Tierra Adentro

Imagen tomada de Pixabay

Además de la palabra y el silencio,

el verdadero lenguaje articula otras cosas,

por ejemplo,

el filo sin sosiego que lo hiere.

Roberto Juarroz

 

A veces me digo que quisiera ser mudo. Así, me señalo, podría quitarme de encima una serie de miedos al hablar.

Luego me doy cuenta que no necesito serlo porque gran parte de mi día transcurre en silencio mientras saco pendientes desde el trabajo en casa, o mientras hablo con mis amigos mediante el teclado de mi teléfono. Mi boca a veces no emite sonido alguno en muchas horas.

A veces quisiera ser mudo, me argumento a mí mismo, porque no encuentro cómo expresar, de la mejor manera posible, las cosas que siento y pienso en mis horas de soledad: hay muchas exigencias sociales y lenguajeras siempre frustrando mis ganas de expresarme: pronuncia algo mejor que el silencio; si no vas a decir algo bien, mejor no digas nada; habla ahora o calla para siempre; se claro en lo que tengas que decir. Si fuera mudo no tendría que preocuparme por ninguna. ¿Qué pasaría si fuera un animal que no se comunica con sonidos? Como las tortugas, por ejemplo. No, eso es una mentira a medias: las tortugas sí producen sonidos, más cercanos a los graznidos o chillidos, pero uno no recuerda jamás haber visto a una tortuga comunicarse con otra por medio de estos, como si además del prejuicio que tenemos de que su caparazón es su casa, cuando es parte de su cuerpo, relacionamos ese hermetismo con la falta de comunicación.

Es por eso, quizá, que los personajes mudos atrapan mi atención. Y el primero que me topé en mi aventura lectora fue Humberto Peñalosa, al que también llaman El Mudito, protagonista de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso. Peñalosa es un hombre que habita en una vieja hacienda llamada la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, un lugar abandonado con cientos de cuartos clausurados en el que viven monjas, sirvientas retiradas y huerfanitas. Todas son libres de entrar y salir de la casa, pero Humberto Peñaloza no lo hace; de hecho, no deja que las palabras salgan tampoco de su boca, por lo cual las habitantes del lugar le pusieron su apodo cariñoso.

Y es que, aunque Humberto Peñaloza puede hablar elije no hacerlo. Estando ahí, escucha y ve todo lo que hacen las mujeres que habitan el lugar; se dice a sí mismo, igual que yo me digo cosas, que finge esa locura para protegerse de un mal peor, uno que según él habita fuera de la casa y lo está buscando por las calles de un barrio marginal de Chile, en forma de un doctor loco que quiere quitarle sus órganos para ponerlos a personas deformes, y así volverlas personas normales. Eso cree él, al menos. Eso siente. En el libro vemos al Mudito andar por aquí y por allá, rodearse de seis mujeres ancianas que protegen a una huerfanita embarazada porque creen que es una concepción milagrosa y nacerá un bebé que las llevará al cielo, empieza a contarle al lector la historia de otra casa lejana, la Rinconada. Esta es una hacienda en las montañas que un político, Jerónimo de Azcoitía, al nacer su hijo transformó en una villa llena de personas deformes y extrañas porque el niño, llamado Boy, llegó con labio leporino y espalda de gárgola. Entonces hay que construir un mundo para que el niño crezca a sus anchas.

Para que no sufra la crueldad del mundo real.

Como se puede entrever rápidamente, El obsceno pájaro de la noche no es un libro fácil de leer. Esto ocurre por la gran cantidad de historias que alberga, y por la misma narración en primera persona de Humberto Peñalosa. Porque si en la vida real de la ficción no dice ni una palabra, hacia el lector el Mudito habla, como decimos coloquialmente, ‘hasta por los codos’. Si el Mudito está viendo a tres mujeres charlar a lo lejos de un pasillo, empieza a inventar una conversación que no está oyendo, sino que le muestra al lector la que desearía escuchar. Una conversación, casi siempre, que lo amenaza o lo disminuye. Y si hay una escena en que las personas intentan comunicarse con él, Peñalosa responde solo dentro de la narración, hacia el lector. En la primera ocasión que leí el libro, me encontraba trabajando en un restaurante y durante las noches, tras avanzarle a la lectura confusa, soñaba que era el único mesero entre filas infinitas de mesas para ser atendidas, y en lugar de acercarme a ellas a tomar los pedidos, los miraba de reojo, mientras, sin prestar atención a lo que hablaban, dentro de mi cabeza inventaba sus diálogos: “El otro día mi vecino se cayó del techo de su casa”. “Mis dientes quieren escaparse pero yo los fustigo para calmarlos”. “Anoche estuve en un barco pirata comandado por el mismo Diablo”.

De pronto todas las voces comenzaban a ahogarme. Eran muchísimas, coros de pláticas y diálogos que no tenían sentido y que me iban robando todo el aire disponible. Y en lugar de morirme, desperté bañado en sudor.

Entonces el mutismo, me digo ahora que escribo esto, ese silencio elegido o impuesto, no es sinónimo de tranquilidad. Después del Obsceno pájaro encontré El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y entiendo que el silencio también ahoga y conduce hacia la pistola; después, me topé con Y el asno miró al ángel, de Nick Cave, y entendí que no por callar, el mudo deja de decir mentiras.

Pero, ¿qué es lo que calla Humberto Peñalosa en la novela? ¿Qué oculta su silencio hacia los otros personajes?

En primer lugar, sus inseguridades y sus miedos personales. En una cultura como la latinoamericana parece que está mal visto hablar con completa honestidad, hablar de esa manera que permite que el espíritu baje las presiones de su alma. Aunque sea para desahogarte, para evitar que lo que te está matando continué su infección. No, tienes que hablar y lamentarte con clásicas figuras del lenguaje: lloras a la persona que se fue por dejarte solo, te lamentas por la situación en qué creciste porque no tuviste más oportunidades, quisieras tener una vida con menos percances. Pero articular nuevas emociones y problemas es algo que podría hacerte quedar mal ante los otros, que harían que te volteen a ver con horror.

Eso es justo lo que le sucedió al Mudito y a José Donoso mismo, al ocultar su homosexualidad. Durante la escritura de El obsceno pájaro de la noche, Donoso tenía ataques de úlcera que lo estaban cansando, en especial porque estos ocurrían cada vez que escribía. Al mismo tiempo se juntaban cientos y cientos de papeles que resumían sueños, pesadillas, recuerdos, leyendas. La actitud de Donoso fue simple: dejó de escribir el libro y abandonó España para irse a Estados Unidos a dar clases. Quería olvidarse de la literatura y la escritura. “No te vas a sacar al pájaro de las entrañas”, le dijo su esposa con voz de amenaza. Sin embargo, Donoso fue terco y cruzó el océano, y a los pocos días de llegar tuvo un ataque de úlcera para el que tuvieron que hospitalizarlo y sedarlo: y sin que él ni los médicos lo supieran, Donoso era alérgico a la morfina. Así que al salir de la operación tuvo un episodio esquizofrénico el cual duró quince días en los que se quitaba la sonda y se abría la herida y corría por los pasillos diciéndole a todos que ahí los iban a matar. Al salir del episodio, tenía la barba blanca y regresó a España, donde estaba su familia, para terminar El obsceno pájaro de la noche en unos cuantos meses. Ante Soler Serrano1, su entrevistador, Donoso confiesa que la locura ordenó los materiales.

Eso es un poco lo que trata el libro en su confusión y mezcla de argumentos: sobre la oscuridad y el sinsentido que habitan dentro de cada uno de nosotros. De esas inseguridades que no nos atrevemos a confesar, porque todos nos verían con repudio. Pero la principal en la que se centra Donoso, al utilizar a Humberto Peñaloza como protagonista, es la inseguridad que nos orilla a querer ser otros: él siempre está creando e inventando voces para las personas que lo rodean, se transmuta, por así decir, en el Gigante y en la bebé milagrosa, y cambia de máscaras y de voces, con tal de no ser Humberto Peñalosa ni el Mudito. Para convertirse en una pila de papeles que no son lastimados por nadie. Esto se evidencia en una situación que corre de fondo dentro del libro y que en pocos momentos llega a la narración principal: las diferencias entre las clases ricas y las clases pobres de Chile. Quizá de toda Latinoamérica. Aquí se ejemplifican con simetrías: los pobres, los que nada tienen, viven en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, como arrimados, como gente que no tuvo otra opción, ya fueran huerfanitas, monjas o ex sirvientas; mientras que en la Casa de la Rinconada viven los ricos, la familia Azcoitía y el mundo que se construyó para que Boy creciera siendo un niño feliz.

En ese aspecto, el libro brinda voz a los que sobreviven del Sistema. A los que están ahí, pero nadie los recuerda. A los que sufren porque se mantenga el status quo. No sus víctimas, sino sus engranajes. Los que usualmente no tienen nombre. Los que a veces denominamos como ‘personas comunes’. Justo Humberto Peñalosa es el principal y más ejemplar engranaje en esa mediación entre los ricos y los pobres. Salido de una familia de poco dinero, llega a trabajar con Jerónimo de Azcoitía de manera casi milagrosa, incluso con sus aspiraciones de volverse un escritor reconocido. Sin embargo, el Sistema le arrebata la voz: tan claro como que, en un enfrentamiento con ejidatarios, Humberto Peñalosa resulta herido por bala en un hombro y Jerónimo de Azcoitía, su patrón, finge que él fue a quién le dispararon para negociar cosas con los del pueblo. Es Peñalosa quien pierde su herida. Y se la vive envidiando cosas de Jerónimo, así como las viejitas de la Casa de la Encarnación de la Chimba se la viven soñando con la vida de sus ex patrones, las familias más ricas del país, y para expresar de alguna manera esta relación se inventan un lenguaje de pesadillas: el imbunche, el chonchón y la perra amarilla: figuras ‘demoníacas’, aunque más bien paganas, que pueblan las ‘consejas’, o historias, que cuentan a las jóvenes generaciones para integrarlas en el ‘horror’ que conlleva pertenecer a la vida adulta y al Sistema.

Para poner en contraste a la novela de Donoso y su mutismo, en El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, se presenta lo contrario. El protagonista sin voz, llamado Singer, no busca transformarse en las personas que lo rodean sino que los otros buscan transformarse en él. Singer funge como un catalizador silencioso que no juzga a los demás personajes; todos llegan a su habitación a contarle sus pesares y creen recibir de él comprensión, cuando la realidad es que seguro ni siquiera los escucha bien, ya que además de problemas de voz tiene de audición. Además, Singer mismo está aislado en su interior. Al hablar sobre sus protagonistas, McCullers comenta: “El aislamiento espiritual es la base de la mayoría de mis temas. Mi primer libro se ocupa de ello, casi en su totalidad, de una manera u otra. El amor, y en especial el amor por una persona que es incapaz de corresponder o de recibirlo, está en el núcleo de mi selección de figuras grotescas objeto de mis obras: personas cuyas deficiencias físicas son un símbolo de su incapacidad espiritual para amar o recibir amor, de su aislamiento espiritual”. 2

Esta reflexión de McCullers parece servir para aclarar sobre uno de los aspectos más crípticos de la novela de Donoso: su epígrafe. Ahí donde usualmente los epígrafes llegan a echar luz sobre el texto al que anteceden, el que aparece en las primeras páginas de El obsceno pájaro de la noche no solo brinda el título a la novela sino que, además, parece esconder una clave de interpretación sobre la misma: “Cada hombre que ha alcanzado incluso su adolescencia intelectual empieza a sospechar que la vida no es una farsa; que tampoco es una gentil comedia; que florece y fructifica en sentido contrario de las profundas y trágicas profundidades de la falta esencial en la cual están conectadas las raíces del sujeto. La herencia natural de cualquier hombre capaz de vida espiritual es un bosque indómito donde aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche”.

Otra vez nos encontramos la palabra “espiritual” al referir a textos sobre protagonistas mudos. Como si parecieran entender los dos (José Donoso y Carson McCullers) que el lenguaje parece ayudar a encontrar un nuevo modo de vida ajeno al que siempre se vive. Los dos sospechan que un poco de ‘inteligencia’ o ‘vida espiritual’ le demuestran al individuo que la realidad es atroz, que existen problemas insalvables –en el caso de McCullers estos tienen que ver con la incomunicación–, los cuales podemos aprender a ver e identificar.

El poder observar estos problemas crea un problema para ambos autores, y este que esta observación y conocimiento también, al igual que la ignorancia, parece producir cierta monstruosidad: los personajes que más entienden lo que está ocurriendo en El obsceno pájaro de la noche tienen su comportamiento deforme, fuera de la sintonía general, lo cual los hace adentrarse en un camino paralelo en el cual se pierden un bosque indómito. Como Jerónimo de Azcoitía buscando tener un heredero sano y fuerte, a cualquier costo. Y los ruidos semejantes al metal cuando es raspado con metal –como los que a veces me orillan a pensar que quisiera ser mudo– nos hacen olvidar la vida cotidiana. Pero estos ruidos son, en definitiva, los ecos de nuestro propio interior. Los chillidos y las estridencias de nuestras frustraciones. Aquellas cosas que el lenguaje nos oculta de nosotros mismos.

  1. Dicha entrevista se encuentra completa en youtube en varios fragmentos, pero además está este video que reproduce la pura anécdota de la gesta del libro: https://www.youtube.com/watch?v=3vCzDSI1Kho. No he encontrado la fecha de cuándo aconteció la entrevista, aunque fue en la década de los setenta.
  2. McCullers, Carson, en “El sueño que florece (notas sobre la escritura)”, texto incluido en El mudo y otros textos, reeditado por Seix Barral en 2017.
Secretaría de Cultura