Tierra Adentro

Ilustración de Julissa Montiel

Colgó el teléfono y se concentró al volante. Ese es el momento que Carola recuerda como el principio, aunque en realidad todo empezó con su primera vez. Sucedió casi un mes antes, con un güey con el que parecía que empezaría a salir, pero eso ya no importa.

La preocupé con mi llamada, sé que casi no me entendió porque apenas y podía hablar del llanto. Me dijo voy para allá, fiel en las buenas y en las imaginarias. Durante esas horas las dos pensamos en Londres, en la noche que prometimos junto con Alina que ninguna de las tres se casaría jamás, ni se embarazaría, que seríamos jóvenes y libres por siempre, que no dejaríamos el alcohol y las drogas por nada ni por nadie.

Creo que estoy embarazada, le dije, estoy embarazada y es el fin de mi vida. Y de alguna manera lo sería, pues con un hijo todo termina: adiós antros hasta la madrugada, adiós sueños profesionales, adiós cuerpo firme y hombres deseosos, adiós. Me causaba pánico contárselo a mi novio (apenas llevábamos seis meses), a mi jefe de la oficina y a mis papás. Me aterraba que fuera cierto.

Recuerdo estar sentada en el piso, abrazándome las piernas afuera de la farmacia Las Américas. Sentía los ojos ardiendo y la cara mojada. Lloré aún más cuando la vi llegar.

—¿Ya la compraste? — me preguntó.

Negué. Susurré que no, que no podía. Háztela conmigo, le supliqué, y, a pesar de que era estúpido, accedió. Entramos a un Sanborns y nos metimos al baño. Era un cubículo para discapacitados, yo apañé el escusado y ella tuvo que hacerse la prueba meando en el lavabo. A pesar del nervio, nos reíamos. Una, dos, tres: un par de chorros de pipí contra la cerámica. Me temblaban las manos y la boca, esos tres minutos de espera fueron el silencio más largo de aquella tarde, seguidos de un alivio tan grande, grité ¡Negativa! Y nos abrazamos y lloré tranquila. Agarré las pruebas para tirarlas a la basura y la escuché decir “vámonos”, pero no me moví, quedé petrificada. ¿Ésta es la tuya?, pregunté agitando una prueba, su prueba, con las dos malditas rayas rojas. Tenía que estar mal.

Fuimos a la farmacia a comprar más; la segunda le salió positiva y la tercera y la cuarta también.

—Pero si solo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió y creo que ni se vino adentro. Es obra del espíritu santo o de satanás. ¿Qué hago? Puta madre, no hay salida, no debí hacerlo nunca. Mi mamá tenía razón, mejor hasta el matrimonio.

Todo esto lo decía Carola sin hacer ni una pausa y respiraba tan agitada que pensé que iba a explotar, como un pollito. Yo tomaba sus manos calientes entre las mías.

—Hay una solución, algo que podríamos hacer, aunque no te guste.

—Toni, para mí no es opción — me dijo con tremenda jeta.

Estaba molesta. No quería demostrarlo, pero la enfureció quedarse con mi suerte, como si al hacernos la prueba al mismo tiempo en ese baño hubiéramos confundido a Dios y se hubiera implantado un huevo en la matriz equivocada. Ese día no hizo más que repetirse lo mismo una y otra vez. Incluso cuando nos despedimos, la escuché murmurando: pero sólo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió…

Se desliza sobre el mar, está sobre un par de esquís, pero ninguna lancha arrastra su cuerpo. Debe ser el mar muerto, piensa, porque flota sin dificultad y ahora que se fija también es color rojo. Sabe que no debe caerse, que en aquel mar hay algo terrible. Toca el bulto que le estira el vientre, lo presiona con fuerza y en un instante es como si nunca hubiera estado ahí. Se agacha para tocar el agua y al agitar la superficie deja al descubierto un rostro de ojitos hinchados. El agua en realidad es sangre y ella flota porque está parada sobre una fosa de cadáveres, de fetos, algunos mutilados, todos berrean y al mismo tiempo empiezan a gritar: mamiiii.

Al día siguiente pasé por ella para llevarla al doctor. Tenía ojeras profundas y cara de que no se bañó que, aunada a su mal humor, me dejó claro que había pasado una mala noche. En lugar de ir al hospital quiso que fuéramos a la Merced, que le habían contado de una curandera que tal vez podría ayudarla, que ahí tenía su changarro.

—¿Quién te contó eso?

—Internet — me contestó muy confiada.

Después de una pausa agregó:

—Algo está mal. — Y de ahí ya no pude sacarla.

Ay, Carola, te miras incrédula en el espejo ese vientre plano. Nunca has matado nada ¿qué harás ahora? Tú no lo querías, no lo pediste; y hay tantas que sufren y lloran por estar en tu lugar. Cada vez que cierras los ojos ves ese rostro arrugado, marchito, con el pelo hecho nudos que despide un olor a cebo acumulado con los años. Los dientes casi amarillos. Cuando atravesaste la cortina de conchas y la viste ahí, sentada de piernas cruzadas sobre una almohada, agitaba el humo del incienso mientras recitaba en náhuatl o en otomí o en maya unas palabras que a ti te sonaron a conjuro, a salvación. En ese momento sentiste paz, ¿recuerdas? Pero en cuanto te tocó con esos dedos secos quisiste salir corriendo. Nada de eso, jamás permitirás que una bruja te meta las manos entre las piernas. Acercó esa cara de anciana a la tuya, podías inhalar sus pensamientos cuando dijo: Mija, tu niño no es de hombre, sino de maldad y de miedo, es un tumor que debe extirpase o te comerá viva, mientras duermas sentirás que una rata te roe los órganos, tic tic tic, para salir por tu ombligo, tic tic tic. Saliste corriendo, como si alejarte del sonido de esa voz borrara su mensaje, pero crees que decía la verdad. Me dices que lo que hay en tu cuerpo es oscuro, que no es una persona. Sientes una tarántula o una solitaria que se alimenta de ti, que te debilita para hacerse más fuerte para tomar control de tu cuerpo, de aquello que más quieres.

Le dije que se mudara a mi casa hasta que naciera la criatura. Ya que estuviera aquí, veríamos qué hacer. Tal vez adopción, tal vez hacernos cargo entre las dos. Así de amigas éramos: problema de una, problema de dos. En las siguientes semanas su panza creció a la par de sus pesadillas, no volvió a descansar desde el día del Sanborns. Nunca entendí por qué no quiso ir con un médico común y corriente, más después del susto con la chamana. Ella contestaba cosas rarísimas. ¿Qué tal que aparecía un reptil en el ultrasonido? ¿Y si su hijo era del diablo? Tal vez le salía Huitzilopochtli vestido de guerrero rasgándola en dos y se reía, y yo con ella, sin saber si era broma o no. Miraba su panza en el espejo y luego la encontraba pensativa en la cocina, absorta mirando un bote de vinagre, o un cuchillo, o la canasta de limones.

Está acostada sobre la cama. No reconoce el cuarto, se le hace extraño verse a sí misma ahí durmiendo. No puede moverse. Ella es una pared de la habitación, entiende, solo puede estar y contemplarse. La ventana está abierta y el árbol de afuera se agita con el viento, creando siluetas sobre la colcha, sombras que por instantes figuran monstruos. Una de las formas se desprende de la cama y se sienta sobre la ventana como un mono. Desaparece poco a poco su apariencia espectral para solidificarse, se va definiendo el volumen y el contorno de un ser cubierto de piel de elefante, reseca y gris; se le hacen rollos debajo de la panza y el cuello. Brinca a la cama y destapa a la chica, deja al descubierto su cuerpo desnudo que de tan blanco contrasta en la oscuridad. Entonces la acaricia con garras puntiagudas. Ella se estremece, pero no despierta. El demonio se agarra la piel que parece lonja y se la baja como si fuera un pantalón, dejando al descubierto un falo de hielo. Ella lo ve todo desde la pared, su cuerpo inerte sobre la cama, las garras del monstruo extendiéndole las piernas para insertarle ese pedazo congelado, su rostro agobiado por alguna pesadilla, pero, de cualquier forma, dormido. La pared grita y grita. Nadie escucha.     

Se despertó asustada y gritando del dolor, y ahora sí, ignoré sus reclamos. La subí al coche y manejé directito al hospital.

***

Carmen, hoy tuve el caso más extraño en urgencias, yo creo que desde el internado. Hace unas semanas llegó una joven con contracciones, tenía la cara roja y apretada del dolor. Hacía unos ejercicios de respiración raros, diferentes a los del psicoprofiláctico. La acompañaba una amiga, al principio pensé que eran pareja, a ella le pregunté quién había sido el doctor de la paciente hasta el momento, ya sabes, para llamarle. Me dijo que nadie, que solo habían ido con la Pachita. Debe tratarse de una aprendiz porque esa chamana lleva muerta como treinta años.

No me veas así, nosotros tenemos que saber de esas cosas, siempre hay que andar remendando los desastres que le deja la superstición a la gente. Lo extraño era que estas no parecían el tipo de persona que cae en esos engaños, no. La amiga traía una bolsa cara y ya sabes. La embarazada pegaba tales gritos que no pude analizarla y decía pura idiotez: ¡No me toques! y ¡sácamelo, es el diablo, sácamelo! y ¡si lo sacan nos matará a todos! Así que la sedé para poder revisarla. Según le indicaron a la enfermera la paciente tenía al menos seis meses de embarazo, pero cuando le hice un ultrasonido… ¿Qué crees? No había nada ¡Nada! Una panza llena de líquido, tal cual. Le hicimos un pequeño corte y salió una cascada de agua, a presión de manguera. Con razón le dolía tanto… Lo peor es que no era líquido amniótico, era una porquería café y espesa, parecían aguas negras. Un olor asqueroso llenó la sala, nos tuvimos que salir y llamar al pobre de Justino para que limpiara el desmadre. Luego regresé a desinfectarla, pues ve tu a saber qué traía… Despertó horas después gritando ¿Dónde está? ¿Dónde está? Es normal cuando las madres pierden la conciencia durante el parto. Llamé a la otra chica para que la acompañara a escuchar las noticias… Le expliqué que no estaba en ningún lado porque no había nada, nunca lo hubo. Se trata probablemente de un embarazo psicológico, extraño, pero suceden. Ella insistió que no era posible, que dónde lo había dejado. Había que aniquilarlo, sino él nos mataría a todos. ¡A todos! Iba a pedirle a la enfermera que la sedara de nuevo cuando me dijo con voz llorosa, ya no de loca sino con mucho miedo: Doctor, si no encontró nada, entonces sigue adentro de mí, se lo ruego, se lo suplico, sáquemelo… y pues ya, la dimos de alta.

Y hoy, dos semanas después, me contaron que entró a urgencias ahora con una herida en el estómago. Una cortada que parecía más bien un hoyo. Dicen que no se lo hizo ella misma, sino que le pidió a su amiga el favor. Ahora una está en recuperación y la otra está detenida. Qué cosas ¿no?


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
Secretaría de Cultura