Tierra Adentro
Enrique Servín. Foto de Noel René Cisneros.

Enrique Servín. Foto de Noel René Cisneros.

“Cualquier cosa, se sabe, aunque no dure para siempre

dura más que los hombres:

una camisa, unos lentes,

un viejo libro, una flor seca entre sus páginas.

Con más razón la piedra poderosa del templo.”

Enrique Servín

La única certeza de estar vivo es la muerte, pero hay una paradoja en esto: tras un fallecimiento solo queda la incertidumbre. Lo prueban siglos de filosofía y las religiones del mundo; lo constatamos al perder a alguien cercano. Cada quien afronta las pérdidas de manera particular, es cuando la psicología o incluso el arte pueden ofrecer alguna respuesta.

A través del tiempo, las civilizaciones han creado sus propios ritos vinculados a la muerte para que los sobrevivientes procesen el dolor. En nuestro contexto de atomización e individualismo exacerbado, pocos rituales nos quedan para sobrellevar una pérdida, cada quien ha de buscar los propios. A fin de cuentas, el duelo atañe a quien lo padece, la pérdida es suya y enfrentarla (o no) solo a esa persona le corresponde.

Hace un año que estoy atravesando un duelo, que intento soportar —en palabras de la psicoanalista Melanie Klein— la enfermedad; afirmar que no ha sido fácil es decir lo evidente, pero no por obvio deja de ser cierto.

Supe del asesinato de Enrique Servín (1958-2019) mientras yo vivía en Atenas. No eran ni siquiera las seis de la mañana cuando recibí la noticia: lo encontraron muerto en su casa, el 9 de octubre del 2019. A partir de esa fecha, he enfrentado el vacío, las incertidumbres que trae consigo la muerte. Ha pasado un año desde entonces, durante el cual he aprendido a sobrevivir.

Escribir estas líneas implica hablar del dolor que he afrontado, el duelo que atravieso. Revelar algo que en realidad solo me atañe a mí; pero ¿no es así toda escritura? Al menos es la forma en que la concibo. Escribir es también una forma de sanar. Y, después de todo, si algo le debo a Enrique, de entre tanto que quince años de una amistad tan cercana trajo consigo, es mi escritura.

No se me mal entienda. Ni fue por él que descubrí mi vocación ni mi escritura se fundamenta en emular la suya. No, como buen mentor, él me ofreció la oportunidad de descubrir caminos que ignoraba, de descubrir mi voz. Aquí es oportuno, dado el amor al lenguaje de Enrique, señalar la etimología de la cual descienden tanto los términos latinos vox y vocare que nos dieron voz y vacación; él agregaría que también ἐπικός desciende de la misma raíz.

“Un poeta hacedor de poetas”, en palabra de Ruby Myers, quien también como yo encontró su voz en los talleres y la amistad de Enrique. Esta habilidad que tenía de ser un guía, un mentor, es lo que quiero compartir. Es la parte de esta tragedia que quisiera hacer comprensible, y de algún modo ha sido la tabla de salvación a la que me he podido aferrar a lo largo de los meses.

El autor casi siempre se mantuvo discreto, pero dado su bonhomía no pasaba inadvertido. En el encuentro literario “Lunas de Octubre”, en La Paz, Baja California Sur y en otros eventos a lo largo del país, podía ver y escuchar al poeta. Su memoria envidiable que atesoraba cientos de poemas en español y en lenguas tan diversas como el rarámuri y el polaco, el chino y el hopi, el latín y el maya.

Enrique publicó tres títulos literarios en vida. Se me puede señalar que de poesía fueron más, pero, El agua y la sombra (UACH, 2003) compilaba poemas que ya había editado con anterioridad. Queda la obra inédita, que no es poca, pero con lo publicado ya es un autor a tomar en cuenta.

Su libro de aforismos Cuaderno de abalorios (Aldus-UACH, 2015) muestra la obra de un hombre crítico y sensible, que amaba las lenguas (no por nada la primera sección del libro se llama “Palabras”). A él le preocupaba el dolor en el mundo. En Anirúame, historias de los antiguos tarahumaras (Secretaría de las Culturas y las Artes del Estado de Oaxaca, 2015) hace un esfuerzo admirable por reconstruir una mitología hecha jirones. Enrique se dedicó a escuchar historias, a describir los retazos del tapiz que antaño fue una religión. No operó, en la elaboración de ese libro, como un etnógrafo (que pudo haberlo hecho dada su formación como antropólogo), al contrario, supo que debía construir de la mejor manera que sabía, hacer con esos retazos un nuevo tejido, un nuevo texto.

Ya por esos tres libros merece un lugar en la historia de nuestras letras. Hubo quienes lo conocieron y lamentaban que él estuviera en Chihuahua, que no viviera en Xalapa, Guadalajara, Monterrey, o la Ciudad de México, que en cualquiera de estos sitios hubiese tenido mayor reconocimiento, que habría podido publicar más. No les falta razón. Pero él decidió quedarse en la capital de este estado, eligió dar talleres allí y trabajar en la defensa de las lenguas indígenas. Él decía que eran sus querencias las que lo habían hecho quedarse, pero había, así lo creo, una decisión política. Alguien tan crítico con el poder optó por no vivir en el centro.

Pero su obra literaria no se circunscribe a esos tres libros, a los inéditos que dejó, a los artículos y entrevistas que hizo; su obra en gran medida son todas las personas que recibieron su influencia, una benéfica que bien podía proceder de una simple charla en la que intercalaba los versos precisos que funcionaban como semillas para algún texto, el entendimiento de la creación misma. A veces eran apenas unas palabras y la revelación se presentaba.

Su amor por la poesía y por la palabra evitaban que él impusiera su visión, ya no se diga su forma de escribir, sobre quienes participaban en sus talleres. Su objetivo era que cada quien diera con su voz propia, con la mejor manera de crear. Su extenso conocimiento de tradiciones le permitía entender que nunca hay una única manera de expresarse.  De encontrar sentido.

A esto último es a lo que me he aferrado, a una búsqueda del sentido a través de la escritura. Acudí a obras dolientes, también leí  Lo que no tiene nombre (2013) de Piedad Bonnett, quien escribe sobre su intento por explicarse el suicidio de su propio hijo; repasé la recapitulación de la agonía de la madre de Simone de Beauvoir, en Una muerte muy dulce (1964); continué con el Diario de duelo (2009), de Roland Barthes y con El año del pensamiento mágico (2005) de Joan Didion.

Cuando Enrique murió, uno de sus poemas, Elegía, fue compartido —la capacidad que los latinos vieron en el poeta de coincidir con el profeta: vate, el que ofrece vaticinios—. Ese poema señala el momento en que dejamos de nombrar a una persona en tiempo presente para hacerlo en pasado. El sujeto que ya no está en el mundo. Volver a su poesía, a sus aforismos, es doloroso porque me es inevitable leerlos con su voz, constatar el pensamiento que tan pródigo compartía y que ya solo permanece en esas líneas.

Me provoca cierta melancolía volver a encontrar su ingenio y su ironía, una navaja que él conservaba con buen filo. En este punto es necesario recordar, como un buen contrapunto al poema que mencioné arriba, uno de sus aforismos: “¿Es posible el conocimiento profético? Un día estaré muriendo. Un día habré muerto. Un día habrán pasado exactamente mil años de mi muerte. He aquí tres sentencias absolutamente proféticas.” Y la sonrisa que despertaba ahora deja un sabor amargo en la garganta: ha pasado un año desde su muerte.

Podría quedarme con ese sabor amargo, pero prefiero tratar de sonreír, de pensar que nadie como él supo amar la vida, valorarla. “Hay que reconocer a tiempo los paraísos”, escribió, y él supo hacerlo. Alguien a quien de ninguna manera se le podría objetar este aforismo: “—¿Y qué?— Respondería yo en el Juicio Final.”

Tras su muerte queda una gran ausencia, la que padezco (y padecemos sus dolientes) y la del intelectual, el defensor de los idiomas, el poeta formador de poetas. “La verdadera muerte es el olvido”, escribió en otro de sus aforismos y, estoy seguro, no permitiré que lo alcance mientras yo siga vivo.

Cierro con una lección, que por desgracia no practicó conmigo, aunque sin saberlo recibí de él algunas de las herramientas para ese aprendizaje: “En las escuelas deberían enseñarse tres materias obligatorias: Amar, Temer, Partir. Por lo que respecta a Envejecer, podría aceptarse como materia optativa, ya que no todo mundo llega a necesitarla.”

Secretaría de Cultura