Tierra Adentro

Ilustración por Liz Dot

Pretendo que los rayos no me asustan. Por la ventana veo llover a cántaros. Cubetadas de agua hacen de las calles ríos. Es la temporada. Finales de junio, verano, el verde y dulce verano. Son vacaciones y no puedo salir a la calle porque las tormentas no terminan por deshacerse. Llevamos cuatro días con lluvia. Mi familia está preocupada. Hay quien se ha puesto histérico. Mis amigas me llaman para saber cómo estoy, qué opino de la lluvia, de Juan Alonso, del profesor de álgebra, del de comercio, de mis compañeros con rostros como de ratas pálidas o castores lujuriosos. No estoy interesada. Se los he dicho a mis amigas. No me interesa el sabor de sus lenguas viscosas. No quiero besos, mucho menos lo que sigue.

No por ahora. Claro que soy normal, es sólo que me parecen repugnantes. Y la lluvia no me ha convertido en una niña vulgar y aburrida pensando idioteces, provocando problemas, o haciendo cosas que no quiero hacer tan sólo para retarme a mí misma y castigar a mi amado papito por no haberme cumplido mi capricho número setecientos setenta y siete de la temporada.

Me apena tener a las amigas que tengo. Pero me apenaría más no tener ninguna. No es algo que haya decidido yo. Es algo que ha sido determinado de esta manera. Yo fluyo con las reglas, con la estructura del mundo. Me acomodo perfectamente. No tengo enemigas, ni tampoco grandes amigas juradas del alma. Me alegro, esas son las peores. Mantengo, sin embargo, las relaciones necesarias, los besos hipócritas, las confesiones interesantísimas sobre quién le puso el cuerno a quién y con qué sujeto.

Yo misma me muero por tener un poco de acción romántica, o sexo duro. No me hago ilusiones con el amor, con los chicos perfectos o con los príncipes que me protegerán del mal del mundo con un escudo floreado mientras cabalgan sobre un unicornio. Tampoco soy una puta. O quizá lo sea. No me he dado la oportunidad. No tengo nada en contra de las mujeres que dan su chocho a cualquier pene que se les ponga en el camino. Si una disfruta, si a una le gusta, pues adelante, que para eso tenemos nuestros botoncitos. ¿Por qué entonces no me he permitido acercarme a la promiscuidad si no creo en lo contrario?

No lo sé: discusiones vanas, temas demasiado comunes, o soy una mujer enferma, un caso de esos raros, extraños, porque me falta un gen o soy frígida, o mi mente está en otro lugar muy lejano, ajeno a todo el transitar vulgar del mundo.

Nunca he sentido una lengua en mi coño. Me gusta la palabra coño. No me gusta la palabra virgen. Y no ha habido una lengua en mi coño porque no me interesa. Eso me hace una virgen. No tiene sentido pero, ¿a quién le importa? A mí me preocupan otro tipo de lenguas.

Las lenguas muertas.

Ilustración por Liz Dot

Ilustración por Liz Dot

Mi abuela es la contadora de historias de la familia. Migrante italiana, aún habla algunos de los dialectos del centro de la península. Umbría, su lugar de nacimiento; Nápoles, donde vivió un tórrido romance con un playboy mentiroso e infiel; Sicilia, donde aprendió a cocinar como lo hace, con un toque único, casi espiritual. Después migró por razones que nunca ha querido decirnos. Papá es el único al que le ha contado un poco de sus motivos, algunos demasiado disparatados como para ser ciertos, según él.

Yo admiro mucho a mi abuela, es una mujer fuerte, tenaz, de voz imponente y cantarina. Sabe tantos secretos de la cocina como de la vida, los hombres, las mentiras y las pasiones. Y da gusto cuando empieza a tomar porque se le va la lengua. Empieza a contar romances de juventud, historias políticas o de terror. Cuando la abuela se fue de Italia llegó a Argentina; era lo más sencillo. Ya había un grupo enorme de exiliados. Se hizo con las costumbres argentinas, cocinó, vivió, amó y se largó a México, donde finalmente conoció a mi abuelo.

El abuelo murió pronto. No llegué a conocerlo, y los recuerdos de mi padre no son demasiados. Era un hombre aparentemente ausente, frío y controlador. Nadie entiende por qué la abuela se juntó con él. Se lo he preguntado y solo me ha respondido con sonrisas. Me ha dicho también que aún no lo entiendo, pero que llegará un día en que lo haga. La abuela habla de historias muy viejas, dignas de ser relatadas en las lenguas antiguas, las lenguas muertas, condenadas al olvido.

La abuela me atemoriza, pero a la vez siento que es la única que realmente me comprende. Ella sabe cuán curioso me parece el sexo, y estoy segura de que sabe qué tipo de perversas imágenes abarrotan mi cabeza. Entiende por qué no estoy interesada en iniciarme ahora. No ha llegado con quién pueda hacerlo. A mi alrededor sólo hay palurdos, niños imbéciles con videojuegos metidos en sus cabezas vacías. No saben aún de los placeres sutiles, de los placeres profundos, de los placeres perversos.

Mi abuela me palpa las piernas, me nalguea y ríe extasiada, señalando mis atributos y alegrándose por mí. Me asegura que disfrutaré demasiado, y que haré disfrutar a muchos hombres también. Pero debo ser paciente, que para algo tan especial no hay que apresurarse. No se la cogen a una mientras corre, ¿verdad?

Me pregunto muchas cosas sobre ella, sobre su vida anterior, las cosas que ha visto. Hay marcas en su mirada, son tan palpables como su rostro lleno de arrugas, y es tan sutil como suave es su piel. Mi abuela sabe demasiado, no sólo del sexo y de la cocina. Sabe de cosas que se ocultan y arrastran en la oscuridad, de criaturas que el ojo humano no puede ver pero aun así existen, de maldiciones más antiguas que la misma humanidad. A veces, en su mirada percibo el miedo. Eso es lo que me ha hecho tan cercana a ella, lo que me ha hecho sentir tan identificada con mi abuela: le teme tanto a los rayos como yo. La he visto durante las tormentas, ya sea durante una fiesta familiar o en un evento multitudinario. El aspecto que tiene cuando caen los rayos. Puede estar sentada, con un chal oscuro sobre las piernas, una copa de vino o un caballito de tequila en la mano, riéndose y cantando, tan alegre como es ella, para después levantarse de su asiento y avanzar nerviosa de un lado a otro, tirar su bebida y musitar extrañas palabras. Casi nadie se da cuenta, deja pasar el incidente con una risotada. “La ha asustado el rayo, verdad, mamita”. Pero no saben lo que yo sé. No pueden sentir ese temor atroz cuando los rayos caen.

No me interesan las mismas cosas que a las chicas de mi edad. No es presunción. En mi mente burbujean otras preocupaciones, más extrañas y sutiles. Veo en la abuela una parte de mí, de ese estado alegre y a la vez temeroso. Y siento que ella podría darme una respuesta. Llueve y no sé si las historias sean reales, si las lingue morte verdaderamente existen. Trato de tranquilizarme, tomar los cuentos de la abuela como meras alegorías, parábolas donde siempre se aprende un mensaje moral. Es difícil hacerlo cuando la lluvia golpea la ventana de mi cuarto y mis piernas tiemblan cada que un rayo aporrea el viento y el agua y la tierra. Trueno es cuando cae. El martillo de los dioses, como dicen en los libros de mitos. Mi abuela los llama de otra forma, lingue morte, lenguas arrastrándose por la tierra, quemando los campos y buscando una presa que llevarse a la boca, bocas ocultas de brujas celestiales, ansiosas por un poco de sangre fresca.

Ilustración por Liz Dot

Ilustración por Liz Dot

La abuela me ha dicho que proteja mi carne, no solo de la mirada y de los toqueteos de hombres inferiores, sino de los deseos de aquellos que están por arriba de todo. Aquellos, me parecía, eran hombres poderosos, a quienes es difícil negarles algo. Sin embargo, en la mención de mi abuela existe un significado más profundo, frases entreveradas en idiomas desconocidos para mí.

Estoy segura de que ella no hablaba de hombres adinerados. Lo que decía era una advertencia. Mi carne las llamará, a esas lenguas, las lenguas de fuego desatadas con la tempestad, las lenguas que buscarán mis chiappe y mi húmeda fica. Podría ser una metáfora estúpida para hablarme del sexo y de no dárselas a cualquiera. Pero yo sé muy bien cuánto le asustan los rayos a mi abuela, cuánto me asustan a mí. Marcan el aire y lo tiñen de rojo, los mismos rayos caen y golpean la tierra, rojos y encendidos, tan brillantes como un destello de odio. Las lenguas se acercan a mí, a mi ventana, olfatean la carne, y esplenden.

No ha dejado de llover. Las manchas de humedad empiezan a recorrer las paredes. Agrieta el agua la roca y el yeso, la arenisca me cubre los pechos y me hace estornudar. Hablan en las noticias de las inundaciones, de la gente varada. Hablan de que Dios ha vuelto a abrir los sellos. ¿Dónde está el Arca de la Alianza? El arcoíris se oculta bajo los nubarrones y la luz es tan blanca que podría derretir la retina.

Encerrada en mi habitación, palpo mis muslos, mi húmeda carne, la siento trémula, como la piel de un tambor demasiado tenso. Puede estallar, ¿y si lo hiciera, en qué tipo de manchón me convertiría? Mi garganta está reseca. Necesito agua, aunque debería bastarme con toda la que cae tras la ventana. ¿Para qué quiero más? La casa misma se ha vuelto una esponja.

En alguna parte de la casa está la abuela. Ella está siempre, aunque creamos lo contrario. Sus pasos como de pantera vieja acechan mi cuarto. Ella me cuida de los intrusos. ¿Podrá un gran felino mantener alejadas a las malas lenguas?

Mi vientre se hincha. Me palpo los labios, lo que es arriba es abajo, como dice la abuela. Soy igual al afuera, a esa tierra mojada. Mis dedos entran en la arena y descubro que está caliente. Se despliega un alboroto entre las nubes. De pronto vuelve a ser de día y yo pienso que he elegido un mal día para hacerme agua, hacerme sangre. La abuela gime. Su gemido es tan profundo y lastimero que tiemblo. Quisiera detenerme pero mis manos ya no son mis manos, mi aliento lo detenta una lengua ajena a la mía. Las ventanas crujen, mi piel se eriza. Las puntas de esas lenguas muertas agrietan como garras los cristales. El frío entra y reresca mis muslos, mis nalgas.

Alguien grita, ¡la abuela ha salido! ¿Qué hace? ¡Deténganla!

El clamor es tan intenso que mis orejas se convierten en bulbos rojos.

¿Dónde estará la abuela? Intento incorporarme. Un peso increíble pero atroz se posa en mi pecho. Las ventanas terminan por romperse y escucho los rugidos. Aunque mis ojos casi no están abiertos por las oleadas de placer que provienen del centro de mi cuerpo, como las piedras que arrancan ondas en la superficie de un lago quieto, veo el resplandor y la furia de los cielos. Allá afuera es una batalla entre mi abuela y las lingue morte. Allá afuera son los gritos y los gemidos de dolor.

Acá adentro son las lenguas que recorren los fogonazos de mi piel, y acá adentro también son los gritos, y los gemidos de placer.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Liz Dot
Secretaría de Cultura