Tierra Adentro

Arte de portada utilizado en BBC iPlayer para promocionar la serie documental de televisión en línea "Can’t Get You Out of My Head" (2021)

¿Cómo llegamos a esto?

La pregunta no es ociosa. Llevamos un año encerrados en hogares que no fueron pensados para habitarse por tanto tiempo y con tantas personas. Tenemos miedo de las superficies, de la respiración de los otros, de partículas invisibles que nos privan de cualquier contacto físico. Aspiramos a vidas mejores viendo historias de Instagram, pidiendo artículos en Amazon, sintiendo alguna conexión por Zoom y en mensajerías que espían nuestros memes de Piolín.

Mientras algunos creen cualquier cosa, muchos no quieren creer en nada. Por lo menos, nadie cree en las viejas ideas de comunidad y nadie cree en la solidez del individuo. Nadie cree en las ideologías del pasado y nadie cree en los políticos actuales. Izquierda, derecha, centro, ¿Qué más da?

La política ya no tiene sentido. Desde Estados Unidos llueven teorías de conspiración. Algunas hablan de políticos pedófilos que se alimentan de químicos cerebrales extraídos del sufrimiento de neonatos. Donald Trump fue presidente; China reinventó el capitalismo; Reino Unido ya no es parte de Europa; Rusia nunca fue una democracia.

Nadie le cree a las empresas filantrópicas de Bill Gates, ni a la sonrisa programada de Hillary Clinton. ¿Quién piensa que Facebook está hecho para conectar personas? ¿Quién piensa que podemos separarnos de nuestros perfiles digitales?

Nadie cree en el futuro, todos dudan del pasado, cualquier tipo de esperanza se desdibuja en sueños apocalípticos. Tal vez, en el fondo, creemos que sería más fácil que todo se acabara y comenzar de cero.

¿Cómo llegamos a esto?

No hay una respuesta fácil, unificada y certera a esta pregunta, por supuesto. Quien diga que la tiene, nos está amenazando con otra teoría de conspiración, algún pensamiento religioso o una ideología programática. Adam Curtis no quiere hacer eso. El veterano creador de series documentales para la BBC dejó, hace mucho tiempo, el periodismo de investigación más clásico para hacer ensayos audiovisuales. Ahora, con su última miniserie, Can’t Get You Out of my Head, Curtis trata de explorar qué nos sucedió, desde el siglo pasado y cómo llegamos a este estado de paranoia, ruptura, individualismo frágil y abandono ideológico.

Una voz disidente

No es el primer rodeo de Curtis. En los años ochenta, el director británico hacía reportajes para la televisión inglesa. Fue en ese momento que trató de rastrear las causas de una crisis inmobiliaria en Reino Unido por la construcción desaforada de edificios con bloques prefabricados; que buscó al alcalde comunista de un pequeño pueblo italiano; que siguió a los corresponsales de guerra; o reconstruyó las relaciones políticas de Estados Unidos y Gran Bretaña en el siglo XX. En todos estos documentales, Curtis escribe, investiga y produce, pero rara vez narra. Esa fue su formación clásica en el viejo periodismo descriptivo.

A partir de Pandora’s Box (1992), algo cambió en el estilo del documentalista. En esa miniserie, Curtis trató una cuestión espinosa: la relación entre la ciencia, la racionalidad y la política en el siglo XX. En pleno momento del auge de los tecnócratas, Curtis se preguntó sobre la validez de la racionalidad a raja tabla en la política. Pero no lo hizo desde el periodismo de investigación, sino desde el collage, la crítica sociológica, el cuestionamiento filosófico y el ensayo histórico. Por primera vez, Curtis utilizó una voz en off propia para narrar sus investigaciones. Se declaró como autor, como voz que ensaya, más allá de las anacrónicas pretensiones de objetividad periodística. Por primera vez, montó él mismo un collage alucinante de materiales de archivo. Por primera vez, se escuchó esa voz crítica e intrigante que cimbraría el mundo del periodismo inglés.

Este cambio de voz es esencial para entender el trabajo de Adam Curtis. El documentalista ha pasado casi cuarenta años observando el material de archivo de la BBC, encontrando tomas que le despiertan una sensible inclinación estética (como las maravillosas secuencias de Erik Durschmied), e historias que le parecen interesantes (como las investigaciones de James Mossman) para tratar de crear algo nuevo con ellas.

Con este material, Curtis quiere ensayar sobre ciertos temas específicos que parecen obsesionarlo. Lo suyo es la búsqueda de la organización multifacética del poder en las sociedades contemporáneas: cómo funciona el miedo, cómo funciona la racionalidad, cómo funciona la psicología, el amor o la automatización entre nosotros y los poderes que nos gobiernan. A partir de estas obsesiones, Curtis va más allá de la columna de opinión o el reportaje de investigación. La unión del material del archivo, la música popular, el cine y una narración que oscila entre la frialdad y certeros golpes emotivos, crea un tipo de ensayo histórico rigurosamente apasionante.

A diferencia de Chris Marker, que buscaba consonancias poéticas con la voz en off de sus documentales, las narraciones de Curtis no son elaboraciones literarias sugerentes. La voz de este documentalista se sitúa en el periodismo y no pretende nada más; un periodismo de investigación que va más allá de los datos para tratar de excavar tramas apasionantes sobre la superficie de la Historia. Curtis busca una profundidad sobre lo que percibimos como inevitable en el paso del tiempo: la historia, para él, esconde entre sus pliegos mucho más de lo que nos parece evidente.

En este interés por encontrar una profundidad histórica, se mezcla también una voluntad de contar historias. Curtis no quiere, necesariamente, recopilar todos los elementos distintivos en torno a un objeto de discurso, sino transmitir una interpretación emotiva, siempre a contrapelo de la historiografía.

“Esa es la clave de lo que hago.” Explica Curtis. “Básicamente soy un historiador que toma ideas y técnicas del arte, de la música pop, y de muchas otras cosas alrededor y que las junta con una investigación histórica básica y francamente aburrida. No soy un cineasta de vanguardia. Sé que puedo hacer que mis ideas se vean interesantes y atractivas usando estos medios. Así que, si le quitas todo el artificio, te queda un sólido y monótono ensayo histórico con evidencia sustancial.”

La forma abierta

En Can’t Get You Out of My Head, Curtis se preocupa por los actos discursivos y por los monumentos del pasado para contarnos otra historia del pensamiento; una historia que pueda explicar lo que las ideologías, las predicciones, las estadísticas y la razón no han logrado conceptualizar. Curtis empieza preguntándose por qué los medios liberales no han podido entender cómo sucedió Trump, cómo Putin sigue en el poder, cómo se votó el Brexit o cómo China reinventó el capitalismo para salvar a Estados Unidos. Para tratar de explicar lo inexplicable, en vez de regresar a un pensamiento crítico, los medios liberales se entregaron a las mismas teorías de conspiración que el conservadurismo lleva tiempo cultivando. Y nadie sabe cómo llegamos a esto.

La premisa de Curtis en Can’t Get You Out of My Head es, entonces, tratar de explicar estos eventos, más allá de una historia del pensamiento, con una historia de las emociones. Si las racionalidades del siglo XX fallaron para explicar nuestro mundo, tal vez podamos explicar algo rastreando las irracionalidades del siglo XX. Así que Curtis rastrea. Y lo que encuentra son cuestionamientos dolorosos enfrascados en nuestro deseo y pasiones.

Can’t Get You Out of My Head cuestiona las corrientes de pensamiento que fueron erosionando la visión del mundo tanto de la izquierda como de la derecha desde el siglo XX hasta nuestros días. Todo empieza con las revoluciones en Rusia, Estados Unidos, China y Reino Unido, y la voluntad de cambiar los sistemas coloniales e imperiales en donde primaba el poder del dinero y las fuerzas armadas. De ahí, Curtis salta a la historia pasional de las revoluciones de los años sesenta; revoluciones que quisieron cambiar las injusticias vivas, remanentes, del racismo colonial revividas en una nueva corrupción burocrática. Y, así, rastrea finalmente cómo el poder político cedió ante los bancos y la llegada de los tecnócratas.

En esa última etapa histórica, Curtis observa cómo las esperanzas de un futuro diferente se derrumbaron, crisis tras crisis, atentado tras atentado, burbuja tras burbuja. El deseo de cambio mutó hacia nostalgias de tiempos pasados inexistentes; tiempos pasados de lords ingleses y del poder blanco en Estados Unidos; tiempos pasados de férreos controles estatales y líderes únicos.

La historia de esta decepción se teje como un telar sensible y reflexivo que cuestiona certezas. Porque la decepción siempre nace con una esperanza. Como humanidad, creímos en el colectivismo antes de que se derrumbara; deificamos y luego destruimos al individualismo; le dimos demasiado poder a la consciencia para luego avisarle que no era dueña en su propia morada. Todas estas creencias frágiles nacieron con un deseo.

Es por eso que, en este entretejimiento de objetos discursivos, Curtis siempre se enfoca en historias pasionales. Su idea siempre ha sido pasar de lo particular a lo colectivo, de la hormiga al hormiguero. En este principio mínimo, Curtis encuentra los deseos de los individuos frente a la historia. Y se permite hacer comparaciones osadas relacionando a Jiang Qing, última esposa de Mao Zedong, con el pensamiento individualista de Michael X y las revoluciones de Afeni Shakur; a su hijo, Tupac Shakur, con el pensamiento provocador de Edward Limónov y el movimiento de comunismo nacionalista; a la psicología y el posestructuralismo, con los movimientos del New Age y la paranoia de Nixon.

 

Al rescate de los desesperados

A pesar de la complejidad del tema y los peligros de perderse en un telar de pasiones, Curtis mantiene una narración ecuánime que, sobre todas las cosas, evita juzgar y evita pontificar. Su tono nunca es paternalista y nunca es panfletario. La investigación histórica es, por una parte, sumamente rigurosa y las interpretaciones libres de Curtis están fundamentadas en una argumentación apasionada. Su mirada está expuesta y no queda nada insidioso: el montaje y la voz se asumen como propias; y las ideas de construcción documental son cada vez más personales.

Desde que se atrevió a explorar el montaje como forma pura de narración histórica con It Felt Like a Kiss (2009), Curtis no ha dejado de afinar una voz ensayística cada vez más personal. En el sentido de la investigación, en la tercera entrega de All Watched Over by Machines of Loving Grace (2011), encontramos Curtis más libre, más entregado al pathos, más provocador con la construcción de historias y las conclusiones que aventura. Can’t Get You Out of My Head es, justamente, la culminación de una década de experimentación subjetiva en el periodismo investigativo.

En este documental, Curtis se atreve a todo. Mezcla las imágenes con las que ya había jugado en It Felt Like a Kiss con la narración en off; se atreve a conclusiones aventuradas como las de All Watched Over by Machines of Loving Grace; y, sobre todo, termina proponiendo algo único. El tono sensible de este documental culmina en un llamado a la acción. Porque, finalmente, Curtis ya no quiere demostrar su análisis del mundo, sino hacer algo con él despertando algo en nosotros.

Emotivamente, Can’t Get You Out of My Head está pautado por la hermosa canción de Phosphorescent, Song for Zula, que tiene un lugar privilegiado al principio y al final del documental, en las partes más interpretativas de la escritura. En esos momentos, el documentalista quiere enfrentarse a la apatía millenial de la canción de Matthew Houck; al dolor de corazón de una generación abandonada por las ideologías que todavía alimentaron los sueños de sus padres. En este mundo roto, de dirigentes que ya no creen en nada, que ya cedieron la política a las grandes élites financieras, que cedieron piso frente a los tecnócratas de finales de siglo, las nuevas generaciones se desesperan y se rinden en lo que Curtis alguna vez llamó “la teoría de la historia de Wes Anderson”:

 

“Hay una parte al final de The Life Aquatic of Steve Sizou de Wes Anderson en la que Bill Murray se toma las manos con todos en el submarino y profiere -estoy citando inexacto- la ideología de Wes Anderson, que es básicamente la ideología de nuestros días: “Somos todos un poco basura y eso está bien.” Nadie es mejor que los otros, todos somos basura y no hay ningún punto en intentarlo. Creo que esa es una manera de ver al mundo absolutamente deprimente y minúscula. Digo, entiendo por qué llegamos a eso. Es una reacción a los grandes fallos en intentar cambiar al mundo. Pero todos esos fallos no quieren decir que deberíamos dejar de intentar salvar al mundo.”

 

La pauta de Song for Zula, como el gran vals que suena sobre las generaciones que no pudieron cambiar al mundo, que calcularon mal todas sus intenciones, que terminaron por arruinar el planeta y legarnos su horror y su nihilismo, muestra una enorme desesperación. Pero Curtis quiere retratar esta desesperación de manera compasiva, empática, para invitarnos a superarla.

 

En el final de la canción de Houck, a pesar de todo el dolor y de todo el abandono, Curtis lee una esperanza:

 

“Soy ahora una cosa rota

Pero no me tiro en la oscuridad esperando el día

Mi corazón es dorado, mis pies son ligeros

Y voy a correr toda la noche hacia las llanuras desiertas”
El futuro incierto que nos muestra el documentalista termina en una propuesta; la propuesta de que el hombre no es tan débil, ni tan manipulable, como nos han hecho creer; la propuesta de que todavía no es demasiado tarde para cambiar al mundo.

“Conozco gente rica que está comprando refugios arriba de las montañas porque piensan que el mundo se va a inundar. Estamos en un periodo impresionante de paz y prosperidad, relativamente hablando, y no entiendo por qué no tratan de solucionar lo que está ocurriendo, por qué no tratan de cambiar al mundo y de encontrar mejores formas. En vez de eso, se retiran con un humor de autodesprecio, narcisista, apocalíptico. Algún día volveremos a ver este periodo, históricamente, y pensaremos: “¿Qué fue todo eso? ¿Cómo nos atrevemos?”

A través de un ballet emotivo de imágenes desgarradoras, de las historias de hombres y mujeres que se rebelaron contra los poderes apremiantes de sus eras, de la historia retorcida de nuestros deseos, Curtis justifica la desesperación de nuestra era, le da un contexto, la entiende. Entiende la elección de Trump, el mutismo político, camaleónico, de Putin, las aplicaciones masivas de control social a través de la inteligencia artificial en China, la decepción de un antiguo imperio, la nostalgia nacionalista, y la llegada del Brexit. Pero, sobre todo esto, Curtis intenta invitarnos a superar la apatía.

 

Así es como llegamos a esto, por eso estamos tan derrotados, tan solos y desesperados. Nos encontramos con un espejo y, por fin, alguien nos tiende una mano. La voz clara y altiva de Curtis, empática y regañona, termina como una bocanada de aire fresco. Porque alguien nos necesita, necesita que corramos toda la noche por las llanuras desiertas, que pensemos en un corazón de oro y que podamos escapar del dolor que fue creer en algo y sentir que nada nos quedó a cambio.

 

Tal vez, eso es todo lo que necesita una generación que dejó de creer en su capacidad de salvar al mundo: tener a alguien, como Curtis, que todavía crea en ella.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Secretaría de Cultura