al fantasma, presencias constantes en su obra, pero siempre como destellos: “Soy realista. Me atrevo a mirar y parece que no necesito dioses, (…) A veces los evoco, (…) creo que he golpeado esas puertas y nadie me ha respondido. Me conformo con la realidad (…) aunque creo siempre en ese fulgor instantáneo”.[10]

Blanca Varela es una poeta que se mueve entre fronteras, entre ámbitos de la percepción, aunque nunca se despegue de lo real. Es una poeta liminar, que ubica sus reflexiones dentro del claroscuro: “Siempre he tenido la sensación de que pasamos de una zona tenebrosa a una especie de iluminación y que, cuando creemos haber hallado un camino, encontramos que en esa luz que aparentemente nos guía hay una profunda oscuridad. Camino y vivo entre esos contrastes porque siempre estoy tratando de encontrar en dónde poner los pies”.[11]

Aunque cuestionando cuál es cual:

Cuál es la luz
Cuál la sombra[12]

Fantasma a mediodía

En cuanto a su estética, los críticos han coincidido en la sobriedad, de esta palabra poética. La escritora mantiene esta poesía que llama al silencio y apela a la conciencia del lector en quien, solamente, se cumplirá el poema. En dicho silencio, en la contención, es donde encuentra su riqueza. Para lograrla, su batalla es con la expresión y el idioma:

Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo
yo
y el gran aire de las palabras[13]

La poesía contenida de Varela es un ejercicio de amplia significación construida con los menos elementos posibles que en ocasiones, llega a lo críptico, por lo que hay que dar un salto de razón y de percepción para desplegarlo. Pero justamente, esta hondura es lo que le ha valido su carta de navegación en el contexto tan complejo y vasto, que le tocó vivir. Como dice Adolfo Castañón, respecto de esta poesía: “Ejercicios materiales para que la palabra no se disipe ni se la lleve el viento de la historia literaria ni se haga humo después de la vanguardia”.[14]

Por otro lado, Varela es una poeta de imágenes, sin embargo, transgrede su construcción a partir de su estética y de sus preocupaciones vitales. En su poesía, utiliza campos semánticos, referencias en torno al paisaje que podrían ahondar en cierta lírica (la luz, los pájaros, el viento, el mar, el jardín, la noche, los astros). Por lo general, como podríamos observar en una de sus construcciones más recurrentes, bajo el cielo abierto de la existencia, “Ni una hora de paz en este inmenso día. / La luz crudelísima devora su ración”,[15] es decir, bajo la vastedad que la voz poética observa y no alcanza a aprehender, la realidad se transfigura y emerge el misterio, el límite entre lo que es y lo que no, o nuestras catástrofes de materia. Y es justamente ese elemento, dentro de la contención con que escribe, lo que le da la vuelta de tuerca al poema:

El agua de tu rostro
en un rincón del jardín,
el más oscuro del verano,
canta como la luna.

 Fantasma.
Terrible a mediodía.
A la altura de los lirios
la muerte sonríe…[16]

MÁSCARAS DE LO VILLANO

Conforme va desarrollando su poética lo largo de sus libros, los planteamientos éticos y estéticos de la autora se complejizan. Desde el primer poema que abre su primer libro, como mencionamos, hasta su último título publicado, El Falso teclado[17], podemos observar el devenir eso otro que circunda su creación, que básicamente, sería el diálogo del ser consciente de su finitud con el misterio por el cual y bajo el cual respira. Como dice la poeta Carmen Ollé, referida por Adolfo Castañón: “Su poesía nos invita a leer-nos del otro lado del espejo y a celebrar bajo el firmamento de la palabra la danza nupcial con nuestra última sombra”.[18]

Es un diálogo descarnado, de la rosa matérica, la “rosa de grasa / que envejece/ en su cielo de carne” [19], frente a lo real, donde vamos observando diversos interlocutores o “fulgores”, como ella misma ha dicho (el fantasma, el ángel, la sombra, una oscuridad, la muerte, un dios al que increpa, la conciencia, un yo profundo) provenientes de “ese otro lado del espejo” que ya nombra (mas no constata), no sólo evoca o presiente, en su segundo libro, Luz de día (1963):

Tal vez ese silencio dice algo,
es una inmensa letra que nos nombra y contiene
en su aire profundo.
Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa
sea amor, un gigantesco amor en cuyo centro ardemos.

Tal vez el otro lado existe
y es también la mirada
y todo esto es lo otro
y aquello esto
y somos una forma que cambia con la luz
hasta ser sólo luz, sólo sombra. [20]

En Valses y otras confesiones (1972), su siguiente libro, la estética de Varela se complejiza y comienza a prescindir de la puntuación y a cultivar el versículo y la narración. Asimismo, más que este cuestionamiento a lo real, se da el cuestionamiento a lo social. Canto villano (1978) significa el recrudecimiento de su discurso. Es un canto “villano”, es decir, del pueblo; es el canto llano, abierto, sin disfraces, de la especie humana frente a una realidad mirada con escepticismo (te rendimos dios/ el gran homenaje/ el mayor asombro/ el bostezo”[21]) y frente a su realidad última, que es vista desde su desnudez y su nada:

fatigados comediantes
se retiraron hasta la muerte
y las carpas del circo se abatieron ante el viento
implacable de la realidad cotidiana
y si me preguntan diré que he olvidado todo
que jamás estuve allí[22]

Ejercicios materiales (1993) ya implica el cuestionamiento a un dios, y es así como llegamos a El libro de barro (1993), el poemario más unitario de la autora, el más complejo y a donde llega a un refinamiento cabal de su ética y estética de tal modo que, en un verso mayormente desarrollado y cierta mística, devela la materia de limo que son hombres y dioses:

Mirando a los dioses borrarse en el muro y a los hombres sangrar en el libro de barro. Sal en los labios y en los ojos la memoria desollada aproximándose a la ausencia[23]

En Concierto animal (1999), su penúltimo libro, en el cual la presencia del dolor y la ausencia frente a la pérdida de uno de sus hijos en un accidente aéreo en 1996, marcan el verso. El trayecto del ser frente a una realidad puesta en vilo, pero que finalmente no tiene respuestas ni certezas se va cerrando hasta el vaciamiento de todo discurso y la resignación:

Felizmente no tengo nada en la cabeza
sino unas pocas ideas equivocadas por cierto
y una memoria sin tiempo ni lugar
nada para poner
nada para dejar
sino huesos, cáscaras vacías
un montoncito de cenizas y
con suerte algo de polvo[24]

Hasta llegar a la aceptación simple, llana, de la finitud como única respuesta, después de la travesía de conciencia, en El falso teclado (2000), su último libro:

para eso estamos
para morir
sobre la mesa silenciosa que suena[25]

La poesía de Blanca Varela es el canto lúcido, cruel, a veces esperanzado, de esta especie humana y su conciencia; la suya, pues, en un canto villano, que en la autora que en es un arte, un mester de villanía. La presente entrevista fue realizada en el contexto de su designación como Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001.

Ha reiterado que no le gusta hablar de su poesía y sin embargo, ha dicho que cada vez más le interesa la conciencia del acto creador. ¿Cómo es esta relación?

Eso es verdad. Me siento cercana a esa conciencia, pero me interesa más que los especialistas hablen sobre mi trabajo. Yo no tengo un espíritu crítico, pero sí autocrítico, es decir, corrijo mucho. Siempre hago una poda exhaustiva; recorto lo superfluo, lo que no sirve para expresarme. Pero eso es diferente a que yo tenga algo que decir sobre mi poesía; solamente escribo y no puedo hacer crítica sobre lo que hago. Eso se lo dejo a los lectores y a los estudiosos. Pienso que cada persona tiene un gusto, una medida: hay poetas que hacen crítica, otros que no, así como hay autores que me gustan, otros que no; hay quienes hacen una obra de tal o cual forma. Yo sólo trato de que mi poesía sea poco convencional.

¿En qué sentido?
Es decir, que no sea programática. Escribo de lo que me ha conmovido y me interesa sumergirme en el ser humano que soy. Incluso, hay ocasiones en que me refiero al orden social, pero nunca desde un punto de vista panfletario. No me llama la atención para nada ese tipo de poesía. Por otra parte, no me interesa la poesía rimada, medida. Creo que es maravillosa, no la voy a poner en tela de juicio, por ejemplo, ahí está Mallarmé, quien tiene textos espléndidos. Tampoco es que no la pueda hacer, simplemente, que mi intención es otra y el verso medido no me sirve. Por un lado, para mí la poesía es respiración y silencio. Esto último es muy importante porque en ese silencio debe haber cosas que tienen que quedar en el alma del lector.

José Angel Valente decía que un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio. ¿Ésa es la búsqueda de su poesía?
Claro. He tenido grandes maestros en ese sentido, por ejemplo, Octavio Paz quien manejó muy bien ese aspecto: él sabía que había que suspender el discurso en un momento determinado. Otro ejemplo es Valente. Admiro muchísimo su poesía, además, fue un buen amigo; incluso tuve la oportunidad de visitarlo antes que muriera. Guardo un excelente recuerdo de él. Otro maestro, gran amigo también, ha sido Westphalen, quien no sólo se cayó en el poema, sino que tuvo un silencio de 30 años que hasta hace poco rompió. Y bueno, para qué sigo enumerando. Un autor que no puedo dejar de mencionar es Paul Celán, otro de mis amores en poesía. A mí me gusta el trabajo poético que dice cosas a la manera en que la poesía sabe decirlas; Celán, por ejemplo, es maravilloso en ese sentido. En fin, también diré que me gusta la poesía alemana, claro, en traducciones porque no conozco el alemán; sólo leo en francés y en español.

En su poesía este silencio se manifiesta en cierta revelación que, además, se mezcla sutilmente con el canto villano que protesta…
La última poesía que he hecho tiene que ver con mi temperamento y con mi edad. Algunos dicen que soy una poeta pesimista, pero es sólo una impresión. No es pesimismo, lo que pasa es que, como he dicho, tuve la experiencia de la muerte en alguien muy cercano a mí, y ése, es un dolor muy profundo. Pero soy optimista, la gente joven y los niños me apasionan, son muy próximos a mí, me llevo regio con ellos.

¿Cómo es la contemplación del paisaje poético en su obra?
Siempre he sido una persona que le gusta observar el mundo, el arte, lo que me rodea. Tengo un enorme placer al hacerlo. Me gusta la naturaleza, pero no soy una poeta bucólica; el paisaje es sólo una referencia en mi poesía. Por ejemplo, vivo al lado del mar, me gusta, siempre lo he tenido presente en mi vida ya que nací en la costa. Pero como dije, sólo es una referencia y no una constante.

¿Podría ahondar sobre este aspecto de la poesía como una respiración?
La música del poema es lo que va dando la respiración. Es algo que vibra en lo más profundo. Cuando escribo, más que buscar en el exterior, busco armonía en el interior. Eso es algo que viene desde muy dentro, y viene como un aire: la respiración del poema es el oxígeno del alma. Eso es lo que he tratado de buscar y, como dije, ese viento debe ser contenido. Ahora que soy mayor sería muy fácil llenar páginas y páginas de poesía, porque contenerse implica menos dificultad. Ah, y por cierto, quiero agregar algo más sobre la respiración y la música: me hubiera gustado muchísimo hacer una poesía que pudiera cantarse, es decir, que pudiera ser musicalizada e interpretada por un artista. Cómo me hubiera encantado, pero no se me dio. Es sólo un pensamiento.

Su poesía se desarrolla desde la imagen contenida, más o menos referencial, hasta una imagen, aunque breve, mayormente compleja. ¿Cuál fue el proceso?
Antes me dejaba llevar por esa cosa terrible que es la inspiración. Es que uno cuando joven, está fascinado por la vida y por la literatura, por eso tiende a literaturizar, a ser torrente. En mi primera etapa, digamos, mis poemas eran muy literarios. Creo que más o menos por los 50 años mi poesía cambia, es decir, se vuelve menos literaria y se humaniza porque comienzo a vivir la realidad de mi país.

¿Cómo asume este discurso?
Siempre he sido, como dicen, “una izquierdosa”. Me preocupa la injusticia, el maltrato, el hambre, que no coman bien los niños. Pero para la política no soy buena.

¿La expresión contenida tiene que ver con una obra también contenida?
Como dije, hay que contenerse. Pienso que Ejercicios materiales y El libro de barro son libros más calmados que mis primeros trabajos. Incluso pensé que ya no me iba a ser dado escribir más, que esos volúmenes constituían mi etapa final. Pero no. Y eso mismo pasó con Concierto animal. Sin embargo, tengo otro libro reciente que incluí en la compilación de Galaxia Gutemberg que se llama El falso teclado. Entonces, sigo escribiendo.

¿Podría hablarnos de este libro?
El título tiene que ver con la poesía. El acto de escribir tiene que ver con un falso teclado porque uno no sabe lo que va a escribir y uno nunca consigue lo que uno quiere. El poema, entonces, es sólo una aproximación a lo que uno le interesa hacer.

Dentro de la contención, también hay crudeza, villanía en el lenguaje. ¿Cuál es el planteamiento?
Mi poesía es dura, y desentona. A veces no tengo respeto por las palabras que son consideradas como “poéticas”. Yo uso todo lo que me sirve, por ejemplo, adjetivos muy duros. Eso lo heredé de César Vallejo: él hacía cosas maravillosas, no le importaba torcerle el cuello a la gramática, es genial. Así, yo uso todo lo que pueda convenir a mis poemas.

¿Por qué no volvió a publicar en México?
Me da pena no haber publicado en México, que es mi segunda casa editorial. Guardo muy buenos recuerdos de ese libro de la Universidad Veracruzana, imagínese, incluía una presentación de Octavio Paz. Él siempre fue muy generoso, quería mucho a los jóvenes.

Ha dicho que, para usted, la poesía significaba un acto de reafirmación de la identidad en el mundo adverso que le tocó vivir en sus años de formación. ¿Qué significa ahora para usted?
La poesía ha significado y significa el poder ejercitar mi libertad. Yo soy libre y gratuita, es decir, no espero ninguna recompensa por lo que haga y diga. La poesía no entra en un mercado, como la pintura. Yo viví de cerca esa experiencia por mi marido. La poesía no tiene precio, existe felizmente. Y para mí es muy preciada porque es un acto de reflexión. En ella me pregunto cosas y como no me contesta nadie, ni la política, ni la religión, pues voy a la poesía. En ella especulo, y es la única manera de contestarme cosas.

¿Qué etapa sigue en su vida y obra después del premio?
No me gusta que la gente me señale, no me gusta el éxito porque soy muy discreta. Soy poco pretenciosa y no soy vanidosa. Ahora hablo demasiado porque hay que hacerlo, pero normalmente no. Sólo quiero seguir escribiendo, tal vez haga traducciones del francés y del inglés, pero hasta ahora no he tenido tiempo. Sólo quiero retomar el orden de mi vida que ha sido tranquila.

[1] Varela, Blanca. Canto Villano (Poesía reunida, 1949-1994), Nueva ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 27

[2] Ibíd., p. 28

[3] Ídem.

[4] Sucedió en el Perú: Documental sobre Blanca Varela, TV Perú. https://www.youtube.com/watch?v=1uItrti7TMQ Fecha de consulta, noviembre de 2018.

[5] Periódico El País, 13 de octubre de 2006, entrevista con Blanca Varela, “Octavio  Paz marcó mi vida y mi poesía”, https://elpais.com/diario/2006/10/13/andalucia/1160691740_850215.html

[6] Varela, Blanca. Poesía reunida 1949-2000, “Puerto Supe”, Ese puerto existe (1949), Casa de Cuervos/ Sur Librería Anticuaria, Perú, 2016, p. 27.

 

[7] Varela, Blanca, op., cit., 2016, p. 27.

[8] Entrevista con Blanca Varela, por María Amelia Fort de Cooper, https://www.youtube.com/watch?v=Qrz53dch0RI Fecha de consulta: noviembre de 2018.

[9] Op. cit., 2016, “Epitafio”, Luz de día, p. 59.

[10] Entrevista con Blanca Varela por Efraín Krystal. Vallejo and Company, http://www.vallejoandcompany.com/entrevista-con-blanca-varela-por-efrain-kristal/ Fecha de consulta: noviembre de 2018.

[11] Entrevista con Blanca Varela por Efraín Krystal. Vallejo and Company, op., cit.

[12] Op., cit., 2016, “Reja”, Canto villano, p. 119.

[13] Op. cit., 2016, “Ejercicios” (I), Valses y otras confesiones, p. 95.

[14] Op., cit., 1996, p. 29.

[15] Op., cit., 2016, “Mediodía”, Ese puerto existe, p. 22.

[16] Op., cit., 2016, “En lo más negro del verano”, Luz de día, p. 55.

[17] Varela, Blanca, El falso teclado (2000), que no se publicaría como libro independiente hasta 2016, por la Casa de La Literatura Peruana, en edición no venal. Este reúne sus últimos trece poemas, dedicados en conjunto al poeta español José Ángel Valente.

[18] Cf. Carmen Ollé, Poetas peruanas: Lima, Perú. “¿Es lacerante la ironía?”. Márgenes. Encuentro y debate. Año VI. No. 12, noviembre de 1994, pp. 11-16.

[19] Op., cit., 2016, “Canto villano”, Canto villano, p. 131.

[20] Op., cit., 2016, “Máscara de algún dios”, Luz de día, p. 70-71.

[21] Op., cit., “A la realidad”, Canto villano, p. 121.

[22] Op., cit., “Camino a Babel” (IV), Canto villano, p. 149.

[23] Op., cit., 2016, El libro de barro, p. 191.

[24] Op., cit., 2016, Concierto animal, p. 225.

[25] Op., cit., 2016, “El falso teclado”, El falso teclado, p. 252.


Autores
(Ciudad de México, 1970) Poeta, periodista y promotora cultural mexicana.
Secretaría de Cultura