Tierra Adentro

Nellie Bly, c.1890

Nelllie Bly (1864-1922) fue una periodista estadounidense cuyos artículos, de marcado corte social, precedieron el estilo de tales nombres como Hunter S. Thompson o Joan Didion. Para redactarlos, Bly se sumergía en los ambientes de los que escribía: hizo que la arrestaran para escribir sobre el trato hacia las mujeres en la cárcel; se internó, encubierta, en un hospital psiquiátrico para investigar acusaciones de brutalidad y maltrato, y visitó México, donde escribió sobre el arresto injusto de un periodista bajo el régimen de Porfirio Díaz. En esta traducción inédita de Luis Ham, Bly explora la conidción de la mujer trabajadora en Estados Unidos, infiltrándose a una fábrica de cajas. El artículo se publicó originalmente el 27 de noviembre de 1887 en el diario New York World.


Comencé temprano en la mañana, no con quienes buscan placer, sino con quienes laboran arduamente todo el día para sobrevivir. La multitud caminaba con prisa—mujeres de todas las edades y apariencias y hombres apresurados— y yo caminé con ellos, como una más de la muchedumbre. Las historias de mujeres trabajadoras, historias de salarios pobres y tratos crueles han causado en mí una gran impresión. Consideré que había solo una forma de conseguir la verdad, y decidí intentarlo: me volvería una trabajadora en la fábrica de cajas. Comencé entonces mi búsqueda de trabajo, sin experiencia, referencias ni nada que me ayudara.

La búsqueda fue agotadora. Si mi sustento económico hubiera dependido de ello, habría sido desalentador, habría atentado contra mi cordura. Visité varias fábricas en las calles de Bleecker y Grand y en la avenida Seis, donde las obreras se congregan por centenares.

—¿Sabes hacer el trabajo? —me preguntaron.

Cualquier atisbo de atención a mi persona desaparecía cuando respondía que no.

—Estoy dispuesta a trabajar gratis hasta aprender— los urgía.

—¡Gratis! Aún si nos pagaras por venir no habría forma —me dijo uno.

—Este establecimiento no es para enseñarle cómo trabajar a las mujeres —dijo otro, en respuesta a mi súplica.

—Pues, si las trabajadoras nacen sin saber, ¿cómo llegan a aprender, entonces? —pregunté.

—Siempre hay alguna amiga que quiere aprender. No nos quejamos si nuestras trabajadoras quieren perder tiempo y dinero enseñándoles, y no tenemos que pagarle a la primeriza por su trabajo.

 

 

No había forma de convencer a nadie de darme entrada a una de las fábricas grandes , así que decidí finalmente intentarlo en una más pequeña, en el número 196 de la calle Elm. Al contrario de los hombres bruscos y bocones que me atendieron en otras fábricas, fui atendida por un sujeto muy amable. Me dijo:

—Si nunca ha hecho este tipo de trabajo, no creo que le guste. Es trabajo sucio y tendrá que trabajar por años antes de conseguir una buena paga. Nuestras primerizas son chicas de dieciséis años, más o menos, y no se les paga hasta su segunda semana de trabajo.

—¿Cuánto pueden ganar después?

—A veces comienzan con pagos semanales —$1.50 a la semana. Cuando se vuelven competentes, se les paga por cada centenar de piezas.

—¿Cuánto ganan en esa posición?

—Una buena trabajadora se lleva de $5 a $9 por semana.

—¿Cuántas chicas hay aquí?

—Tenemos aproximadamente sesenta en el edificio principal, y otras tantas que trabajan desde sus casas. Solo he estado aquí unos meses, pero si piensa que le gustaría intentarlo, hablaré con mi socio. Algunas de sus chicas llevan aquí once años. Tome asiento, voy a buscarlo.

Dejó la oficina, y enseguida lo escuché hablando sobre mí, suplicando que me dieran una oportunidad. Regresó con un pequeño hombre de acento alemán. Se paró a mi lado sin decir nada, así que repetí mi intención.

 

 

—Deje su nombre con el caballero en recepción y regrese el lunes por la mañana. Veremos qué podemos hacer por usted.

Así fue que comencé, temprano en la mañana. Me puse un vestido de percal para trabajar, que se ajustara a mi nuevo oficio. En un pequeño envoltorio estaba mi almuerzo, con una mancha de grasa en medio. Tenía la idea de que todas las obreras llegaban con su almuerzo, y quería dar la impresión de que estaba acostumbrada a esto. En efecto, consideré el almuerzo como un toque ingenioso de consideración al centro de mi nuevo papel,  y observé con cierto orgullo, mezclado con un poco de consternación, la mancha de grasa, que poco a poco crecía.

A pesar de la hora tan temprana, cuando llegué ya estaban ahí todas las chicas, trabajando. Atravesé un patiecito, la única entrada a la oficina y le expliqué las circunstancias al caballero en la recepción, quien llamó a una linda chica, cuyo delantal estaba lleno de cartón, y dijo:

—Lleva a esta señorita con Norah.

—¿Trabajará en cajas o cornucopias? preguntó la chica.

—Dile a Norah que la ponga en cajas.

Seguí a mi guía y llegamos a las escaleras más estrechas, oscuras y perpendiculares que he tenido el infortunio de ver. Seguimos y seguimos, atravesando pequeños cuartos llenos de trabajadoras, hasta llegar al último piso (el cuarto o el quinto, olvidé cuál). De cualquier forma, me había quedado sin aliento para entonces.

—Norah, aquí hay una señorita que trabajará con las cajas —dijo mi linda guía.

Todas las chicas que rodeaban las largas mesas se voltearon a observarme, curiosas. La chica de pelo castaño, Norah, levantó la mirada de la caja que sostenía y dijo:

—Checa si la escotilla está cerrada y enséñale dónde poner su ropa.

La encargada entonces ordenó a una de las chicas conseguirme un banquito, y se sentó ante una larga mesa sobre la cual había un montón de recortes de cartón, etiquetados al centro. Norah esparció unas tiras largas de papel en la mesa; después tomó un cepillo, que sumergió en una cubeta de engrudo, y lo pasó por el papel. A continuación, tomó uno de los recortes de cartón y, usando su pulgar para guiarse, levantó los bordes. Una vez hecho esto, tomó la tira de papel y la pegó de forma rápida y limpia en la esquina, manteniéndolos en su lugar. Rápidamente cortó el papel en el borde con la uña de su pulgar, dio la vuelta a los recortes, e hizo lo mismo con la siguiente esquina. Pronto aprendí que así se construye la tapa de una caja. Se veía bastante fácil, y después de unos momentos pude hacer una.

 

 

El trabajo no era difícil de aprender, sino más bien desagradable. El cuarto no estaba ventilado y los vapores del engrudo eran demasiado fuertes. Las torres de cajas hacían imposible conversar con el resto de las chicas, excepto con una primeriza, Therese, quien se sentó a mi lado. Era muy tímida al principio, pero después de algunas preguntas amables comenzó a hablar más.

—Vivo en la calle Eldridge con mis padres. Mi papá es músico, pero no sale a tocar a las calles. Muy rara vez consigue trabajo. Mi madre se la pasa enferma casi todo el tiempo. Tengo una hermana que hace pasamanería. Y tengo otra que ha estado enrollando seda en la Calle Veintitrés por cinco años ya. Gana $6 a la semana. Cuando llega a casa en la noche su cara y sus manos y su cabello están todos teñidos por la seda que trabaja. Eso la enferma, siempre está tomando medicina.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, claro; solía ser pasamanera en la calle Spring. Trabajaba de las siete hasta las seis, a destajo, y ganaba más o menos $3.50 a la semana. Lo dejé porque los jefes no eran amables, y solo teníamos tres lamparitas de aceite para iluminar el trabajo. Las habitaciones eran muy oscuras, pero nunca nos dejaban usar el gas. Algunas mujeres llegaban y recogían el trabajo para llevárselo a casa. Lo hacían por poca paga, por el placer de hacerlo, así que no nos pagaban tanto como lo hubieran hecho de otra forma.

—¿Qué hiciste después de dejarlo? —le pregunté.

—Me fui a trabajar a una fábrica de flecos en la calle Canal. La dueña del lugar era muy grosera con todas las chicas. No hablaba inglés. Trabajé una semana entera, de ocho a seis, con solo media hora para cenar, y al final de la semana solo me pagó 35 centavos. Una chica no puede vivir con 35 centavos a la semana, así que me marché.

—¿Te gusta la fábrica de cajas?

—Pues los jefes parecen amables. Siempre me dicen “buenos días”, algo que jamás ha sucedido en otros lugares donde he trabajado, pero me parece un buen trato trabajar gratis dos semanas siendo una chica pobre. He estado aquí casi dos semanas y he trabajado bastante. Son ganancias claras para los jefes. Dicen que muchas veces despiden a las chicas después de las primeras dos semanas alegando que no es el trabajo indicado para ella. Después de esto ganaré $1.50 a la semana.

Cuando sonaron los silbatos de las fábricas aledañas a las 12 del día, la encargada nos dijo que podíamos descansar y almorzar. No estaba tan orgullosa de mi astucia por simular una mujer trabajadora cuando una de ellas dijo:

—¿Quieres pedir algo para el almuerzo?

—No; lo traje conmigo —repliqué.

—¡Oh! —exclamó, con una inflexión curiosa y una sonrisa divertida.

—¿Pasa algo? —pregunté, respondiendo su sonrisa.

—Oh, no —dijo rápidamente—, solo que las chicas siempre se burlan de quien trae una canasta ahora. Ninguna trabajadora carga con su almuerzo o una canasta. Ya no es el estilo porque identifica a la chica como trabajadora. Me gustaría traer mi propia canasta, pero no me atrevo, por temor a las burlas.

 

 

Las chicas mandaron a pedir su almuerzo y les pregunté los precios. Por cinco centavos conseguían una buena jarra de café, con azúcar y leche si deseaban. Dos centavos les compraban tres rebanadas de pan con mantequilla. Tres centavos, un sandwich. Muchas veces las chicas juntaban todo su dinero y compraban un poco de comida. Pero juntando el dinero podían comprar un almuerzo caliente.

A la una de la tarde estábamos de regreso en el trabajo. Había completado sesenta y cuatro tapas, y el suministro cambió a “moldeado”. Esto significa ensartar el fondo a las cajas y pegarlo ahí. Al principio es bastante difícil hacer que todos los bordes se peguen ordenadamente, pero con un poco de experiencia puede hacerse fácilmente.

En mi segundo día me pusieron en una mesa con algunas chicas nuevas e intenté sacarles conversación. Me sorprendió lo tímidas que eran, ninguna quería decir su nombre o hablar sobre dónde vivían y cómo. Intenté cada método conocido por las mujeres para conseguir una invitación a sus hogares, pero no hubo éxito.

—¿Cuánto puede ganar una chica aquí? —le pregunté a la encargada.

—No lo sé —respondió— nunca se lo dicen entre ellas, y los jefes son quienes conservan el registro.

—¿Has trabajado aquí mucho tiempo? —pregunté.

—Sí, he estado aquí ocho años, y en ese tiempo le enseñé a mis tres hemanas.

—¿Es un empleo lucrativo?

—Es estable, pero una chica necesita años de experiencia para trabajar lo suficientemente rápido como para ganar bien.

Las chicas se ven todas felices. Durante el día hacen resonar el pequeño edificio con sus canciones. Alguien comienza una canción en el segundo piso, probablemente, y cada otro piso se les une en sucesión hasta que están todas cantando. Casi siempre son amables las unas con las otras. Sus pequeñas riñas no duran mucho, ni son muy feroces. Todas fueron increíblemente amables conmigo, e hicieron todo lo posible por que mi trabajo fuera fácil y placentero. Me sentí muy orgullosa cuando completé mi primera caja entera.

Había dos chicas en una mesa con destajos que habían estado en varias fábricas de cajas y que tenían experiencias variadas.

—A las chicas no se les paga ni la mitad de lo suficiente en cualquier trabajo. Las fábricas de cajas no son distintas. No sé de ningún empleo donde una chica pueda ganar más de $6 a la semana. Una chica no puede vestirse y pagar la renta con eso.

—¿Y dónde viven esas chicas? —pregunté.

—Hay casas de renta entre Bleecker y Houston, y alrededores. Por ahí, una chica puede conseguir alojamiento y comida por $3.50 a la semana. El cuarto puede ser para dos, compartiendo cama, o para una docena, dependiendo el tamaño. No hay comodidades ni conveniencias, y hombres generalmente indeseables se alojan en los mismos lugares.

—¿Por qué no viven en los albergues para mujeres trabajadoras?

—Esos albergues son un fraude. No hay más comodidades que en las casas de renta, y las restricciones son más de lo que se puede soportar. Una chica que trabaja todo el día necesita momentos de recreación, y jamás los puede encontrar en esos albergues.

—¿Has trabajado en fábricas de caja mucho tiempo?

—Once años, y no podría decir que alguna vez me ha dado para vivir. En promedio gano $5 a la semana. Pago $3.50 de renta, y mi lavandería cuesta mínimo 75 centavos. ¿Alguien espera que una mujer pueda vestirse con lo que queda?

—¿Cuánto te pagan por las cajas?

—Gano 50 centavos por centenar de cajas para confitería de una libra, y 40 centavos por un centenar de media libra.

—¿Qué haces con las cajas por esa paga?

—Todo. Me dan los recortes de cartón, como a ti. Primero preparo las tapas, luego moldeo los fondos. Esto forma una caja. Luego hago los arreglos, que es poner la cinta dorada alrededor de la tapa. Luego cubro el borde de la tapa y luego la etiqueta superior, con que concluye la tapa. Luego forro de papel la caja, pongo la etiqueta inferior y forro el interior de la caja con dos o cuatro hojas de papel de encaje, como ordenan. Te darás cuenta de que una caja pasa por mis manos ocho veces antes de estar terminada. Tengo que trabajar mucho y muy duro para poder hacer doscientas cajas en un día, con lo que gano $1. No es suficiente para pagar. Me encargo de doscientas cajas mil seiscientas veces por $1. ¿Trabajo barato, no es cierto?

 

 

Una chica brillante, Maggie, sentada al otro lado de mí, contó una historia que me enterneció.

—Es mi segunda semana aquí —dijo— y, claro, no recibiré paga hasta la semana entrante, en la que espero recibir $1.50 por seis días de trabajo. Mi padre era conductor antes de enfermarse. No sé qué tiene, pero el doctor dice que morirá. Antes de irme esta mañana dijo que mi padre morirá pronto. Casi no podía trabajar. Soy la más grande, y tengo un hermano y dos hermanas menores. Tengo dieciseis, y mi hermano tiene doce. Gana $2 a la semana por ser recadero en una fábrica de cajas de puros.

—¿Tienes mucha renta que pagar?

—Tenemos dos cuartos en una casa en la calle Houston. Son pequeños y los techos bajos, y hay muchos chinos en la misma casa. Pagamos $14 al mes. No tenemos mucho que comer, pero a papá no le molesta porque no puede comer. No podríamos vivir si la pensión de mi padre no pagara la renta.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, una vez trabajé para una fábrica de alfombras en Yonkers. Solo tuve que trabajar ahí una semana antes de aprender, y después de eso ganaba un dólar por destajo al día. Cuando mi padre enfermó mi madre me quiso tener en casa, pero ahora que se dan cuenta de lo poco que puedo ganar aquí, desean que me hubiera quedado allá.

—¿Por qué no intentas otra cosa?

—Eso quería, pero no pude encontrar nada. Mi padre me mandó a la escuela hasta los catorce, así que pensé en aprender a operar un telégrafo. Fui a un lugar en la calle Veintitrés donde dan clases, pero el dueño del lugar me dijo que no podría aprender a menos que pagara cincuenta dólares de adelanto. No podía hacer eso.

Luego hablé del Instituto Cooper, pensando que cualquier neoyorquina lo conocía y sabía que estaba para casos así. En verdad me sorprendió mucho descubrir que el Instituto Cooper le era absolutamente desconocido a las trabajadoras del lugar.

—Si mi padre supiera que hay una escuela gratuita me mandaría ahí —dijo una.

—Yo iría en las tardes —dijo otra— si supiera que existía tal lugar.

 

 

De nuevo, cuando algunas de ellas se quejaban de los salarios injustos y de los lugares que se negaron a pagarles tras su trabajo, hablé de la misión de los Knights of Labor, y la nueva sociedad organizada para mujeres. Se sorprendieron al escuchar que había formas de ayudar a las mujeres que buscaban justicia. Pensé en qué uso posible tendrían tales sociedades si no ingresaban al corazón de fábricas como esta.

Una chica que trabajaba un piso debajo de mí dijo que no tenían permitido hablar de su salario. Sin embargo, ella ha trabajado aquí más de cinco años, y su salario no promediaba más de $5 a la semana. La fábrica en sí era un espacio totalmente inadecuado para mujeres. Los cuartos eran pequeños y no había ventilación. En caso de incendio, prácticamente no había escape.

El trabajo era extenuante, y después de haber aprendido todo lo que pude de las recelosas chicas, me encontraba ansiosa por marcharme. Me di cuenta de cosas bastante peculiares en mis viajes de ida y vuelta a la fábrica. Noté que los hombres ofrecían con mayor rapidez sus lugares en los coches a las chicas trabajadoras que a las mujeres mejor vestidas. Otra circunstancia igual de interesante: más hombres intentaron coquetear conmigo mientras fui una chica de la fábrica de cajas que nunca antes en mi vida.

Las chicas tenían tan buenos modales y eran tan amables como aquellas educadas en casa. Nunca olvidaron agradecerse mutuamente por los favores más pequeños, y había un ambiente agradable y de “buenas maneras” en muchas de sus acciones. He visto a muchas chicas peores en posiciones mucho más acomodadas que las esclavas blancas de Nueva York.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
(Guanajuato, 1996) es poeta y editor. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.
Secretaría de Cultura