Tierra Adentro

Foto tomada del sitio Correo del libro.

Cuando empecé a leer sobre Pita Amor y la obra poética de Guadalupe Amor, me di cuenta que me encontraba frente a dos mujeres y al mismo tiempo la misma. La obra Las dos Fridas podría ilustrarlo muy bien, pero tampoco es precisa, porque, en el cuadro de Frida Khalo, se trata de dos Fridas unidas por una intravenosa, pero es ella, Frida. En el caso Pita/Guadalupe, es la misma y no es la misma a un mismo tiempo, lo que significa que Aristóteles y su principio de no contradicción se quedan en un nivel primitivo. Ante esta circunstancia, las paradojas y las preguntas se cruzan por mi cabeza: ¿cómo puede ser la misma mujer y según el lente del observador, ser dos personas muy distintas?, ¿se podría desvincular la obra literaria de la vida del autor? Casi de inmediato me respondí a la segunda interrogante: NO, jamás, una no podría ir sin la otra. Sin embargo, en el caso de la escritora Amor esta escisión es muy evidente; Guadalupe y Pita, Pita y Guadalupe, pertenecen a un mismo universo, pero se separan en el abismo de una existencia que no tiene cabida para ambas, donde una de ellas es censurada, la otra es aplaudida y viceversa.

Pita Amor dice: “Mi poesía, más real que yo misma, está escrita por Guadalupe Amor. Mis amigos y enemigos personales, insisten en llamarme Pita”. Michael Schuessler, su biógrafo, también lo menciona: “Pita era una figura conocida, esto se debía sobre todo al estrafalario personaje que ella había construido, personaje que había devorado a Guadalupe Amor”. De manera similar lo refiere José Revueltas: “Hay dos Pitas, una de día, con sus vestidos interminablemente escotados, cuajada de joyas y centro de incontables relaciones amorosas. La otra nocturna, que penetra en la inmensidad del intelecto con la esperanza de hallar una verdad absoluta para luego perderse en el infinito de la nada”.

Pita y Guadalupe, las dos mujeres que se complementan porque una necesita de la otra, podrían pensarse como un yo lírico y un yo poético, donde el primero pareciera que se aleja del autor y no necesariamente está de acuerdo con él y el segundo expresa directamente la voz de quien lo escribe. Pero la autora Amor subvierte también este estamento, porque estaría más de acuerdo con Octavio Paz cuando dice: “el poeta tiene una voz que misteriosamente es y no es suya”. Sin embargo, no se trata de una voz, se trata de dos personalidades diferentes habitando un mismo cuerpo, caracteres que dialogan, un Jekyll y Hyde mucho más definidos, que van perteneciendo a dimensiones diferentes, donde cada vez se tocan menos, pero es necesario que cohabiten. En su poemario Más allá de lo obscuro (1951), la autora lo infiere:

I
Dos escaleras existen
en el fondo de mi ser;
si por una al descender
me voy hundiendo en el suelo,
por la otra me elevo al cielo.
¡Entre ambas he de escoger!
Al final de la primera
todo es ya serenidad;
se terminó la ansiedad,
pero también la esperanza,
y en implacable alianza
con descarnada verdad,
para siempre se confunden
el helado pensamiento
y la nada. Un desaliento
todo el cerebro ha invadido.
El ser no tiene sentido,
es sólo un experimento
de la mudable materia,
¡Ay!, suelo desolador,
¿por qué congelé mi ardor
y descendí la escalera?
Si por la otra yo subiera
cesaría mi pavor.
Es más difícil subir:
el corazón se sofoca
y en cada peldaño toca
espacios que son locura.
Así se llega a la altura…
¡Quisiera volverme loca!

Una de las personalidades, la extrovertida, la exterior, es Pita. Fue la menor de siete hermanos, creció como la niña consentida, la pequeña admirada y fotografiada desnuda, amante de los espejos, de voz clara, firme, directa, extravagante, excéntrica, narcisista, clasista, donde el mundo era pequeño para su enorme ego, abarcando sus grandes ojos y las miradas codiciosas por tocarla. Se desnudaba a la menor provocación, la echaban a la cárcel, acudía con los amigos, muchas de las veces, desde el chantaje. En esta personalidad, que llamaré Afrodita, diosa del amor y la belleza, la  sensualidad, el erotismo, quien también representa la fertilidad y la libertad sexual, podemos observar a Pita como temperamental, expresiva, sensible. Decidí utilizar a los mitos griegos, porque finalmente en cada uno de ellos seguimos asomándonos, son la personificación de nuestros constructos, de nuestros patrones o posibilidades de existencia. Pita es por ello Afrodita, sin embargo, viviéndose desde la carencia, como ella misma lo dice: “Era necesario que lo que no me habían dado los demás se recompensara con una afirmación de mi personalidad. Necesitaba hallar una manera de expresión; hubiera querido ser la mujer más halagada del mundo, la estrella de cine más popular, la actriz eximia. Y para lograrlo estaba tan impaciente que esperaba un milagro”. Por ello, Pita cultiva un Yo de fantasía, su propia imagen idealizada, que sólo se encontraba en su imaginación, quiso hacerla realidad por medio de la vestimenta estrafalaria, por medio de un disfraz; sin embargo, se perdió en él. Por ello, en su ancianidad, se le veía correr por las calles, golpeando a vagabundos, gritando ser la mejor de todos, en un delirio que para muchos era risible y la nombraban “la anciana que huele a meados”. Pero su memoria estaba intacta, seguía declamando poemas de Sor Juana, de Santa Teresa, de García Lorca y, por supuesto, los suyos.

La otra, Guadalupe, emerge desde la soledad y sobre todo en la angustia, una personalidad que se identifica más con la introversión, el ensimismamiento, el ser reservada y la búsqueda de una autenticidad diferente, una originalidad por medio de la palabra. En Guadalupe hay una necesidad de recogimiento, de querer ser invisible, de no llamar demasiado la atención: una personalidad Atenea, estratégica, inteligente, introspectiva y sobre todo muy racional, difícil de participar en el mundo, una virgen que busca el encuentro con su verdadera esencia. Esta Guadalupe aparecía en la desnudez anímica de Pita, en el duelo, en la muerte de lo cotidiano. Salía para hablar en verso, para recordarle a Pita que detrás de los velos de la existencia, el ser verdadero se esconde y se puede expresar por medio de la palabra. Algunas veces Pita la escuchaba, pero otras no. Guadalupe le dictaba los poemas y Pita los enunciaba con gran naturalidad, como si fueran suyos. Tal vez por ello o por mera maledicencia, se decía que ella no había escrito sus poemas, porque esa voz era truqueada, falseada, propia de hombres.

Para hablar de Pita —nuestra Afrodita— es necesario detenerse en el escándalo, en el chisme, en las habladurías, en su amistad con diversos artistas plásticos que la pintaron desnuda: Diego Rivera, Juan Soriano, Antonio Peláez, Roberto Montenegro —no quiso que la pintara José Clemente Orozco porque la iba a pintar muy fea—.  Tendríamos que navegar en que su desinhibición la llevó a ir más allá de la idea de las mujeres de su generación. Pita nos llevaría a pensar en la madre que dejó a su pequeño hijo a cargo de su hermana Carito, y lo encontró muerto:

Maté a mi hijo, bien mío
lo maté al darle la vida
la luna estaba en huida
mi vientre estaba vacío.

Mi pulso destituido
mi sangre invertida
mi conciencia dividida.
Era infernal mi extravío

y me planté tal dilema
es de teología el tema.
Si a mi hijo hubiera evitado

ya era bestial mi pecado.
Pero yo no lo evité:
vida le di y lo maté.

No es complicado encontrar trabajos donde se narra el andar de la vida de Pita; por ello, me inclino más en hablar sobre su parte introvertida, es decir, su vínculo entre el mundo y la poesía.

Guadalupe —nuestra Atenea—, la mujer que de nuevo volvió a la infertilidad, la que por medio del útero estéril se inundó de palabras y le dejó el luto a Pita. Para hablar de Guadalupe es necesario que Pita nos declame al oído el llanto del hijo perdido, porque la disociación desde ahí fue más evidente y Pita empezó a llevar el control de la dupla. Porque la cobarde Guadalupe se refugió en los misterios del ser, encontrándose a sí misma, pero sin invitar a Pita. Vemos a Guadalupe asomarse tímidamente, vemos a Pita reflejarse claramente en un pozo donde su rostro ya no está. ¿Por qué Pita, en su dolor, no se quedó en el teatro, en el cine o en la farándula de la vida, bailando, cantando o gritando? Simplemente porque la poesía era su refugio, el lugar donde encontraba su eco sin temores, el sitio donde podía abrazar a Guadalupe y regresar al remanso de la casa, o como lo dice ella en 1946: Yo soy mi casa.

Guadalupe Amor no hace nada diferente de lo que antes hizo San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Sor Juana, Hölderlin, Rilke o escritores como Bonifaz Nuño o Alí Chumacero, es decir: la búsqueda de la verdadera existencia por medio de la palabra, pero no de cualquier frase, sólo aquéllas que brotan de lo más esencial de la existencia.  Éste es un cuento que se repite incesantemente a lo largo de la historia. Kant, Hegel, Schopenhauer, Heidegger, buscan acercarse al noúmeno, a la cosa en sí, al Absoluto, a la Voluntad, a la existencia apropiada o auténtica, por medio de diversas herramientas. Para Heidegger fue la poesía, para Schopenhauer es por medio de la experiencia estética, mística o ascética. Kant quiere atravesar el fenómeno, aunque sabe que es imposible llegar a la cosa en sí; Hegel considera que un pensamiento auto-pensante, es decir, un pensamiento que se piensa a sí mismo, esta re-flexión, podría tocar el absoluto, como espíritu auto-alineado. Pita y Guadalupe lo hicieron evidente, la búsqueda de ir hacia el llamamiento esencial se presentó por medio de la palabra: la paz, el reposo, el descanso, la tranquilidad en medio de las exigencias de lo cotidiano. Ellas lo explican en estos versos. Más allá de lo obscuro (1951)

V

Si penetro en el recinto
misterioso en el que moro,
cuando atormentada exploro
de mi ser el laberinto;
si obedeciendo a un instinto
escudriño mi morada,
me dice una voz helada:
“Sólo hay vacío en el centro,
y más allá, más adentro,
sola una imagen, la nada”.

Significaría, entonces, que ¿hay una nostalgia por ese noúmeno, cosa en sí, ser esencial o como se le quiera llamar, y buscamos regresar a él de alguna manera? Yo considero que sí; sin embargo, los fenómenos me atrapan y quedo sumergida a merced de los deseos, de la voluntad. Tal vez, se trata de una nostalgia por regresar al “Paraíso”, porque, finalmente, hemos sido arrojados de él, para ser proyectados a un mundo estructurado, al mundo de los fenómenos; luego, nos olvidamos de nuevo de la necesidad de voltear a vernos. En ese juego de ir y venir, en la búsqueda, se quedó Pita, pero por momentos, por medio de Guadalupe, logró verse frente a frente.

Elegir la poesía para emprender el regreso hacia el ser esencial se da porque se busca una forma de lenguaje que no sea predicativa, sino otra que alcance un matiz revelador. Un lenguaje que ante todo muestre, que no diga tanto, sino que en su decir, me revele esa parte que se esconde en las estridencias del mundo, un lenguaje que sea capaz de ir más allá de las capacidades expresivas y funja como desvelamiento de la dimensión ontológica. Tal vez por ello, Heidegger ve en el poeta precisamente a aquél que propicia la mostración del ser y, es en esa mostración, que se puede observar una existencia auténtica, que significa el llamamiento de la conciencia: un comprender desde el silencio y con angustia, la posibilidad de observarnos en la nada. Esta existencia resuelta, apropiada, es ante todo un modo privilegiado del conocimiento. Solamente ella está de forma absoluta en la verdad, porque la define. Sólo ella aporta la perfecta transparencia consigo misma, mientras que la existencia de la vida ordinaria, la inauténtica, se establece y se mueve en la no-verdad. La autenticidad no es un estado permanente, sino que se asoma por momentos, abre la posibilidad de reconocer lo que se es y no trata de arrancarnos de nuestras tareas cotidianas; quiere que no nos perdamos en ellas, que las veamos en su valor real, que es no tener valor.

Por supuesto, que Pita o Guadalupe no tuvieron que leer a Heidegger para comprender esto, simplemente, lo vivían. Pita fungía como una representante de lo óntico, de la apariencia, del ser que se pierde en el mundo, del Dasman, un ser, in-apropiado, perdido en una existencia in-auténtica, simple y sencillamente porque considera que es lo único que hay. Pero hay otra parte, la apropiada, el Dasein, que intuye que la poesía es el medio para tener atisbos de una existencia que prescinde de arrojarse a los requerimientos del ser-en-el-mundo, y emerge Guadalupe por medio de pequeños arrobos o instantes para esconderse de nuevo y darle paso a Pita.

La poesía, entonces, como esencia del lenguaje, desempeña una vía de acceso para llegar al encuentro de una existencia auténtica y la escritora Amor, lo vivió, no sólo lo supo. Porque la poesía nombra la esencia de las cosas. Ser tocados por la poesía significa que estamos en presencia de nuestro ser mismo. El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios, nos dice Heidegger. Es tarea del poeta, por consiguiente, escuchar lo que se quiere decir, pero no se puede, porque se ha perdido esa capacidad, y él es el encargado de interpretarlo y ofrecerlo. “El poeta es un mediador entre los dioses y los hombres”, parafraseando de nuevo a este filósofo alemán.

Esto quiere decir que el poeta responde a una apelación, a un llamamiento desde el silencio: oye a la voz de la conciencia, continuando con Heidegger. Pita escuchaba por momentos el llamamiento, pero no era ella, quien acudía a ese grito, era Guadalupe y luego, al recibir el rayo divino e interpretarlo, lo pasaba, como una estafeta a Pita, para que ella lo entregara mucho más digerido a quienes decidían escucharla. En el prólogo de Décimas a Dios (1953) Guadalupe dice: “Dios existe en la mirada/ más que en el alma del ser;/ Dios, en toda su potencia, es entender y entender./ En la más breve criatura/ y en el espacio más hondo, se han dado cita tus voces:/ yo en mi silencio te ahondo”. Cuando ella se refiere a ese silencio, implica que está escuchando a su voz de la conciencia, una voz cimentada en un arrobamiento silente, que para la escritora Amor era inminente expresarlo en palabras, rompiendo el círculo de seguridad que le ofrecía lo cotidiano.

Ese llamamiento del lenguaje esencial, que se convierte en poesía, es mucho más evidente cuando estamos angustiados. Pero una angustia comprendida a la manera de Kierkegaard, que trata de un enfrentamiento ante la incertidumbre, dotándonos de libertad, una angustia que se interpreta como un motor para desarrollo humano. La angustia, como lo dice este filósofo danés, “es el vértigo de la libertad”.

Por ello, no es extraño encontrarnos con el poemario de Guadalupe Amor, titulado Círculo de angustia, donde al permitirse angustiarse, da paso al ser verdadero.

Círculo de angustia (1948)

III

Hay un eco de mi aullido,
Que noche a noche me busca,
Y torna mi sombra brusca,
Cual espectro aborrecido.
Que todo mi contenido
En la oscuridad resalta,
Pues cuando la luz me falta
Entro en un mundo de locura,
Pierdo voz, pierdo figura,
Sólo mi esencia se exalta.

En medio de esta angustia y para poder que el poema se exteriorizara, Guadalupe y Pita tenían que participar. Una no podía existir sin la otra, se necesitaban, Pita era la voz resonante, mientras que Guadalupe cantaba en el silencio. No se trata que Pita sea peor o mejor que Guadalupe, o que una sea el lado oscuro o la sombra junguiana de la otra, son complementos, como las alas de un pájaro, el cual no puede emprender el vuelo al hacerle falta una. A Pita, la poesía la salvó de matarse o de quedar atrapada en un psiquiátrico, la poesía era su terapia. Sin embargo, parecería que el personaje, Pita, devoró a Guadalupe, la fue nulificando, dejándola enterrada en un limbo del cual ya no pudo salir. El dolor de Pita, la evasión, la protección, la destrucción, la impulsó a llevarla a la sordera y a que la voz de Guadalupe se esfumara, pero hoy, a través del tiempo, a quien recordamos es a Guadalupe, celebramos su poesía y es Pita la que regresa, como niña regañada y obediente, por las rejillas de la temporalidad, para acompañar sus poemas, pero finalmente, es Guadalupe la que triunfó, lo cual significa que en esta Troya, gana de nuevo Atenea y no Afrodita, aunque parezca lo contrario.

Secretaría de Cultura