Tierra Adentro

Ilustración realizada por Zauriel Martínez

Anastasio, mi abuelo materno, murió en octubre de 1983. Nunca me ha quedado claro el motivo, quizá porque he escuchado solo trozos de una historia y los he armado como he podido a lo largo de los años. Belem, mi abuela materna, murió en junio de 2018. Ella no estaba enferma, y de hecho fueron unos pocos meses los que la creímos mayor. Dejó de pintarse el pelo en 2017, y esa fue la señal que nos dio para empezar a hacernos a la idea de que pronto faltaría. Una vez me contó que mi abuelo la acompañó durante toda su viudez, que con frecuencia sentía el peso al otro lado de la cama y ella sabía que era él, le pedía que no la asustara y dormía tranquila. Pasó sola treinta y cuatro años, y nunca me pareció que extrañara a mi abuelo. Por el contrario, su casa siempre estuvo llena de gente: cuando todas las hijas se casaron quedaron con ella los hijos; cuando los hijos también se casaron llegaron las nueras y los nietos y nietas, y desde entonces hubo un desfile interminable de niños y niñas que se convirtieron en adultos y adultas que, a su vez, tuvieron niñas y niños pequeños otra vez. Hasta su muerte, mi abuela tuvo cuatro hijas, dos hijos, diez nietas, diez nietos, doce bisnietas y nueve bisnietos. Los últimos días de su vida los pasó en compañía de todas sus hijas e hijos. En realidad eran quienes importaban: se turnaban, hacían guardias, la atendían en todo momento. Murió de madrugada. Cuando dejó ir el último aliento, en su cama, acompañada, atendida en todo, pequeña como un pajarito cuyo canto se va extinguiendo con cada exhalación, mi mamá, pensando que yo podía estar en turno y para no alterarme o interrumpirme, le llamó a Javier. Ambos dormíamos, aunque faltaba poco para que tuviéramos que levantarnos. La escuché en el silencio de la noche: Javier, mi mamá ya murió. Lloraba. Aunque tuvimos mucho tiempo para hacernos a la idea de que sucedería como sucedió, creo que nunca una persona está preparada para tomar consciencia de la muerte de alguien que ama. Javier me pasó el teléfono e intenté reconfortarla: ma, tranquila, llórala pero piensa que nunca estuvo sola, que ustedes la acompañaron hasta el último momento. Le tengo pánico a la idea de que, en el momento de mi muerte, nadie esté conmigo. Pero no sé qué haría si yo no pudiera estar en el momento en que le toque a mi mamá para que sienta mi mano apretando la suya o mis palabras filtrándose en sus oídos para que se sienta menos sola.

Tenemos en nuestra pequeña colección la película Elsa y Fred (Marcos Carnevale, 2005). Me pasa a veces que lloro ante una secuencia de imágenes y tengo que pensar mucho para comprender el motivo de mis lágrimas. Todavía no entiendo por qué lloro cada vez que veo la escena en la que Elsa entra en la fontana de Trevi y Fred deposita en el piso al gatito piccolo e bianco que tanto trabajo le costó conseguir, pero mi mamá lloró también la primera vez que la vio. Intento imaginarla a ella enfundada en el vestido negro, con el cabello rubio y las ganas de sentir el agua fría en las piernas, y a mi papá vistiendo de etiqueta y cargando un gato solo por complacerla. No puedo. Ella no se mojaría las piernas con agua fría, y él no vestiría de etiqueta. A ninguno lo vi nunca cargar un gato. Hace mucho no puedo imaginarlos conviviendo juntos. Hace mucho que no existe entre ellos algún acto de amor, porque sus interacciones se reducen a aquellos momentos en los que mi hermano aún los convoca para que ejerzan sus papeles de su padre y su madre, pero no el de esposo y esposa. Creo que nunca fueron amigos. Cuando mi abuela paterna estaba a menos de doce horas de morir, una hermana de mi papá llamó al departamento (que en ese momento aún era nuestro y no solo de él) para pedirle que fuera a despedirse de su madre. Mi papá emprendió el viaje de ocho horas hasta Minatitlán, pero a medio camino mi tía llamó para decirnos que mi abuela había muerto. Mi papá no llegó a tiempo en esa ocasión, y tampoco hizo el intento cuando fue el tiempo de su padre. Mi abuelo, a causa de la diabetes, murió ciego, casi sordo, flaco, cansado y cargando en la bolsa de la camisa una carta vieja que yo le había escrito cuando tenía doce años. A veces pienso en él pero no puedo extrañarlo, y a mi abuela tampoco. ¿Cómo extrañar a alguien que no ocupó un espacio en mi vida? Porque extrañamos cuando notamos el lugar que queda vacío, porque sentimos el peso de una ausencia que no se aligera porque el espacio vacío no se puede volver a llenar. Porque dos personas no nos pueden doler de la misma manera. Porque tal vez lo que más me duele es que, así como no extraño a esos abuelos cuyas caras y voces no puedo recordar, quizá tampoco extrañaría a mi papá si faltara, aunque veo sus facciones cada vez que me encuentro ante un espejo.

Cuando mi hermano se casó la primera vez, Javier y yo le ofrecimos a mi mamá que viniera a vivir a la casa. Tardó varios meses pero al final se decidió. Le dejamos un cuarto y le dimos completa libertad para hacer, salir, entrar y decidir. Queríamos verla contenta, que sintiera la casa como suya. Pasa temporadas de varios meses aquí, luego visita a su hermana, viaja a la casa de sus padres en el pueblo. En cada lugar al que llega le esperan varias mudas de ropa y un lugar ante una mesa. Me gustaría una tercera edad como la suya. Cuando está aquí buscamos la manera de entretenerla y mantenerla cómoda. Javier le consiguió un asiento que le queda apenas a su estatura y tamaño. Después de cenar nos sentamos a ver películas o alguna serie. Puso especial atención en El agente topo (Maite Alberdi, 2020). No le gusta de manera particular el cine, pero siguió a detalle las conversaciones del agente con todas las ancianas que cohabitaban en el asilo, escuchó con él las historias y se apretó las manos en silencio. Mi mamá tiene una manera especial de mirar cuando algo la conmueve. Lo que no sabe expresar con las palabras lo dice con los ojos. Su confusión fue clara ante la secuencia de imágenes con caras y expresiones que nos revolvían en The father (Florian Zeller, 2020), cuando no entendíamos en dónde estaba el reloj perdido. Ambas lloramos cuando Anthony Hopkins se sintió como un árbol que perdía todas sus hojas. A nadie se lo dije, pero pensé que mi papá es un árbol seco. Que yo misma soy una hoja perdida que cayó demasiado lejos. Mi mamá sería pasto, verde, expandido, siempre buscando el sol, rodeada de más pasto. Dejando de lado los eufemismos, ¿cuánta gente podría decir que tiene tantas camas disponibles en tantos lugares; tantos lugares en distintas mesas; tantos cambios de ropa llenándose de polvo para ser sacudidos cuando por fin se vayan a usar?

En The reader (Bernard Schlink, 1995), Hannah Schmidt pasa la vida sin compañía. Tiene un trabajo, arregla su ropa, cocina para ella, come a solas. Hasta que conoce a Michael Berg, un adolescente con quien mantiene una relación que toma fuerza en tanto él lee para ella en voz alta. Después de un tiempo lo deja para tomar un trabajo que la implica en el dominio nazi. Cuando vuelven a verse Michael es estudiante de leyes y presencia el juicio en el que a Hannah le dan cadena perpetua por crímenes de guerra. En la cárcel, Hannah alimenta la esperanza de que, para ella, quede algo de la complicidad que compartió con él cuando era más joven. Hannah, tan independiente y solitaria, cuando entra en la vejez mantiene un deseo que quizá hubiera tenido oportunidad de materializar durante la juventud. ¿Es universal ese rechazo a la soledad? ¿En cuántos escenarios y situaciones distintas no se ha planteado el lado negativo de la soledad? ¿Hay un lado positivo en la soledad cuando nos hacemos mayores? Porque la teoría dice que algunas compañías en realidad son anclas, ataduras que nos limitan de distintas maneras. ¿Cuánto nos duele soltar esas ataduras? Levantar esas anclas implica romper vínculos, matar esperanzas y planes a futuro. Quizá, en el fondo, nos habita un eterno sentimiento de inconformidad, porque querríamos libertad, pero también deseamos compañía. De esto no resulta una combinación sencilla y terminamos eligiendo ―o aceptando― una o la otra.

Antes, cuando me decían que debía tener al menos un hijo para que alguien viera por mí durante mi vejez, me sentía una malagradecida. Mi papá tuvo una hija y un hijo, y ha pasado solo los últimos catorce años. Y aunque he buscado en mi consciencia, en mi pecho, en mi corazón, algún atisbo de bondad que pudiera dirigirle, no lo encuentro. Pienso en él flaco como dice mi mamá que está, cargando con el diagnóstico de la diabetes, molesto conmigo por todas las veces que no me puse de su lado para que me usara como instrumento de manipulación. Pienso en mí misma, porque si él está corriendo con la misma suerte que su padre, ¿quién me asegura que a esta hija no le espera el mismo destino?


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Secretaría de Cultura